crónica

La lucha de los campesinos para alimentar al país durante la pandemia

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Han sido castigados por el clima y los precios. Esta es la historia tras cada plato que se sirve.

Así ha afectado la covid-19 a los agricultores

Pese a un panorama poco alentador, la despensa agrícola del país sigue adelante.

Por: Julián Ríos Monroy

*Este artículo fue originalmente publicado en la edición 159 de la revista DONJUAN. Para ver la publicación original, haga click aquí.

Antonio Serrano solo debía seguir la misma rutina: llenar los furgones de lechuga, máximo a las seis de la tarde, para que todos estuvieran parqueados a las 10 de la noche en Corabastos, la miniciudad agrícola de 420.000 metros cuadrados con 57 bodegas y 5.600 puestos, donde se compran y venden las cosechas que provienen de todo el país para abastecer de alimentos a Bogotá. Entonces comenzaría a hacer lo que más le gusta: negociar sus hortalizas que, según calculaba, podría convertir en cuarenta millones de pesos.

Es una noche de principios de junio de 2020. Por estos días, entrar a la central de abastos, la más grande del país y la segunda de América Latina, implica enfrentarse a un caos mayor al de antes. Los camiones forman una fila interminable por la carrera 80 para esperar a que docenas de hombrecitos con apariencia de astronautas, armados con fumigadoras como las que se utilizan para purgar los cultivos, rocíen líquido desinfectante, uno a uno, en cada vehículo que van a cruzar las puertas de la ciudadela.

Mientras tanto, otras personas, con la misma apariencia espacial, abren las puertas de los furgones para verificar que ninguno lleve más de dos ocupantes; uno de ellos apunta hacia los conductores y sus acompañantes con una pistolita blanca –un termómetro infrarrojo– que dibuja un punto rojo en la frente y verifica que nadie tenga una temperatura corporal mayor a los 38 grados. Es la nueva normalidad.

Una vez adentro, cuando ataca el frío de la madrugada bogotana, nadie intenta calentarse las manos con el aliento, como sucedía antes de la pandemia. No hay forma: todos, desde el dueño de la bodega con sus bolsillos rebosantes de billetes de cincuenta mil pesos hasta el cotero que se echa al hombro bultos de 50 kilos de lechuga para descargar los camiones, deben usar un tapabocas que se roba el aliento.

Desde el 23 de abril, cuando se detectaron los primeros positivos para coronavirus en la plaza de mercado, que solían visitar 250.000 personas cada día, comenzó a jugarse una partida de póker para frenar el contagio sin poner en riesgo el abastecimiento de comida. Entre las cartas que lanzó la alcaldía estuvo reducir el aforo al 35 por ciento –luego lo hizo al 50–, permitir la entrada solo a mayoristas, cerrar algunas bodegas y reducir su operación a la mitad y probar con todos los picos: “pico y cédula”, “pico y género” y hasta “pico y puesto”. Todo había funcionado de una manera relativamente normal.

Campesinos

Librado Sierra muestra las pocas papas que le quedaron después de que la sequía afectó su cultivo.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Campesino heladas

Luego de las heladas y la sequía, fueron pocas las matas de papa que se salvaron.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Campesino heladas

Luego de las heladas y la sequía, fueron pocas las matas de papa que se salvaron.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Campesino heladas

Luego de las heladas y la sequía, fueron pocas las matas de papa que se salvaron.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Campesino heladas

Luego de las heladas y la sequía, fueron pocas las matas de papa que se salvaron.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

Pero ese día algo marchaba diferente: llegaron las tres, las cuatro, las cinco de la mañana y no asomaba ningún interesado en las hortalizas. “Parecía que les hubieran vetado la entrada a los compradores, no llegaba nadie”, recuerda Serrano. “Al amanecer, supimos que no había de otra: devolvimos las 100.000 lechugas a Madrid para que se las comieran las vacas”.

