Así sobreviví a la muerte de mi hijo, un hincha barra brava

Así sobreviví a la muerte de mi hijo, un hincha barra brava

Óscar fue asesinado cuando quiso salir de la violencia. Hoy, trabajo por un fútbol en paz.

Sandra Sandino Cómo Salí De 1

Sandra Sandino relata cómo sobrevivió a la muerte de su hijo.

Foto:

Ana Puentes / EL TIEMPO

Por: Sandra Sandino
06 de noviembre 2018 , 10:36 a.m.

Soy Sandra Sandino y el 22 de junio de 2013 mataron a mi hijo, Óscar Bayardo Sandino, un exbarra brava de los Comandos Azules de Millonarios.

En 2010, después de un brutal golpiza, mi hijo había decidido salir de la violencia. Se metió en el barrismo social y en el trabajo comunitario: soñó con estudiar Ciencia Política y con una hinchada que pudiera vivirse en paz.

Un día me dijo que se iba a Cali a ver a Millonarios jugar. “Mamita, este es mi último viaje”, me prometió. Y me cumplió, porque de allá nunca más regresó. Un hincha del Deportivo Cali lo apuñaló a la salida del estadio.

Esta es la historia de cómo sobreviví a la muerte de mi hijo y cómo, en cierta forma, el fútbol y las barras me devolvieron la vida.

Primer tiempo: así se enamoró del fútbol

Tuve a Óscar cuando tenía 18 años. Como yo era tan joven, terminamos por crecer juntos y ser muy buenos amigos.

El papá murió en 1989, cuando mi hijo apenas tenía cuatro años. Entonces, asumí toda su crianza e hice lo que cualquier papá habría hecho con su hijo: lo lleve a su primer partido en el Estadio El Campín, en Bogotá.

Óscar tenía 10 años y, en una entrevista, comentó que ese día lo había marcado para siempre. Yo no lo percibí. Tuve que dejarlo con la abuela en Suba para yo poder ir a trabajar al sur de la ciudad y sostener a la familia.

Óscar salía con sus amigos a la cancha, al barrio. Y, de repente, a los 15 años, estaba metido de cabeza en las barras de Millonarios.

En 1992, la hinchada se dividió en Blue Rain y Comandos Azules, en esta última se quedó mi hijo y comenzó una carrera desbocada y agresiva en el mundo del ‘aguante’ futbolero.

Eran días, incluso semanas, en los que no dormía tranquila. Si no llegaba tomado, llegaba golpeado o, peor aún, no regresaba a casa.

Entendía la violencia como una forma de vivir el fútbol y la hinchada. Entonces, él y sus amigos no lo pensaban dos veces a la hora de molerse a golpes con otros hinchas.

A casa llegó con los brazos rotos, con la cara reventada. Herido, pero contento. Era el aguante. Mientras tanto, la lavadora despercudía la sangre de la camiseta como por tres días.

A los 17 años, se fue a escondidas a Cali, a ver un partido. Pero no tenía dinero para regresar: se montó en mulas, caminó, pidió aventones en el camino. Yo, en esas dos semanas que estuvo desaparecido, lo busqué en los hospitales y hasta en la morgue.

Lo único que no hizo en vida fue tatuarse. Fue una promesa que le hizo a la abuela. Era uno de los pocos hinchas sin el escudo de millitos en el cuerpo.

Pero la vida de barra brava continuaba. Los amigos buscaban la pelea en el barrio, él ponía la cara y los puños y luego ellos cumplían con llevarlo a la casa o al hospital.

Una noche encontró la muerte por primera vez. Se enfrentó a otra barra brava que le dio tremenda paliza. Ganó, por esa vez. Luego, le apostó a la vida.

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Óscar salía con sus amigos a la cancha, al barrio. Y, de repente, a los 15 años, estaba metido de cabeza en las barras de Millonarios.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Medio tiempo: la redención

En Suba, la situación era cada vez más difícil. Había fronteras invisibles en los barrios.

Era 2010 y Óscar se la jugó por un fútbol en paz. Comenzó a vincularse a programas de la Alcaldía Local, se hizo gestor de paz, participó en el primer comité de barras y trabajó con distintas fundaciones, como la Juan Manuel Bermúdez Nieto, para cambiar la movida en Suba.

Y lo logró, mucha gente se le unió. Organizó eventos y proyectos y cambió la barra brava por el barrismo social y la hinchada futbolera. Estaba feliz porque pudo cambiar esa violencia que él había vivido.

