Así sobreviví a una caída de 600 metros en un parapente

Así sobreviví a una caída de 600 metros en un parapente

Julio Benítez permaneció 12 horas en una peña tras accidente durante vuelo. Esta es su historia.

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Así sobreviví a una caída de 600 metros en un parapenteJulio Benítez permaneció 12 horas en una peña tras accidente durante vuelo. Esta es su historia.
Así sobreviví a una caída de 600 metros en un parapente

Julio César Benítez es de Medellín y practica parapente hace un poco más de seis años.

Por: Miguel Ángel Espinosa Borrero
10 de junio 2020 , 06:00 p.m.

Julio César Benítez Arbeláez miró su celular. Había señal y aún gozaba de batería suficiente. Le pidió perdón a su esposa a través de un video, envió la ubicación a sus amigos y apagó el dispositivo. Desde lo alto de aquella peña no paraban de caer rocas, tenía sed y su hombro derecho se había fracturado. No creyó que fuera a sobrevivir.

Este odontólogo de 40 años vivió una de las experiencias más aterradoras que puede tener un ser humano, hace dos años, cuando en un viaje en parapente con sus amigos terminó atrapado en una peña por 12 horas.

Todo comenzó hace más de 6 años. En ese entonces, Julio César sufría de un miedo irracional a subirse a un avión, a volar. En una oportunidad, una de las auxiliares de su consultorio le contó que había volado en parapente, actividad que recomendaba para perder ese temor a estar en las alturas.

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“Me entró la curiosidad –recuerda Julio César–. Compré una promoción para hacerlo con mi esposa y me decidí a intentarlo”.

En palabras de este antioqueño, la experiencia del parapente ha sido lo más cercano a la libertad que una persona pueda experimentar.

Así sobreviví a una caída de 600 metros en un parapente

Julio César Benítez tomó lecciones de vuelo en parapente y se enamoró de la práctica.

Foto:

Cortesía

“Es una sensación como que flotas –señala–, como de estar liviano, nunca imaginé eso, pero en ese momento dije que lo quería hacer. Fue un vuelo de 30 minutos, aterricé y de una pregunté dónde podía practicarlo, me enamoré de esto”.

Aunque los cursos son rápidos, Julio César estuvo casi un año, pues cada vez que tenía algún inconveniente en sus prácticas, o escuchaba de algún accidente, decidía aplazar el aprendizaje. Finalmente lo logró y le dedicó cada fin de semana a flotar.

El Síndrome del Intermedio

Para los expertos en el vuelo de parapente existe un momento que atraviesan gran parte de los pilotos al que denominan el Síndrome del Intermedio, que no es más que el exceso de confianza que muchos experimentan cuando completan pocas horas de vuelo.

Al hacerlo bien, muchos pilotos llegan a dejar de mirar el vuelo de forma crítica, lo cual puede llevar a que sufran accidentes.

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Los más avanzados en esta práctica señalan que nunca se debe perder el rumbo de lo que se está haciendo, pues el exceso de confianza suele llevar a errores muy comunes que más tarde pueden desencadenar en tragedias.

Esa es la explicación que entrega Julio César para lo que le ocurrió aquella tarde del 20 de julio del 2018.

“Llega un momento en el que todo está bien y te arriesgas un poco más –explica–; entonces, 8 días antes estaba estrenando parapente y era un poco más avanzado que el que tenía antes. Fue mi primer vuelo desde Jericó a La Pintada. Nos fue muy bien, y como venía el 20 de julio, quisimos regresar a Jericó”.

Tal vez el primer aviso de lo que representaría ese día en la vida de Julio César se dio con las corrientes de aire frías. No pudo volar bien porque no había muchas térmicas (corrientes de aire caliente ascendente que ayudan a la planeación del parapente).

Tras 40 kilómetros de recorrido, decidieron regresar a Jericó para despegar de nuevo.

Ese primer vuelo se dio al mediodía. Tras regresar, los otros cuatro compañeros que iban esa tarde con Julio César aseguraron que las térmicas se podían encontrar mejor al acercarse más a la peña. Le pidieron tener más confianza.

“Tengo el nivel que es y tengo el parapente que es –se dijo para llenarse de confianza–. De esas cosas que iba a despegar y no pude, se cerraba antes, salieron dos compañeros, lo volví a intentar y nada”.

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Es probable que la segunda advertencia haya sido ese mito entre parapentistas que reza desistir de la idea de volar si en tres intentos no se ha logrado despegar.

Ya se habían ido todos sus compañeros. Julio César lo intentó una última vez. En la cuarta oportunidad corrió y consiguió elevarse.

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Aquel 20 de julio, Julio César se confió de la experiencia acumulada hasta entonces para insistir en el vuelo.

