Esta es la verdadera situación que vive un médico en Colombia

Esta es la verdadera situación que vive un médico en Colombia

Los aplauden, los llaman héroes, ángeles de guarda... Pero la realidad de sus vidas no es halagüeña.

Médicos en Colombia

En la pandemia han salido a la luz expresiones de gratitud de la sociedad, pero a la vez agresiones a los trabajadores del sector.

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César Melgarejo. EL TIEMPO

Por: Juan Gossain
16 de agosto 2020 , 01:06 p. m.

¿Usted sabía que en Colombia alquilan enfermos? Tranquilo, que yo también quedé espantado cuando lo supe.

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Desde que comenzó el encierro provocado por la pandemia, y se fue prolongando la cuarentena, a lo largo del país la gente ha salido a balcones y ventanas para rendirles un homenaje nocturno de gratitud a médicos, enfermeras, asistentes y todo el personal de los servicios sanitarios.

Los aplauden, les mandan besos con las manos, los califican de héroes, ángeles de la guarda, mártires, valientes, paladines, emprendedores. Todo eso es justo y merecido. Pero ¿se ha preocupado alguien por averiguar la verdadera situación de los médicos en Colombia? ¿Cuál es la realidad de sus vidas? ¿Se les reconoce el valor de su trabajo, su esfuerzo personal, su dedicación?

A raíz de algunos comentarios que llegaron hasta mi escritorio, enviados por gente responsable y seria a la que conozco bien, me puse a buscar la verdad de lo que cuestan hoy en día los estudios de medicina, los salarios que les pagan en clínicas y hospitales, la realidad de sus vidas y de sus profesiones.

A pesar del encierro, pude comunicarme con varias personas confiables que tienen experiencia y conocimientos en esos asuntos tan delicados y espinosos.

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‘Ciudadanos de segunda’

El primero que accedió a hablar fue el procurador general de la nación, Fernando Carrillo Flórez, y, además, lo hizo de una manera tajante, categórica, sin pelos en la lengua.

–Los médicos y el personal de salud –empezó diciendo el señor Carrillo– han sido tratados como ciudadanos de segunda clase en la garantía de sus derechos. Se hacen muchas declaraciones retóricas sobre su condición de héroes, pero no se han traducido en beneficios concretos para ellos, ni en tratamientos justos, a pesar de los momentos tan críticos que hemos vivido en los últimos cinco meses.

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El procurador agrega que un ejemplo evidente y cotidiano de ese tratamiento despectivo hacia los médicos y sus colaboradores “es la negligencia con que los tratan las propias compañías aseguradoras en el suministro de elementos de protección y bioseguridad, lo que ha provocado ya el contagio o la muerte de tantos médicos y del personal de la salud”.

Y, luego, concluye así esta primera conversación:

–La verdad innegable es que las propias empresas de salud han estigmatizado a los médicos. Los denigran.

Desde el valor de la matrícula

Para mis adentros, empiezo a preguntarme cómo es posible que traten así a quien protege nuestra salud. Entonces quise saber cuál es el momento en que comienza esa cadena de maltratos. Fui con mis inquietudes, que me daban vueltas en la cabeza, en busca de respuestas donde el hombre que dirige la agremiación profesional de los doctores.

El Colegio Médico Colombiano, que hoy tiene más de catorce mil afiliados en todas las regiones del país, fue creado en el año 2003. Su presidente es el oftalmólogo Roberto Baquero Haeberlin. Al igual que el procurador, él tampoco tiene pelos en la lengua para ir al grano con franqueza y desde el arranque.

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–En Colombia –afirma el doctor Baquero– la sola vocación profesional es disculpa para que lo exploten a uno desde que empieza su formación. El estudiante y su familia tienen que pagar sumas gigantescas en las matrículas que están cobrando las universidades. Y no existe control alguno por parte del Estado.

A renglón seguido me explica cómo funcionaba anteriormente el sistema y cómo es ahora el espinoso tema de los costos del estudiante:

–Antes de que empezaran a proliferar las facultades de Medicina en todo el país, el estudiante solo pagaba la matrícula de los diez semestres básicos. Al año siguiente entraba al período rotatorio que se conocía como “año de práctica”.

Todo tiempo pasado…

Ese año de práctica no le costaba nada al estudiante. “Por el contrario”, añade el doctor Baquero, “recibía una remuneración mínima y tenía derecho a seguro de salud, alimentación diaria y una dotación de batas para su trabajo hospitalario”.

Un año después iniciaba un auténtico servicio social obligatorio, que se conoce entre los colombianos como “año rural”. Prestaba sus servicios a la comunidad de un pueblo o vereda. Entonces, por primera vez, le hacían un contrato formal de trabajo, que incluía no solo un salario sino todas las prestaciones legales.

Hoy le hacen al médico un contrato amañado, en el que le quitan las prestaciones sociales, el plan de cesantías, el período de vacaciones. Pero dejemos que sea el doctor Roberto Baquero quien siga en este recorrido, hasta llegar a la terrible situación que se vive hoy. (En vez de avanzar, vamos para atrás).

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–Luego venía su especialización, conocida como “residencia”, que duraba de tres a cinco años. Ya no recibía salario, pero le mantenían el seguro, la alimentación y la dotación de implementos. Eso es solo un recuerdo, la confirmación de que todo tiempo pasado fue mejor. Porque las universidades decidieron que el interno sigue siendo un estudiante y así obtuvieron el derecho a seguirle cobrando matrícula.

