El encuentro del cantante y la familia del arquitecto al que atropelló

El encuentro del cantante y la familia del arquitecto al que atropelló

Tenía 36 años cuando la camioneta que manejaba Rafael Simón Meza le segó la vida.

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Nelly piensa cada hora de su vida en su único hijo varón.

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Salud Hernández-Mora

27 de septiembre 2018 , 09:55 a.m.

Ocurrió en un hotel de Bogotá. Un encuentro buscado por años. “No sé por dónde empezar, no es fácil dar este paso”. Rafael Simón habla pasito, a veces mirando a las tres mujeres y, otras, al vacío. “No pretendo achicar la cuestión. Ya era un hombre, según la ley, y como un hombre respondí. Estuve en prisión, aunque ustedes lo ponen en entredicho”. Sabe que sus interlocutoras sospechan que hubo manejos oscuros durante el proceso judicial y no solo evitó una condena dura, sino una celda tras las rejas.

“Hay una cuestión muy simple a la que apelo: si hubiese tenido la plata para comprar un juez, no entiendo por qué no reparo a la víctima y me quito un problema de encima”, argumenta.

Rafael Simón Meza, cantante y compositor, tenía 18 años cuando atropelló y mató a Míller Antonio Díaz, de 36 años. Manejaba borracho y sin pase una camioneta a alta velocidad. Se tragó al peatón que caminaba tranquilamente por la calle en busca de algo para comer. Era la una de una fría madrugada en Pasto, y el bus que venía de Ecuador y seguía hacia Bogotá aquel 6 de enero se había detenido por unos minutos.

Díaz, un pasajero más, estaba en la última etapa de un largo trayecto que emprendió en Buenos Aires, donde había trabajado año y medio.

Bogotano, arquitecto de la Universidad Nacional y antiguo empleado de la Gobernación de Cundinamarca, cumplió su sueño de pasar una larga temporada en Argentina. Y regresaba por carretera para visitar algunos lugares de los países que atravesaba hasta arribar a su ciudad natal.

La potente Toyota apareció como de la nada. Míller Antonio no tuvo tiempo de reaccionar. Murió en el acto. Rafael Simón no se detuvo, huyó hacia el hotel en el que se hospedaban su famoso abuelo, Lisandro Meza, juglar vallenato; su papá y unos tíos, también músicos.

No le voy a perdonar nunca trece años de dolor, trece años en que mi hija no conoció a su tío –lo conoce en una tumba–, no le perdono que nos hayamos quedado sin un hermano

El cadáver quedó tendido en el asfalto. Nadie avisó esa noche a los papás del fallecido. Lo hizo un testigo del accidente por la mañana. “Está en la morgue”, informó.

Su madre, Nelly García, emprendió a los pocos días una batalla por la justicia y por arrancarle un “perdón” a la persona que acabó con la vida de su único hijo varón, que era su adoración. Sus otras dos hijas, Liliana y Milena, también querían tenerlo enfrente y expresarle lo que pensaban. Lo lograban trece años después del fatídico 6 de enero de 2005.

Yo no voy a intentar caerles bien ni a jugar a que no pasó algo que pasó”, les dice Rafael Simón, que a sus 31 años de edad sigue empeñado en triunfar en el mundo artístico que ha conocido desde la cuna. Pese a haber creado decenas de composiciones, algunas para cantantes de la talla de Peter Manjarrés, no ha saldado la indemnización de 50 millones de pesos que le impuso el juez por el daño que infligió a la mamá del fallecido.

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Rafael Simón Meza, cantante y compositor, nieto de Lisandro Meza, aún adeuda la indemnización de 50 millones.

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Archivo particular

“Se me supone un dinero y un poder económico que no obedece a mi realidad. No nací en cuna de oro ni gocé de los beneficios de tener un abuelo conocido. Lo que he hecho toda mi vida es trabajar. Me salí de la escuela para ayudar en mi casa, a mi mamá y mis hermanas”, se justifica, y las tres mujeres lo miran con incredulidad.