Para Serrano, sus lechugas se perdieron porque la gente dejó de comer ensalada en sus casas. En medio de las preocupaciones de la pandemia, es mejor preparar recetas prácticas, y la lechuga –no nos digamos mentiras– no tiene tanto peso en un plato como una papa o un maduro.

Casi 900 kilómetros al sur de allí, Jesús Alfredo Jojoa suelta una mano de la rienda de su caballo para agarrar el celular y contestar mi llamada. De fondo se escucha el viento y los bramidos de algún animal. Con una voz suave y su inconfundible acento nariñense me pide que lo llame en 10 minutos mientras llega al establo para hacer el ordeño de la tarde: “Es que estoy en una loma y no le escucho muy claro”, me dice. “Voy a puyar el burro pa’ que hablemos bien”.

Jesús no le pone mucha atención a la pandemia, tiene preocupaciones más grandes. A sus 54 años, vive en La Laguna, un corregimiento de Pasto que nadie sabe por qué se llama así: no hay ningún cuerpo acuático en su jurisdicción. Eso sí: está inundado de papa y de pastos para ganado, las dos actividades de las que sobreviven 3.000 familias vecinas. Calcula que a mediados de julio podrá recoger la cosecha de papa que sembró en uno de los lotes que le dejaron como herencia sus papás y desde ya está cruzando los dedos para que haya buen precio en esos días. En febrero, después de que las heladas les cayeran a sus siembras, los 100 bultos de papa parda que pensaba sacar se convirtieron en cinco: no alcanzó a recuperar ni los 700.000 pesos que se había gastado en abono.

La preocupación por el clima se vuelve aún más aguda en otras zonas de Colombia. En el municipio caribeño de El Carmen de Bolívar, por ejemplo, los pobladores del corregimiento de El Salado –el corregimiento marcado por la violencia paramilitar que fue conocido como la despensa agrícola de los Montes de María– caminan hoy por sus fincas oyendo el crujido de cada paso sobre la grama.

Eso es lo que cuenta Rafael Urueta, mientras me promete que su hijo me va a enviar algunas fotos para que lo compruebe yo mismo: donde hoy deberían verse las matas de maíz, ñame, ahuyama, yuca, ajonjolí, frijol, berenjena, batata y tabaco, no hay más que tierra seca. La sequía de este año no estaba ni en los cálculos del Almanaque de Bristol ni en los pronósticos del Ideam: “Los costeños decimos que diciembre, enero y febrero son 90 días de sol, pero ya van como 120 y más”, dice.

Él, un agricultor moreno con un bigotito que mantiene bien arreglado, volvió a estas tierras en el 2001 con otros 95 campesinos, un año después de la masacre perpetrada por los paramilitares que dejó más de 60 muertos, con un lema como bandera: “El campesino es del campo y del campo tiene que vivir”. Y aunque dos décadas después la violencia se ha ido desvaneciendo, el lema sigue siendo difícil de cumplir.

“Este es un tiempo duro pa’l campo”, me dice. “Pero los años bisiestos siempre son así. O es el invierno o es el verano; uno ya sabe lo que le espera”.

Antes de colgar alcanza a decir que sí, que la pandemia, al fin y al cabo, también lo tiene preocupado: las restricciones de movilidad no lo han dejado salir a trabajar a las pocas tierras donde algunos de sus vecinos lograron sembrar alguna cosa.

Resignarse a perder las cosechas

"Dan ganas de llorar. Esto va a desaparecer si sigue así", dice Gregorio Ragua, uno de los labriegos afectados.

Campesinos perdieron sus cultivos por la pandemia
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En Colombia, hay pocos platos más universales que el arroz con huevo, un volcán con paredes granuladas y un cráter amarillo, casi anaranjado. El plato no discrimina ni al cocinero amateur de fin de semana ni al chef de restaurante, que sabe que en esa receta están todos los nutrientes que necesita alguien para pasar el día. Hay quien se lo come con cuidado, en orden, para probar por partes el huevo, el arroz y la pega; otros orquestan un terremoto con el tenedor y reducen el volcán a un delicioso mazacote.

El arroz con huevo es un plato insignia, con o sin pandemia.

