La guerra por controlar trochas que enciende el conflicto en Maicao

La guerra por controlar trochas que enciende el conflicto en Maicao

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Miles de colombianos y venezolanos están atrapados en fuego cruzado de las bandas.

Son las dos de la tarde en Paraguachón y el ruido de veinte motores oxidados resuena en las calles. A lo lejos se divisan camiones destartalados que huyen a 90 kilómetros por hora de los controles militares en la álgida frontera que comunica al departamento de La Guajira con Venezuela. Gasolina de contrabando, medicamentos y una decena de migrantes que se resguardan de un posible ataque a tiros, hacen parte del cargamento. El camino será largo. La población más cercana en el vecino país se llama Paraguaipoa y se encuentra a aproximadamente una hora de distancia. Las trochas están llenas de peligros y terrores, pero eso los viajeros ya lo conocen.

“Yo sé que es arriesgado, pero estoy desde hace seis meses en Colombia y no podía pasar las navidades sin mi familia”, comenta Ricardo Rivas, un venezolano de treinta y dos años que huyó de la crisis en su país y que espera volver a ver a pronto la sonrisa de sus cinco hijos en Maracaibo.

Ricardo es uno de los miles de migrantes que aunque viajarán a Venezuela durante la época navideña, retornarán a Colombia en enero porque, según comenta, “allá el salario mínimo se te va solo comprando un almuerzo”.

“allá el salario mínimo se te va solo comprando un almuerzo”.

El carro arranca. A lo lejos, detrás de espesas cortinas de polvo, se ven los rostros de decenas de migrantes que dirigen su mirada hacia Paraguachón con la esperanza de un hijo que aspira regresar pronto a su nueva casa. Otros no se atreven a voltear su cabeza, le huyen a una guerra.

La crítica situación de seguridad que se vive la frontera de Paraguachón es cada vez más alarmante. El pasado 23 de noviembre un enfrentamiento entre militares e integrantes de una banda dedicada al contrabando de combustible y alimentos en la trocha conocida como La 80, dejó como resultado once camiones explotados, una decena de casas incineradas y una persona fallecida.

A la semana siguiente, seis hombres fueron asesinados en su viaje de regreso hacia Venezuela. El ataque fue rápido. Habitantes de la zona relataron que tras una emboscada, los hombres fueron ultimados a pocos metros del puesto de control migratorio.

Según datos de la Alcaldía de Maicao, municipio del cual hace parte el corregimiento de Paraguachón, hasta noviembre de este año la tasa de homicidios en ese territorio ascendió a 49,8 casos por cada 100 mil habitantes. Una de las más altas de La Guajira y de la Costa Caribe colombiana.

“¡Todos los días hay disparos!”.

“¡Todos los días hay disparos!”, exclama con desespero María Espitia*. Luego acerca a su rostro el abanico que sostiene en la mano, como llamando de forma urgente a la brisa, y continúa: “Se ve mucho peligro, yo vivo con la puerta de mi casa cerrada. A nosotros la misma gente nos avisó que a partir de las ocho de la noche nos cuidáramos porque ya ellos no sabían qué podría pasar con los problemas en las trochas”.

En la mañana de ese mismo día una mujer que vive en cercanías a uno de los caminos irregulares de la frontera llegó llorando y pidiendo ayuda al comedor comunitario de Paraguachón porque, según ella, las bandas criminales querían acabar con su familia después de que se resistieron a “estar de su lado”.

“Es muy desgarrador ver las personas pasando a pie a toda hora y usualmente en condiciones inhumanas. Muchos quedan traumados después de cruzar las trochas”, relata Espitia, quien asegura que en sus más de 50 años de vivir en la frontera, “nunca había vivido una situación de inseguridad como esta”.

La guerra por las 180 trochas que conducen de La Guajira hacia Venezuela estaría relacionada con la disputa entre bandas criminales por el control total del cobro de impuestos a los vehículos que circulan por los pasos irregulares ubicados en esta región del país.

El precio de los ‘peajes’ varía dependiendo del vehículo que utilicen las personas para movilizarse por estos caminos. De acuerdo con información entregada por moradores de la zona, las motos deben pagar lo equivalente a 600 pesos colombianos en Bolívares Soberanos; los carros, hasta 3.500 pesos, por paso; los jeeps, $6.300; los buses de pasajeros, $9.500, y los camiones, hasta $16.000 por cada impuesto.

