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Ni hombre ni mujer: la historia de cómo me reconocí como persona no binaria
Donney Cardona

Donney creció en un hogar donde no le impidieron explorar 'lo femenino'.

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Ni hombre ni mujer: la historia de cómo me reconocí como persona no binaria

Donney creció en un hogar donde no le impidieron explorar 'lo femenino'.

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Donney tiene 26 años, vive en Cali y es periodista. Habla de su proceso con su identidad de género.

¿Alguna vez ha reflexionado sobre quién es usted? ¿Se ha preguntado si su identidad es una construcción suya o solo un asunto que da por sentado en su día a día? Yo sí. Me llamo Donney Cardona, tengo 26 años. No soy hombre. No soy mujer. Soy una persona no binaria. Y esta es mi historia.

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                                                                          ***

Primero fui ‘el niño afeminado’.

Nací y crecí en Cali, rodeada de mujeres: mi mamá, mis dos hermanas, mi abuela. Yo era ‘el niño de la casa’, el menor y el más consentido. Siempre me relacioné con cosas femeninas, y en mi casa nunca tuve problemas por eso. ‘Lo femenino’, esa categoría, era palpable en cada rincón de mi casa, en los juegos con mis hermanas, en lo que tenía a la vista. Y me gustaba. Para mí era lo 'normal’. Nunca me sentí amenazada u obligada a cumplir un ‘rol masculino’. En mi casa nunca se me dijo que no podía ser así o que tenía que ser de cierta forma. Lo femenino estaba bien.

En la escuela era a otro precio. En mi mente, el recuerdo se mantiene vívido: las estruendosas risas de mis compañeros de segundo de primaria mientras me llaman ‘don gay’. “¡Don gay, don gay, don gay!”. Yo tenía 7 años y no entendía qué era ser gay, por qué me llamaban así y por qué les causaba tanta risa.

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Pronto empecé a hacerme preguntas. ‘¿Cómo me debo comportar? Quizá deba parecerme más a los otros niños de mi salón para que ya no me molesten, me decía. Y así, yo, que siempre he sido de ademanes, de expresarme con las manos y de caminar al son de mi cadera, traté de adoptar el comportamiento que ellos esperaban de mí. Me lo impuse. Lo hice porque me aterraba el rechazo, el bullying en los espacios donde convivíamos cinco días a la semana.

Donney Cardona es periodista.

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El intento, claro, resultó un fracaso. No pude acoplarme a ese comportamiento porque nunca quise ser ‘eso’. Hoy sé que yo nunca me sentí hombre. Nunca quise ser un hombre como los que veía a mi alrededor. Mis amigos, mis tíos, los esposos de mis tías. Nunca quise ser como ellos. Nunca. Pero tampoco me planteé ser mujer. Me gustaban las ‘cosas de mujeres’, sí, y me sentía bien con lo femenino, pero nunca me pregunté si yo, en realidad, era mujer. A esa edad, mi prioridad eran mis estudios y no tenía idea aún sobre qué es la identidad y mucho menos qué es el género.

Luego, ‘el niño afeminado’ se aceptó a sí mismo.

A mí la transición de niño a adolescente me trajo la convicción de que no seré nunca aquello que los demás quieren que yo sea, aunque eso signifique sufrir discriminación. A los 15 años me reconocí como un hombre gay, como un hombre al que le gustaban otros hombres. Entendí que yo tenía gustos diferentes y empecé a dejar de lado el rechazo interno que me afligía y me hacía creer que ser gay está mal y que mis agresores tenían razón en violentarme.

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Lo femenino permaneció ahí. Siempre. Sin embargo, yo seguía siendo un hombre, o al menos eso creía. Lo decía la tarjeta de identidad. Sexo: masculino. Y me lo decía todo el mundo: ‘Niño, esto. Niño, lo otro’. Niño. Hombre. Todo en masculino. Pero yo no le encontraba sentido en mí. Tampoco me interesaba ‘verme masculino’ o actuar como tal. Y, a pesar de ello, tampoco me sentía mujer.

¿Quién era yo entonces? Llegué a una respuesta práctica y cómoda para ese momento: era un hombre gay con mucha ‘pluma’ y ya.

‘El niño afeminado’ se hizo hombre.

Un hombre de ‘pluma’, amanerado y al que ‘se le notaba’ lo gay.

Y ya.

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La identidad de género es la percepción que una persona tiene de sí misma. Así lo explican las voces expertas.

No está sujeta a los genitales ni a características físicas. Y no tiene nada que ver con la orientación sexual (una cosa es cómo me siento y otra quiénes me atraen).

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Donney explica que la teoría queer es reciente y una de las discusiones actuales es si la 'sombrilla trans' acoge a las identidades no binarias. No hay nada definitivo aún.

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Yo empecé a cuestionar mi identidad de género de manera consciente a los 19 años. No me sentía ni como un hombre ni como una mujer y cada vez me apartaba más del binarismo que se da por sentado en la sociedad: ‘hombre’ o ‘mujer’; ‘azul’ o ‘rosado’; esto o aquello.

