La inédita liberación de nueve soldados heridos en Miraflores
mEMORIAS DE LA GUERRA: 20 años de las peores tomas guerrilleras
Memorias de la guerra

La inédita liberación de nueve soldados heridos en Miraflores

Hace 20 años, un periodista y un fotógrafo de EL TIEMPO sirvieron de ‘garantes’ para la liberación.

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La inédita liberación de nueve soldados heridos en Miraflores

Milton Díaz / Archivo EL TIEMPO

Por: Luis Alberto Miño Rueda
01 de noviembre 2018 , 08:50 a.m.

La última vez que vi a Pablo era un muchacho asustado, con el cabello a ras, vestido con un pantalón y una camisa manga larga prestada, y tenía una venda ensangrentada en la pierna derecha que le tapaba una herida de una esquirla de granada.

Tenía 20 años. Parecía un niño, pero ya era un soldado. Había sido reclutado en Bogotá, donde había nacido, y enviado mese antes a Miraflores, un pueblo perdido en la selva del Guaviare, rodeado de plantíos de coca.

Ese día Pablo digería el sabor amargo de la derrota y la alegría de estar vivo.

Su grupo había sido el primero en hacerle frente al ataque que cerca de 600 guerrilleros de las Farc, que llevaban terciada la bandera de Colombia, lanzaron contra la base militar y la estación Antinarcóticos de la Policía de ese pueblo.

Lo habían retenido luego de cinco horas de combate, tras quedar herido y sin balas con ocho compañeros, y llevaba ya tres días en un lugar de la selva, en manos de la guerrilla.

***

Era jueves el 5 de agosto de 1998 y del diario me habían enviado a cubrir este ataque, uno de los más cruentos en la historia de la guerra en Colombia. Llevábamos apenas unas horas caminando entre las cenizas de la estación de Policía, donde quedaron la mayoría de los 37 muertos que dejó el ataque, cuando un hombre se le acercó a Milton Díaz, el fotógrafo que me acompañaba, y le pidió que si podíamos hacer parte de una comisión humanitaria para entregar a un grupo de soldados que había sobrevivido.

La Cruz Roja no había llegado y se les ocurrió que nosotros, unos de los pocos periodistas que habían logrado entrar al pueblo, podíamos servir de garantes de la liberación.

Era una gran historia, pero dudaba. Podía ser una trampa. Teníamos miedo de que termináramos secuestrados. Pero nos arriesgamos y le dijimos al desconocido que sí. Le avisamos a una compañera que había viajado con nosotros para que alguien supiera qué había pasado si no volvíamos.

Alistamos el equipo y nos fuimos al muelle, donde nos esperaba el hombre, que nos dijo que era un líder de la comunidad donde estaban los soldados y agregó que la guerrilla se los había dejado para que los cuidaran.

Nos pidió que subiéramos a una canoa y remontamos el río Vaupés. Tras 15 minutos nos bajamos y nos subieron a una camioneta y llegamos a un pequeño caserío llamado Buenos Aires.

Se les ocurrió que nosotros, unos de los pocos periodistas que habían logrado entrar al pueblo, podíamos servir de garantes de la liberación

Se veía tranquilo, pero era vigilados por hombres vestidos de civil con fusiles bajo sus ponchos. Eran guerrilleros. Ahí pensé que todo era una trampa, pero ellos nos dijeron que solo querían que nos lleváramos a los soldados porque no les servía cargar con heridos y necesitaban que la prensa fuera garante de que los habían entregado vivos al Ejército.

Era un periodista joven pero ya con unos años de experiencia en cubrir tomas guerrilleras y masacres, que solo pensaba en contar historias de nuestra guerra inspirado en los relatos de cronistas de otras guerras y, aunque en el fondo no me parecía que tuviera los pergaminos para ser garante de algo, dije que si ser periodista servía en algo para que unos soldados volvieran a casa con sus familias, no tenía ningún problema.

***

Nos llevaron a un rancho donde estaban los nueve soldados. La guerrilla se había llevado a 129 militares y policías y solo los había dejado atrás a ellos. En ese grupo estaba Pablo Arturo Chaparro. Al vernos, se comenzaron a alistar para regresar a la libertad.

– ¿Ustedes son de la Cruz Roja –Nos preguntaron.

– No. Somos periodistas de EL TIEMPO – Les dije.

–¿Periodistas? ¿Y la Cruz Roja? Si no viene la Cruz Roja, no nos vamos – respondieron decepcionados.

Estaba desconcertado, pensé que querían salir corriendo de allí. Se volvieron a sentar y dijeron que no se iban con nosotros, que temían que los sometieran a un juicio de guerra porque la guerrilla les quitó sus fusiles y preferían esperar a que llegara la Cruz Roja. Nos tocó convencerlos. El líder de la comunidad les decía que lo mejor era salir ya pues tropas del Ejército habían llegado al pueblo. Y yo agregué que la Cruz Roja se iba a demorar porque no podía aterrizar ninguna aeronave en la pista porque estaba repleta de cilindros sin estallar. Tras varios minutos de silencio aceptaron irse con nosotros y armamos con los campesinos una improvisada comisión humanitaria para trasladarlos.

***

En la camioneta que llegamos subimos a los soldados. Los habitantes consiguieron sábanas blancas e hicieron banderas. Adelante iban las motos y atrás el carro, donde me fui hablando con los soldados.