Nelson Roa lo sabe. Lleva cuatro décadas cultivando arroz en Casanare, y apenas se presenta hace una aclaración: “Yo soy Roa, pero de los agricultores, no de los de la marca grande”. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el arroz es el alimento básico para la mitad de la población del planeta.

En Colombia, según Fedearroz, el área cultivada alcanza tres veces el tamaño de Bogotá y cada colombiano consume aproximadamente 42 kilos de arroz al año. Y en medio de la pandemia, el testimonio de Roa da esperanza: en su región no ha habido heladas, sequías ni lluvias intensas que le inundaran el cultivo. Tampoco, hasta ahora, ha tenido problemas para vender.

El arroz es uno de los pocos productos agrícolas que los propios cultivadores compran en la tienda. Roa explica que el agricultor es dueño del cereal hasta que entrega los bultos en el molino: ahí comienza un proceso complejo que exige una gran inversión industrial. El precio del arroz es muy inestable y, de acuerdo con Roa, las grandes marcas son las que tienen mayor control para fijarlo.

Y aunque hasta ahora el precio se ha mantenido alto, Roa teme que a mediados de año, sus ingresos se vayan al suelo: “El arroz es uno de los productos claves en demanda, pero los precios se caen sin explicación. Ese es el ejercicio de la gran industria, siempre que empieza la cosecha los precios son de ruina”.

Del otro lado de la receta, Juan Felipe Montoya, el presidente de Huevos Kikes –una empresa santandereana que produce la “huevonada” de cuatro millones y medio de huevos al día–, me explica con tranquilidad que, aunque la pandemia trajo cambios, no han dejado de entregar ni una unidad menos que cuando este coronavirus no existía.

En parte, porque esas medidas de bioseguridad, que para muchos sectores fueron nuevas, son el día a día de su industria: usar mascarillas y guantes, desocupar los bolsillos, pasar los objetos por cámaras de desinfección ultravioleta y asperjar cada camión que entra a las plantas de producción con desinfectante, hacen parte de un protocolo creado mucho antes de la covid-19.

Lo que sí cambió, me explica, fue la distribución en las más de 50.000 tiendas y supermercados donde se venden estos huevos y a donde llega cada colombiano, que en promedio se come 303 cascarudos al año. Montoya explica que siguen operando el mismo número de furgones y camionetas repartidoras, pero que los transportadores tienen que usar tapabocas, restringir las conversaciones con los vendedores y desinfectarse antes y después de entregar cada pedido.

Todo, en últimas, se vuelve más lento.

Aunque pareciera que el arroz y el huevo, juntos o separados, fueran la excepción en medio de la pandemia, el plato no puede escapar del mal presagio de los años bisiestos del que habló Rafael Urueta desde El Salado.

La primera semana de marzo, justo cuando Colombia confirmaba el primer caso de covid-19, el dólar comenzó a subir de precio de manera acelerada. El 24 de marzo, cuando había 72 casos en el país y se emitía el decreto que les ordenaba a todos los colombianos quedarse en sus casas, alcanzó casi 4.200 pesos, el precio más elevado de su historia.

Montoya dice que el 98 por ciento de los insumos para la alimentación de las gallinas es importado, entonces el aumento del dólar, que ya se traduce en un aumento de los costos de producción, podría terminar subiendo el precio del huevo en los supermercados.

Es una situación que también afecta a los pequeños productores: los herbicidas, plaguicidas y abonos que se usan en el campo incrementaron entre el 20 y el 40 por ciento después de la subida del dólar, lo mismo que los insumos para la producción lechera, de la que dependen más de 350.000 familias en todo el país.

Y aunque el dólar bajó de precio a mediados de mayo, los precios de los insumos importados nunca volvieron a caer.