Y es que al negocio no hay quien lo detenga. Con el aumento del flujo de venezolanos en la frontera a los que les cobran hasta 25 mil pesos por llevarlos desde Maicao a Maracaibo, y el paso constante de vehículos cargados de contrabando, estos grupos ilegales acumulan cada mes una fortuna que puede alcanzar millones de pesos.

“En la zona ni siquiera hay presencia militar constante”.

“En la zona ni siquiera hay presencia militar constante, así como llegan, se van”, agrega María Espitia con el tono de voz de alguien que no le teme a equivocarse. Lo cierto es que ese día en el puesto de control migratorio ubicado en Paraguachón solo hacía presencia un soldado y tampoco se vislumbraba alguna autoridad colombiana a más de cinco kilómetros de distancia.

Según declaraciones del comandante de Policía La Guajira, coronel Henry Manuel Sandoval Sánchez, aunque el aumento en la tasa de homicidios es una situación que apena a la Institución, están trabajando para detener la racha de crímenes que flagela a esta región del país.

“Hemos tenido personas herida de bala. Una vez una adolescente llegó en una crisis emocional porque durante una balacera en una de las trochas una bala la hirió en su rostro”, denuncia un funcionario del Centro de Atención al Migrante en Maicao que pidió reservar su nombre por razones de seguridad.

En estos casos, el hogar de paso que es administrado desde hace 12 años por el Secretariado de Pastoral Social – Diócesis de Riohacha, en convenio con la Acnur, les brinda a los migrantes una atención médica y psicológica especializada, que los ayude a sobreponerse a esta clase de situaciones.

Pero la guerra en las trochas no es el único peligro al que se exponen los más de 1.500 venezolanos que, según cifras de Migración Colombia, cruzan a diario por esta frontera.

Para Jairo Venté, un hombre que nació hace 60 años en el Bajo Cauca antioqueño y emigró a temprana edad al país vecino, los militares de la guardia venezolana ubicada al otro lado de la frontera les quitan sus pertenencias a sus compatriotas que deciden cruzar hacia Colombia.

“Ellos les quitan el dinero, los documentos y en muchas ocasiones hasta la ropa. Yo los he llevado varias veces gratis hasta Maicao porque se quedan sin un peso en los bolsillos”, relata Venté, quien tuvo que abandonar su tienda de muebles en Zulia (Venezuela) a causa de la crisis, para sobrevivir como conductor de ‘taxis’ en la frontera.

La situación de las casas de cambio de Bolívar Soberano a Peso Colombiano también es compleja. En los 6 puestos que se resisten a desaparecer en Paraguachón, los trabajadores aseguran que la situación se agravó en los últimos dos años y que a pesar de la implementación de la nueva moneda, la situación parece empeorar.

“Además de la inseguridad, aquí no hay agua potable y la energía eléctrica es demasiado cara”.

“Hay mucho olvido del Gobierno de Colombia. Además de la inseguridad, aquí no hay agua potable y la energía eléctrica es demasiado cara”, denuncia Espitia. Luego agacha la cabeza y se pone la mano derecha en el rostro en señal de desconsuelo. Ese gesto también se repite en los rostros de los migrantes que llegan al pueblo.

Sobrevivir

Una decena de chinchorros penden sobre los inestables andenes de la carrera décima en el centro de Maicao. Son las ocho de la noche y la leve brisa que apacigua el calor en las tardes ya es casi inexistente. Osiris abraza a su hija recién nacida. Luego cuelga la hamaca que se convirtió desde hace seis meses en su casa y se acuesta a dormir.

“Ha sido muy duro. He estado en varias ocasiones en el Centro de Paso, pero al final nos toca volver a las calles”, relata Osiris mientras sostiene a su bebé en brazos. También confiesa que quiere regresar a Venezuela inmediatamente mejore la situación en su país.

La crisis humanitaria en la que viven los 34 mil venezolanos que ya cuentan con el Permiso Especial de Permanencia (PEP) en Maicao, y los otros 20.000 que se estima están en estado irregular en la ciudad fronteriza, es más delicada de lo que se cree.

