Clemencia Carabalí, una líder que no se intimida

Clemencia Carabalí, una líder que no se intimida

Clemencia Carabalí relata su vida. Recibió el Premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos.

Celemencia

Clemencia desarrolla su trabajo en defensa de los DD. HH. y de las comunidades afro e indígenas en un territorio con presencia de paras, narcos y mineros ilegales

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EL TIEMPO

Por: Myriam Bautista
04 de octubre 2019 , 08:04 p.m.

Su rostro sonriente no denota tensión. Cuando habla de los avatares que ha vivido en carne propia y de los que padece su comunidad, sobre todo los de las mujeres que representa, lo hace sin dramatismo. Eso sí, sin tomar aire. Responde sin titubear y su interlocutora debe interrumpir porque ella es generosa con la palabra, como lo es con sus acciones.

Es sobreviviente pacífica que busca un mejor estar sin agravios, en un medio adverso y bien templado porque conviven con ‘paras’, narcotraficantes, mineros ilegales y malandros de todas las especies.

Su trabajo de treinta años se expande por todo el país. El columnista de EL TIEMPO y virtuoso escritor Ricardo Silva le cedió su espacio del viernes 23 de mayo de este año, para que ella escribiera, y el 15 de julio, la politóloga y comunicadora social Ana María Ruiz hizo lo propio en su columna de Semana.com, dentro de la campaña #UnLiderEnMiLugar. En Semana Televisión la periodista María Jimena Duzán la tuvo como invitada única, el miércoles pasado.

Es Clemencia Carabalí. De los Carabalí del norte del Cauca, de toda la vida. Luchadores, emprendedores, campesinos y, ahora, también, líderes.

Una de sus hermanas hizo parte del Programa de Oportunidades Campesinas y su hermano Adelmo la llevaba a las reuniones de la comunidad, la presentó en las asambleas veredales, la relacionó con sus pares. Le cogió gusto a salir de una reunión para entrar a otra los siete días de la semana y para solucionar pequeños y grandes ‘chicharrones’.

Autobiografía

“Vengo del municipio de Buenos Aires, vereda La Balsa. Nací no hace mucho, aunque en mi cédula aparece que fue hace 48 años. Tengo dos hijos varones y un marido que es, además, mi coequipero. Desde muy pequeña surgió el interés por mitigar los problemas que nos rodean. En el colegio agropecuario me dieron una clase que se llamaba Proyección en la comunidad, que incentivó ese deseo de ayudar, sobre todo, a las vecinas.

Soy la última de nueve hermanos: limpiadora de la barriga de mi madre. Admiré siempre el trabajo de mis padres dedicados a la finca, pero no quise ser agricultora como ellos. Estudié de noche, en la Universidad Santiago de Cali, Administración de Empresas; antes me había graduado como Tecnóloga Industrial. De día trabajaba porque mis padres no tenían recursos para pagar mis estudios superiores. Soy la única profesional de mis nueve hermanos.

El amor llegó muy rápido y lo hemos hecho rendir. Tengo dos hijos, uno de 21 años, y otro de 17. Mi mi marido ni mis hijos son líderes, por fortuna. Él es todero. Le hace a la agricultura, a la mecánica de vehículos y de motos... a lo que sea. Es, también, buen cuidador. Cuando los hijos estaban pequeños, mientras yo estudiaba, él cambiaba pañales, les hacía la colada, les jugaba y los dormía. Ahora siguen compartiendo vivencias varias”.

Esa es la versión resumida de su presentación. Además, nos contó que su hijo mayor está terminando Administración de Empresas en la Universidad del Valle, tal vez por emularla, aunque le dice que él quiere darles trabajo a muchas personas de su zona. Busca ser empresario justo.

Clemencia pronto mostró que lo suyo era encontrar soluciones. Observó que sus amigas, sus vecinas, llevaban a la galería del pueblo la fruta que cosechaban y muchas veces se devolvían con mandarinas o bananos a punta de perderse. Les ofrecían muy poco dinero, casi que ni para pagar costos y pasajes. Ella, tecnóloga ya, se fue a la Universidad del Valle y les propuso que fueran los compradores de estas frutas maduras para hacer jugos, mermeladas, conservas. Aceptaron el trato.

De ahí a organizar el primer Comité de Mujeres de Buenos Aires y luego la Asociación. No fueron sino meses de trabajo. Pasaron de soñar con un proyecto de vida a ver que sus cosechas se vendían y que la fruta no se perdía. Los guerrilleros de las Farc y de otros grupos insurgentes, con asiento en esas tierras, no se metieron con ellas, no les pidieron ‘vacuna’ y las respetaron.

Ellos nos tildaban de colaboradores de la guerrilla, pero la guerrilla comenzó a vernos con recelo porque creían que habíamos aceptado a los ‘paras’, y el Ejército y la Policía nos miraban de
reojo...

Al finalizar el siglo XX, en 1999, llegaron los paramilitares y ahí perdieron la tranquilidad y la seguridad. “Ellos nos tildaban de colaboradores de la guerrilla, pero la guerrilla comenzó a vernos con recelo porque creían que habíamos aceptado a los ‘paras’, y el Ejército y la Policía nos miraban de reojo porque contábamos con una asociación y nos reuníamos varias veces a la semana. Quedamos en la mitad del sándwich.

