La educación trajo la felicidad a el barrio El Oasis de Santa Marta

La educación trajo la felicidad a el barrio El Oasis de Santa Marta

Niños de este deprimido sector crecen en valores, gracias a las clases que reciben en una fundación.

colegio santa marta

Dayana Díaz Herrera es la joven que fue estudiante y ahora es profesora auxiliar del programa que  desarrolla la Fundación Pueblo Santo.

Foto:

Archivo particular

Por: Santa Marta
26 de agosto 2018 , 01:55 p.m.

En medio de las dificultades y las necesidades propias de la pobreza en la que viven niños del barrio El Oasis, en Santa Marta, una humilde vivienda, dispuesta, exclusivamente, para su educación y formación como personas de bien, se convierte en su sitio preferido donde son felices mientras construyen una nueva realidad.

Esta es la historia que se teje en este deprimido sector de la capital del Magdalena, en donde la extrema pobreza se ha convertido en caldo de cultivo para la delincuencia, el microtráfico y la violencia.

Mientras que para algunos habitantes, desprevenidos, se trata solo de una casa más, situada entre las polvorientas calles de El Oasis, para el grupo de niños que cada semana crece en integrantes, significa mucho más que eso.

Allí encuentran aprendizaje, orientación en valores como el respeto, la disciplina, el orden, el compartir, a través de charlas, juegos y dinámicas en grupo. Además realizan talleres de escritura, lectura, y dibujo sobre temas alusivos a la formación de valores y el sentido de pertenencia por su barrio y su ciudad.

Educación con amor y valores

La líder de este proyecto educativo es Claudia Mejía Mojica, una comunicadora social bogotana que llegó hace unos 10 años a la ciudad a trabajar como docente de la Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda de Santa Marta. Durante estos años de trabajo Mejía descubrió que lo que verdaderamente le apasiona es el servicio dedicado a la transformación de vidas.

De allí esta mujer, madre de dos hijos, de lunes a viernes, pasa el tiempo en la Universidad dictando clases, dirigiendo proyectos de grados, organizando eventos académicos, y los sábados, sigue su trabajo como educadora, pero mostrando su lado más sensible a una población de niños, de los cuales muchos carecen de amor y posibilidades.

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La profesora Claudia Mejía con el grupo de niños del barrio El Oasis.

Foto:

Archivo particular

Para los habitantes más pequeños de El Oasis, Claudia más que la profe que enseña o corrige, es la persona que los escucha, les habla y les brinda el cariño que necesitan para crecer con valores y deseos de superación.

Cuando llega al barrio, todo es alegría. Como sucede con un padre o una madre, al reencontrarse con sus hijos luego de días de ausencia, así corren los niños y niñas que son asistidos por la Fundación Pueblo Santo para recibirla en medio de abrazos y sonrisas.

El propósito es ser un faro en medio de la oscuridad que guíe a las futuras generaciones de esta zona vulnerable que ante la falta de educación y el abandono enfrentan muchas amenazas y riesgos

A partir de ese momento quedan atrás los problemas familiares que afronta a diario este grupo de pequeños.

“Todos sin excepción buscan aprovechar al máximo el espacio que les disponemos para aprender, jugar y crear un mejor futuro, su felicidad durante este tiempo es incomparable”, señala la profesora.

Población beneficiada

Claudia Mejía cuenta que el programa que dirige beneficia a 50 niños, de edad entre 5 y 12 años, de familias con altos índices de pobreza y de analfabetismo.
“El propósito es ser un faro en medio de la oscuridad que guíe a las futuras generaciones de esta zona vulnerable que ante la falta de educación y el abandono enfrentan muchas amenazas y riesgos. Queremos dejar en ellas, por medio de lo que hacemos, un granito de arena, que aporte el mejoramiento de su calidad de vida”, indica la profesora Mejía, quien se acaba de doctorar en Ciencias Sociales.

El proyecto de la Fundación Pueblo Santo, lleva diez años ejecutándose en Santa Marta con resultados favorables que se pueden corroborar en el comportamiento, modo de pensar y estilo de vida que llevan quienes asisten o en algún momento aprovecharon esta oportunidad para crecer personal y académicamente.