La imagen que se ve a las afueras de la Terminal de Transportes de la ciudad, donde duermen en el suelo aproximadamente 60 migrantes, se repite a lo largo de casi toda Maicao. Cada noche las calles del mercado municipal, el sector de Brasilia y la carrera 12, son habitadas por un centenar de migrantes que encuentran en los andenes de locales comerciales su único refugio.

A treinta minutos allí, cruzando las periféricas y polvorosas calles de Maicao, un grupo de 60 familias de migrantes venezolanos le ruega al cielo que ‘que no se deje caer’. Se trata de los moradores en la invasión Bendición de Dios, ubicada en la vía hacia el corregimiento de Paraguachón.

El asentamiento de casas con paredes de cartón, piso de barro y techos a medias, comenzó, según explica Leydis Romero, hace casi dos años. La mujer procedente del estado de Zulia, en Venezuela, dice que abandonó su país porque allá sus tres hijos no contaban con los servicios básicos que les permitieran vivir de forma digna.

“Vimos que estaban invadiendo y accedimos. Sabíamos que meternos era un riesgo porque somos venezolanos, pero no teníamos donde vivir”, comenta Leidys mientras cruza los dos metros cuadrados de su rancho para dirigirse al improvisado fogón de leña en el que cocina los alimentos todos los días. Destapa la olla y agrega: “Debido a que la brisa levanta el polvo con frecuencia, hemos comido mucha tierra”.

“Sabíamos que meternos era un riesgo porque somos venezolanos, pero no teníamos donde vivir”.

El camión que surte de agua a las comunidades pasa todos los días a las 5 de la mañana. Un galón con 12 litros del líquido, no potable, cuesta 3 mil pesos. “El problema es que aquí todo es comprado, en Venezuela era diferente, allá todo se conseguía de forma gratuita”, añade María Falcón, otra mujer migrante que tras pagar arriendo por casi dos años en varios lugares de Maicao, decidió asentarse en la invasión.

Las dos migrantes comentan que aunque ninguno de sus hijos se han enfermado hasta el momento, varios niños en el barrio han resultado con infecciones, llagas, fiebre y cólicos estomacales.

La inseguridad no es un problema. “Aquí todos nos apoyamos con todos”, dice Leidys con una sonrisa en su rostro. Eso sí, advierte que en una ocasión varios jóvenes “quisieron venir a consumir drogas y a robar, pero la comunidad les prohibió la entrada”.

No obstante, para María Falcón aunque la inseguridad sí acecha a veces el sector, la principal dificultad que ha encontrado desde su llegada a Colombia ha sido la xenofobia. La mujer relata que conseguir un trabajo decente en el país “ha sido difícil porque aquí no nos aceptan, hay mucha discriminación”. Luego mira hacia los pies descalzos de sus dos hijos y agrega: “Si un venezolano hizo algo, nos lo aplican a los demás y eso no es justo”.

La escolaridad de sus hijos también las preocupa. Tras varios meses de asistir a clases en Maicao, María debió retirar a sus hijos de la institución porque según manifiestan ellos, el matoneo era constante. “Los discriminaban mucho, les pegaban solo por ser venezolanos. Me tocó traérmelos a la casa”, comenta.

El caso de Leidys es diferente, sus dos hijos, de tres y cuatro años, respectivamente, no han podido ingresar a la escuela porque no se los aceptan debido a que no cuentan con el Permiso Especial de Permanencia.

Meses atrás, comentan las mujeres originarias del país vecino, un candidato al Concejo de Maicao se comprometió a legalizar los terrenos ocupados por las más de 60 familias venezolanas, sin embargo, argumentan, nunca más lo volvieron a ver.

“Aquí el que invadió llegó para quedarse. Algunos de hecho han vendido sus ranchos a otros migrantes, es más, también arriendan los terrenos”, comenta Leidys mirando a lo lejos a su lote escondido entre la maleza y agrega que no ha podido ocuparlo porque no cuenta con los recursos para al menos poner la primera pared.

La historia de las familias que habitan en la invasión Bendición de Dios también se repite en los asentamientos ubicados en los sectores de Villa Liliana y Torres de la Majayura, donde cientos de migrantes venezolanos prefieren, a pesar de los riesgos, comenzar una nueva vida bajo techo.

Trabajo periódistico: Julián Vivas

Realización audiovisual: Juan David Jaimes

*Nombre cambiado por razones de seguridad.

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