La dinámica organizativa, con 250 socias, que cubría doce veredas del municipio, con un capital de 250 millones de pesos para la cría de pollos, cultivos de café, plátano, maíz, todo se perdió después de la masacre del Naya, en mayo del 2001, en la que se dio el peor desplazamiento que recordemos. Se arruinaron los cultivos, los animales se murieron y las mujeres renunciaron a la organización, a las capacitaciones, porque temían por su vida y por la de sus familias”.

Paramilitares como ‘H. H.’, del bloque Calima, confesaron que llegaron a matar en un día veinte personas. El total de asesinados fue de 3.000 personas. A la lideresa Gladys Ipia, de la vereda Los Robles, le cortaron las manos y la cabeza.

Con el paso de los años, y sin que la situación de orden público hubiera mejorado del todo, algunas mujeres la buscaron y le dijeron: “Clema, tenemos que reunirnos de nuevo, reconstruir la organización”. “Convocamos una asamblea, llegaron unas doscientas mujeres. Alegría y mucho trabajo. Se conformó la nueva junta directiva y a echar a andar como la primera vez”.

Ya tienen sede propia. Instituciones como ONU Mujeres, el programa de Derechos Humanos de este organismo, Usaid y el Ministerio de Agricultura apoyan este proyecto de mujeres negras. Trabajan por los derechos étnicos, la defensa del territorio, por el respeto a su cuerpo, a sus vidas y a las de su comunidad.

Un grupo de reinsertados está ahora ubicado en su territorio, se llama La Elvira, es una zona de concentración de antiguos combatientes, hombres y mujeres, niños y niñas nacidos después de la firma de los acuerdos, oriundos todos de la región.

No todos los alzados en armas lo hicieron por convicción, algunos de ellos fueron forzados, otros llegaron por necesidad. No se les debe juzgar ni condenar

“Con ellos, y con la comunidad, estamos trabajando porque es necesario adelantar un proceso de reconciliación sincero, donde no quepan venganzas, ni reclamos ni odios. No todos los alzados en armas lo hicieron por convicción, algunos de ellos fueron forzados, otros llegaron por necesidad. No se les debe juzgar ni condenar. Debemos hacer un ejercicio que contribuya a la reconstrucción de tejido social de la comunidad”.

Requeteamenazada

Clemencia Carabalí ha sido objeto de nueve amenazas. El 4 de mayo de este año se encontraba en una reunión con 15 lideresas y líderes en la finca La Trinidad, vereda Lomita, en Santander de Quilichao, cuando llegaron tres hombres a pie que les tiraron dos granadas.

Ni ese ataque ni las amenazas constantes mueven a Clemencia de su puesto en la defensa de los derechos propios y los de los suyos.

Clemencia fue acreedora, hace unas semanas, del Premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos, que entrega Diakonía y la Iglesia sueca. “Es un reconocimiento que en su nombre propio ha hecho la comunidad internacional a muchas y muchos ausentes y presentes. Sin el trabajo de quienes nos antecedieron sería imposible haber desarrollado un proceso organizativo como el que hemos alcanzado”, dice con vehemencia.

Esta lideresa cuenta con un esquema de seguridad de la Unidad de Protección a Víctimas y con chaleco antibalas. El carro blindado le da tranquilidad, pero su mejor paz y salvo son sus compañeras. “Me apoyo en las mujeres del territorio que están pendientes de vigilar los sitios en los que nos reunimos, de avisarme cualquier movimiento de personas extrañas.

En mi casa tengo sosiego porque estar con mis hijos y con mi esposo es un gran respaldo. No hay que andar con paranoia, primero confianza en Dios, que nada me va a pasar, así tenga un ejército que me escolte. En Bogotá no me siento tan segura, porque me faltan mis tres hombres”.

Nuevos proyectos

Han agrupado a 45 jóvenes, hijos de las asociadas, con los que trabajan su autoestima, respeto a la vida, al medioambiente, a las diversas expresiones culturales. “Creemos que a la par de que luchamos por nuestro mejor estar debemos dejar un legado. La herencia, además del ejemplo, será contribuir con un aporte educativo extra. La guerra deja heridas profundas en el alma que repercuten en la vida emocional de quienes la viven de manera directa, como nosotros, por eso intentamos sanar las mentes de nuestros jóvenes para hacerlos mejores ciudadanos”.

Clemencia Carabalí reivindica los nombres de Martin Luther King, Nelson Mandela y Sinencio Mina. Y de manera especial, el de tantas mujeres afro e indígenas del norte del Cauca que han luchado por los derechos y contra el patriarcado tan afincado en sus vidas.

“Creo que en el norte del Cauca la situación que vivimos es bastante compleja por su ubicación estratégica, los recursos que alberga y la inequidad añeja de los dueños de la tierra. Hemos descubierto que organizarnos, apoyarnos, estar siempre unidos, es la única estrategia para superar estas injusticias”.

“Este es un fenómeno desafortunado y triste que se ha incrementado después de la firma del acuerdo de paz. El mensaje que recibimos es que aquí el poder económico y político no quiere dar un centímetro. Cada vez que alguien levanta la voz, es silenciado. Es hora de desarmar almas y corazones. Mis derechos terminan donde comienzan los de los otros. Aquí cabemos todos, este país tiene riquezas inmensas, por eso les digo a los poderosos que dejen ser tan inequitativos y miserables”.

MYRIAM BAUTISTA 
PARA EL TIEMPO 

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