El estrecho vínculo de Gabo con Cartagena

El estrecho vínculo de Gabo con Cartagena

La UniCartagena conmemora el natalicio Premio Nobel colombiano, en el claustro de La Merced.

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez ganador de Premio Nobel de Literatura en 1982 con su obra 'Cien años de soledad'.

Foto:

CEET

Por: Juan Carlos Díaz Martínez
05 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

La ciudad donde llegó el joven estudiante Gabriel García Márquez, que huía de los desastres que estaba dejando El Bogotazo, en mayo de 1948, fue quizás una a la que más le dedicó libros, frases afortunadas y guiños de amor, tanto en la vida real como en la ficción de sus novelas y relatos.

Llegó y estudió varios meses en la facultad de Derecho de la Universidad de Cartagena, pero su ímpetu de reportero pudo más que los sueños de sus padres de verlo convertido en un gran abogado, y desde entonces prefirió escabullirse en las madrugadas con sus amigos de bohemia y literatura para el muelle de Los Pegasos o el antiguo mercado público, que adentrarse en los vericuetos interpretativos de los jurisconsultos.

Justamente hoy, cuando se cumplen 92 años del nacimiento del Nobel, la Universidad de Cartagena tiene programado un homenaje para rendirle tributo al escritor en el Claustro de La Merced, lugar donde reposan las cenizas de García Márquez.

Se recordará, por ejemplo, detalles de aquel 17 de junio de 1948 cuando el joven de 21 años, Gabriel García Márquez firmara su inscripción en la Facultad de Derecho de la Universidad de Cartagena, lo que sin saberlo, marcó su destino con la Ciudad Heroica, y su conexión eterna con esta Alma Mater.

El homenaje será el preámbulo del proyecto académico que lleva el nombre del Nobel colombiano, y que constará de una agenda académica y cultural permanente que se implementará en el Claustro la Merced a partir de la fecha, con el fin de resaltar, promover y poner en valor la vida y obra de de Gabriel García Márquez, huésped perenne de la Universidad de Cartagena.

Es esta la Cartagena de Indias que vivió, estudió e imaginó Gabriel García Márquez, que ha quedado como una fotografía histórica en la que se confunde lo verosímil con la fantasía, y el límite exacto que une y, al mismo tiempo, separa la ficción con la nostálgica realidad.

Para nadie es un secreto que el Nobel de Literatura colombiano no fue ajeno al encanto mágico que tiene La Heroica, justamente una de las dos ciudades escogidas por sus familiares para que sus cenizas reposen y tengan la eterna vida que merece uno de los más grandes escritores latinoamericano de todos los tiempos.

Visiones literarias como son los portones, jardines, balcones, casas y escondites que vivieron los amores contrariados de Florentino Ariza y Fermina Daza en “El amor en los tiempos del cólera”; así como las casonas primorosas del barrio Manga, como la del doctor Juvenal Urbino y sus patios repletos de árboles frutales y pájaros; el Portal de los Escribanos y poetas, el colegio de monjas de La Presentación; o los arrebatos de locura de Cayetano Delaura por Sierva María, retratados en El Amor y otros Demonios, así como el antiguo hospital Santa Clara, en donde vio ‘con sus propios ojos’ el cadáver de una joven a la que le seguía creciendo el cabello, son apenas esbozos de ese estrecho vínculo que tuvo el escritor con Cartagena de Indias.

También la Plaza de los Coches, llamada ‘El portal de los Mercaderes’, en ‘El amor y otros demonios’, y en donde comienza la tragedia de la protagonista, cuando es mordida por un perro rabioso, tal y como Gabo lo narra en la célebre novela.

“Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpió en los vericuetos del mercado el primer domingo de diciembre, revolcó las mesas de fritangas, desbarató tenderetes de indios y toldos de lotería, y de paso mordió a cuatro personas que se le atravesaron en el camino. Tres eran esclavos negros. La otra fue SiervaMaría de todos los Ángeles, hija del Marqués de Casalduero, que había ido con una sirvienta mulata a comprar una ristra de cascabeles para la fiesta de sus doce años. Tenían instrucciones de no pasar del Portal de los Mercaderes, pero la criada se aventuró hasta el puente levadizo del arrabal de Getsemaní, atraída por la bulla del puerto negrero, donde estaban rematando un cargamento de esclavos de Guinea.”

Y, de igual forma, pisando en terreno de la realidad, Gabo dejó huellas físicas como la casa que el arquitecto Rogelio Salmona le construyó frente a las murallas, y mucho antes, los primeros pasos como periodista que dio de la mano de Clemente Zabala, su primer gran maestro, en el diario El Universal, en la calle San Juan de Dios.

Según la investigación realizada por Jorge García Usta, fue Clemente Manuel Zabala el maestro que le enseñó a construir frases ingeniosas, a adjetivar de manera precisa, a darle remates impactantes a sus textos y a alcanzar oraciones armoniosas.

“El maestro Zabala tenía un lápiz rojo, gracias al cual las notas malas que yo empezaba a escribir se volvían buenas y poco a poco fui aprendiendo que nunca debía cometer los errores que él me señalara”, reconoció García Márquez en su libro autobiográfico Vivir para Contarla.

En ese mismo costal, no hay que olvidar a sus amigos de farra y literatura, como los hermanos Oscar y Ramiro de la Espriella, Héctor Rojas Herazo, Gustavo Ibarra Merlano, entre otros.

“Gabo está ligado en vida y obra a Cartagena de Indias, con nexos misteriosos. La obra literaria de Gabriel García Márquez contiene claves secretas para entender esta ciudad; y Cartagena, a su vez, en sus calles, plazas, conventos y casonas coloniales, aporta inesperados significados a las páginas del escritor”, señala Jaime García Márquez como para ir despejando inquietudes.

“Es un amor mutuo, con todas las implicaciones que tiene un romance profundo, en los que a veces se contrarían pero al final, siempre, se reconcilian para siempre”, dice el hermano del Nobel.

Tanto fue ese estrecho lazo de García Márquez con Cartagena, que cuando ganó el premio Nobel dijo que su deseo era comprar una casa frente al mar Caribe en Cartagena y fundar un periódico.

Lo primero lo cumplió, y aunque no pudo crear el periódico que quería sí dejó como legado la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que ha servido de escuela para centenares de periodistas de diversas partes del mundo.

Con razón, el mismo Gabo dejó escrito en Vivir para Contarlo: ‘cuando llegué a Cartagena (huyendo de El Bogotazo) volví a nacer’.

JUAN CARLOS DÍAZ MARTÍNEZ
Especial para EL TIEMPO
Cartagena

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