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El turbulento camino de una escuela rural por volver a clases
Sede Buena Vista - La Vega, de Escuela Nueva

Por falta de conectividad y problemas de infraestructura debieron suspender el plan de estudio. 

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Archivo particular

El turbulento camino de una escuela rural por volver a clases

Por falta de conectividad y problemas de infraestructura debieron suspender el plan de estudio. 

Con la rifa de un chivo y mano de obra, los estudiantes adecuaron la sede para asistir presencial.

El retorno a la presencialidad fue todo un acontecimiento para los estudiantes y padres de familia de una escuela rural en el municipio de San Martín, Cesar. Gracias a la rifa de un chivo que uno de los habitantes donó, lograron reunir el dinero necesario para adecuar la sede y arrancar la alternancia.


Tenían afán por volver. El año y medio de confinamiento fue una carrera de obstáculos en la que muchos factores jugaron en contra para que los niños, alumnos de primaria, continuaran con la educación. Uno de ellos fue la virtualidad, que en el campo -sobre todo en las veredas con mayor distancia de los cascos urbanos- es prácticamente inexistente.

De los diez estudiantes de la sede Buena Vista - La Vega, de Escuela Nueva, ninguno tenía computador ni internet en sus fincas. Escasamente podían acceder a un celular por familia que funcionaba con datos dependiendo de la señal.

Con estas limitaciones en cuanto a conectividad, cuando suspendieron las clases por causa de la pandemia, el único canal de comunicación con la maestra era WhatsApp. Conectarse por videollamada a una clase grupal parecía ciencia ficción y desarrollar talleres en línea o, incluso, enviar un correo electrónico eran actividades completamente futuristas.

Docente y alumnos estaban acostumbrados a la educación tradicional que desde el siglo XX se enseña en las escuelas rurales: un aula multicurso, donde estudiantes de primero a quinto grado, separados por filas, aprenden juntos todas las asignaturas que son dictadas por un solo profesor. Normalmente son pocos pupilos, lo que no hace menos difícil la labor pedagógica.

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Marilú Vargas es la encargada de asumir este rol en la escuela sede Buena Vista - La Vega. Desde hace siete años se encarga de formar a los niños y adolescentes rurales de la zona que deciden empezar el colegio. Adolescentes también, porque muchos de ellos, por las condiciones del campo, ingresan de 12 o 13 años a primaria y se gradúan de quinto a los 17 o 18 años.

Marilú Vargas es la profesora de la sede Buena Vista - La Vega, de Escuela Nueva.

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Archivo particular

Pero llegó la pandemia y transformó completamente estas dinámicas. Si antes tenían dificultades por la metodología, la lejanía y carencias en servicios básicos como agua y luz, ahora debían continuar el proceso académico a distancia, con todas las implicaciones que requiere esta modalidad.

“Yo dicto diez materias por cada grado. Son cincuenta en total. Era imposible que desde la virtualidad hiciera guías para cada una, para cada estudiante. Por eso decidimos unirnos con otras maestras rurales y repartirnos el trabajo entre los diferentes cursos”, cuenta Vargas.

Sin embargo, pese a la suma de esfuerzos, la estrategia no fue suficiente. Los estudiantes no contaban con acceso a internet, ni tenían dispositivos para conectarse. Además, sus padres -todos campesinos- no podían brindarles asesoría ya que debían seguir jornaleando en horarios extensos y tampoco se sentían capacitados para hacerlo.

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“Tenía que seguir haciendo y vendiendo quesos, lo cual es el sustento de mi familia. Con esta responsabilidad, me quedaba muy difícil sacar tiempo para enseñarle a mi hijo lo que antes aprendía en la escuela. Asimismo, algunos temas yo tampoco los sabía y no podía guiarlo correctamente”, señala Leidy Lizarazo, madre de un alumno.

Los niños estaban a su suerte. En esencia, las clases se habían suspendido por completo, su único distractor de realidades con carencias económicas y problemas familiares.

“Muchas veces recibía llamadas de mis estudiantes llorando, pidiendo que volviéramos a la escuela. Me contaban situaciones muy difíciles dentro de sus hogares, y yo sentía impotencia de no poder hacer nada por ellos”, describe la profesora.

El reto de seguir dictando clases

Para no quedarse de brazos cruzados, la docente rural habló con los directivos de Escuela Nueva, la sede principal de la institución, solicitando un permiso que le permitiera visitar a las familias y llevarles las guías y talleres en físico.