Foto:

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El vuelo se inició sin inconvenientes. Al descender un poco, este odontólogo se desvió hacia la derecha, sobre el río Cauca. El verde del follaje, el cielo claro, la inmensidad del paisaje mientras flotaba, contemplando todo como siempre lo ha hecho. Ahí observó la peña, iba directo hacia ella. Eran alrededor de las 4 de la tarde.

“Cuando me acerqué empecé a sentir que subía, pero muy poco –recuerda–, Cuando seguí derecho empecé a caer otra vez y pensé en devolverme, eso fue un error, cuando lo hice tenía el viento empujándome, entonces iba más rápido, me encontré el sol de frente y me encandelillé, no vi la saliente de roca que había ahí, me tocó el parapente y caí desde unos 600 metros de altura, creo”.

Eran las 5 de la tarde. Julio César comenzó a descender a toda velocidad, pero un pequeño árbol lo detuvo. Cayó, se golpeó, su hombro se fracturó y quedó sostenido por el arnés del parapente. No pasó mucho tiempo mientras asimilaba lo que había pasado, ese pequeño tronco se quebró y siguió cayendo.

“Ese es el peor sentimiento que uno puede tener, ‘me maté de la forma más huevona’, dije”.

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En medio de la caída apareció otro árbol. El tronco que había caído con él se enredó en este lugar y nuevamente quedó suspendido en el aire.

“Yo veía esa maraña –narra–, pero lo que me sostenía estaba como cediendo y el arnés no me dejaba liberarme porque para soltarlo tenía que dejar de hacerle presión. Logré empinarme en una roca y me solté, luego me quedé en esa roca, con una caída larga abajo mío y nada más a mi alrededor”.

Media hora después, sus compañeros empezaron a comunicarse por radio. Pudo enviarles su ubicación y se quedó un largo momento contemplando el vacío a su alrededor. La adrenalina, que aún le impedía sentir el dolor en su hombro, se incrementaba al verse tan solo en aquella peña.

12 horas

Sin nada más que un amplio bosque a su alrededor, este parapentista asegura haber analizado toda la situación para intentar sobrevivir mientras sus compañeros lograban ubicarlo.

Como pudo –sintiendo ya el fuerte dolor en su hombro– se estiró para alcanzar una botella con agua que había en la silla de su parapente.

“Tenía sed y frío –asegura–. Intenté ir hacia el parapente que estaba ahí colgando para sacar el agua, me iba estirando para alcanzar la silla.
Miré el vacío e hice un esfuerzo para alcanzar la botella. Quedé colgando de la silla con un pie en el límite de la roca. Saqué la botella y logré regresar a la roca. No paraban de caer piedras”.

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Con ramas que se cayeron en su aterrizaje forzoso logró improvisar un cambuche. Se puso una rama entre las piernas, se puso su casco y permaneció inmóvil por largo tiempo. Vio caer el día poco a poco, se iba oscureciendo. El miedo se empezaba a apoderar de su cuerpo.

Cada hora, Julio César prendía su celular para reportar que aún vivía. Las rocas no paraban de caer y en medio de la noche solo lo acompañaban el sonido de culebras arrastrándose y otros animales de la zona.

Tenía que administrar el agua, pues no sabía cuánto tiempo iba a permanecer en la peña. Cada media hora procuraba mojar sus labios un poco, pero la desesperación y el estrés lo envolvían en medio de la zozobra de no saber cuándo lograría salir de ahí.

“Cuando sufres una cosa así, te das cuenta de que uno no es nada, lo más importante en la vida son los familiares, los amigos, los momentos, las vivencias y el dinero no es nada –asevera–. Yo salí de allá amando horrible a mi esposa y a mi familia”.

Mientras este odontólogo se encontraba a oscuras, sus compañeros de vuelo trataban de llegar a la peña. Uno de ellos había visto el accidente y creían tener conocimiento del lugar exacto donde podían encontrarlo. Pero estaba oscuro, no había cómo llegar.

Ese es el peor sentimiento que uno puede tener, ‘me maté de la forma más huevona’, dije”

En medio de esa búsqueda, los parapentistas se encontraron con Arley Porras, un campesino habitante de la vereda Minas, zona rural de Jericó, que había visto el accidente y creía saber por dónde llegar, pero no había camino, había que hacerlo abriéndose paso con machete.

De esta forma, haciendo el camino, Arley pudo guiarlos hasta la punta de la peña, pero de ahí en adelante no había forma de avanzar.

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“Tenía el radio funcionando –recuerda–, pero me decían que tenía que gritar para ellos escucharme. Eso era un matorral, veía tres luces al frente y ya. Eran como las 11 de la noche. Entonces gritaba, volvía a prender el radio y así nos la pasamos hasta que por fin me escucharon. Qué alegría”.

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Momento del rescate que se dio gracias a Arley Porras, un habitante de zona rural de Jericó.

Foto:

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Los compañeros de Julio César tuvieron que caminar amarrados de un lazo, en medio de la oscuridad y el vacío.