“Si llamo a mi abuelo y le digo: necesito que me mande 200 mil pesos, a menos que sea un golpe de suerte, tenga la certeza de que jamás voy a contar con él. Ni con mi papá. No pretendo jugar un papel de víctima y de pobrecito. Lo que me tenía en prisión es no cumplir la pena civil”.

—Usted no ha estado preso –interrumpe doña Nelly con calma.

—Son cosas opinables. Hay un documento en el que consta que yo purgué prisión. La libertad me la dio una apelación –riposta Rafael Simón.

La conversación continúa en un rincón de la cafetería del hotel, sin que ninguno pierda los nervios ni alce la voz. Se respira una mezcla de tensión y dolor.

—Cuando estuve personalmente en Sincelejo hace años, me dijo que en seis meses me iba a responder, que me daba de a poquitos –interviene Nelly–. Yo le dije, tranquilo. Le he tratado siempre con mucho respeto, pero usted en otra ocasión contestó: ‘No le voy a pagar, y haga lo que quiera’.

—¿Yo le dije eso? Si se lo dije, discúlpeme, no estaba en mis cabales –puntualiza él.

—No hemos tenido un ‘lo sentimos’. Ni de su mamá, que en paz descanse. Es como si no hubiera pasado –agrega Nelly.

—No tengo cara para pedirle perdón. Desde que salí de prisión no tengo un empleo estable, sobrevivo cada día. Tengo sueños y planes y no puedo renunciar a ellos por errores que son irremediables –se justifica Rafael.

—Desafortunadamente existes en mi mundo desde el momento en que atropellaste a mi hermano, que era una persona de bien, estudiosa, trabajadora, con muchos sueños, como los tienes tú. No era justo que sucediera eso por una locura de juventud.

Liliana, la mayor de las dos hermanas de Míller Antonio, interviene aprovechando un momento de silencio. Se nota que contiene una rabia acumulada por años y quiere descargarla para descansar. “Lo que más nos ha dolido de la muerte de mi hermano es que lo hayas tratado de borracho, de que se te atravesó, que tuvo la culpa. Y no fuiste capaz de socorrer a una víctima. Eso no se perdona”, le reprocha, mirándolo a la cara. “Te pido sinceridad, por lo menos en esta situación tan dolorosa, no solo para nosotros, porque siento que tú también has padecido. Si hemos de hablar y llegar a un acuerdo, que sea en verdad”.

Rafael Simón retoma la palabra. “No es posible que hagamos un acuerdo de la verdad, si siempre lo vas a mirar desde el mismo lugar. No soy ningún mentiroso, no pretendo que me vean con buenos ojos, tienen todo el derecho a pensar de mí lo que quieran”, aduce. “Yo nunca dije que tu hermano estaba borracho. ¿Sabes qué ocurrió?”

Milena salta a escena. Ha permanecido callada desde el inicio, observando paciente a Rafael Simón. “¿Sabe lo que yo a usted no le perdono? La mentira. En el expediente lo dice, que usted aseguró que mi hermano zigzagueaba en la calle, es decir que estaba borracho. Y mi hermano no se tomaba una cerveza”, asevera con firmeza y serenidad.

“Tengo claro que uno como ser humano comete muchos errores, y uno no está exento de que sucedan estas cosas, los accidentes existen. Lo que no entiendo es la falta de sentimientos suya. ¿Por qué ni siquiera fue capaz de hacer una llamada anónima y decir, mire, señora, yo atropellé a su hijo, lo maté, discúlpeme?”, continúa Milena. “No le voy a perdonar nunca trece años de dolor, trece años en que mi hija no conoció a su tío –lo conoce en una tumba–, no le perdono que nos hayamos quedado sin un hermano”.

Rafael Simón siente que sus palabras caen en saco roto, no toca los corazones de las mujeres que tanto quería Míller Antonio.

“Desde la posición de mentiroso que tengo ante ustedes, cualquier cosa que les diga va a parecerles mentira. No vine pretendiendo que me perdonen. Yo no sé si perdonaría una cuestión así. En mi defensa no tengo nada que decir. El daño que cometí es irreversible, irreparable el dolor que cada quien tenga en su corazón, no puedo hacer nada”, concede.