De estudiante a profesora

Aunque son varios casos que hay para mostrar en el barrio El Oasis, uno de los que más impacta es el de Dayana Díaz Herrera, quien no solo se benefició durante estos años con los procesos educativos recibidos, sino que en la actualidad con 18 años y próxima a iniciar sus estudios profesionales, pasó de ser una de las asistente de la clase, a apoyar en la coordinación de las actividades y cuidado de la casa, donde cada sábado llegan más menores de edad desplazados, huérfanos o que enfrentan cualquier otro tipo de problemática social.

“Dayana ingresó siendo una niña de 8 años, era introvertida, poco participativa y con algunos problemas de aprendizaje, hoy es nuestra gran promesa, pues fue tanta la gratificación y sentido de pertenencia que tomó hacia este hogar que hoy con la mayoría de edad cumplida, ha ganado un papel fundamental en el funcionamiento de este lugar dedicado a construir ciudadanos con ganas de superarse”, añade Mejía.

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Los niños realizan talleres de lectura, dibujo y escritura, orientados a reforzar los valores.

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Archivo particular

Dayana no solo ayuda a mantener el orden de la casa escuela, sino que se ha ganado la confianza para ser profesora sustituta dentro de la Fundación. Los sábados llega puntual, emocionada abre las puertas y les da la bienvenida con un abrazo a los niños que acuden a recibir sus clases. Ellos responden ese gesto con una mirada que denota satisfacción y cariño.

Asume ese rol con mucha responsabilidad, entiende que tiene a su cargo la difícil tarea de ser también una orientadora de los niños y formarlos igual o mejor como lo hicieron con ella, durante el tiempo que acudió en busca de nuevas enseñanzas y lo más importante un ambiente fraterno que la hiciera sentir valiosa reconociendo sus esfuerzos por superar las dificultades.

Trabajo por la comunidad

Como coordinadora voluntaria del programa, asegura que disfruta mucho más la experiencia y que sigue aprendiendo.

“Tener la oportunidad de realizar actividades académicas y recreativas con estos niños no se compara con nada”, señala Dayana, quien ha recibido algunas propuestas laborales, pero al menos en estos momentos prefiere continuar trabajando en el mejoramiento de su comunidad.

“Cuando estamos aquí, nos olvidamos de tantos problemas que tenemos en nuestras casas, lo único que queremos es jugar, aprender y compartir como familia. Los deseos de salir adelante son muy grandes”, manifiesta, haciendo referencia tanto a la época que asistió como estudiante, como ahora que está desde el lado de la enseñanza. “Yo creo que si es posible superar la pobreza y falta de oportunidades a través de la educación”, resalta.

Actividades escolares

Claudia Mejía junto a Dayana Díaz refuerzan en los niños el aprendizaje que adquieren en el colegio, los ayudan a hacer las tareas, y ejecutan un plan de trabajo educativo que focalizan de acuerdo a la falencia que muestra el personal asistido.
“Hay casos donde ni siquiera saben leer o tienen aprendizaje más lento, a ellos le damos un tratamiento distinto, pero en general nos enfocamos en que las nuevas generaciones lean, escriban, desarrollen sus talentos en artes y tengan buenos hábitos”, precisa Mejía.

En esta casa que se ha consolidado como un centro educativo informal en El Oasis, nada, ni siquiera los robos cometidos en reiteradas ocasiones por parte de los amigos de lo ajeno, han impedido que desde el año 2008 los sábados de nueve de la mañana a doce del mediodía se lleve a cabo la jornada escolar que se le ofrece de manera gratuita a niños y niñas en condición de vulnerabilidad.

La vivienda está en obra gris, no cuenta con servicios públicos, ni grandes comodidades; sin embargo, los menores beneficiados encuentran todo lo que necesitan para ser felices y alejarse de aquello que le impida soñar.

Dentro de los planes a futuro de la Fundación está la construcción de una biblioteca con donaciones para fortalecer la enseñanza, con el tiempo también esperan seguir adecuando el inmueble para que funcione allí oficialmente un jardín infantil.

Roger urieles
Especial para EL TIEMPO
Santa Marta

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