Estadio Alfonso López, un testigo de nuestra historia

Estadio Alfonso López, un testigo de nuestra historia

Declarado como bien de interés cultural, este escenario de la U. Nacional cumple 80 años.

Estadio Alfonso López

Así se ve hoy el estadio Alfonso López Pumarejo de la Universidad Nacional, sede Bogotá. Fue inaugurado en 1938.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

Por: Carlos Castelblanco 
09 de julio 2019 , 10:22 a.m.

Dice el escritor mexicano Juan Villoro que un estadio de fútbol existe para jugar a la magia, y el mundo, para creerla. En 1938 se inauguró en Bogotá el estadio Alfonso López Pumarejo, diseñado por un artista alemán y construido en el campus de la Universidad Nacional.

En este espacio ha habido magia pura. O, ¿de qué otra manera se puede calificar lo que hicieron allí Adolfo Pedernera o Alfredo Di Stéfano cuando dejaban a los espectadores maravillados?

Por sus características excepcionales, en 1996 este escenario fue declarado por el Gobierno Nacional bien de interés cultural de carácter nacional. Entre sus méritos está el de haber sido sede del primer campeonato nacional de fútbol profesional.

Hace 80 años, cuando se inauguró el estadio Alfonso López Pumarejo, ubicado en un costado occidental del campus de la Universidad Nacional, las familias bogotanas de la época alistaban el fiambre o almuerzo en un canasto; los hombres, su mejor traje, el de paño inglés oscuro, y las mujeres, el sombrero más elegante y los guantes más blancos para ir a ver las competencias atléticas de los primeros Juegos Bolivarianos.
Unos años después irían los niños, con los zapatos relucientes y el pelo engominado, de la mano de sus padres a observar con asombro las formidables jugadas y cabriolas de los futbolistas de la época de El Dorado. Hoy, esas tribunas reciben a barras de jóvenes que saltan y cantan sin camisa alentando al equipo de sus amores.

El viaje a la semilla

A los 41 años, el arquitecto alemán de espíritu discreto y musical Leopoldo Rother; su esposa, Susana, y sus hijos, Hans y Ana, cruzaron el mar huyendo de los nazis. Rother era subdirector de Edificios Nacionales cuando el Gobierno alemán lo expulsó del cargo por su ascendencia judía.

Por esos años, el gobierno liberal de Alfonso López Pumarejo invitó a profesionales extranjeros a participar en proyectos de trascendencia para el país. Al llegar a Colombia huyendo del horror de la guerra y el exterminio, Rother ingresó en la nómina de arquitectos de la Dirección de Edificios Nacionales del Ministerio de Obras Públicas.

Y de la mano de Rother llegó al país la escuela arquitectónica de la Bauhaus alemana, en la que el uso y la estética en las construcciones debían estar juntas para permitir formas de convivencia que facilitaran el trabajo en equipo y la cooperación entre las personas. Su primer trabajo en Colombia fue la elaboración del Plan Maestro de la nueva Ciudad Universitaria de Bogotá.

En ese inmenso terreno, Leopoldo Rother planteó cinco zonas ovales en forma de búho para el nuevo campus. Además de este proyecto urbanístico, diseñó varios edificios que agrupaban en un solo lugar las facultades desperdigadas por toda la ciudad, y el estadio Alfonso López Pumarejo.

Era el año de 1938, y la capital soñaba, como erizando su lomo sobre los pastizales de la sabana, con ser al fin una ciudad moderna. Era un año de fiesta. La capital celebraba sus 400 años de fundación y por ese motivo se inauguraron el tramo inicial de la avenida Jiménez, construida sobre la canalización del río San Francisco; el Instituto Botánico Nacional en la Ciudad Universitaria, así como un busto del sabio José Celestino Mutis, donado por el ayuntamiento (alcaldía) de Cádiz (España); la nueva sede de la Biblioteca Nacional; se llevó a cabo la primera edición de los Juegos Deportivos Bolivarianos con la participación de Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá y Bolivia. Y sobre la gramilla del nuevo estadio Alfonso López empezaron a disputarse los encuentros de fútbol.

Desde entonces, este recinto es uno de los símbolos del campus de la sede Bogotá de la Unal, y en él han tenido lugar encuentros con la presencia de destacados personajes del deporte nacional e internacional. El fútbol bogotano y el nacional se consolidaron como un espectáculo de masas en Colombia: durante algo más de 20 años, este estadio fue uno de los epicentros más importantes del deporte colombiano, aquí jugaron de locales los equipos Santa Fe (primer campeón del Fútbol Profesional Colombiano en 1948) y Millonarios. Desde sus graderías construidas para albergar 12.000 aficionados se vivió la llamada era de El Dorado (1949-1953).

¿Por qué se impuso el fútbol? Desde 1938, este deporte surgió como un fenómeno cultural en crecimiento en la capital y en el país. De los equipos de barrio y de amigos con un reglamento básico se evolucionó a la organización de cuadros aficionados, pero reforzados por deportistas, y lo que se podrían llamar en la época futbolistas profesionales.

En 1948 se jugó el primer campeonato profesional con diez equipos en competencia: Municipal, América, Junior, Deportes Caldas, Deportivo Cali, Once Deportivo, Medellín, Universidad y por Bogotá compitieron Millonarios y Santa Fe.

