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A Cartagena le sobra el agua… pero no tiene transporte acuático
Lanchas

Lanchas.

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Yomaira Grandett. Archivo EL TIEMPO

A Cartagena le sobra el agua… pero no tiene transporte acuático

La Heroica tiene problemas de movilidad y las instituciones no tienen una solución concreta .

Que alguien me conteste: ¿por qué no hay transporte acuático en Cartagena?

La crisis del transporte masivo en la Heroica es cada día peor. Bueno, la verdad sea dicha, la crisis de todo en Cartagena es cada día peor: servicios públicos, salud pública, educación pública, vida pública, administración pública.

Esa, la ciudad más bella de América, la auténtica joya que nos dejó en herencia la colonia española, que debería ser el emblema de Colombia, padece nuevos quebrantos cada día, aguanta más atropellos que en los tiempos de la independencia y cada tarde le fusilan una nueva ilusión en el Camellón de los Mártires.

Una de ellas, que ha sido fusilada varias veces, es la del transporte acuático, no solo como decoración para poder disfrutar del paisaje, sino, especialmente, como remedio práctico y valioso a los contratiempos diarios, a las angustias y el desorden que padecen más de un millón de habitantes a la hora de movilizarse. Llevamos años oyendo decir lo mismo, “aprobado el transporte acuático en Cartagena”, y eso se ha vuelto como la vieja historia caribe del gallo capón, el cuento que nunca se acaba porque hay que repetirlo en cada párrafo.

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Esta ciudad se merece, sin duda, su famoso apelativo de Ciudad Heroica. No solo por lo que padeció y combatió en aquellos años sino, también, y sobre todo, por lo que sigue padeciendo ahora. Es tan insólito que parece otra de esas extravagantes y fascinantes chifladuras de los novelistas tropicales. Es que Macondo es Macondo.

Si usted le cuenta a un desprevenido ciudadano de París o de Londres que ya en Cartagena no le cobran el pasaje al pasajero cuando se sube a los buses del servicio oficial Transcaribe, ese señor va a creer que usted se volvió loco o que está pensando escribir otra obra de ciencia ficción.

Pues eso es lo que está pasando ahora, a raíz de una horrenda pelotera entre el alcalde y la empresa contratada para recaudar el dinero de los buses. Ya no cobran. Pero los choferes pelean con la gente para que no se suba. Gritos, insultos, disturbios, trifulcas callejeras. ¿Se dan cuenta? Es un moderno servicio de transporte, tan original y novedoso que sirve para no llevar a nadie con destino a ninguna parte y sin cobrarle nada.

Esta es la tierra de las cosas singulares y de la realidad fantástica. O de la fantasía real. Como usted prefiera. Y todo eso ocurre en una ciudad que no tiene servicio de transporte acuático aunque tiene más agua por dentro que por fuera. Espérese y le cuento el cuento completo.

La geografía de Dios

Para empezar, es bueno decir que Cartagena no es solo una joya histórica sino, especialmente, un asombroso tesoro de la geografía. Miren y díganme si no.

Es bueno advertir a ustedes que Cartagena, la ciudad propiamente dicha, es una especie de península, un pedazo de tierra que entra en el mar sin desprenderse del continente. Y, mientras ese terraplén avanza entre el agua, le van saliendo otras peninsulitas adicionales. Por eso he dicho siempre que Cartagena es como una nariz a la que le salieron varias verrugas.

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Ahí está, para demostrarlo, el caso del barrio de Bocagrande, que mientras la ciudad avanza hacia el sur se va dividiendo en otras tres penínsulas más, flacas, que penetran en el Caribe como si fueran los tres dedos estirados de una mano. A su derecha quedan las playas del mar abierto; a su izquierda, la bahía interior, y más allá, al fondo, la bahía exterior.

Como si hicieran falta más poemas y canciones de los que ya le han compuesto a esa bahía, a su lado se levanta el barrio de la isla de Manga y, en el otro costado, la isla de Tierra Bomba.

A Dios no le bastaron el mar, las penínsulas, las islas para hacer de Cartagena ese prodigio de la naturaleza. Entonces, para completar la obra, le puso más agua donde quiera que había un rincón: ciénagas salobres, lagunas costeras, caños mansos, radas, ensenadas y la proeza admirable del canal del Dique, que recorre noventa kilómetros hasta que logra juntar el río Magdalena con el mar.

‘Los mezquinos intereses’

Es entonces, contemplando ese panorama, mirando los alcatraces y gaviotas que pasan volando en fraternal bandada, cuando uno se hace la pregunta inevitable: si le sobra tanta agua, ¿por qué Cartagena no tiene transporte acuático?

–Por culpa de los mezquinos intereses comerciales– me responde una verdadera autoridad en la materia, el ingeniero civil Wílmer Iriarte Restrepo, especialista en planificación de transportes, magíster en gerencia de proyectos.

La ventaja principal del transporte acuático sobre el terrestre es el ahorro, no solo de dinero y de tiempo, sino también de distancias.

El ingeniero Iriarte, que ha dedicado media vida al transporte acuático en Cartagena, hace a renglón seguido una aguda observación: “Los inversionistas, que serían los operadores y empresarios del tránsito acuático, ya tienen buena parte de ese sistema instalado en Cartagena, pero, por intereses de negocios, se les oponen otros inversionistas, los que viven en Bogotá y son los dueños de la reglamentación, de las licitaciones y contratos, de los trámites burocráticos”.