Fumigar campesino insumos agricolas

Los precios de los fungicidas, herbicidas, abonos y otros insumos indispensables para la siembra se dispararon tras el aumento del precio del dólar.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Fumigar campesino insumos agricolas

Los precios de los fungicidas, herbicidas, abonos y otros insumos indispensables para la siembra se dispararon tras el aumento del precio del dólar.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Fumigar campesino insumos agricolas

Los precios de los fungicidas, herbicidas, abonos y otros insumos indispensables para la siembra se dispararon tras el aumento del precio del dólar.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Fumigar campesino insumos agricolas

Los precios de los fungicidas, herbicidas, abonos y otros insumos indispensables para la siembra se dispararon tras el aumento del precio del dólar.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

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Son las tres de la tarde en Tunja. El viento espanta en la Plaza de Mercado del Sur, la más importante en la capital de Boyacá, donde Germán Sánchez espera a que terminen de cargar 34 toneladas de papa en una tractomula. Lo esperan 1.142 kilómetros de recorrido hasta el mercado de Bazurto, en Cartagena.

El camino por Bucaramanga, que es mucho más corto, está cerrado por un derrumbe, así que arranca hacia Bogotá para luego tomar la ruta del Magdalena Medio. La cabina, que tiene ciento ochenta y dos centímetros de ancho, un timón y dos sillas, es la oficina andante de este hombre, que lleva 43 años moviendo cualquier flete por todo el país. Y con la pandemia, ese pequeño espacio se convirtió también en su comedor y su cama.

Con la cuarentena, que comenzó el 25 de marzo, desapareció el trancón de las vías, pero lo hicieron también los restaurantes y los hoteles. Los transportadores siempre estuvieron en la lista de las actividades permitidas, por eso Germán empezó a cargar una cobija y una almohada sobre la silla del copiloto y a poner, debajo de ella, una nevera de icopor llena de latas de salchichas, atún, jugos y gaseosas.

El viaje desde Tunja hasta Cartagena dura 26 horas y solo tiene dos paradas. La primera la hace cinco horas después de arrancar, hacia las ocho de la noche, en Villeta, Cundinamarca: se estaciona en una bomba de gasolina, destapa uno de los enlatados, un jugo, un paquete de galletas y, cuando termina, sigue su camino.

camion

Los transportadores, un eslabón clave en la cadena de distribución de alimentos, ahora tienen que viajar sin la seguridad de encontrar hoteles o restaurantes en las carreteras.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

Después, pasadas las cinco de la mañana, hace su segundo descanso en San Alberto, Cesar, un pueblo que marca casi la mitad de su recorrido: tanquea su Kenworth T800, esculca de nuevo la nevera bajo el asiento del copiloto, se toma otro jugo, estira las piernas y ya está: una pausa de veinte minutos antes de conducir por otras 12 horas.

Germán es uno de los pocos transportadores que mueven productos desde el centro del país hacia la costa Atlántica. El riesgo de volver sin carga es alto: “Lo más duro del viaje es pasar a punta de enlatados y llegar a Cartagena sin la seguridad de encontrar un hotel después de pasar más de un día sin dormir”, me dice. Pero su verdadera preocupación se concentra en su billetera.

Recién inició el confinamiento, el Gobierno –presionado por la emergencia y el precio del dólar– decretó un bajón súbito en el costo del combustible y paró el cobro de peajes por algunas semanas. Pero lo que suponía un alivio para los transportadores, resultó tener un efecto búmeran: “Ahí mismito los generadores de carga les bajaron el precio a los fletes”, explica. “Y el problema fue que cuando volvieron los peajes, nos siguieron pagando lo mismo, no le subieron, entonces quedamos en desventaja”.

A las seis de la tarde, Germán, por fin, entra con su tractomula al mercado de Bazurto. Antes de salir de la cabina se pone un traje antifluidos, un tapabocas y una careta para caminar entre las pequeñas multitudes que están en el mercado. Aún le queda la parte más dura de su trabajo: conseguir 34 toneladas de algún producto para volver a Boyacá, la única garantía de que le quedará alguna ganancia después de pagarle los porcentajes pactados al dueño de la tractomula.

