El líder indígena que no olvida sus raíces

El líder indígena que no olvida sus raíces

Trino Morales cumplió 90 años, 30 de los cuales se ha dedicado a la recuperación de la tierra.

Indigenas

En Colombia hay más de 40 pueblos indígenas, Trino Morales es guambiano.

Foto:

Gundiatin Morales M.

Por: Myriam Bautista
04 de agosto 2020 , 10:10 p. m.

Ya no tiene el vozarrón con el que invitaba a sus paisanos a unirse para reclamar sus derechos y luchar por mejores condiciones. Sin embargo, de manera muy suave, sigue repitiendo ese mensaje que se extendió por todo el país: recuperar la tierra de los resguardos para sembrar y cosechar. Con esa misma fuerza, insiste en la unidad de los pueblos indígenas y en la importancia de mantener sus lenguas con orgullo y dignidad.

Su nombre, casi seguro, no le dirá nada a la mayoría. Pero, con certeza, a una inmensa minoría su mención le será suficiente para recordar esos convulsos años 70 del siglo pasado, cuando los indígenas colombianos comenzaron a hacerse visibles con justas demandas a un Estado, casi siempre indolente, y de manera especial, este hombre de baja estatura, de rostro ancho, facciones recias, ojos rasgados y sonrisa frecuente, nacido en 1930, en territorio guambiano, en una vereda en el departamento del Cauca.

Cumplió sus 90 años, hace unos meses, en la Sierra Nevada de Santa Marta, donde habita desde hace 35 años, con su esposa Benerexa Márquez, lideresa social también desde los años 80, cuando era una joven muy bonita y recién graduada de enfermera, a la que conoció en Bogotá. Tienen cuatro hijos y cinco nietos.

En esa época era raro que un guambiano se uniera con una arhuaca, y que su matrimonio fuera duradero parecía imposible. Ellos han probado, en estos 35 años, que fueron avanzados para su tiempo, no solo como cabezas de una lucha que no termina sino con una relación muy bien llevada y mejor vivida.

En las vivencias de la juventud de Trino Morales se reflejan, como en el más transparente espejo, las contiendas por la recuperación de la tierra de los indígenas caucanos y los inicios de su actividad gremial regional se funden con las batallas de todos estos pueblos desperdigados por el país, que se reunieron buscando transformar sus paupérrimas y sometidas condiciones de vida. Búsqueda que sigue tan vigente hoy como ayer.

Fuera del resguardo

Los primeros años de infancia de Trino Morales, hijo de madre soltera y con tres hermanos más, fueron relativamente felices, hasta que cumplió los 7 años y fue llevado a estudiar: dos años en Medellín y siete en Bogotá, sin un solo pariente ni cercano ni lejano. Su relato se emparenta con la narración de Emma Reyes en Memoria por correspondencia, libro que estremeció, hace 8 años, a quienes lo agotaron en una docena de ediciones.

Durante esa época, y parte de su adolescencia, Trino pasó hambre, frío, discriminación en el colegio del barrio San Cristóbal de Bogotá, a donde fue a parar en los años 40 con otro niño guambiano, como él, dos más guajiros y dos paeces.

En el libro titulado ¡A mí no me manda nadie!, recoge esa época de matoneo escolar en un internado que auspiciaba la comunidad de San Vicente de Paúl, a donde llegó enviado por las religiosas Lauritas de Silvia, Cauca, quienes lo premiaron por ser alumno aventajado y muy avispado.

Su madre le dio la bendición y le recomendó no desaprovechar el estudio porque ella, que era analfabeta, consideraba que saber leer y escribir, así como hacer cuentas, era la clave para no sufrir tanto como ella.

El libro fue el producto de una charla entre el sociólogo francés Cristian Gros y Morales, que se inició en el 2007, durante tres jornadas, de sol a sol; se reanudó en algunos días del 2008 en los que se concluyó esa primera etapa de conversación.

Luego, Gros estructuró, siempre con Trino como coequipero, el texto que fue editado en el 2009 por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), que no tuvo mayor publicidad ni divulgación y del que todavía quedan muchos ejemplares en manos de Morales.

Las respuestas que le dio el líder indígena a Gros son agudas reflexiones sobre sus hermanos de raza, las instituciones a las que le plantó cara, el país que le tocó vivir, las relaciones sociales e innumerables aspectos generales por encima de su propia existencia, lo que lo hace poco autorreferente y se agradece.

Ahí cuenta que nació en la vereda Guambía Nueva, dentro del resguardo de Guambía y dice: “… Mi mamá se llamaba Rafaela Morales, no sabía leer ni escribir. Para ese tiempo no había cómo. Estaban las monjas, que habían venido de la misión católica, pero nadie sabía leer. Las mujeres no iban a la escuela, no las dejaban ir porque no era importante, solo mandaban a los hombres, a los muchachitos. Se decía, como todavía se dice hoy, no tiene importancia la mujer porque la mujer no progresa en la cuestión intelectual, sino que coge marido y a tener hijos. Esa es la visión que tienen hasta hoy las comunidades indígenas…”.

También relata esas batallas que libró, siempre con paisanos, para que no birlaran las pocas leyes expedidas a favor de los pueblos indígenas, dejando entre el costal esos hechos polémicos que lo llevaron a abandonar un liderazgo reconocido y agradecido por las mayorías, pero también muy disputado, sobre todo cuando las organizaciones se hicieron fuertes, a pesar de la hostilidad de muchos funcionarios y del incumplimiento proverbial a innumerables acuerdos firmados y sellados. 