Mejor dicho: la eterna historia colombiana.

Como si fuera poco, dice el ingeniero que en la misma Alcaldía cartagenera no tienen claro lo que se debe hacer, por culpa de la politiquería y los enredos burocráticos. “Si usted observa bien”, agrega él, “verá que, desde hace veinte años, desde el 2001, en la Alcaldía están las mismas personas repitiendo los mismos conceptos jurídicos llenos de manipulación y errores”.

Las enormes ventajas

Lo importante es saber cuáles son las ventajas que el transporte acuático les produciría a los ciudadanos, ricos y pobres, de Cartagena. Me refiero a ventajas notables, que valgan la pena, relacionadas con el precio del pasaje, ahorro de tiempo en el viaje, protección del medio ambiente, evitar trancones como los que se ven hoy en los buses callejeros.

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De acuerdo con varias investigaciones –me responde el ingeniero Iriarte–, el transporte acuático les ahorraría a los cartageneros un 70 por ciento del tiempo que gastan actualmente para ir de un lugar a otro, por ejemplo, hasta su sitio de trabajo o de regreso a su casa.

Otra ventaja: la económica. Es decir, los costos del transporte. Hoy en día, buena parte de los trabajadores cartageneros vienen y van diariamente hasta sus casas, en las islas cercanas.

Por ejemplo –añade el señor Iriarte–: ida y vuelta desde la isla de Tierra Bomba vale hoy, en el transporte acuático informal, entre 7 mil y 10 mil pesos. Pero si se formalizara el sistema, les valdría 4.500 pesos.

Además de las ventajas en ahorro de tiempo y dinero, hay que mencionar también el medio ambiente. Con el viaje acuático, en vez del terrestre, disminuye la huella de carbono en el aire y desaparecen los trancones que bloquean calles y avenidas.

Agua bendita

Como suele sucederme cuando estoy enfrascado en un tema que me obsesiona y me pone a buscar por todas partes, esta vez también me apareció, de repente, y cuando iba avanzando por la mitad de la crónica, el hallazgo milagroso: sin motivo aparente, desde España me envían un folleto que se llama ‘El ágora, diario del agua’, y que dedica su edición del 9 de marzo pasado al tema titulado “El milagro social del agua en Cartagena de Indias”. Me quedó que ni mandado a hacer.

Dice que esta ciudad colombiana “está localizada sobre una de las más maravillosas masas de agua del planeta”. El texto está dedicado a explicar cómo es que el agua ha ido cambiando por completo la historia y la vida de Cartagena. Y eso que no se imaginan lo que todavía falta.

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Vuelvo entonces con el ingeniero Wílmer Iriarte, quien me dice:

“En resumen, la ventaja principal del transporte acuático sobre el terrestre, en el caso de Cartagena, es el ahorro. Ahorro no solo de dinero y de tiempo, sino también de distancias, porque las vueltas que hay que dar hoy en un bus, para llegar a cualquier sitio, en el agua se vuelven línea directa”.

Para eso –ya lo han dicho mil veces los expertos– hay que rescatar los embarcaderos que Cartagena tiene en muchos lados, y hay que recuperar los que están invadidos o abandonados. “Para empezar”, comenta el ingeniero, “los de Bazurto, Punta Arena, Bocachica y todo su entorno”.

¿Qué dice el pueblo?

Como suele decirse que la voz del pueblo es la voz de Dios, hasta el día de hoy son varias las encuestas que se ocupan de averiguar la opinión de la gente.

En la más reciente de ellas hicieron esta pregunta a los ciudadanos: ¿usaría usted el transporte acuático en Cartagena? El 94 por ciento contestó que sí; el 5 por ciento dijo que tal vez sí y el uno por ciento restante respondió que no.

De esas cantidades de gente, el 73 por ciento dice que viajaría por agua para ir a su trabajo, el 5 por ciento para ir a estudiar, otro 5 por ciento lo haría para consulta médica y el 14 por ciento lo haría para recreación y turismo.

Insisto una vez más, y perdóneme la cantaleta: ¿entonces, por qué no lo han hecho?

Tuve acceso a una investigación profunda y seria en la que se responde esa inquietud. Para empezar, y por culpa de los viejos vicios políticos tan arraigados en nuestra historia, buscando más burocracia, hay en este momento nueve despachos distintos, dependientes todos de la Alcaldía, que se ocupan del transporte. Nunca ha habido manera de ponerlos de acuerdo. Ahí arranca todo el drama.

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Epílogo

“Transporte acuático, ¡al fin a la vista!”.

Así, con ese titular jubiloso lleno de admiraciones, abría su primera página el periódico cartagenero El Universal el 21 de julio de 2001, hace ya veinte años.

Aquí lo tengo, entre mis manos, junto con otro titular del 16 de diciembre de 2015: “Cartagena tendrá transporte acuático”. Y así mismo, con un largo etcétera, he recorrido hacia atrás, como quien anda de espaldas, las colecciones archivadas de la prensa. Hay titulares anunciando que ya llega el transporte acuático en febrero de 1946, en marzo de 1957, en octubre de 1970.

Y, por último, me pareció haber visto uno, tan viejo, que fue escrito cuando el periódico no era de papel, sino de piedra.

JUAN GOSSAIN
Para El Tiempo

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