La capital tenía alrededor de 700.000 habitantes y un rostro contradictorio: era una urbe en crecimiento, sobre todo después de los incendios y saqueos del 9 de abril, una ciudad que planeaba vías, edificios y grandes obras, pero al mismo tiempo una ciudad con niveles muy altos de desigualdad y de extrema pobreza.

Los dos equipos bogotanos disputaron algunos partidos de ese primer torneo sobre la grama del histórico estadio Alfonso López Pumarejo, y también en El Campín.

Después de jugar dos vueltas de todos contra todos, Santa Fe levantó la primera copa del fútbol profesional gracias a los 27 puntos conseguidos, cuatro más que Junior. Millonarios fue el equipo más goleador del torneo, con 58 goles, 31 de ellos anotados por el delantero Alfredo Castillo.

En 1949, un Millonarios reforzado con jugadores argentinos de primer nivel que habían iniciado una huelga contra el gobierno de Perón y migraron de su país hacia otros torneos del continente ganó el campeonato.

Una época brillante

En esos años de la época dorada del campeonato profesional de fútbol, una familia bogotana se servía las onces a las cuatro de la tarde, los hombres habían dejado de usar el sombrero de copa y usaban de fieltro oscuro, gabardina, corbata y chaleco. Las mujeres, vestidos diseñados a la medida, pequeños en la parte de los hombros y ajustados en la cintura, cartera, guantes y sombrero.

Así lo retrata en sus Crónicas bogotanas el escritor y periodista Felipe González Toledo. Y así vestidos y con el infaltable paraguas enganchado del brazo, hombres, mujeres y niños fueron un 10 de junio de 1949 al aeropuerto de Techo a recibir a la estrella argentina, el ‘Maestro’ Adolfo Pedernera. Días después fueron al estadio Alfonso López a verlo jugar enfundado en la camiseta de Millonarios. Y sonaron los primeros compases de lo que se conocería como la leyenda del ‘ballet azul’.

Y en ese estadio enclavado en el corazón de la Ciudad Universitaria y que fue el sueño de un arquitecto alemán para que los aficionados al deporte se encontraran y fraternizaran, se reveló para el mundo, un año después de la llegada de Pedernera, la figura de un joven delantero de cabellos dorados, veloz, habilidoso y con una inteligencia especial para entender el juego, la Saeta Rubia, un prodigio del fútbol: Alfredo Di Stéfano. Y con él llegaron el portero Julio Cozzi, Pini y Néstor Raúl Rossi para convertir al equipo capitalino no solo en uno de los mejores de la historia del fútbol colombiano, sino, en esos años, uno de los mejores del mundo.

Y se enfrentaron a otros grandes jugadores, como el sensacional delantero peruano Valeriano López del Deportivo Cali; Roberto Drago y Segundo Castillo, que conformaban la llamada ‘danza del sol’ del Deportivo Independiente Medellín, y el deslumbrante y mujeriego Heleno de Freitas del Junior de Barranquilla, quien en su debut convirtió cuatro goles. Todos jugaron en esta verde grama.

Recientemente, este estadio sirvió como escenario de los partidos en condición de local del Bogotá Chicó Fútbol Club, luego de que este dejara de jugar en el Parque Estadio Olaya Herrera. En el año 2007, el equipo La Equidad lo utilizó en el Torneo Apertura para jugar sus partidos como local. Bogotá Fútbol Club lo tomó como su sede desde el campeonato 2007 del torneo de Primera B del fútbol colombiano hasta mediados del año 2012. Y hoy, la afición que visita el Alfonso López se tatúa en las pantorrillas y los brazos el escudo de su adorado equipo, son muchachos y muchachas muy jóvenes que se agrupan en barras o parches y llevan bombos y trapos con los colores del equipo por el que, dicen, están dispuestos a dar su propia vida.

El principal patrimonio de una ciudad es su modo de vida, explicaba en el segundo encuentro de bogotanólogos el arquitecto y profesor universitario Juan Carlos Pérgolis, entendiendo que la vida de la ciudad y su historia conforman su cultura, de la cual participan los habitantes, encontrando a través de ella su identidad o pertenencia.

Existe, indica Pérgolis, una relación de las formas del espacio urbano con los usos y significados que los ciudadanos les dan. Por lo tanto, no cabe duda de que este estadio que lleva el nombre del expresidente Alfonso López Pumarejo, bajo cuyo gobierno se comenzó a construir la Ciudad Universitaria, está habitado por los abrazos exaltados de emoción y también por las desdichas que ha despertado el fútbol desde siempre en los corazones de los aficionados que a través del tiempo lo han visitado.

Las tribunas del Alfonso López, agitadas por la alegría de los cientos de pañuelos blancos de las mujeres y los sombreros al vuelo de los hombres festejando las jugadas y los goles de una constelación de jugadores excepcionales que pisaron su césped en la época de El Dorado futbolístico, evocan una ciudad que oía radionovelas, tarareaba Salsipuedes de Lucho Bermúdez y los tangos de Santos Discépolo; los gritos de gol nos recuerdan una urbe que a mediados del siglo XX estaba construyendo las autopistas Norte y Sur, el aeropuerto El Dorado y los puentes de la calle 26. Una capital que en su corazón geográfico tiene un espacio donde los mayores recuerdan que había magia, magia pura.

CARLOS CASTELBLANCO
Periodista y escritor
PARA EL TIEMPO
Twitter: @castelblanco75

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