La Fundación le consiguió una beca para estudiar Ciencia Política. Acabó el proyecto y se fue a Cali a celebrar, por última vez, con su equipo.

Segundo tiempo: el asesinato

Óscar iba con otros cuatro amigos en un taxi cerca al Pascual Guerrero. Según cuentan los muchachos, el conductor se metió por una calle llena de hinchas del Deportivo. De repente, abandonó el carro. Fue entonces cuando un grupo se abalanzó sobre ellos. Tres pudieron huir, aunque uno recibió heridas de arma blanca en varias partes del cuerpo.

Mi hijo apenas si pudo salir del carro, lo apuñalaron ocho veces en el tórax y el brazo derecho. Yo después vi los videos cuando, allí mismo, lo remataron.

Yo recibí la llamada el 22 de junio de 2013. Óscar había muerto en el Hospital del Valle. Mi vida se partió en dos. Mientras lloraba y esperaba el regreso de su cuerpo en Bogotá, sus amigos me llamaron. Querían despedirlo como lo hacen los hinchas. Y yo lo permití, porque es lo que él habría querido.

El 25 de junio, decenas de jóvenes pasearon a Óscar en su ataúd azul por el estadio El Campín. Luego, lo llevamos a la funeraria en Suba. Hubo fila para despedirlo. Al día siguiente, fueron a pie hasta el cementerio y detuvieron el tráfico en la localidad.

Pero mi dolor no se iba. En 2016, condenaron a 37 años de cárcel a Jhonny Steven Camelo Gallego, por su asesinato. La justicia no está completa, él no fue el único implicado en el asesinato de mi hijo.

Lloré por mucho tiempo, casi pierdo la razón. Hoy, aseguro que de no haberme agarrado de la mano de Dios, no habría podido continuar.

Dios me devolvió la vida. Y, en cierta forma, también lo hizo el fútbol.

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Mientras lloraba y esperaba el regreso de su cuerpo en Bogotá, sus amigos me llamaron. Querían despedirlo como lo hacen los hinchas. Y yo lo permití, porque es lo que él habría querido.

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Archivo EL TIEMPO

Golear el dolor, tapar la violencia

Los amigos de Óscar siempre estuvieron pendientes de mí. Incluso, fue tanto el impacto que les generó el asesinato de ‘asmita’, como llamaban a mi hijo, que comenzaron a vivir su hinchada con más cuidado.

Me llamaban, y aún me llaman, ‘mamá Sandino’. En ese momento, volví sobre los pasos de Óscar, supe más de sus proyectos de barrismo social y decidí continuar con su legado.

En enero de 2017, registre ante la Cámara de Comercio la Fundación Hermandad Sandino.

Este es un proyecto que estoy levantando en Suba para trabajar con las familias de los hinchas. Para sus hijos, queremos crear una escuela deportiva de fútbol, patinaje y otros deportes. Les enseñaremos que se puede ser hincha, pero tener una vida más allá de eso.

Para las mamás, que pueden ser chicas jóvenes que interrumpieron sus estudios, estamos diseñando programas de emprendimiento, para que creen negocios y tengan independencia económica.

A veces voy a visitar a Óscar, está en el Cementerio de Suba tras una lápida blanca con flores azules y un poema que yo le escribí.

Le pongo música, a él le gustaba la cumbia, y le cuento cómo va mi vida, la de su abuelita y la de sus dos hermanos. Lo extraño muchísimo. Le pido a Dios que le dé paz… y que a mí me dé fuerza para vivir sin él.

No tengo a mi hijo. Pero, ahora, otros muchachos me llaman ‘mamá Sandino’ y no me dejan sola. A ellos y a otros hinchas les digo que la violencia no es la salida y que, más allá de sus equipos, en casa hay una familia que los quiere y los espera toda las noches. Como yo esperé a Óscar esa semana de junio de 2013.

Por él y su sueño de una localidad y una hinchada en paz, hoy me pongo la camiseta y me la juego por el cambio.

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A veces voy a visitar a Óscar, está en el Cementerio de Suba tras una lápida blanca con flores azules y un poema que yo le escribí.

Foto:

Ana Puentes / EL TIEMPO


(*Esta historia contó con la narración y la investigación de la periodista Ana Puentes, redactora de ELTIEMPO.COM) Si quiere compartir su testimonio con nosotros en la sección #CómoSalíDe puede escribirnos al correo albsua@eltiempo.com. Todas las historias son valiosas para este espacio.

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