Falleció el 'Mago Dávila', primer linotipista que tuvo García Márquez

Falleció el 'Mago Dávila', primer linotipista que tuvo García Márquez

Memorias de Guillermo Dávila, cofundador con Gabo de 'Comprimido' el periódico más pequeño del mundo

Guillermo Antonio Dávila Peñalosa, en sus últimos años fue jefe de redacción de la revista del Congreso, de la cual además fue cofundador.

Guillermo Antonio Dávila Peñalosa, en sus últimos años fue jefe de redacción de la revista del Congreso, de la cual además fue cofundador.

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John Montaño. EL TIEMPO

Por: John Montaño 
23 de abril 2020 , 04:51 a.m.

Si a través de sus novelas el autor estadounidense William Faulkner le entregó a Gabriel García Márquez la técnica literaria, entre parrandas y bohemia, en Cartagena,  ‘El Mago Dávila’ le enseñó a Gabito los secretos de la prestidigitación, un arte que el Premio Nobel aplicó en sus letras, con las que encantó a la humanidad.
   
Guillermo Antonio Dávila Peñalosa, ‘El Mago Dávila’, falleció en la Clínica Reina Sofía de Bogotá a las 3:30 de la madrugada del pasado miércoles 22 de abril.

“En febrero había estado hospitalizado debido a una infección urinaria. También le dolían las piernas. En los últimos días había estado en urgencias por una hemorragia interna, le hicieron varias cirugías de estómago, y pese a que había salido adelante de las cirugías, no soportó los pos operatorios y esta madrugada nos informaron en la clínica su fallecimiento”, le confirmó a EL TIEMPO, Gloria Wanumen, esposa del Mago Dávila.

A Dávila, que cumpliría 91 años el próximo 29 de junio, se le veía constantemente en Cartagena rememorando aquellos lugares icónicos donde fue feliz al lado de Gabriel García Márquez, su gran amigo, a quien conoció en la década de los 50, del siglo pasado.

Días inolvidables de parrandas y literatura de un Nobel y un mago

Guillermo Dávila y García Márquez se conocieron en el diario El Universal, cuando el primero era linotipista (manejaba el linotipo, una máquina que permitía componer textos en lingotes de plomo para mecanizar su impresión, la cual fue reemplazada en los medios años más tarde por las modernas rotativas).

El segundo había llegado a Cartagena para ejercer por primera vez en su vida el periodismo y huyendo de la violencia del 9 de abril en Bogotá, donde estudiaba Derecho.

EL TIEMPO había recorrido con Dávila esos lugares de la vieja Cartagena que marcaron su amistad con Gabo.

“La Cueva era el antiguo mercado de Cartagena, donde hoy queda el Centro de Convenciones. Allá llegábamos a comer después de las 6 de la tarde –le había dicho ‘el mago’ a EL TIEMPO–. Las cocineras llenaban de comida los mesones: tortuga, pescado de todo tipo; una fiesta gastronómica donde lo mejor eran los precios benéficos para todos los bolsillos. A Gabriel siempre le causaron curiosidad las maricas que atendían los mesones, pero nunca con morbo o irrespeto, admiraba el ruido de los zapatos de charol que todas usaban”, recordaba Dávila, que fue siempre un hombre lúcido y vital, y homenajeado en Cartagena en varias oportunidades.

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez

Foto:

Eduardo Abad / EFE

Un mago en la redacción

“Cuando tenía 22 años todo era fascinación e hipnotismo. Me iba para alguna plaza de Cartagena y atrapaba una paloma. La escondía en un bolsillo. Llegaba a la redacción de El Universal y algún movimiento me inventaba para hacer aparecer la paloma que volaba por las oficinas. Eso a Gabriel le encantaba”, decía el mago.

Siempre vistió elegante y a la vieja usanza don Guillermo Dávila: de blanco, con sombrero, pero sobre todo con una sonrisa gigante y unos ojos azules, como el cielo infinito que hoy lo arrulla.

“Con Gabriel coincidíamos en algo, la vida es como la magia: a problemas grandes, soluciones pequeñas y elementales”, decía.

