El ritual de Jorge Eliécer Gaitán para dar discursos electrizantes

El ritual de Jorge Eliécer Gaitán para dar discursos electrizantes

El autor del texto dice que a Gaitán lo mataron pues quería que el pueblo interviniera en política.

Gaitán

Jorge Eliécer Gaitán en uno de sus "Viernes Culturales".

Foto:

Sady González

Por: EL TIEMPO*
02 de abril 2019 , 09:29 p.m.

Oraciones, y multitudinarias: ni discursos escritos ni charlas académicas. Oraciones que tenían mucho, según quienes asistieron a ellas, de ritual mágico-religioso, durante el cual una misteriosa carga eléctrica saltaba del orador a los oyentes, y recíprocamente, y los transfiguraba a ambos; y que por ese mismo rasgo de inmediatez física no se entienden escuchadas en grabación muchos años después, de la misma manera que la televisión es incapaz de transmitir la emoción de la faena de un torero en una plaza de toros. (Gaitán fue el primer político colombiano que hizo concentraciones, incluso la del lanzamiento de su candidatura presidencial, en la plaza de toros).

Oídos, o leídos, los farragosos discursos de Gaitán no parecen gran cosa, y su impacto sobre la muchedumbre resulta incomprensible. Había que estar ahí.

Dije antes que la voz de Gaitán era la del pueblo. Así lo sentía el pueblo; pero, más notable, así lo sentía Gaitán: no se dirigía al pueblo, sino que hablaba en su nombre y con su voz. “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, decía (y alguna vez precisó con jactancia digna de Luis XIV: “Yo soy el orden social”). Incluso en la entonación, en el vocabulario, hablaba como el pueblo. “Como un embolador bogotano”, decían con asco (racial y social) las oligarquías, para las cuales ese modo de hablar era uno de los principales defectos de Gaitán: “Del chino Forfeliécer”.

Y desde el punto de vista de sus propios intereses, de su propio juego autista y excluyente, tenían toda la razón: no había que hablar como el pueblo. Había que hablarle al pueblo, sí, pero para dejarlo impresionado y convencido de su propia inferioridad y de la superioridad manifiesta de quien condescendía a dirigirle la palabra: como se le había hablado siempre, desde el púlpito o desde la tribuna.

Como lo había hecho el propio Bolívar. Pero no como lo hacía Gaitán, como si el pueblo mismo tuviese no solo dignidad de interlocutor, sino también capacidad propia de reflexión y de opinión: de palabra. Gaitán no usurpaba la vocería de los que no tenían voz –cosa tradicional y respetable–, sino que les prestaba su propia voz elocuente: cosa intolerable.

Lo hizo, por ejemplo, siendo ya jefe del partido Liberal (contra la voluntad de sus dirigentes tradicionales), en la famosa Manifestación del Silencio del 7 de febrero de 1948, cuando su convocatoria llenó hasta los topes la plaza de Bolívar como nunca la había llenado nadie antes ni la volvería a llenar después. Ante la muchedumbre enlutada y con banderas negras que guardaba un absoluto silencio, un “silencio sagrado”, tomó Gaitán la palabra, no en su nombre de jefe del partido Liberal, sino en nombre del pueblo silencioso:

“Señor presidente Ospina Pérez: bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa muchedumbre que esconde su ardiente corazón lacerado por tanta injusticia bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria”.

Y eso aterrorizó a los políticos tradicionales de los dos partidos: el pueblo había tomado la palabra. Es decir, Jorge Eliécer Gaitán había cometido el impensable sacrilegio, de imprevisibles consecuencias para el orden, de darle la palabra al pueblo. De abrirle el acceso a la política, cuando la política había consistido siempre en mantener el pueblo al margen. Ellos, liberales, conservadores, o los efímeros republicanos (“algodón entre dos vidrios”), habían tenido siempre de la política un concepto de club privado, censitario, con derecho de admisión reservado.

La “democracia” colombiana debía ser como la ateniense: sin los ilotas. Era la que había existido siempre, y a la cual –tras la violencia y gracias a ella– se volvería después. Gaitán era un demagogo irresponsable que, como se dijo más arriba, quería otra cosa: quería que el pueblo interviniera en la política. Por eso lo mataron.

EL TIEMPO*Fragmento de ‘El hombre que inventó un pueblo’, texto escrito por Antonio Caballero para el libro El saqueo de una ilusión y publicado por EL TIEMPO en 1997.

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