Entonces, en 1980, internos y residentes tuvieron que irse a un paro de protesta ante semejante abuso. Así lograron que los ministerios de Salud y Educación los declararan como trabajadores en entrenamiento. Pero poco les duró la dicha.

Y llegó la ley 100…

Comenzaba la última década del siglo veinte. En 1992, el Congreso Nacional aprobó la ley 30, sobre la educación en Colombia, y al año siguiente la reforma del sistema de salud, la famosa ley 100, tan prometedora y tan falsa, como dice la canción popular.
–Esas leyes les retiraron los apelativos de internos y residentes y los llamaron, simplemente, “estudiantes” –prosigue el presidente de los médicos–. Dejaron de ser considerados doctores y los volvieron a llamar estudiantes.

A partir de ese momento, la salud se volvió un negocio para las empresas y un desastre para médicos y pacientes.

Sin perder tiempo, las universidades volvieron a cobrar nuevas matrículas y las clínicas y hospitales aprovecharon a los residentes gratuitos para evitar pagarles a médicos especialistas, “pero ahora es el hospital el que factura al sistema de salud todo el trabajo que hacen los residentes, sobrecargados de turnos interminables por la noche y los fines de semana”, prosigue el doctor Baquero.

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Se alquilan enfermos

Y aquí es donde el doctor Baquero me deja con la boca abierta cuando dice:
–Lo peor, y verdaderamente descarado, es que ahora los hospitales encontraron una nueva fuente de ingreso que consiste en arrendar a sus propios pacientes como si fueran muebles. Así como lo oye. Como algunas universidades no cuentan con un hospital propio para cumplir con los estudios de medicina, salen a contratar hospitales ajenos que les permitan hacer las prácticas.

De modo que ya no es nada extraño encontrar a estudiantes de una universidad atendiendo pacientes en una clínica de 7 a 9 de la mañana, pero de 9 a 11 los mismos enfermos quedan en manos de alumnos de otras universidades, y así el día entero.
–Parece una ironía –concluye Baquero–, pero lo cierto es que el practicante tiene que financiar al mismo hospital donde trabaja y no le pagan, pero sí le cobran, porque le dicen que eso es parte de su aprendizaje. El sistema de salud debería financiar al hospital para que apoye al estudiante.

La triste realidad

Vuelvo entonces con Fernando Carrillo. Me dice el procurador que la crisis sanitaria provocada por la pandemia “ha puesto al descubierto una realidad: hospitales derruidos, sin equipos mínimos ni medicamentos, con inmensas deudas salariales con sus médicos, enfermeras, personal administrativo y de laboratorios. Creen que la salud es una mercancía más. Para no hablar de la corrupción enquistada en el Estado y en algunas empresas de salud privadas”.

En esas estábamos cuando me llega desde Bogotá un mensaje del reputado neurocirujano Remberto Burgos de la Espriella: “Estoy alarmado. El desempleo y el subempleo de médicos colombianos llega ya al 80 por ciento”.

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Como si fuera poco, ese mismo día, en el peor momento del virus, en Montería renunciaron todos los médicos intensivistas de una clínica. ¿La causa? Les adeudan trece meses de salario. Más de un año sin pagarles, por Dios santísimo.

Allí mismo, en el departamento de Córdoba, que es mi tierra, y en ese mismo instante, se produce el índice de mortalidad por coronavirus más aterrador del país: 12,6 por ciento. En Córdoba, que tiene solo un millón setecientos mil habitantes. Compárelo usted con las cifras de regiones mucho más grandes y pobladas, como Antioquia, Valle, Cundinamarca, Atlántico, los santanderes, la propia Bogotá.En una clínica de Valledupar, entre tanto, médicos y enfermeras tuvieron que encadenarse porque no les pagan desde hace siete meses.

¿Cuánto vale estudiar?

Sigamos con la auténtica realidad que enfrenta un médico en Colombia. El propio doctor Roberto Baquero y su colega Samuel Barbosa hicieron varias investigaciones sobre uno de los temas más inquietantes: ¿cuánto cuesta estudiar medicina en Colombia?

Tomando los precios de las matrículas anuales en cuatro universidades bogotanas, calcularon el precio de los cinco años de estudios básicos. Cuestan, en promedio, 104 millones y medio de pesos. Otro ejemplo pasmoso de dicha investigación: cuando el alumno llega al cuarto año, y todavía le falta uno, su matrícula ha subido, en promedio, 6’300.000 pesos más que el primer año.

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Epílogo

¿Cuántos colombianos disponen de ese dineral para estudiar? En semejantes circunstancias, y rodeado por esta cruda realidad, yo no sé cómo puede un muchacho soñar con un proyecto de futuro para su vida.

Y, a todas estas, ¿qué dicen el Presidente, los senadores, los ministros, los alcaldes, los gobernadores? ¿Y los ciudadanos?

–Eso es lo que está matando a los colombianos –remata el oftalmólogo Durfay Campiño–. No es la enfermedad; es el maltrato a los médicos, lo mal que les pagan y la falta de ética del sistema de salud.

JUAN GOSSAIN 
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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