Una vez otorgado, Marilú fue finca por finca instruyendo a los padres para que suplieran su labor pedagógica y los niños continuaran aprendiendo desde sus casas.

También logró que Interconectados, un operador de servicios de comunicaciones, instalara algunos puntos de internet en la vereda, donde se reunían periódicamente para hacer repasos de los temas con mayores falencias.

Solo 8 de 10 estudiantes regresaron a la escuela tras adecuar la escuela para que fuera biosegura.

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Archivo particular

Sin embargo, cuando se creía que habían sorteado algunas de las dificultades de la pandemia, nuevas necesidades surgieron.

Los problemas de infraestructura de la escuela -que se venían presentando desde hace años- se agravaron y parte del techo se derrumbó. Además, a causa de la ola invernal se inundó el salón de clase y los cuatro computadores que tenían fueron hurtados.

“Hace unos años, Computadores para Educar nos entregó cuatro portátiles para que los niños aprendieran informática y sistemas, pero en la pandemia, como quedó abandonada la escuela, se los robaron. También se inundó la casita y se le cayó el techo. Cuando vi todo eso, yo solo lloraba y lloraba porque me parecía increíble que se sumaran tantas desgracias”, relata Marilú Vargas.

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Por todos estos contratiempos, estudiantes y padres de familia empezaron a desanimarse. Algunos acudientes le comentaban a la docente su intención de retirar a los niños, quienes les eran más útiles en las labores del campo.

Pero Vargas insistía en la importancia de la educación y constantemente convocaba a juntas para idear soluciones a las problemáticas que se presentaban y darle continuidad al plan de estudio.

La persistencia de la maestra hizo que la administración del municipio financiara la reconstrucción del techo de la escuela, obra que se inició a comienzos del año en curso.

En los siguientes meses las noticias positivas continuaron llegando, pues la pandemia dio tregua y se inició el plan de vacunación, una luz de esperanza para volver a los salones de clase.

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Superado el tercer pico y cuando se retornaba lentamente a la presencialidad, la comunidad empezó a presionar para que los niños volvieran al aula. No obstante, la escuela aún no contaba con las condiciones suficientes para recibirlos ni brindarles todas las medidas de bioseguridad.

Con estos obstáculos y las dificultades en el aprendizaje de sus hijos desde casa, los padres decidieron unirse y realizar una actividad para recoger fondos. Uno de ellos gestionó la donación de un chivo, que utilizaron como premio para una rifa.

El dinero recaudado fue utilizado para adecuar el baño con agua potable y arreglar la falla eléctrica junto con los daños de la inundación. La misma comunidad ayudaba con la mano de obra para agilizar el trabajo.

Así quedó el salón de la escuela después de la intervención.

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Archivo particular

Una vez lista la escuela, los estudiantes volvieron en alternancia a las clases. De los diez alumnos de la sede, ocho regresaron. A los dos restantes la maestra les sigue dando tutorías por WhatsApp para que continúen con la educación desde sus nuevas condiciones de vida. Ambos se mudaron de la vereda por la situación económica y de empleo de sus padres, que empeoró por la pandemia.

La tarea por hacer

Según Marilú Vargas, durante este tiempo retrocedió el proceso de concientización frente a la importancia de la educación, una de las principales batallas de los profesores rurales. “La gran tarea a lo largo de estos siete años ha sido convencer a los jóvenes y a sus padres que pueden ser tan competentes como un estudiante de ciudad, ya que ellos han sido y se sienten relegados con respecto a las opciones de vida que pueden alcanzar”, asegura.

Esta situación se refleja en la cifra de deserción escolar, que en la ruralidad creció al 30,1 por ciento por efectos del covid-19, reveló el Dane. La problemática se acentúa en las niñas, quienes, en mayor porcentaje, no continúan su formación académica.

“Algunos padres siguen creyendo que porque sus hijos saben leer, escribir y multiplicar ya es suficiente. Yo enfatizo en competencias como el inglés o la informática para que cuando continúen su educación en la ciudad no tengan mayor desventaja frente a los graduados de colegios locales”, puntualiza la maestra.

La escuela aún sigue funcionando con las uñas. No han recuperado los computadores, los cuales, según Vargas, son herramientas indispensables para continuar cerrando las brechas que quedaron expuestas durante la pandemia. Una problemática que como reveló la última medición de pobreza multidimensional, constituye un poderoso factor de deterioro de las condiciones del campo.

SARA VALENTINA QUEVEDO
Redacción EL TIEMPO

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