“Yo creo que mi familia es irresponsable, aunque no quiero culparlos a ellos y eximirme yo. Pero si mi hijo de 18 años es un loco, comete un error como el que cometí, yo trataría de sacar la cara por mi hijo y haría que se ocupe. Yo era un hombre de 18 años y me tocó esto solo. En el momento del accidente, desafortunadamente, no conté con un adulto que me hiciera ver las cosas”.

Nelly no se resiste a recordarle la pérdida que apagó su vida: “Mi hijo estaría cumpliendo 50 años este mes. ¿No es ilógico que en lugar de buscar algo para el único hombre de la casa esté pensando qué flores le llevo a la tumba?”

Pese a todo, Rafael Simón no quiere tirar aún la toalla. “Me bajé del carro y las palabras de un tío fueron: ‘piérdete de acá’. Yo salí corriendo, me metí en el hotel y me cambié de ropa. Estaba borracho. Me ocultaron y me protegieron”, señala.

—En el expediente dice que usted dijo que se había tomado un trago después del accidente de los nervios que le dio –puntualiza Liliana.

—Hay algo que confesar: mi abogado fue quien me dijo todo lo que tenía que decir. Yo rendí una indagatoria con lo que el abogado me había dicho. Esto tiene dos partes. La de un victimario y la víctima. El abogado del victimario trata de defender a su cliente tergiversando la verdad. Pero recuerdo que en la siguiente audiencia, hablé con mi mamá y le dije: ‘Voy a contar las cosas tal como ocurrieron, no voy a decir mentiras’.

En el momento del accidente, desafortunadamente, no conté con un adulto que me hiciera ver las cosas

Yo no quise blasfemar el nombre de su hijo, juro que no tenía la más mínima conciencia. Nadie me hizo caer en cuenta del error. Ni mi mamá (murió de cáncer).

La conversación se ha estancado en el pasado. Discurren los minutos y la paciencia parece agotarse. Aún intercambian recriminaciones y justificaciones, pero queda poco tiempo para concluir una reunión que comenzó a fraguarse en Sincelejo, donde visité la casa de Rafael Simón y sus hermanas dos años atrás.

“No pretendo que crean en mí, no me gané una credibilidad ante ustedes. Necesito también seguir adelante y lo único que le puede dar a mi vida un chorro de tranquilidad es cumplir mi palabra. Cada vez que voy a una entrevista voy pensando, ‘esto me va a salir a flote, no tengo manera de esconderlo’”, indica mirando a doña Nelly. “Ahora tengo dos esperanzas de dinero y juro por la memoria de mi madre que le voy a pagar hasta el último centavo. Si fui mentiroso, le pido disculpas. Nadie sabe lo que se siente matar a una persona y no querer hacerlo. No vine a implorar que me entienda, de ustedes no pretendo cariño. Yo lo tengo que resolver para poder seguir adelante. Mi intención es, al menos, darle una cantidad considerable que muestre, dentro de todo lo mal que hice, mi disposición a pagar los perjuicios”.

Milena vuelve a terciar. “Mi mamá ha sufrido como ni te imaginas y tiene que resarcirse el daño. Lo que le corresponde no va a llenar el vacío, nunca podrá remplazar el dolor pero, por lo menos, la va ayudar en los gastos que ha incurrido. Sé que los artistas necesitan su tranquilidad. Solucione lo que ocurrió hace trece años y, ahí sí, continúe su vida”.

Aún incómodo, Rafael Simón se prepara para marchar. “Yo sé que hice las cosas trece años mal, lamento haber causado sufrimiento, y lo que pueda hacer para que eso cambie lo voy a hacer. No puedo seguir viviendo en tinieblas por esta cuestión. Gracias por estar aquí; me resulta sorprendente que hayan sido amables conmigo, me conmueve. No lo esperaba. Gracias por la buena forma de decir las cosas, eso me compromete más”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA

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