El ‘golpe de opinión’ que decepcionó a Colombia

El ‘golpe de opinión’ que decepcionó a Colombia

Se cumplen 67 años del único gobierno militar que tuvo el país en el siglo XX.

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Rojas Pinilla también ha sido recordado por sus obras de infraestructura y el voto femenino en 1957.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Leopoldo Villar Borda
12 de junio 2020 , 11:45 p.m.

“El 13 de junio tiene 2.600 días”, se podría decir, parafraseando lo que escribió Abelardo Forero Benavides sobre el 20 de julio. La llegada del Ejército al poder hace 67 años no fue un hecho fortuito ni el fruto exclusivo de una decisión del general Gustavo Rojas Pinilla, sino el efecto de una serie de sucesos que volvieron un infierno la vida colombiana a mediados del siglo pasado.

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Los 2.600 días se pueden contar en forma aproximada desde el 5 de mayo de 1946, cuando la división liberal facilitó la elección de Mariano Ospina Pérez y el presidente conservador quedó enfrentado a un Congreso dominado por la oposición. Después, el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, escaló la lucha entre los partidos al nivel de una guerra civil.

Hasta entonces las contiendas políticas se habían librado de forma civilizada, aunque con los tropiezos naturales en una sociedad atrasada. Eran usuales las mutuas acusaciones de fraude electoral, pero prevalecía el sistema democrático, fortalecido desde 1930 con la implantación de la cédula de ciudadanía y el cociente electoral para garantizar los derechos de las minorías, y la prohibición de intervenir en política a los militares y los funcionarios públicos.

El sistema había pasado la prueba dos años antes del 9 de abril con el traspaso pacífico del poder del liberal Alberto Lleras Camargo al nuevo mandatario conservador. Pero con un mapa político puesto patas arriba y con el estallido de la violencia iba a exhibir su fragilidad.

Hegemonía conservadora

La llegada de Ospina Pérez a la presidencia envalentonó al sector más radical de su partido y agudizó la hostilidad hacia los liberales, sobre todo en los departamentos donde habían obtenido mayorías en las elecciones legislativas.

Ante la indiferencia o con la complicidad de las autoridades, las amenazas y agresiones empujaron al éxodo a poblaciones enteras.

La violencia llegó al recinto del Congreso el 8 de septiembre de 1949. En un tiroteo en la Cámara de Representantes fue muerto a bala el liberal Gustavo Jiménez, y su colega Jorge Soto del Corral sufrió una herida que lo dejó postrado hasta su muerte.

La mayoría liberal intentó entonces iniciar un juicio político a Ospina Pérez y este respondió decretando el estado de sitio y cerrando el Congreso, las Asambleas y los Concejos por primera vez en la historia. Además, prohibió las manifestaciones públicas y estableció la censura de la prensa y de las comunicaciones.

La llegada de Ospina Pérez a la presidencia envalentonó al sector más radical de su partido

Con el país sometido a la hegemonía conservadora, la pugna aumentó a medida que se aproximaba el 27 de noviembre de 1949, fecha fijada por el Congreso antes de su clausura para elegir al sucesor de Ospina Pérez. Ese día Laureano Gómez fue elegido sin oposición.

El Partido Liberal, que había ganado todas las elecciones desde 1930, se abstuvo por la falta de garantías, demostrada dos días antes de los comicios cuando la Policía atacó en la plazuela de Bavaria en Bogotá un desfile encabezado por Darío Echandía, a quien los liberales habían querido postular como su candidato presidencial, y fueron muertos su hermano Vicente y tres acompañantes.

‘Régimen de terror’

La elección de Laureano Gómez empeoró la situación. La persecución contra los liberales llevó a los jefes y parlamentarios del partido, encabezados por Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y Echandía, a denunciar en una carta abierta la existencia de “un régimen de terror organizado y sistemático no conocido en Colombia desde la época del Pacificador español don Pablo Morillo”.

La represión encontró una respuesta más radical en el campo, al formarse varios frentes guerrilleros liberales que empezaron a combatir al Ejército en el Tolima, Sumapaz y los Llanos Orientales. Nada de esto impidió a Gómez emprender la fundación de la República Conservadora.

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Los cimientos fueron la integración de un Congreso homogéneo y una Asamblea Nacional Constituyente (Anac) para adoptar una Constitución copiada de la de Francisco Franco en España.

Gómez no perfeccionó el proyecto porque 15 meses después de asumir la presidencia sufrió un ataque cardíaco que lo obligó a tomar una licencia y entregó el poder al Designado Roberto Urdaneta Arbeláez, quien integró la Anac exclusivamente con conservadores.

En el interinato de Urdaneta aumentó la violencia. El 6 de septiembre de 1952 se llegó al extremo de incendiar los dos principales diarios liberales, EL TIEMPO y El Espectador, las residencias de López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo y las oficinas de la Dirección Nacional Liberal.

El pretexto fue la muerte de cuatro policías en el Tolima, atribuida a guerrilleros liberales. Tras su entierro en Bogotá, se lanzaron los ataques sin que la Policía y el Ejército intervinieran a pesar de los pedidos de auxilio.

