Luego de toda una vida en la guerra, El Castillo encontró la paz

Luego de toda una vida en la guerra, El Castillo encontró la paz

El municipio, a orillas del río Ariari, fue fundado por hombres que huían de la guerra partidista.

El Castillo

Entre los años 2000 y 2005, las Auc expulsaron a 5.121 personas del municipio. La población fue atacada, señalada de ser guerrilleros o paramilitares.

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Guillermo Herrera / Archivo Llano Siete Días

Por: Tatiana Duplat Ayala
12 de julio 2019 , 06:51 p.m.

A mí, la guerra en Colombia nadie me la contó, yo tuve que vivirla en carne propia”, dice Laura con la mirada perdida entre sus propios recuerdos.

“Yo tuve que huir una noche y de pronto, dejar mi cama y mi casa y correr con mi hijo a buscar refugio a otro lado”. Laura habla pausado, casi para sí misma, con cierto dejo de sabiduría, de esa que solo se adquiere después de que se ha vivido mucho y con mucha intensidad.

Ella sola, en media vida, parece acumular todas las historias de todos los tiempos. “Hija de El Castillo”, como dice, es nieta de uno de los fundadores del pueblo, y cuando cuenta su relato es fácil entender que este joven municipio del Meta, incrustado en las faldas de la cordillera Oriental, también ha vivido mucho en pocos años. Es como si El Castillo, en unas cuantas décadas, resumiera la historia de los últimos 200 años en Colombia, la de un pueblo valeroso que a pesar del dolor sigue creyendo, y vive de creer en la promesa siempre postergada de la libertad y la democracia. ¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal!

Laura Gilma Moreno, madre, esposa, gestora cultural, bibliotecaria, promotora de lectura, exalcaldesa, exiliada, retornada y excandidata, vuelve al presente, mira el monumento de la plaza central y habla de la paz, en paz. Calcula en unos 15 años el tiempo que han estado tranquilos y le resulta inconcebible que alguien pueda preferir la guerra, en cualquier caso.

Señalados de ser guerrilleros o paramilitares, los habitantes de El Castillo y de los municipios de la cuenca alta del río Ariari fueron atacados implacablemente por unos y por otros. Entre los años 2002 y 2005, las Auc sembraron el terror y provocaron la expulsión de 5.121 personas.

En el 2000, las Farc destruyeron el pueblo al hacer explotar una volqueta con 22 cilindros repletos de metralla. Ocho años atrás, la alcaldesa saliente María Mercedes Méndez y el alcalde electo William Ocampo Castaño fueron asesinados al mismo tiempo junto con otros funcionarios que los acompañaban. Durante los años 80, casi 400 militantes de la UP fueron exterminados y desaparecidos en uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de Colombia. Esto, sin contar con que en los años 50, los fundadores del pueblo habían llegado huyendo de la violencia partidista y tuvieron que empezar desde cero, pues nada allí indicaba la presencia del Estado.

Geopolítica de la infamia

No fue mejor su situación durante el siglo XIX, pues la región se mantuvo en el más completo aislamiento y abandono, aun cuando las ideas libertarias del proyecto independentista habían cabalgado no muy lejos de allí, rumbo a Boyacá. El anhelo de integrarse a la Nación y de participar en ese proyecto colectivo quedaría postergado durante más de siglo y medio, antes de que las instituciones empezaran a ejercer alguna presencia efectiva en el alto Ariari.

Durante el siglo XX, todo se redujo a la dualidad entre izquierda y derecha, guerrillas y paramilitares, comunismo y capitalismo, liberales y conservadores; unos, de un lado del río Ariari y otros, del otro.

El Castillo y su municipio vecino, Lejanías, quedaron al lado derecho del río y a la izquierda de la ideología; a El Dorado y Cubarral les tocó la otra orilla, en todo sentido. Así, durante décadas, todos sus pobladores fueron víctimas de una geopolítica de la infamia que los enfrentó a muerte y sin compasión.

La complejidad del escenario político del siglo XX se simplificó en esta estrecha manera de entender la vida en blanco y negro, y todo se volvió oscuro. La ideología fue entonces el pretexto perfecto para la violencia y para disputar y usurpar el territorio en beneficio de unos cuantos, por encima de los intereses de otros muchos. La humanidad entera, entre cadenas gime.

Laura habla del monumento, una escultura que desde 1992 preside orgullosa la plaza y cuya imagen fue incorporada en el escudo y la bandera del municipio. “Se llama anhelos infinitos e irreversibles de paz. Fue construido por la extinta María Mercedes Méndez de García, quien tuvo la idea de que los castillenses nos viéramos representados en una espiral que termina en línea recta apuntando al cielo, porque siempre hemos dicho que la paz no tiene reversa”. Sonríe y cuenta cómo la gente de este pueblo acumula una larga trayectoria construyendo paz, así sea en medio de las guerras que han hecho los guerreros.

“Hace 20 años me desempeñaba como bibliotecaria del municipio y la situación de orden público era extremadamente difícil. Desde mi biblioteca decidí comenzar a ayudar a los niños, animarlos a leer, a enamorarlos de los libros”. Cuenta cómo entre todos, poco a poco y a lo largo de varias generaciones, fueron remendando las heridas y volvieron a coser, con paciencia de costurera, los lazos deshilachados que los violentos se habían empeñado en reventar. Pero también señala la importancia de las instituciones, y las palabras alcaldía, concejo, secretaría, planeación, aparecen constantemente.