Pero la carga está escasa. Algunos colegas le habían comentado que en tiempos de pandemia se demoraron hasta 15 días para conseguir algo. Germán tuvo suerte y al poco tiempo pudo devolverse con el tráiler cargado. Sin embargo, no tuvo tanta para encontrar hotel, por lo que pasó algunas noches durmiendo en la cabina de su Kenworth.

Los males que se juntaron y preocupan a los campesinos del país

La pandemia remató una tanda de afectaciones climáticas que derivaron en la pérdida de varios cultivos.

Heladas, sequía y pandemia
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El sábado 21 de marzo del 2020, durante una rueda de prensa para explicar cómo se afrontaría la cuarentena nacional que había anunciado el Gobierno, el ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, Rodolfo Zea, dejó en claro que el confinamiento no iba a detener el campo: “Vamos a mantener las importaciones de alimento, de agroinsumos”, dijo el cordobés de 53 años, vestido con dril azul, chaqueta azul y camisa a cuadros blancos y azules. “Tendremos nuestros puertos abiertos para recibir estos bienes y los campesinos van a poder seguir cosechando la tierra. El transporte de carga va a continuar fluyendo. Las centrales de abasto, como los supermercados y las tiendas de barrio, estarán abiertos durante ese tiempo”.

Ochenta y un días después de haber dado ese anuncio, el ministro contesta mi llamada desde su despacho. Tiene la agenda apretada, pero habla despacio y se toma el tiempo de revisar sus cifras para darlas con absoluta precisión. Bajo su cartera hay más de un billón de pesos para mantener la productividad del campo y, sobre todo, para garantizar que los 50 millones de colombianos tengan comida disponible en el supermercado o en la plaza para poner sobre la mesa durante la pandemia.

Las jornadas para atender la pandemia lo han obligado a estar disponible 24 horas del día y siete días a la semana. Y aunque explica que hay tranquilidad en el abastecimiento y la seguridad alimentaria, no para de recibir reclamos por todos los frentes: lejos de las ciudades, hay miles de campesinos que perdieron sus cosechas por el clima, el cierre de las plazas de mercado o la falta de transporte. Como Jesús con sus papas, Alfredo con sus lechugas y Rafael con sus campos invadidos de polvo por la sequía.

Cuando le pregunto al ministro Zea sobre los apoyos que su cartera ha implementado para los agricultores que están pasando por un mal momento, me enumera una lista de 10 líneas especiales de crédito para pequeños, medianos y grandes productores, a través de las cuales ya se habían entregado más de 944.000 millones de pesos con tasas de interés bajas a cerca de 35.000 campesinos. También me habla de una apuesta del Gobierno que lleva por nombre El Campo a un Clic, una plataforma virtual que les permite a los cultivadores ofertar sus productos en línea y sin intermediarios.

Horas después, Teresa Flórez, líder campesina del Alto Sinú –de donde sale una buena parte de la yuca y el plátano que se consume en el Caribe–, explica que, para muchos labriegos, el banco es una opción imposible. “Hay miles de campesinos que hoy tienen una cartera morosa muy grande que no solo viene del presente, sino de años atrás. Acá nos acercamos al banco y pedimos créditos para pagar con los mismos cultivos, pero nos han afectado los veranos, las sequías, las inundaciones y los precios bajos, entonces es imposible pagar a tiempo las cuotas. No se trata de que el campesino no quiera pagarle al banco, sino que cuando hay afectaciones todo es más difícil”.

Desde otra perspectiva, César Pachón Achury, un hombre de 37 años que siempre lleva puesta una ruana, explica que, además, la falta de subsidios directos pone a los campesinos en una situación compleja. “El campesino ha hecho un esfuerzo para seguir cultivando. En muchas regiones se juntaron las heladas, el verano y el coronavirus, y aunque al cultivador no le hayan dado un subsidio por ninguna de sus pérdidas, está sembrando. Les estamos insistiendo en que siembren para que no haga falta el alimento en el país, pero las condiciones no son justas”.

