Albergues de Cúcuta, en crisis tras 24 días de cierre de la frontera

Albergues de Cúcuta, en crisis tras 24 días de cierre de la frontera

Hogares de paso están abarrotados de venezolanos que siguen varados tras cierre del 23 de febrero.

Albergues cúcuta

Comedor comunitario la Divina Providencia. 

Foto:

Comedor de la Divina Providencia

Por: Gustavo Castillo
17 de marzo 2019 , 09:18 p.m.

Desde el pasado 23 de febrero, cuando Nicolás Maduro bloqueó los puentes internacionales de Norte de Santander con una cadena de obstáculos y contenedores, cerca de 2.000 venezolanos se quedaron ‘varados’ en el lado colombiano del eje limítrofe.

Estos migrantes, que pasaron sus primeras noches en la intemperie, se han visto obligados a acudir en forma de avalancha a la caridad de albergues y comedores comunales, instalados en Cúcuta y sus alrededores sin apoyo gubernamental. No obstante, a 24 días de esta restricción, las camas y raciones de comida de estos centros de acogida ya no alcanzan para atender a esta multitud.

La aglomeración de extranjeros se presenta particularmente en la Casa de Paso Divina Providencia, administrado por la Iglesia Católica; en el Centro de Migraciones, a cargo de la comunidad religiosa scalabriniana; y en Casa Venezuela, un hogar de paso que fue habilitado hace cuatro meses por la organización Venezolanos en Cúcuta.

Este último alojamiento, que se erigió en el municipio de Villa del Rosario (Norte de Santander) con el propósito de acoger a los caminantes del vecino país, se convirtió en un improvisado albergue y ofreció un techo a los ciudadanos, que no han cruzado el límite por temor a ser víctimas de alguna represalia a raíz de su participación en los disturbios de la jornada del 23F.

En este lote, de aproximadamente 600 metros cuadrados, durmieron cerca de 400 migrantes y hasta la fecha aún pernoctan 40 de ellos, quienes se encuentran a la espera de que el Gobierno colombiano y un organismos internacionales les conceda su estatus de refugiado.

Aunque algunos se han podido devolver por la trocha, otros están temerosos, no han podido hablar sus familiares y creen que sus seres queridos están en peligro

“Estos días han sido difíciles, porque nuestros compatriotas se quedaron de este lado de la frontera y no pudieron regresar a sus casas, como se tenía previsto. Ellos provienen de San Antonio, de San Cristóbal, de Barquisimeto y de Caracas (…) Aunque algunos se han podido devolver por la trocha, otros están temerosos, no han podido hablar sus familiares y creen que sus seres queridos están en peligro”, relató María Alejandra Briceño, encargada de Casa Venezuela.

Una escena similar de hacinamiento se repite a pocas cuadras de este lugar. En la cancha del corregimiento de La Parada se amontonan los casi 5.000 venezolanos, que en hileras sobre el cemento caliente esperan su turno para ingresar a las mesas de La Divina Providencia, el comedor comunitario de la Iglesia Católica.

En este hogar de paso se acostumbraba a distribuir un promedio diario de 2.500 panes al desayuno y 3.000 platos de comida al almuerzo. Ahora, sus 200 voluntarios deben ingeniárselas para hacer preparaciones rápidas como arroz con atún, cuando las dos toneladas de alimentos, que se destinan para la elaboración del menú, se agotan.

“Normalmente, Venezuela cerraba la frontera por temas electorales, y no atendíamos en la casa. Pero por estos días, la gente se multiplicó porque todo está trancado y no estamos dando a basto para repartir esta asistencia nutricional (…) Vinieron, hicieron este concierto, pero la problemática quedó aquí. Es urgente que abran esa frontera para cerrar las trochas”, indicó el padre José David Cañas, coordinador de la Divina Providencia.

En el Centro de Migraciones de Cúcuta, administrado desde hace más de 40 años por misioneros scalabrinianos en el barrio Pescadero, el problema es de espacio. Este lugar de acogida, que tiene capacidad para recibir a 110 personas, debe acomodar colchones en los pasillos, en la capilla y en el patio para afrontar un sobrecupo de hasta 175 extranjeros durante una noche de hospedaje.

Por otro lado, sus colaboradores reparten todos los días cerca de 2.000 raciones de alimentos en varias zonas de la capital nortesantandereana y este alimento no alcanza para aliviar el hambre, que pulula en las calles.

“Hemos visto que el flujo de personas ha venido aumentando desde el 23 de febrero para acá y nuestra atención no tiene esa capacidad. También veo un aumento significativo en los servicios barriales que tenemos (…) La mayor preocupación es que si la gente no pasa por los puentes, está pasando masivamente por las trochas y eso es un peligro para su vida y su integridad”, aseveró el sacerdote Francesco Bortignon, director del Centro de Migraciones.

La mayor preocupación es que si la gente no pasa por los puentes, está pasando masivamente por las trochas y eso es un peligro para su vida y su integridad

Frente a este desborde de la infraestructura asistencial, la Gobernación de Norte de Santander activó un plan de contingencia y un monitoreo constante a la situación en zona de frontera, mientras elevó un llamado urgente a la comunidad internacional para que se habilite un canal humanitaria, en el cual se garantice un retorno seguro de los ciudadanos del vecino país y un tránsito para los enfermos y los niños venezolanos, que estudian en territorio nacional.


GUSTAVO CASTILLO
CORRESPONSAL EL TIEMPO
CÚCUTA

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