Con Gabriel coincidíamos en algo, la vida es como la magia: a problemas grandes, soluciones pequeñas y elementales

‘Comprimido’, el periódico más pequeño del mundo

De joven, en sus ratos libres como linotipista, y escondido entre planchas, Dávila se dedicó a estudiar magia por correspondencia, en cursos que le llegaban desde México y los EE. UU.

Pero el recuerdo más grato de la amistad entre el bumangués Dávila y Gabo se dio en 1950, cuando juntos fundaron ‘Comprimido’, un periódico vespertino de dos páginas, el cual García Márquez escribía en su totalidad y Dávila imprimía y luego regalaba en las plazas de Cartagena.

Pese a que el proyecto periodístico solo duró siete días, sirvió para forjar una amistad que marcó a García Márquez, y de la cual el Nobel dio fe en su libro Vivir para contarla, donde reseña sus días con el mago de ojos azules y la creación de 'Comprimido'.

La idea surgió en aquellas noches de viernes de bohemia cuando redactor y linotipista salían después de terminar la edición dominical del diario El Universal y se iban en busca de una botella de Ron Blanco, al sector de las Bóvedas de Cartagena, donde estaban ubicadas las cantinas y hoy son locales de artesanías frente al colegio Salesiano.

“Había que trabajar hasta la una o dos de la madrugada, porque el director se demoraba escribiendo el editorial. Entonces nos íbamos para las bóvedas, y en una de esas le dije a Gabriel ‘¿por qué no hacemos un periódico?’. En la ciudad había desaparecido El Fígaro, un vespertino, y eso nos abría un espacio”, recordaría Dávila quien, pronunciaba un castellano perfecto y pausado.

Había que trabajar hasta la una o dos de la madrugada, el director se demoraba escribiendo el editorial. Entonces nos íbamos para las bóvedas, y le dije a Gabriel ‘¿por qué no hacemos un periódico?’

Escogí a Gabo por esa confianza que él se tenía: esa seguridad, esa verraquera de saber quién iba a ser. Es difícil encontrar un tipo que a los 22 años esté convencido de qué quiere ser en la vida. Cuando lo conocí ya tenía escrita ‘La Hojarasca’ y su sueño era mandarla para Buenos Aires para que la publicaran”, recordó en diciembre del año 2013 el mago Dávila es una entrevista con EL TIEMPO.

Un día, el joven Dávila echó mano de 124 pesos que tenía como ahorros en la Caja Social y le cambió trabajo por tinta a Domingo López Escauriaza, dueño de El Universal, con tal de que le permitiera sacar el plomo para imprimir las dos hojas del naciente diario. En la bandera de ‘Comprimido’, del cual Dávila cargaba unas viejas fotocopias en un maletín, solo aparecen dos nombres de Dávila, como gerente, y García Márquez, director.

“Comprimido no es el periódico más pequeño del mundo, pero aspira a serlo con la misma laboriosidad con que otros aspiran a ser los más grandes. Nuestra filosofía consiste en aprovechar en beneficio propio las calamidades que se confabulan en el periodismo moderno: la carestía del papel y la escasez de anuncios; factores que favorecen nuestro progreso puesto que nos tocará reducir cada vez más nuestras proporciones en esta iniciativa; y como los préstamos con interés, tiene el privilegio de prosperar a costa de su propio tiempo”, reza el primer editorial de ‘Comprimido’, que data del 20 de septiembre de 1950.

Gabo comenzaba a escribir el periódico a las 11 de la mañana y terminaba entrada la tarde cuando le pasaba los originales a Dávila que imprimía y luego regalaba los mil ejemplares diarios en las Plazas de La Proclamación, San Pedro, La Aduana, Los Coches y en el Parque de Bolívar.

“Cuando volvía a la redacción que quedaba en la Calle San Juan de Dios, Gabriel me decía ‘cómo te fue’; y yo le respondía: ‘se vendió todo’, y ambos soltábamos la risa porque el periódico era gratuito”, recordaba Dávila.

