La cárcel en la que los presos no pelean sino que practican yoga

La cárcel en la que los presos no pelean sino que practican yoga

Así es el proyecto ‘Moksha-Yoga en la cárcel’, que transforma la vida de 250 internos en Argentina.

Yoga la terapia para liberar a los presos en las cárcelesEn Argentina, un grupo de instructores lleva esta práctica a ocho pabellones carcelarios, donde participan 250 internos.
Yoga y presos

Cortesía: Fernando Massobrio

Por: Micaela Urdinez - La Nación, Argentina
20 de junio 2018 , 10:39 a.m.

Adho mukha, chaturanga y uttanasana. Estas palabras ya son parte del lenguaje carcelario en Argentina, gracias a un grupo de jóvenes instructores que idearon el proyecto ‘Moksha-Yoga en la cárcel’.

Es un día soleado y en el patio de uno de los pabellones de la Unidad Penitenciaria n.º 48 de San Martín, en Buenos Aires, se escuchan frases como “manos al centro del corazón”, “abran el pecho”, “ahora cobra”, “respiren, pasamos a estocada y guerrero”.

Los que siguen estas indicaciones son 30 internos que, en silencio, descalzos y con los ojos cerrados, intentan copiar las posturas que la instructora Milagros Colombo les muestra con infinito amor y paciencia.

Al fondo, los acompaña un mural multicolor que ellos mismos pintaron con objetivos por seguir: gratitud, voluntad, paciencia, resiliencia, responsabilidad, libertad y paz; son algunas de las palabras que eligieron escribir en la pared a modo de brújula.

“En las dos horas de la clase te olvidás de tus problemas. Vamos con tabla, con adomuka, con chaturanga, y terminamos muy aliviados, relajados. Haciendo yoga te sentís libre, salís durante dos horas de este mundo. Estás tan concentrado que no querés que termine”, dice Lucas Roldán, de 33 años y desde hace ocho privado de la libertad.

Haciendo yoga te sentís libre, salís durante dos horas de este mundo. Estás tan concentrado que no querés que termine

Como él, ya son 250 los internos que participan en las clases de yoga que esta organización dicta desde hace tres años en ocho pabellones de la cárcel de San Martín, con el objetivo de transformar su presente y su futuro.

La idea surgió a raíz de la voluntad de varios instructores. “Todos los profesores pasamos por nuestra propia piel la práctica del yoga, y como para todos fue tan valioso, nos preguntamos en dónde podíamos ofrecer este tesoro –dice Colombo, de 29 años–. Y, obviamente, la cárcel es un sector dejado de lado en muchos aspectos, así que desde el corazón o desde la inteligencia, si mientras los chicos están acá pueden generar un cambio, cuando salgan tienen otras posibilidades y nosotros también tendremos otros vecinos”.

El penal es el reino de los contrastes. Candados, rejas, alambres de púas y guardianes uniformados le ponen rostro al encierro, mientras que la pulcritud del lugar y los grandes jardines cuidados le imprimen un aire de casa de campo que confunde.

Los reclusos y la yoga

En las dos horas de clase, los presos se olvidan de sus problemas.

Foto:

Cortesía: Fernando Massobrio

'Logre un cambio'

Los internos saludan a las voluntarias de Moksha a través de las rejas mientras caminan por los pasillos. Apenas se pueden tocar los dedos.

Lucas Roldán sabe que el yoga le cambió la vida. Y por eso espera ansioso a que llegue el jueves para poder practicarlo. A veces, incluso, se reúne por las mañanas con otros compañeros para hacer algunas posturas. “A esa hora es más lindo porque se escuchan los pájaros. A veces la gente piensa lo malo de uno por estar detenido por robo o por matar a un policía. Y quizás creen que nos tenemos que pudrir en este lugar. Yo acá logré un cambio enorme”, dice convencido.

Además, Roldán es parte de un grupo de internos de máxima seguridad que va con voluntarios de Moksha a pabellones de mediana seguridad a dar clases de yoga. Allí se encuentran los detenidos por delitos sexuales, que no son bien vistos por el resto de los internos. “Esa fue otra puerta que se abrió. Esto es reintegración, como dijo el papa Francisco. No hay que discriminar al otro, somos todos humanos. Cuando me invitaron, ni lo dudé. Estamos todos presos, ellos tienen sus problemas y nosotros, los nuestros. Como nos dieron una oportunidad a nosotros, nosotros se la queremos dar a ellos” agrega Roldán.

Para Gabriel Márquez Ramírez, el yoga es una pasión. “Hace dos años llegaron las profesoras que nos vinieron a enseñar la filosofía del yoga y lo bien que le hace a uno mismo. Lo practico todos los días porque me gusta; te nivela, te relaja, te saca los malos pensamientos; les hace bien al físico y a la mente. Amo hacer yoga”, dice el joven interno de 24 años.

A veces la gente piensa lo malo de uno por estar detenido por robo o por matar a un policía. Y quizás creen que nos tenemos que pudrir en este lugar. Yo acá logré un cambio enorme

Ya son 20 los instructores participantes en Moksha, que busca convertirse en una asociación civil. Por ahora se financian solo con donaciones particulares, y quieren seguir creciendo.

“El yoga trae un montón de presencia, y poder estar presente en el cuerpo, en la respiración y en el pensamiento es liberador”, cuenta Colombo. Su sueño es poder algún día dedicarse solo a dar clases en los penales, que ese sea su trabajo de tiempo completo.

“Esto es todo a pulmón, ad honorem, y necesitamos más apoyo para expandirlo. Nos encantaría que el día de mañana pueda haber un profesorado dentro del penal, que los chicos cuando salgan puedan trabajar con nosotros, como una manera de reinserción. Ellos van a tener mucha más capacidad para entrar a otro penal que yo, siendo el testimonio vivo, y habiendo atravesado en carne propia lo que es estar dentro y fuera, y elegir vivir de una manera distinta”, dice Colombo.



MICAELA URDINEZ 
LA NACIÓN, ARGENTINA

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