Sobre la medianoche, al lograr la ubicación de su compañero, los parapentistas llamaron a los bomberos para que se iniciara el rescate, pero aún faltaba una prueba más.

El rescate

Cuando llegaron los bomberos de Jericó, se desplegaron 500 metros de cuerda para alcanzar la ubicación en la que estaba este antioqueño. No fueron suficientes.

El bombero que bajó primero tuvo que regresar para pedir más cuerda. Eran ya las 3 de la madrugada.

“Yo tenía el agua y ni la tocaba –cuenta–. No sabía cuánto me iba a demorar. Sentía una sed impresionante, una cosa innombrable, era una sed horrible”.

Finalmente, el descenso se pudo realizar sobre las 3:30 a. m. El bombero ubicó a Julio César en la silla del parapente, lo amarró y le indicó que tenían que subir juntos. Era casi una hora de subida.

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Lentamente los subían, mientras el parapentista ayudaba solo con su mano izquierda. Colgaban en mitad de la peña.

De repente, Julio César sintió desvanecerse, no pudo más. Temblaba del cansancio y quedó colgando al vacío repitiéndole al bombero que no lo iba a lograr.

“Físicamente no me daba –confiesa–. El bombero me empezó a preguntar si tenía hijos, me gritaba que lo hiciera por ellos. Casi hasta las 5 de la mañana alcancé a subir a la punta de la peña. Estaba feliz”.

Pero faltaba otro largo camino. Para salir del lugar tuvieron que avanzar dos horas por un camino de herradura y lograr llegar a la vía, donde la esposa de Julio César, Vanesa Múnera, lo estaba esperando para ese anhelado abrazo que se guardaban ambos desde las 5 de la tarde del día anterior.

Hacia las 2 de la tarde fue atendido en un hospital, para esa hora, cuenta el odontólogo, el brazo le dolía mucho más, era insoportable.

Los dolores en su hombro se mantienen casi dos años después del accidente, casi todas las noches debe tomar analgésicos para disminuir las punzadas que le generan las secuelas del golpe; además, su brazo se encuentra con movilidad reducida, pues Julio César explica que en aquel entonces prefirió tener inmovilizado su brazo a realizarse la cirugía del hombro, pues el tiempo de incapacidad sería de unos tres meses y era tiempo que no podía estar sin trabajar en su consultorio.

“Como a los cinco días de todo eso hablé con Arley Porras, el campesino que me ayudó a encontrar –cuenta–. Fui porque quería hacer algo por él, sin él no hubiera logrado sobrevivir. Le regalé un tratamiento dental y quedamos de buenos amigos”.

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‘Matar la bruja’

Un año después de su accidente, Julio César intentaba asomarse desde el balcón de su casa, en un piso 26, y no lo conseguía. Le daba miedo.

Pero decidió volar de nuevo. “Hice el vuelo con otra persona –expresa–. Un amigo me ayudó bastante con eso hasta que volví a Jericó. Hay algo que los parapentistas llamamos ‘matar la bruja’, que es cuando uno se enfrenta a su mayor temor y yo volví a pasar por la misma parte del accidente un año después”.

Fueron 40 minutos. Julio César flotó durante ese tiempo alrededor de la peña.
En un video que se hizo él mismo se encuentra lanzando insultos contra la peña, fue su manera de exorcizar el dolor que le causó en aquel 20 de julio.

Pero también le dio las gracias porque se dio cuenta de lo fácil que pudo ser morir ahí.

A comienzos de este año, Michael Irwin O’Daniel, un ciudadano estadounidense de 66 años, falleció mientras practicaba parapente en esa zona.

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Después de ‘matar la bruja’, este padre de familia siguió volando. En la actualidad suma unas 300 horas de vuelo y quiere conseguir su licencia de avanzado para poder llevar a sus hijos de 4 y 10 años a volar.

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Julio César asegura que en la actualidad su estilo de vida cambió mucho y procura disfrutar cada momento con su familia.

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Ha hecho parapente en Francia y España, y confiesa que su estilo de vida cambió de forma radical.

“A mi esposa no le gusta mucho que yo siga volando –confiesa–. Pero cambié mucho, valoro mucho el tiempo con mi familia y ya no tomo, tengo un estilo de vida más saludable. Ahora soy más de planes de acampar, nada de hoteles y lujos”.

Sale los domingos temprano a volar y procura regresar temprano para compartir con su familia.

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“El primer árbol que me sostuvo me mermó la caída, pero el segundo fue el que me detuvo –reflexiona–. Ahí uno se da cuenta de que la vida son coincidencias. La semilla que llegó ahí pudo haber caído cinco centímetros a la derecha o a la izquierda y yo no estaría contando esto. Todo se dio para que estuviera vivo”.

MIGUEL ÁNGEL ESPINOSA BORRERO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @Leugim40

*Esta historia es la segunda entrega de la serie 'Sobrevivientes: cuando el deseo de vivir es más fuerte'. Espere un relato cada miércoles. 

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