Dolores, la mujer que la guerra le destrozó el corazón y el alma

Dolores, la mujer que la guerra le destrozó el corazón y el alma

Campesina de los Montes de María sufrió muerte, a manos de paramilitares, de su esposo y dos hijos.

Dolores

Dolores nació en El Guamo (Bolívar), que está arriba, en la zona alta de los Montes de María, subregión que conforman quince municipios de Bolívar y Sucre.

Foto:

Comisión de la Verdad

Por: Vicente Arcieri G.
26 de mayo 2019 , 12:55 p.m.

Dolores va por la vida con su corazón destrozado. Por sus ojos verdes aguamarina brotan lágrimas que emergen de lo profundo de su ser cuando cuenta su vida.

Son esas lágrimas las que seca con sus manos cuando llegan a sus mejillas ajadas, curtidas por el tiempo y el dolor. Lleva heridas grandes, muchas, que son difíciles de cicatrizar. Son las huellas amargas que le dejó una guerra que ella no entiende ni entenderá jamás.

Esa guerra que le arrancó a su esposo, con quien se casó cuando ella tenía dieciocho años; a dos de sus hijos, de 23 y 25 años, a manos de los paramilitares; y afectó, por siempre, la vida de su hijo mayor, quien estuvo por tres años retenido por las Farc, tras sobrevivir a una toma a un comando policial, en el Cesar.

Es Dolores García Sierra, campesina de los Montes de María, quien entre sollozos dice sobre quienes le arrancaron su felicidad: “No los odio porque yo no voy a vivir con mi corazón podrido, solo pido justicia y verdad”.

Dolores nació en el municipio de El Guamo (Bolívar), que está arriba, en la zona alta de los Montes de María, subregión que conforman quince municipios de Bolívar y Sucre, y una de las más golpeadas del país por el conflicto armado.

Desde cuando Otto Rafael Angulo le robó el corazón, a los dieciocho años, Dolores vivió en San Juan Nepomuceno, entre la parte rural y la cabecera municipal, dedicada con su esposo, a trabajar en fincas, criando a sus hijos, sembrando y cuidando ganado.
Era una campesina recia, trabajadora y feliz. 

Dolores

Dolores tuvo diez hijos que fue sacando adelante, junto con su esposo, también hombre de campo, que amaba a los caballos.

Foto:

Comisión de la Verdad

Le dio al mundo diez hijos que fue sacando adelante, junto con su esposo, también hombre de campo, que amaba a los caballos, luchador, que alzaba los ojos para darles gracias al sol y a las estrellas por cada alimento que extraía de la tierra que cultivaba.

Su casa en San Juan Nepomuceno era de puertas y ventanas abiertas, recuerda Dolores. 

Dice que siempre había en la cocina comida para el que llegara a visitar, de repente o con aviso anticipado.

Era una casa llena de gente, de compadres sonrientes, de buenas amigas, de vecinos amables.

Aquella felicidad olía a berenjenas, a ají dulce, a sancochos, a ñame y yuca forradas de tierra, a ‘machucao’ (receta típica de esta región utilizada de aderezo picante para acompañar comidas).

Y la guerra tocó su puerta

Pero un día llegó una visita indeseada. La guerra irrumpió su hogar para truncar esos días felices en familia y en los montes nobles de la sabana montemariana.

La tragedia de Dolores comenzó con el secuestro de su hijo mayor, Otto Rafael Mercado García, quien el 28 de diciembre de 1998 fue llevado a la selva por hombres del entonces frente 41 de las Farc, hoy desmovilizado, tras una toma a sangre y fuego de las instalaciones del cuartel de la Policía en Becerril, Cesar.

Otto Rafael fue uno de los cinco policías que sobrevivieron a aquel ataque.
Comenzó, entonces, para Dolores un viacrucis. La vida le cambió y empezó la búsqueda de la libertad de su hijo. Participó en marchas; acompañó al caminante de la paz, Gustavo Moncayo; y hasta la zona de despeje de El Caguán viajó para lograr la liberación de Otto.