Cada una de ellas es pronunciada con conciencia y convicción, y al hacerlo rinde homenaje a los principios democráticos, al proyecto colectivo y a lo público, aquello que atañe y beneficia a todos sin distinción de ideología, género, etnia o condición social.

Fue muy duro; mataron gente, mucha gente inocente

Los intentos de paz

Reivindicar el interés colectivo bajo la presión de tantos intereses individuales costó muchas muertes en el alto Ariari. Requirió también que las comunidades y sus instituciones se acercaran y tendieran puentes para juntar las dos orillas. “María Mercedes, en el 92, también había hecho intentos de paz –dice Laura–; recuerdo que yo la acompañé al municipio de Cubarral. Estuvimos en diálogo allá con el alcalde, pero fue muy duro. La administración de don Gilberto Marín retoma la idea de volver a dialogar, en 1998, con don Euser Rondón, alcalde de El Dorado, y se logra hacer entender a los actores armados que como civiles, nosotros no tenemos nada que ver con su guerra, que se enfrenten ellos pero que nos respeten”.

Y continúa: “En el 2000, cuando nadie quería ser alcalde de este municipio, pues habíamos sido bombardeados con la volqueta, la comunidad me propone que acepte la candidatura a la alcaldía; entonces, en el 2001, yo me posesiono como alcaldesa”.

Laura Gilma Moreno asumió la alcaldía de El Castillo en el momento más dramático de la confrontación, pues, en el 2002, el Bloque Centauros de los paramilitares entró y arrasó. No hubo epopeya, no hubo héroes ni cesó la horrible noche, solo hubo muerte y desolación. El municipio se llenó de “informantes”, “colaboradores” y “denunciantes”, y el señalamiento costó la vida a cientos de personas.

“Que vea que ese también es guerrillero, que ese es auxiliador, entonces se arma ese chisme de la guerra, de la lengua, y empieza a haber muertos en el pueblo. Fue muy duro; mataron gente, mucha gente inocente”, cuenta Laura con dolor.

En medio de la guerra, y junto con los alcaldes de los otros municipios del alto Ariari, Laura hizo de la paz su propio empeño. Se sumó a sus vecinos y entre todos hicieron puentes, carreteras, recuperaron escuelas, promovieron proyectos productivos y organizaron partidos de fútbol y fiestas para que la gente volviera a encontrarse. Construyeron paz en la guerra y recibieron un premio nacional en reconocimiento a este esfuerzo.

En el 2004, Euser Rondón fue asesinado por los paramilitares, aunque siempre había sido cercano a este grupo. Una sombra de duda se extendió y alcanzó a los otros alcaldes, y Laura se vio obligada ese año a salir del país señalada como paramilitar, aunque toda su vida le habían dicho “guerrillera”.

La tranquilidad empezó a abonar terreno hacia el 2005. ¿Las razones? Muchas y muy variadas, incluso contradictorias, pero todas ciertas a la vez: el fortalecimiento de las instituciones y la participación ciudadana, la desintegración de las Auc, la ofensiva del ejército que debilitó a las Farc y el proceso de negociación que llevó a su desaparición como grupo armado. Finalmente, la guerra pareció haberse quedado sin razón y sin guerreros, y las comunidades, que llevaban años reparando los tejidos, empezaron a vivir en paz. Derrama las auroras, de su invencible luz.

Laura regresó en el 2011 a su pueblo y, como si se tratara de una parábola de la esperanza, volvió a ser promotora de lectura como en un principio. Habían cambiado tanto las cosas que ya no tuvo que refugiarse en la pequeña biblioteca municipal, como hace 20 años, cuando le arrebataba niños a la guerra. Cualquier sitio resultó propicio para leer, y los parques se inundaron de poesía y de historias fantásticas, pues a nadie se le volvió a ocurrir que pudiera existir algún tipo de peligro.

Al finalizar el 2017, el ‘Loco Iván’, excomandante de las Farc, en medio de un acto público en el que pidió perdón por haber ordenado el ataque con la volqueta, se dirigió también a ella. “Perdón, doña Laura, usted fue una víctima más de esta guerra, y yo di en más de cuatro ocasiones la orden de asesinarla”, dijo. Y ella respondió: “Solo Dios es el que da el perdón, señor Iván, lo único que le digo es que, mientras usted me odiaba y daba la orden de asesinarme, sin conocerlo, yo doblaba rodilla en mi casa por usted, oraba y le pedía al Dios del cielo que le pusiera bondad en su corazón, o que me lo alejara, me lo apartara, porque yo no merecía morir en esta guerra, porque para su información, yo nunca fui paraca, ni paraca ni guerrillera, señor Iván; yo soy una mujer, hija de este pueblo que simplemente ama la paz, y he trabajado y he luchado por ella, nada más”.

Dos siglos después de la independencia, la gente del alto Ariari tiene mucho que contar al resto del país sobre el sublime anhelo de la libertad; sobre las trampas de la polarización, sobre cómo superar el horror de la violencia y cómo encarar proyectos colectivos, sobre la memoria y el pasado que aún es doloroso, sobre las heridas que no sanan y la necesidad de la reconciliación, sobre cómo cultivar en surcos de dolores y sobre cómo germinar la paz, en paz; sin sangre, ni llanto ni batallas, sin átomos volando ni constelaciones de cíclopes, simplemente en paz.

TATIANA DUPLAT AYALA
PARA EL TIEMPO
Twitter: @tatianaduplat
* Texto producido en el Taller de Crónica de Idartes, a cargo del escritor Sergio Ocampo Madrid.

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