Gerente y director aspiraban a que el proyecto se mantuviera de la venta de pauta que tenía un costo de 10 centavos por aviso. Sin embargo ‘El Mago’ recordaría que nunca vendió una sola pauta publicitaria.

Escogí a Gabo por esa confianza que él se tenía: esa seguridad, esa verraquera de saber quién iba a ser. Es difícil encontrar un tipo que a los 22 años esté convencido de qué quiere ser en la vida...

El tamaño del periódico era media carta y constaba de dos páginas, pero su máximo logro fue una edición de ocho páginas.

‘Comprimido’ además brilló por los titulares ingeniosos: ‘Buses tetracedulados’, entre los más recordados.

“Estábamos en plenas elecciones y según el periodista (Gabo) se había encontrado un bus con cinco placas; que era en realidad una forma de decir que había problemas en la cédulas de los chocorazos. ¿El bus existió? Eso solo lo sabía García Márquez que era quien escribía las noticias”, se preguntaba ‘El Mago’, que siempre andaba escoltado por su esposa, Gloria Wanumen, 40 años menor que él, y quien había enamorado con ese poder de la palabra, que siempre fue su arma letal en el amor y los negocios.

En una de las noticias publicadas en ‘Comprimido’ se lee:

“Dos ciudadanos leían ayer el segundo número de Comprimido, y uno de ellos comentó: se necesita ser bien vago para hacer una cosa como esta”.


García Márquez escribía todo el periódico. Según ‘El Mago’, y con el poder de la síntesis su periódico se le adelantó a Twitter.

Una pena, porque la empresa de ‘Comprimido’ solo duró una semana al cabo de los cuales se despidió de sus lectores declarándose como el primer periódico metafísico de la humanidad.

Gabriel García Márquez

‘El general en su laberinto’ se publicó en 1989. Algunos críticos la incluyen en el ‘top’ de las mejores obras de Gabo.

Foto:

Edgard Garrido / Reuters

Nostalgias del linotipo

De vez en cuando, con sus manos gigantes, blancas y nutridas en pecas, ‘El Mago’ acariciaba la vieja máquina de linotipos que reposa aún en las modernas instalaciones del diario El Universal frente al Castillo de San Felipe.

La máquina, de color negro, llena de palancas, teclados, engranajes y rodillos, es conservada como una reliquia por el periódico, pero cobraba vida cuando el viejo linotipista, con su hablar pausado, los visitaba y explicaba a las nuevas generaciones de periodistas cómo operaba.

“Esta máquina había sido construida con la idea de hacer un periódico y a mí me dio trabajo desde los 13 años cuando la aprendí a manejar”, recordaba el hombre de inconfundible y perfectamente pulida barba blanca, frente al vejo aparato.

Cuando pequeños queremos ser el hombre invisible, y cuando llegamos a viejos, sin darnos cuenta, lo somos. Ya no se respeta al viejo, no se le toma en cuenta, y así nos volvemos invisibles

Los viejos invisibles

“Un periodista me preguntó alguna vez: ‘¿cómo ves la vejez en Colombia?’ Y le respondí que los viejos en este país hacemos realidad nuestros sueños de niños: nos hacemos invisibles. Cuando pequeños queremos ser el hombre invisible, y cuando llegamos a viejos sin darnos cuenta lo somos. Ya no se respeta al viejo, no se le toma en cuenta, y así nos volvemos invisibles” señalaba Dávila quien como García Márquez, también era hijo de un telegrafista.

Guillermo Antonio Dávila Peñalosa, que siempre se supo reinventar, se hizo cronista hípico en los años 60, cuando las carreras de caballos competían hombro a hombro con el fútbol colombiano por la sintonía radial.

En sus últimos años fue jefe de redacción de la revista del Congreso, de la cual además fue cofundador.

Paz en su tumba a un hombre fantástico, que sabía contar historías mágicas, como un mago de verdad.


     
John Montaño
Redactor de EL TIEMPO

Cartagena
En Twitter: @PilotodeCometas

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