Mi revelación vino en una conversación que tuve con una persona no binaria, la primera que conocí.

Yo vivía en Medellín y estudiaba periodismo en la Universidad de Antioquia. En segundo semestre, para una clase de Lenguaje y Género, debíamos escribir un reportaje y yo, bien revolucionaria, dediqué el mío a hablar sobre la teoría queer, ese conjunto de ideas densas sobre el género y la sexualidad humana al cual me había acercado desde hacía poco y que ya me estallaba la cabeza.

No seré nunca aquello que los demás quieren que yo sea, aunque eso signifique sufrir discriminación

No recuerdo cómo la contacté, creo que fue a través de un grupo en Facebook. En todo caso, esa conversación fue un punto de quiebre. Escuchar a esa persona no binaria, tenerla frente a mí y saberla real me permitió materializar todo lo que yo venía leyendo en las páginas de Paul B. Preciado, de Judith Butler, de Pedro Lemebel. Sus palabras me abrazaron el alma y sentí que eso era lo que necesitaba en mi vida.

Ese reportaje me animó a dar el paso. Encontré que sí había palabras para definir quién soy y me dediqué a comprender lo que me pasaba.

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‘Lo que no se nombra no existe’, dicen. Pero yo aprendí a nombrarme, a validar mi existencia. Ya no eran sentires confusos. Sí había forma de ponerlo en palabras: persona no binaria, y me reconocí así.

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Hay muchas formas de ser hombre y de ser mujer.

Esas identidades no son camisas de fuerza para limitar las posibilidades de una persona. Cada quien debería poder comportarse como lo siente, sin pensar si tal o cual cosa es ‘masculina’ o ‘femenina’.

Pero en ese espectro hay quienes nos ubicamos fuera de esa dinámica binaria. No hay dos personas no binarias que experimenten su identidad de igual forma. Tampoco hay una forma ‘correcta’ de serlo. Cada quien lo vive a su manera, a su tiempo. Lo que sí compartimos es que entendemos que el género es una construcción social y que se les han establecido unos roles a lo femenino y a lo masculino, así como unos imaginarios sobre lo que es ‘ser hombre’ y ‘ser mujer’.

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Las personas no binarias sentimos que no encajamos en ninguna de ellas. Somos cuerpos disidentes.

Y no porque tengamos problema con lo masculino y lo femenino. Esas partes simplemente están ahí. Tampoco se trata de que ‘fluyan’ y hoy ‘me sienta hombre’ y mañana ‘me sienta mujer’. No. Yo soy una persona que soy un cúmulo de todo lo que hay a mi alrededor, de lo que llaman ‘masculino’ y ‘femenino’.

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Donney hace drag. Su drag queer se llama Laika Vortex. Dice que no es un personaje sino una exploración de sí misma.

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En mi proceso, muchas cosas han cambiado. Mis pronombres son una de ellas. Cada vez me siento menos cómoda con los pronombres masculinos. Prefiero los femeninos, sin que eso signifique que soy mujer. Cuando alguien se refiere a mí como ‘él’ porque asume que soy hombre por mi corporalidad, lo corrijo. O lo recuerdo si ya me lo han preguntado y lo olvidan. Y si no se ha dado la conversación, trato de que quede claro:

“Mis pronombres son femeninos. Donney, ella”.

‘Ella’ porque soy una persona. No soy hombre ni soy mujer. Soy una persona. Y ‘persona’ se escribe en femenino.

Suena difícil, pero dejar las categorías a un lado nos obliga a preguntar y a no asumir. En mi actual trabajo, por ejemplo, mi supervisor se dio cuenta pronto de que yo hablaba de mí en femenino. No lo conozco en persona porque desde que entré, por la pandemia, todo ha sido virtual, pero un día me dijo: “He escuchado que te nombras en femenino, ¿cómo te gusta que te mencionen? ¿Cuál es tu identidad?”. Ese gesto me conmovió. Que haya personas familiarizadas con estos temas facilita la conversación.

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Tristemente, no ocurre en todos los lugares. En la calle me han gritado, me han silbado, me han lanzado miradas inquisidoras. Yo solo sigo derecho, a veces me da risa o les tiro picos. No lo niego: siempre hay miedo. Estamos en un país violento y existe la posibilidad de que me hagan algo. Pero trato de no amilanarme. No voy a dejar de ser quien soy por miedo. Ya no más.

Recuerdo un día que mi mamá me dijo que compartía ese temor cada vez que yo salía a la calle. Yo le respondí que la entendía, pero que al final también se trata de mostrarle a la sociedad que una es esto y que tiene toda la libertad de serlo. Si ‘esto’ se vuelve una amenaza para mí, que también sea una amenaza para quien no quiere entender qué está pasando al frente suyo.

Ser una persona no binaria es un acto político. Es una manera de decirle a la sociedad: 'Yo no soy lo que ustedes quieren que yo sea. Ustedes me impusieron eso, pero yo me liberé’. Esa liberación conlleva reflexiones, cuestionamientos, desaprendizaje y un nuevo autoconocimiento. Es desligarse de lo que te enseñaron en la crianza, en el barrio, en la escuela y en la academia; de lo que esperan de ti tu familia y tus amistades. Es repensar tu entorno y empezar a reconocerte de manera libre. Es construirte de nuevo.