Estaba dedicada en cuerpo y alma a ver regresar a su hijo amado, cuando hubo de enterarse de la muerte de su esposo. Hombres armados, que sembraban el terror en la zona y que algunos señalaban como paramilitares, llegaron a la finca La Magdalena, en la que trabajaba, y lo asesinaron.

“Solo había pasado un año del secuestro de mi hijo cuando sufrí este golpe. Regresaba de Valledupar cuando llegué a San Juan me esperó un amigo de la familia y me dijo: “El señor Otto me mandó a buscarla”. En casa no había nadie, todos estaban en la finca donde ocurrió el ataque”, cuenta la mujer.

En el 2001, dos años después de la muerte de su marido, otro hecho sacude su corazón. Su hijo Zarith, que rondaba los veinticinco años, fue sacado de una finca por hombres armados que lo asesinaron y lanzaron su cuerpo al río Magdalena.

Dolores dijo que apenas se estaba reponiendo de la tragedia de su hijo mayor y su esposo cuando ya estaba en la búsqueda dolorosa del cuerpo de su otro hijo asesinado.
Lo encontró en Sabanilla, en aguas del Caribe, en estado de descomposición.

Un año después, apenas -el 30 de agosto del 2002- otro hijo de Dolores, Eugenio, de 23, cae en la matanza ocurrida en la finca Los Guámiros, en San Juan Nepomuceno, donde el joven estaba atendiendo un ganado.

Apareció un grupo de hombres armados, que aún no se tiene la certeza si era de la guerrilla o de los paramilitares, y lo ejecutó.

La verdad no se sabe a ciencia cierta. Por eso Dolores confía que la Comisión de la Verdad logre el esclarecimiento de esta matanza. Con él fueron asesinadas otras catorce personas, lo que se convirtió en la mayor masacre ocurrida en San Juan Nepomuceno durante esta época cruel del conflicto armado en los Montes de María.

“Yo lo único que quiero es saber la verdad, saber quiénes mataron a mi esposo y a mis hijos. Por qué razón lo hicieron, si nada tenían que ver con las fincas donde los fueron a matar, ni con nadie, eran hombres trabajadores. No eran los dueños de las fincas, ellos iban a trabajar y los mataron”, repite Dolores.

En espera de la verdad

Dieciséis años después, la matanza de Los Guáimaros, como se le conoce, no tiene autores reconocidos. Nadie se adjudicó el hecho y las familias de las victimas siguen reclamando la verdad, el por qué de aquella danza de la muerte que sacudió a esta región montemariana.

La de San Juan es la tercera masacre con mayor número de víctimas, en Bolívar, después de las ocurridas en los corregimientos de El Salado y Macayepo, en El Carmen de Bolívar, ubicados en la subregión de Montes de María.

“Yo no tengo que perdonar a nadie, eso se lo dejo a Dios, yo lo único que quiero es saber la verdad, porque yo sé y cuento mi verdad, pero quiero oír la verdad de los postulados (comandantes paramilitares), porque yo he ido a las audiencias y ellos no dicen la verdad de lo que ocurrió”, reclama Dolores.

Y agrega que desde el municipio Soledad (Atlántico), donde tuvo que refugiarse muchos años, cuando salió desplazada de San Juan, se iba a pie, porque no tenía un solo peso en su monedero, al Centro Cívico para escuchar a los paramilitares y entender la razón por la que mataron a dos de sus hijos y a su esposo, pero nunca la escuchó.

Tantos años después, Dolores trata de mitigar su dolor con sus nietos. Pero dice que no quiere morirse sin saber por qué acabaron con parte de su familia de esa manera.

Es Dolores y va por la vida con su corazón destrozado, pero no se deja vencer porque terminó de levantar a sus hijos y es la cabeza visible de su familia numerosa y unida.

Se levanta todos los días a hacer almojábanas para ayudar a sostener su hogar y dos de sus hijos siguen el legado de su padre de ser de los mejores cuidadores de caballos de San Juan. Los hijos que viven en Barranquilla trabajan y estudian. Dolores insiste y no descansa en conocer la verdad.

Vicente Arcieri G.
Especial para EL TIEMPO
SAN JUAN NEPOMUCENO (BOLÍVAR)

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