El viaje fue lento. Ya el sol comenzaba a caer. En el recorrido, Pablo me contó los detalles de cómo había sido el combate, de cómo había visto morir a un compañero y que tenía una hija que no conocía porque había nacido cuando estaba patrullando. Estaba desesperado y me pidió, como sus compañeros, que llamara a su familia porque sabían que debían haberlos dado por muertos. Les pasé una hoja y todos nos dejaron sus teléfonos y les prometimos llamar.

Tras media hora de camino, Miraflores apareció de nuevo en el horizonte y comenzamos a ver que un grupo de soldados de la contraguerrilla que había llegado al pueblo nos apuntaba.

Dije que si ser periodista servía en algo para que unos soldados volvieran a casa con sus familias, no tenía ningún problema

Era una recta larga y nos podían ver a lo lejos fácilmente. Agitamos las banderas blancas y gritamos que no dispararan, pero no oían. Las motos pitaban como si fuera una caravana de un triunfo de la Selección. Lentamente entre gritos fuimos avanzando. Me imaginaba que los soldados se preguntaban de dónde había salido esa gente de la selva y qué hacían con banderas blancas. Un estornudo hubiera podido despertar una balacera. Nos fuimos acercando hasta que les pudimos gritar que traíamos a unos soldados que habían sobrevivido, que no dispararan. Nos miraban desconfiados. Esos metros fueron eternos, pero al final llegamos al retén del Ejército.

Se nos acercó un teniente al mando. Miró a los soldados y les preguntó sus nombres. Todos se identificaron como hombres del batallón Joaquín París. Y enseguida comenzó a decirles “cobardes”. Los soldados se miraban e intentaban explicarle que se les acabaron las balas, pero él solo les decía que eran una deshonra para el Ejército. Se detuvo, me miró y me preguntó quién era. Le dije que era periodista, entonces, volvió la cara a los soldados y les dijo: “Muchachos, bienvenidos a la libertad”.

Era hora de despedirnos. Les deseé suerte y el carro se fue rumbo a las ruinas de la base militar, donde estaban acampando los soldados. Nos fuimos a un sitio donde había teléfonos para llamar a larga distancia. Eran tiempos sin celular. Milton, el fotógrafo, les avisó a las familias de los soldados que estaban vivos, mientras yo me puse a hacer su historia, que titulé ‘El diario de los combatientes del sur’. Nunca escribí una palabra de la historia detrás de esa historia y pensé que tarde o temprano llegaría el día de contarla.

***

La semana pasada, 20 años y unos meses después, volví a ver a Pablo. Lo contacté por Facebook y lo invité al diario. No se parecía físicamente en nada a aquel muchacho. No tenía ya cabello, solo una escasa barba y un rostro adusto. No me reconoció en un comienzo. Hubiera podido estar a su lado en la Plaza de Bolívar o en un TransMilenio, y no lo hubiera reconocido. Veinte años es mucho tiempo para recordar, pero no suficientes para olvidar.

Me mostró la cicatriz de la herida en su pierna. Dijo que le hicieron varias cirugías para salvarla. Me dijo que nunca va olvidar lo que ocurrió en Miraflores, que todavía tiene pesadillas donde todo lo que vivió se repite y se levanta a veces con el sonido de las bombas.

Su vida no ha sido fácil. Salió de Miraflores al hospital militar donde volvió a abrazar a su familia y conoció a su niña de meses. Estuvo un tiempo en el Batallón de Sanidad y a los meses le dieron la baja y 10 millones de pesos. Sobrevivió un tiempo con ese dinero pero luego fue un calvario conseguir trabajo.

“Hice de todo. Trabajé en construcción, vendí tintos en la calle y hasta dulces, en los buses. Uno hace de todo para mantener a su familia”, me contó. Incluso, intentó volver a Ejército como soldado profesional, pero lo rechazaron por la herida.

Ha pasado por etapas duras. Un tiempo se refugió en el trago. Estaba lleno de ira, era explosivo. “Es que cuando uno vuelve de la guerra y se salva de morir siente que ya que más le puede pasar, a veces no te importa nada”, me dijo con voz baja. Se separó de su esposa. Su hija ya tiene 20 años, los mismos de la toma, y tuvo un hijo y es abuelo.

Ahora cuenta que se siente bien y que terminó el bachillerato de noche. Trabaja en una fábrica de empaques, en diferentes turnos. De día, de tarde, de noche. Vive en Bosa, en el sur de la capital, y a veces se ve con los otros soldados que sobrevivieron ese día. “Hay uno que está mal. Recogemos cosas y se las llevamos. No lo podemos olvidar”, dice.

Está peleando para que lo reconozcan como víctima de la guerra. Se siente olvidado. Repite que ellos le pusieron el pecho a las balas y no le dieron ayuda. El pasado 3 de agosto estuvo en la plaza de Bolívar con varios de sus compañeros que estuvieron en Miraflores y una pancarta que decía ‘En memoria de los caídos’, con los nombres de los que no volvieron. Recuerda que la gente pasaba y pocos los miraban. “Al país poco le importa ya lo que vivimos”.

No tiene odio. Piensa que la guerra no tiene sentido. Dice que él solo fue al Ejército por una libreta militar para trabajar y eso le cambió la vida y que espera que eso no se repita.

Aunque todavía era temprano, Pablo tenía que dormir para volver en la noche al trabajo. Se despidió, me dio un abrazo y las gracias de haber estado ese día en Miraflores y por llamar a sus familias y devolverles el alma con la noticia de que estaban vivos. Todo pasa por algo, dijo. Ya es otro Pablo, pero todavía tiene la misma mirada de muchacho asustado de 20 años.

LUIS ALBERTO MIÑO RUEDA
Editor Nación
En twitter: @ColombiaET

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