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Hablar de género y diversidad sexual me apasiona y he logrado conformar espacios para ello. En junio, por el mes del Orgullo LGBTIQ+, tuve la oportunidad de dar cuatro charlas al respecto. Dos de ellas en empresas, lo que al principio, debo confesar, me pareció intimidante pues el corporativo no es mi ambiente común.

En una de las empresas trabaja un amigo mío. Él me había advertido que a la charla asistirían muchos ‘machirulos’, hombres con ideas machistas. Yo me preparé y estaba lista hasta los dientes para tratar con un público hostil. Pero para mi sorpresa, hubo una buena recepción. Tanto, que al final recibí varias preguntas interesantes, muy respetuosas todas. Días después me enteré de que las preguntas vinieron precisamente de muchos de esos ‘machirulos’.

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Ser una persona no binaria es un acto político. Es una manera de decirle a la sociedad: 'Yo no soy lo que ustedes quieren que yo sea. Ustedes me impusieron eso, pero yo me liberé'

Por eso creo necesario que estas discusiones sobre el género se den de una manera más pedagógica que ‘radical’. Claro, ir enseñándole a todo el mundo no es responsabilidad nuestra. La información hoy está disponible y cualquiera la puede consultar, pero seguro hará la diferencia si una puede compartir su experiencia personal y acercar a esta realidad a quien le interese.

A mí eso me ha funcionado con mi familia y gente cercana: enseñarles cómo nombrarme, aclararles que esto no es una moda o un capricho que me inventé, explicarles que tampoco soy una persona trans porque no tengo intención de llevar un tránsito hacia el género opuesto, sino de no transitar a ningún género.

El proceso de explicarles quién soy me ha permitido fortalecer vínculos y contar con un círculo de apoyo muy fuerte.

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Mi familia ha sido una pieza clave. Sé que soy una afortunada y que no todas las personas cuentan con ese espacio. Y aunque no ha sido sencillo, reconozco que hoy puedo ser quien soy en parte porque mi mamá me respeta y me reconoce como una persona no binaria; porque mis hermanas me apoyan, y porque mi sobrina le dice a todo el mundo que su tía no es un hombre ni una mujer. Y a mis amigues y conocides, gracias a elles también, porque tienen la disposición de escuchar y de acompañarme.

Dice que le gustan mayoritariamente los hombres, aunque aclara que la orientación sexual es una parte compleja de las personas no binarias, pues se desligan de las categorías gay, lesbiana y bisexual.

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Yo, por mi parte, también he aprendido a escuchar. Acercarse a las experiencias de otras personas no binarias hace eco en una, porque se van encontrando puntos en común o de diferencias que enriquecen. Una no para de conocerse a sí misma y reconforta saber que no se es la única.

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A veces, en medio de esto, pienso en el futuro de las nuevas generaciones.

Hace poco vi en redes sociales una imagen que decía que si la gente entendiera qué es ser una persona no binaria, seguro habría más personas no binarias en el mundo. Y quizá sí, ¿o no?... Es gracioso. Varias personas cisgénero (es decir, que se identifican con el género que se les asignó al nacer) me han dicho que no se sienten ‘cómodas’ con su género, que se lo han cuestionado. Y, baby, por mí que todo el mundo sea no binario (es broma). Pero yo sí creo que no hay una sola forma de ser hombre o de ser mujer. Puedes serlo y adoptar otras dinámicas de vida. O puedes explorar la ‘no-binariedad’, que al final es una cortina muy amplia. Es tu decisión y es tu proceso.

De eso hablé hace un tiempo en varios colegios públicos de Cali, cuando la Secretaría de Educación y la Universidad del Valle me invitaron a dar talleres sobre prevención de violencias por diversidad sexual y de género en el colegio. Yo la viví en carne propia y regresar a ese escenario se sintió como meterse a la boca del lobo. Pero me sorprendió ver cómo las nuevas generaciones se están construyendo de una nueva manera, a su modo, y percibiendo estas cosas con mucha más tranquilidad.

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Mi invitación es que nos demos la oportunidad de cuestionar todo lo que hemos aprendido y reflexionemos sobre quiénes somos. Lo que derive de ahí al final nos beneficia a todos, todas y todes: será empezar a reconocer nuestra diversidad, a darle un lugar, el que merece, en la sociedad.

A mí me hizo más feliz y auténtica, y eso, estoy segura, no le hace daño a nadie.

DONNEY CARDONA*

*Este texto fue escrito por William Moreno Hernández, periodista de ELTIEMPO.COM, a partir de una conversación con Donney Cardona.
(En Twitter: @williammoher)

A partir de hoy, EL TIEMPO publicará #SaliendoDelClóset, una serie de relatos sobre diversidad sexual y de género que retratan historias de vida, lucha y libertad.

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