Esos incumplimientos llevaron a sectores radicales de algunas comunidades indígenas, sobre todo las del Cauca, a crear un grupo de presión en donde los métodos de lucha trascendían las largas discusiones para llegar a acuerdos y a suscribir actas de entendimiento.

Trino Morales nunca estuvo de acuerdo con este proceder y por eso, tal vez, colgó sus dignidades y se devolvió al campo, a cultivar la tierra, que ha sido una de sus habilidades, sin dejar de ser, eso sí, consejero privilegiado en una comunidad totalmente distinta a la que lo vio nacer y de la que seguirá siendo uno de sus más fieles y orgulloso hijo: la guambiana, como reitera cada vez que puede.

Regresar a la comunidad

Estudió la primaria y llegó hasta tercero de bachillerato. “Fuimos los primeros indígenas del colegio, la primera promoción. Y los otros alumnos para discriminarnos decían: ‘Bueno, ¿y estos indios tan raros?’. Entonces el director del plantel tenía que explicar quiénes éramos y el comportamiento y el trato que deberían tener con nosotros”.

La llovizna pertinaz de la Bogotá de los años 40 y el hielo que calaba los huesos lo sorprendió con su ropa de tierra caliente.
Las monjas le entregaron ropa más adecuada que conseguían para los pobres; no tuvo ningún cariño ni aliciente cultural ni deportivo y pasó mucha hambre cuando no había comida suficiente, sobre todo en época de vacaciones o el 9 de abril, cuando cerraron el colegio.

Muchos otros padecimientos fueron su día a día, hasta que ya de 15 años y cansado de tanta escasez, junto con su compañero guambiano, se hicieron expulsar acumulando reclamos y desobediencias. Morales guardaba el deseo de hacerse abogado porque se acostumbró a cuestionar las órdenes. Al darse cuenta de que seguir estudiando era vana ilusión, decidió comprarse dos libros: los Códigos de Procedimiento Penal y el de Laboral y se los aprendió de memoria en su viaje de retorno a Guambía, a donde llegó sin aviso previo. Su abuela y su madre lo recibieron con llanto y alborozo como si regresara de la guerra. Lo daban por perdido.

Un líder natural

Le tocó volver a aprender su lengua. El buen manejo del castellano y lo que sabía de leyes lo convirtieron en el ‘abogado’ que necesitaban los suyos. Hasta ‘doctor’ llegaron a decirle sus paisanos y él que no, “que él era solo Trino”; mientras que las monjas y los sacerdotes, así como los terratenientes de la región, lo nombraron “comunista”, porque pedía muchas explicaciones y exigía a diario por esos derechos que se desconocían, aprovechándose de la ignorancia que cundía.

De ahí a pedir la tierra que les pertenecía, así fuera vendida, como sucedió con la finca San Fernando de la familia Garrido, para repartirla entre tantos indígenas sin tierra que querían trabajarla, fue solo un paso.

En esa época se crearon las dos Asociaciones Nacionales de Usuarios Campesinos: la línea Armenia, gubernamental, y la línea Sincelejo, independiente.
Él y los suyos prefirieron esta última y ahí fue nombrado Secretario de Asuntos Indígenas, con sede en Bogotá. Recorrió el país conociendo a los distintos pueblos.

En idas y venidas a su tierra, se fortaleció el proceso de creación del Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric), y, más adelante, de la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic), de las que sería varias veces presidente, así como el nacimiento del periódico Unidad Indígena, que dirigió con solvencia y que tenía como lema: unidad, tierra y cultura.

Sus viajes por el país se hicieron continuos, así como los internacionales, a los que llegaba como indígena ‘exótico’ y salía como personaje inolvidable por la sencillez e inteligencia de sus intervenciones y por la gratitud con la que recibía las ayudas de las organizaciones que se interesaban de inmediato en la grave situación que atravesaban los indígenas colombianos, casi todos trabajadores muy esforzados y con ganas de salir adelante con sus comunidades. Excepciones como en todas las agrupaciones las hubo, y las hay.

Su liderazgo social no estuvo exento de amenazas ni de peligros, como tampoco de riesgos. En sus propias palabras, relata uno de esos episodios: “Cuando vino la represión de Turbay, él nos acusó diciendo que el Cric recibió los fusiles del M-19 y que nosotros los pasábamos a los cabildos”.

En esa oportunidad le aconsejaron que era mejor que saliera del país lo antes posible porque ya habían detenido en Popayán a dos dirigentes y que les iban a seguir consejo de guerra. Por fortuna, y por sus buenos contactos, pudo viajar rápidamente. Así lo narró: “En Europa me quedé 2 meses. Con el compañero que viajé pasamos 15 días en Frankfurt. Allí estaba un compañero de Cali, Alberto Rodríguez, que nos dio hospedaje y nos apoyó en el campo organizativo (...). Camine pa’ca, camine pa’allá, quédese aquí, mande carta por aquí…Con su ayuda pudimos denunciar…”.

Trino Morales repasa con humildad esos años vividos a tope y sonríe por su vida actual, en su finca, con sus animales, rodeado del cariño de sus hijos y de sus nietos. Recalca que los jóvenes indígenas no deben olvidar su identidad y que los adultos les deben enseñar a trabajar para vivir. Siempre, eso sí, orgullosos de su cultura y de su lengua.

MYRIAM BAUTISTA - ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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