Pachón fue uno de los líderes campesinos que en el 2013 estuvieron a la cabeza del Paro Nacional Agropecuario y en las últimas elecciones logró una curul como representante a la Cámara por Boyacá. Aunque es consciente de las ayudas sociales que ofrece el Gobierno, critica que, si bien los campesinos pueden acceder a ellas a través de programas como Familias en Acción o Colombia Mayor, no haya un enfoque directo hacia el agro.

campesino cebolla fumigar

Ante la ausencia de compradores, los cultivadores de cebolla han tenido que devolver camiones enteros cargados con esta planta.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

Desde las orillas del Lago de Tota, Diego Pedraza reconoce que los créditos que está promoviendo el Gobierno vienen con facilidades de pago, pero se interesa más por la propuesta de vender sus productos a través de internet. Él cultiva cebolla en Aquitania, un pueblo de Boyacá que produce tanta cantidad de este alimento que el olor penetrante se siente hasta en los jardines de las casas.

Dice que con la pandemia y el cierre de bodegas en Corabastos ha visto cómo se devuelven hasta 47 camiones en un solo día. Y aunque sabe que para la mayoría de campesinos llenar los formularios en sus computadores o celulares va a ser un reto, le parece peor que se siga perdiendo la comida o que sus ganancias queden en manos de intermediarios.

“Acá en Aquitania un agricultor se demora entre tres y cinco meses para cultivar su cebolla. Y sufre para que le paguen 50.000 pesos, cuando está bueno el precio, por un rollo de 10 kilos. En cambio, en dos horas, un intermediario le sube el precio a 80.000 y hasta 100.000 pesos sin hacer mayor cosa”, dice. “Si hay que usar la tecnología, estamos dispuestos. Esas plataformas son un canal interesante para la cebolla porque aquí hay una oferta constante: de la cuenca del Lago de Tota sale cebolla los 365 días del año”.

El ministro Zea tiene otra carta que, espera, lo ayude a ganar la partida de la crisis en la ruralidad: los campesinos que utilicen El Campo a un Clic y tengan la factura de la venta y del flete de los productos que vendieron, recibirán un subsidio del 50 por ciento en el transporte de sus productos.

–Pero los campesinos suelen hacer, sobre todo, tratos de palabra en las plazas de mercado y en las fincas –le digo al ministro–. ¿Pedirles factura no sería desconocer cómo funciona el mercado en el campo?

–Casualmente, uno de los anhelos que se tienen históricamente en el sector agropecuario es buscar la formalización de los productores del campo –contesta Zea–. Lo que tenemos es que propender por buscar esa formalización. Es inconcebible que en todos estos años la informalidad en el campo sea mayor al 80 por ciento. Adicionalmente, estos recursos necesitan tener un control, demostrar a quién se le entregaron los recursos y con base en qué soporte.

Sequia verano campesino

Uno de los principales problemas que han enfrentado los campesinos este 2020 ha sido la sequía.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Sequia verano campesino

Uno de los principales problemas que han enfrentado los campesinos este 2020 ha sido la sequía.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Sequia verano campesino

Uno de los principales problemas que han enfrentado los campesinos este 2020 ha sido la sequía.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Sequia verano campesino

Uno de los principales problemas que han enfrentado los campesinos este 2020 ha sido la sequía.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

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Cada tarde, después de que el Ministerio de Salud revela el número de nuevos casos de covid-19 detectados en Colombia, se publica un mapa del país lleno de parches de dos colores: el rojo cubre los municipios que tienen casos positivos, el verde cubre los que no. Para mediados de junio, la pelea estaba reñida: 596 poblaciones estaban pintadas de verde y 526, de rojo.

Uno de los puntos rojos está en Cómbita, un pueblo frío de Boyacá que unos recuerdan por la cárcel de máxima seguridad y otros por ser el lugar de origen de Nairo Quintana. Yo lo recuerdo porque es la cuna de mi familia y porque allí queda la casa de mis abuelos, dos campesinos que viven, al igual que casi todos sus vecinos, exclusivamente de lo que les da la tierra.

