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Carta de amor y una canción de despedida para Providence and Katlina
Providencia

Habitantes de Providencia viven proceso de recuperación de la isla.

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Carlos Polo

Carta de amor y una canción de despedida para Providence and Katlina

Habitantes de Providencia viven proceso de recuperación de la isla.

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Carlos Polo

Una crónica desde la población que se recupera de la arremetida de un fenómeno natural.

I’ taak to you…

El mar que bordea la Divina Providencia y Santa Catalina, es una diadema líquida, tranquila y silenciosa, que abruma con el fulgor de sus azules.

El verdor de sus empinados cerros, hoy recuperados de los furiosos embates de la naturaleza, termina de trazar un paisaje en calma, casi que desprovisto de bruscos movimientos.

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Providence and Katlina son un susurro, un murmullo, una quietud indescifrable, dos botones juntos que navegan en un mar de ensueños, de posibilidades, que permiten la juntanza de las voces.

Cuando la bóveda del cielo no está transitada por nubarrones agoreros, ese cielo que no es prestado, ese pedazo de bóveda celeste permite el embrujo, la plenitud de las estrellas y una impactante cercanía de los luceros, que te recuerdan canciones marineras de otros tiempos.

Ese poderoso chorro de luz solar que es Providencia, y sus exuberantes playas de ensueño, de mentiritas casi, como sacadas de postales digitales, es también un portal, un espacio de sanación, un brebaje limpio para aliviar el peso del alma.

Entre su mar sin olas, que cobija plegarias y requiems desesperados, se teje la urdimbre de los mundos, los soñados, los imaginados, los dolidos y los que apenas y se vislumbran en la imaginación, en el sueño profundo, en la inconsciencia sagrada y creadora.

Entre sus calles escarpadas, en los bordes blancos de su imposible azul, entre sus cálidos lugares de encuentro, Providencia nos recibió y permitió la congregación de las voces, hizo posible el cabildo, la experiencia comunitaria, y mejor aún, justo en medio del contexto del proceso de reconstrucción de la isla, hoy marca el renacer de una nueva narrativa, de una reconfiguración de sus espacios, de sus contornos.

Escucharlos, escucharnos, permitir la palabra, nombrar las cosas aunque duelan, hablarles, hablarnos, "Taak to me", háblame, cuéntame, ese fue el juego sanador, esa fue la apuesta y así, nos contamos las historias, así la comunidad raizal escuchó la construcción de este otro relato que llegó del continente, en donde los vientos huracanados no gritaron su ritual del miedo, ese mismo que recuerda con claridad, el estudiante universitario Richard Howard cuando rebobina la película de sus recuerdos y se ve junto a toda su familia acomodados en el callejón de su casa resguardándose de la fiera herida.

15 personas apretujadas, escuchando el rugido de la bestia que ensayaba sus embates contra las paredes de su casa, allí pasaron la noche, quizás la más larga de sus vidas, en un callejón, apretados, paleando sus miedos mientras la tormenta seguía su camino destructor.

“Así se salvó mi familia”, y yo le cuento también, le digo con palabras trémulas que, en esa ciudad continental, maquillada y emperifollada para la fiesta, de donde vengo yo, no pasó un huracán, pero sí una muerte silenciosa que se llevó a muchos de nuestros seres amados, porque venimos de otro lugar, uno con menos luz y con otro mar.

Venimos del afán, del miedo a la pistola en cualquier parte… Y en ese pequeño intercambio de la palabra, nos reconocemos y nos vemos a los ojos, y él reconoce mi tristeza y mi dolor, yo reconozco su inquietud, ese miedo que ya pasó, y que ahora es pregunta o incertidumbre.

En Providencia se realizan talleres con la comunidad.

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Carlos Polo

Providence y Katlina entre rones y plegarias en lengua quechua, entre el soplo de la semilla, y el coqueteo del viento, entre la magnificencia de tu mar, junto al hermano mayor, el duende, el mago Chikangana, el poeta de la comunidad yanacona, le cantamos a los tres mundos, a los muertos y a los ancestros, y en una caracola abandonada depositamos el frijol, el maíz reparador, la medicina, el agradecimiento, la urdimbre, el tejido del chivo.

Allí en mitad de ese mar de belleza imposible, también conté otra historia, otra narrativa de la derrota, una más íntima y personal y en esa caracola viajó mi plegaria al mundo, y volví a cantar la canción de despedida a ese hermano del alma que se llevó la peste y la muerte silenciosa.

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Me bebí tu mar Providencia, me tomé tus noches y entre tus enormes luceros busqué los ojos de aquel que ahora viaja más ligero rumbo al espíritu mayor.

Gracias chamán, gracias mago Chikangana, "Taak to me", háblame de las posibilidades de este encuentro, háblame de Providencia, de Katlina y de los otros dolores que se llevó el viento rabioso, así como los pequeños hablaron y recordaron con asombro a una diminuta embarcación encallada en mitad de la carretera, los postes del fluido eléctrico derribados, las casas destechadas, las familias resguardadas en los baños, el clamor de todo un pueblo que aún está en medio de su proceso de sanación de esas heridas que les trajo el viento.

Esta FILSAI 2021 fue una movilización solidaria del pensamiento, en donde el arte, la poesía, las artes escénicas, el periodismo, la narración oral, las notas musicales de sus propios hijos, nos ayudaron a recorrer la isla, a reconocerla, a adentrarnos en sus historias de ultramar, de cerros y caracolas rotas, para intentar escucharla, decirla, nombrarla y crear una nueva narrativa, la narrativa del corazón, una narrativa inmersa en una nueva poética, la poética de la solidaridad.

Providence and Katlina es una fugaz carrera de caballos, dos yeguas briosas desafiando al viento, una playa repleta de raizales a la expectativa, el manglar arrullado por la brisa, los cocoteros inclinando la cabeza ante el poderío de los galopantes, la tierra mojada, el galopar enloquecido de los equinos que vuelven a desatar Babel y el creole más vivo que nunca, más fuerte que siempre, que se desata, que deja suelta todas sus lenguas y su enorme longitud en medio de un hermoso griterío que se levanta y toma alas para cabalgar el viento.

¿Quién ganó?, quizás no importe, las apuestas ya no están sobre la mesa, se esfumaron, se bebieron, se reclamaron y es allí mismo en esa playa ritual, en esa playa hipódromo, en donde la Divina Providencia es más ella, más identitaria, más yodo, barracuda, langosta y seres marinos que escapan de los plácidos sueños de los marineros en alta mar que la siguen soñando, que siguen queriendo a su Divina Providencia de pie, renovada, resistiendo, al igual que sus pescadores, al igual que sus poetas, sus músicos y sus habitantes.

Allí en esa playa magnificada por mi memoria, se queda parte de un mar que me ha acompañado los últimos 4 meses, un mar que se agita y se encabrita con insistencia, pero también hay otros océanos como este sanador al que le dejó como agradecimiento parte del malherido corazón y esta carta de despedida que no es otra cosa, que mi epístola de amor para este pedazo mágico de maritorio, en donde encontré de nuevo los colores del mundo.

Carlos Polo
Especial para EL TIEMPO
Providencia

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