Desenlace inevitable

Lo que sorprende al rebobinar la historia es que una situación tan anormal se prolongara hasta 1953, cuando Rojas Pinilla se tomó el poder. El general había llegado al comando de las Fuerzas Armadas con el apoyo del sector conservador que dirigía Ospina Pérez, en cuyo gabinete ocupó el ministerio de Correos y Telégrafos.

Por su cercanía a Ospina no era visto con simpatía por el otro sector, dirigido por Laureano Gómez. Este cruce de sentimientos estuvo en el meollo de la crisis.

La oposición de Gómez a la intención de Ospina Pérez de aspirar de nuevo a la presidencia en 1954 abrió el campo a quienes buscaban un cambio por la vía militar.

Lo que sorprende al rebobinar la historia es que una situación tan anormal se prolongara hasta 1953

Con el beneplácito de Ospina y la complacencia de los liberales, las invitaciones al golpe llegaron hasta el alto mando militar y prendieron las alarmas en el entorno presidencial.

Urdaneta intentó sustituir a Rojas en el comando de las Fuerzas Armadas y alejarlo del país, primero al asignarle la representación de Colombia en la Junta Interamericana de Defensa y luego al enviarlo a varias misiones en Japón, Corea, Estados Unidos y Alemania.

Esta última se frustró el 17 de abril cuando Rojas se disponía a subir la escalerilla del avión en el aeropuerto de Techo y un grupo de oficiales que lo rodeaba le advirtió que el Gobierno lo iba a retirar del Ejército. Al desistir del viaje, las gorras militares lanzadas al aire taparon el sol en la cara sonriente del general.

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El 14 de julio de 1953 fue el desfile frente al Palacio, para celebrar la caída del gobierno presidido por Roberto Urdaneta Arbelaez

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Archivo EL TIEMPO

Las puntadas finales

Un mes más tarde, el 22 de mayo, Rojas destapó sus cartas al ofrecerle un banquete a Urdaneta en la Escuela Militar de Cadetes y manifestarle públicamente su adhesión. Aquel día quedó sellada la suerte de Laureano Gómez. Solo faltaban las puntadas finales para el golpe y estas se tejieron en el recinto presidencial.

A principios de junio, Gómez halló un motivo para destituir al general, cuando el industrial Felipe Echavarría fue arrestado por el servicio secreto del Ejército, acusado de introducir armas al país, y trascendió que había sido sometido a torturas, entre ellas la de sentarlo en un bloque de hielo.

En la mañana del sábado 13, Gómez le ordenó a Urdaneta que decretara la destitución, pero este le sugirió que reasumiera la presidencia y la decretara él mismo.

El fantasma de Laureano Gómez no había abandonado el Palacio en los meses de su licencia médica y por esto la guardia de la casa presidencial se sorprendió al verlo llegar en carne y hueso a las 10:30 de la mañana de aquel sábado.

Subió al despacho, reasumió el poder y ordenó preparar el decreto de destitución que Pabón Núñez, su ministro de Guerra, se negó a firmar. Entonces destituyó a Pabón, lo reemplazó con Jorge Leyva, quien sí lo firmó, y abandonó el Palacio. Después se supo que se había ido a hornear pandeyucas en la casa de su consuegro Julio Escobar.

Rojas Pinilla, entre tanto, seguía la situación desde su finca en Melgar. Al ser informado de lo que ocurría regresó a Bogotá. A las 4 de la tarde llegó al Batallón Caldas, que estaba bajo el mando del coronel Rafael Navas Pardo.

Allí también acudió Leyva con la intención de que las tropas lo reconocieran y se llevó la sorpresa de que ya no era ministro de Guerra. Los militares solo recibían órdenes de Rojas Pinilla.

Ingreso triunfal

A las 6:30, con un séquito de altos oficiales, Rojas ingresó triunfante a la sede presidencial. Ofreció su respaldo a Urdaneta para que reasumiera la presidencia, pero este dijo que solo lo haría si el presidente titular renunciaba. Gómez no apareció, y entre tanto los salones del Palacio se llenaron de militares y políticos, encabezados por Ospina Pérez.

El golpe se daba por hecho. Solo faltaba que Rojas anunciara su decisión. Ante esto, según su propia versión, Pabón Núñez acudió al despacho donde estaban Ospina y Urdaneta y les dijo que Rojas acababa de asumir la presidencia.

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Convertido en la mano derecha del general, Pabón escribió el discurso que un país expectante escuchó a las 10 de la noche por la Radiodifusora Nacional, en el que Rojas pronunció las célebres palabras: “No más sangre, no más depredaciones en nombre de ningún partido político. No más rencillas entre los hijos de la misma Colombia inmortal”.

Cinco días después, la Anac, presidida por Ospina Pérez, legitimó el mandato de Rojas. Echandía, interpretando a los liberales, celebró la toma del poder por los militares como un “golpe de opinión”. Pero la luna de miel no duró mucho.

No más sangre, no más depredaciones en nombre de ningún partido político

Rojas no levantó el estado de sitio y mantuvo la censura de prensa. Después clausuró EL TIEMPO y El Espectador. No buscó la colaboración de los dos partidos sino solo la del conservador.

No reconcilió a los colombianos ni logró la paz. Decepcionó las esperanzas de quienes vieron su ascenso al poder como un paso hacia la restauración democrática y luego asistieron a su transformación en el dictador que hizo de esa coyuntura histórica una gran oportunidad perdida.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
PARA EL TIEMPO

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