La noche de la vergüenza nacional: así fue la masacre de las bananeras

La noche de la vergüenza nacional: así fue la masacre de las bananeras

El 5 de diciembre de 1928 fueron asesinados cientos de trabajadores de la United Fruit Company.

La noche de la vergüenza nacional

Pintura ‘Masacre en Colombia’, del pintor antioqueño Fernando Botero. Actualmente está exhibida en el Museo Nacional, al cual fue donada por el artista junto con otros 23 óleos.

Foto:

Cortesía

Por: Santander Durán Escalona
06 de diciembre 2018 , 10:58 p.m.

A las diez de la noche del cinco de diciembre de 1928, la estación del ferrocarril de Ciénaga estaba completamente llena. Miles de obreros, sus mujeres y niños, llegados de los confines de la zona bananera, habían viajado durante varios días para asistir a la cita convocada por los dirigentes de la huelga en ese amplio pedazo de playa arenosa y salobre, en donde se había construido la Estación.

Esa noche veranera de luna nueva, esperaban la posible llegada del gobernador del departamento del Magdalena y conocer el comunicado del Gobierno Nacional aceptando los nueve puntos exigidos en un pliego de peticiones que representaba las esperanzas de 25.000 obreros vinculados directa o indirectamente a la United Fruit Company, la más grande empresa productora de banano en el mundo.

Algunas horas antes, los huelguistas habían bloqueado el tránsito de trenes y cerrado las comunicaciones terrestres con Santa Marta. En las primeras horas de la noche, utilizando canoas y a golpes de remo, uno de sus grupos, saliendo de la oscuridad que ofrecían los árboles de mangle que bordeaban la ciénaga, apareció
fantasmagóricamente para abordar y detener en el Puerto Nuevo la partida del pequeño buque de vapor, que, navegando por el caño El Clarín comunicaba a Ciénaga con Barranquilla.

Los sorprendidos pasajeros fueron obligados a desembarcar y regresar caminando hasta sus hogares situados en la pequeña ciudad, que en esos momentos, apagando velas y lámparas de petróleo, comenzaba a dormir, después de sobrevivir una noche más a la temible y vespertina hora eterna de los zancudos.

En la estación del ferrocarril, bajo un cielo azul, profundo y oscuro, iluminado solamente por el lejano resplandor de la difusa nube de estrellas de la Vía Láctea, la multitud, como una sombra gigantesca, se agitaba entre arengas, sonidos de gaitas y tambores, cantos, carcajadas, adultos dormidos en los vagones de ferrocarril que yacían desordenados en un laberinto de rieles de acero y el llanto de los niños con sueño, mientras en las aceras encendían mechones de petróleo y algunas hogueras para iluminar el lugar y se continuaba repartiendo la comida que organizados grupos de mujeres habían estado preparando durante todo el día, en improvisadas cocinas comunitarias.

Sorpresivamente, desde Aracataca, con el faro delantero encendido taladrando la oscuridad de la noche y rompiendo el silencio con el sonido largo, sollozante y quejumbroso de su pito de vapor, llegó a la estación, pidiendo el despeje de la vía, una locomotora negra arrastrando tres vagones rojos; en ella viajaba un reducido grupo de pequeños empresarios bananeros, quienes, casi al borde de la ruina, se dirigían a Santa Marta para interceder ante el gobernador, a fin de buscar soluciones concertadas al problema laboral.

Al detenerse el tren, desordenadamente, los huelguistas se tomaron los vagones del vehículo para bloquear la continuidad del viaje. En un descuido, tres o cuatro agricultores lograron desenganchar la locomotora de sus vagones y, junto al maquinista y al fogonero, apretujados y sudorosos en el pequeño espacio detrás de la caldera, lograron evadirse de la estación para continuar el recorrido. Al llegar a Santa Marta fueron detenidos por el Ejército.