En marzo, cuando comenzó la pandemia, mi abuela materna me llamaba cada semana para preguntarme cómo iba el encierro en Bogotá. Como oía en las noticias que la ciudad era la que tenía más casos de covid-19, la charla siempre empezaba por ahí, pero luego me compartía sus verdaderas preocupaciones: que no caía una gota de agua del cielo y que las papas que tenía sembradas a pocos metros de su casa no iban a engrosar. Allá, en una vereda enterrada a media hora del casco urbano, no se sentía el pánico del coronavirus.

Sin embargo, la llamada del 11 de mayo fue totalmente distinta: “Están diciendo que una pareja de ancianos se contagió”, me dijo. “Son unos señores que tienen una tienda en El Moral (un caserío a la orilla de la carretera que va hacia Bucaramanga). Quién sabe quién llegó a comprarles algo y los infectó”.

El grupo de WhatsApp de mi familia se incendió: alguien dijo que un vecino había estado en contacto con el paciente y luego había visitado a mi abuelo. Tuvimos pánico. Para entonces el virus ya había matado a 476 colombianos.  Pero mis abuelos estaban tranquilos.

Campesinos retrato

Doris Quintero vive en Cómbita, Boyacá, cultiva papa y tiene cinco vacas lecheras.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Campesinos retrato

Gregorio Ragua vive en Tibaná y siembra pera, manzana y ciruela. Sin embargo, dice con orgullo que en su finca la tierra es tan fértil que se puede cultivar casi cualquier producto.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Campesinos retrato

Mesías Suárez sostiene las hojas secas del cultivo de papa que se le perdió por cuenta de las heladas.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO
Campesinos retrato

"De esta papa no queda sino para que nos paguen el día, porque es muy poca la que se puede vender", dice este jornalero.

Julián Ríos Monroy. EL TIEMPO

“La gente tiene miedo… Pero de que se cierren las tiendas”, me dijo un funcionario de la alcaldía de Cómbita unos días después, cuando había ocho casos positivos en el pueblo. “Todos andan como Pedro por su casa y hemos tenido que hacer controles para que no se reúnan en las cantinas, sobre todo en la zona rural”. Me confirmó también, lejos de la hipótesis de mi familia, que los primeros contagios del pueblo se habían dado por un habitante que había llegado de Cartagena.

Si existiera una balanza para medir si los campesinos tienen, en este momento, más miedo al contagio de covid-19 o preocupación por el clima de los próximos meses, se inclinaría, probablemente, hacia la segunda opción.

A Rafael Urueta, en El Salado, lo que más le preocupa del virus es que por la cuarentena no puede salir a jornalear a los cultivos de sus vecinos. A Antonio Serrano, en Madrid, que sus repollos no consigan comprador y corran la misma suerte que las lechugas. En Pasto, Jesús Jojoa no deja de pensar en que el precio de la papa le alcance para recuperar algo de lo que perdió en la helada. En Casanare, Nelson Roa teme que los insumos sigan subiendo y bajen los precios del arroz, hasta caer en una crisis como la que vivió el sector entre 2017 y 2018. A Teresa Flórez, en Tierralta, le angustia que por la imposibilidad de cultivar se acabe el alimento en su región. A Diego Pedraza, en Aquitania, que le sigan restringiendo la entrada a las plazas de mercado y tenga que botar la inversión de tres meses en el cultivo de cebolla.

Y mis abuelos, sospecho, no se percataron de que el virus dejó de expandirse por las veredas. Pero me llamaron para celebrar el mismo día en que empezaron las lluvias.

Para quienes, como todos ellos, viven de la tierra, alimentar a un país entero en medio de una pandemia no es sino sumarles preocupaciones a todas las que ya existen. Ellos confían en que el año bisiesto va a pasar a la historia y que las cuarentenas no van a durar para siempre. Pero saben, por experiencia propia, que el costo de los insumos, el mercado caprichoso y el olvido que durante décadas ha tenido el país hacia el campo los seguirá persiguiendo.

Créditos

Texto, video y fotografía:

JULIÁN RÍOS MONROY
@julianrios_m
EL TIEMPO

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