A la una y treinta de la madrugada, como sombras sigilosas, un piquete de soldados traídos desde Barranquilla, dirigidos personalmente por el general Carlos Cortés Vargas, recorrió las seis cuadras que separaban el cuartel del Ejército, de la Estación de Ciénaga; los uniformados ocuparon posiciones estratégicas frente a la multitud, situándose en una doble fila en el costado norte de la estación, desde donde, en caso de ser necesario, podrían disparar hacia el sur, una zona enmontada, sin peligro de que sus balas impactaran las casas del poblado, que, a sus espaldas, dormía a esa hora.

En una de las esquinas de la amplia plaza, los soldados montaron la ametralladora austrohúngara Schwarzlose de 7mm, modelo 1912.

Una letal arma de guerra muy usada en los combates de la Primera Guerra Mundial.
El redoble de un tambor llamó la atención de los huelguistas, imponiendo un sorprendido silencio. Entonces, desde la oscuridad se escuchó una autoritaria voz militar leyendo el bando por medio del cual se declaraba el estado de sitio que prohibía reuniones de más de tres personas y exigiendo a gritos a los huelguistas que se retiraran, por haberse ordenado a partir de ese momento, el “toque de queda”.

Nadie se movió...

Minutos después sonó por primera vez el clarín del Ejército, ordenando “retirada”.
La multitud, sorprendida, sin entender el significado de ese sonido militar, respondió con un grito unánime: “¡Viva la huelga!”.

Pasados unos minutos se escuchó el segundo toque del clarín. La respuesta desde la plaza fue la misma: “¡Viva la huelga! ¡Viva el Ejército de Colombia!”.

De nuevo, la voz militar, desde la oscuridad, ordenó a los asistentes que se retiraran o el Ejército abriría fuego, en tres minutos.

Nadie le creyó...

Una voz anónima respondió gritando desde la multitud: “¡Les regalamos esos minutos, cabrones!”.

Al tercer toque del clarín, el grito colectivo de “¡Viva la huelga!” fue cortado por la mitad, ahogado por el angustiante tableteo de la ametralladora y los disparos de fusiles Mauser.

Al callar los disparos, nada más se escuchó.

Sonidos de muerte y vergüenza patria que aún resuenan en la estación del ferrocarril de Ciénaga y en el alma de nuestra nación

Un doloroso e interminable silencio, solo quebrado por gritos de dolor, se extendió por la plaza de la estación y, en alas de la brisa que soplaba desde la Ciénaga Grande, llenó cada uno de los rincones de la pequeña ciudad.

Un rato después, las calles se llenaron de carreras, lamentos, llanto de niños, gritos de auxilio y disparos esporádicos de los soldados que gritaban “¡Alto!” antes de disparar a quienes, indefensos, corrían por las oscuras calles buscando refugio en cualquier puerta entreabierta.

Sonidos de muerte y vergüenza patria que aún resuenan en las noches de diciembre en la estación del ferrocarril de Ciénaga y en el alma de nuestra nación.

El 6 de diciembre amaneció triste y silencioso. Una brisa fría y seca bajaba de la Sierra Nevada, y el sol, entre brumas de verano, demoró un poco más de lo habitual en salir para iluminar la población.

A media mañana, para sorpresa de quienes lentamente desafiaron el miedo y se atrevieron a llegar hasta la estación, solo se encontraron nueve cadáveres esparcidos en la inmensa plaza arenosa. Cada cadáver, simbólica e irónicamente, representaba uno de los nueve puntos planteados por los huelguistas de la United Fruit Company en su pliego petitorio.

La tradición oral cuenta que, esa misma noche, cientos de personas, muertas o heridas, fueron arrojadas por los soldados de Cortés Vargas al mar, para alimento de los tiburones.

Pocos días después, finca por finca y pueblo a pueblo, comenzó la cacería a muerte de los huelguistas en toda la zona bananera.


Santander Durán Escalona
santanderduran@gmail.com 
PARA EL TIEMPO

*Reconstrucción literaria basada en datos históricos y versiones orales recibidas de testigos o protagonistas de estos hechos, recopiladas personalmente por el
autor en la década de los 80.

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