La empresa paisa que puso a trabajar juntos a víctimas y victimarios

La empresa paisa que puso a trabajar juntos a víctimas y victimarios

El 90 por ciento de sus empleados son exmilitares, reinsertados de las autodefensas y la guerrilla.

Empresa victimarios y víctimas

La mayoría de los equipos utilizados para la fabricación de los cereales son artesanales y fueron construidos por los técnicos de Casai.

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Esneyder Gutiérrez

Por: Esneyder Gutiérrez 
02 de febrero 2020 , 08:00 a.m.

Juan Esteban Garzón tiene una filosofía: que Colombia no puede seguir construyendo comodities, como, por ejemplo, producir y exportar café y que los otros países nos los devuelvan producidos.

La idea principal de Garzón cuando adquirió la empresa era producir cereales 100 por ciento colombianos y con una materia prima diferente al tradicional maíz.

Entonces, inició un trabajo de exploración para producir cereales con productos netamente colombianos y, conjuntamente, también comenzó el desarrollo de la maquinaria y la tecnología que permitieran erradicar el maíz de la formulación para hacer cereales diferentes.

El trabajo de desarrollo para generar el primer cereal demoró aproximadamente siete meses. En ese camino de búsqueda y prueba de productos en diferentes regiones del país se encontró con el ñame, una planta herbácea y comestible que conforma el género Dioscorea. Con él emprendió la elaboración de un cereal diferente. El 15 de febrero del 2018 sacaron dos primeras líneas a partir del ñame.

El debut del producto tuvo lugar en Expo Fitness 2018, cereales con resultados cien por ciento colombianos y saludables. Era el primer cereal apto para diabéticos y veganos debido a que es cero azúcares y cero químicos. El éxito fue rotundo. En su primer año en el mercado Casai tenía presencia con sus productos en 36 ciudades del país.

Cuando Juan Esteban Garzón compró la pequeña empresa de cereales tradicionales de maíz con azúcar, a los primeros empleados que contrató se los recomendó su familia. Hasta que un día llegó una persona que había realizado un sinnúmero de cursos de alimentos y de manejo de maquinaria para procesarlos.

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Era el primer cereal apto para diabéticos y veganos debido a que es cero azúcares y cero químicos.

Solo que el aspirante, además de no haber sido recomendado por ningún familiar, no acreditaba un historial en las bases de datos de pensiones, ni en el sistema de salud. Sin embargo, Garzón no le prestó atención a ese hecho y lo contrató sin tampoco haber consultado su pasado judicial.

A los tres días de estar laborando, Alberto Hernández Ávila, el nuevo colaborador oriundo de Apartadó, en el Urabá antioqueño, se presentó en la oficina de Garzón y le dijo: “Yo le dije mentiras en la hoja de vida. Llevo tres días sin poder dormir. La verdad es que yo soy un exmilitar condenado por falsos positivos y acabo de salir de la cárcel hace nueve días. Estuve nueve años en prisión”.

El hombre guardó silencio y Garzón a penas lo miró contrariado por la confesión. Luego se arrellanó en su sillón y aunque, confiesa, que mil cosas imprecisas pasaron por su cabeza, sin titubear le dijo que podía seguir trabajando en la compañía siempre y cuando cumpliera con las normas. Alberto se levantó, le dio las gracias y le pidió que lo dejara contarles su historia a los compañeros de la empresa que, para entonces, solo eran seis.

Llevo tres días sin poder dormir. La verdad es que yo soy un exmilitar condenado por falsos positivos y acabo de salir de la cárcel

El joven abogado de la universidad de Medellín, maestro en economía y especialista en derecho comercial, quien luego de dedicarse 10 años a asesorar empresas en temas de prevención jurídica había resuelto comprar a la pequeña fábrica de un producto que ni siquiera él consumía, aceptó la propuesta y reunió a las personas que laboran con él.

Fábrica de cereales paisa Casai

Garzón, 29 años, gerente y propietario de Alimentos Casai.

Foto:

Esneyder Gutiérrez

En ese momento, entonces, todo se convirtió en un espacio de revelaciones conmovedoras. Un hombre llamado Juan, quien también era operario, lloró y contó que su padre fue una víctima de los llamados falsos positivos. En la empresa nada volvió a ser igual.

Luego de ese espacio de diálogo comenzó una nueva etapa para Casai, nombre de la empresa cerealera, así como para los empleados. Alberto y Juan se hicieron grandes amigos, al punto que a Alberto hubo que enseñarle a pasar las calles, a usar el metro, conseguir vivienda y fue Juan el primero en ayudarlo. Lo recogía en su barrio y lo llevaba al trabajo.

Garzón al ver la cohesión del equipo en estas condiciones, decidió que todas las personas que contrataría de ese día en adelante debían, de alguna manera, venir del conflicto. Meses deambulando por las calles en búsqueda de trabajo, puertas cerradas y un no por respuesta, dejaron de ser el diario vivir para quienes llegaron luego de eso a la compañía.

Parece que nadie quiere contratar gente del conflicto, sean victimarios o víctimas. Lo sé porque le pedí a Comfama que me ayudara con una convocatoria para esta población y me llegaron 2.000 hojas de vida”, dice Garzón. Agrega que no es solo darles trabajo, ellos necesitan mucho acompañamiento para su resocialización, como lo está haciendo Casai.

“Ellos también aportan todo de ellos, vale la pena creer en ellos. O los resocializamos nosotros los empresarios o los cogen los combos del país y luego ellos mismos a punta de guerra no nos dejarán trabajar. Esto no es solo un trabajo de Estado”, afirma.
Hoy la compañía tiene 18 empleados y el 90 por ciento tuvo una relación con el conflicto. Hay entre ellos exmilitares, desmovilizados de la guerrilla y las autodefensas, víctimas y victimarios.

Hoy la compañía tiene 18 empleados y el 90 por ciento tuvo una relación con el conflicto.


“Póngase la mano en el corazón y abrannos las puertas de sus empresas, nos piden experiencia laboral y nadie nos da la primera oportunidad de demostrar que podemos servir, que podemos trabajar y aportarles a su proyecto”, manifiesta Hernández.
A este trabajo de resocialización, Casai suma un modelo ejemplar para obtener sus materias primas como ñame, quinua, sachainchi, cacao, garbanzos, lentejas, semillas de Chía, arándanos, café.

Se trata de un componente en el que participan 50 asociaciones del país, desde San José de Chucurí, en Santander, hasta San Juan, en Riohacha. La estrategia garantiza la compra directa a los campesinos, eliminando intermediarios y comisionistas.

‘Fui malo, pero ahora soy una buena persona’
Fábrica de cereales paisa Casai

Dony Mauricio Toro Cardona desmovilizado de las autodefensas.

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Esneyder Gutiérrez

Dony Mauricio Toro Cardona tiene 36 años y cuando tenía 16 se enroló en las filas de las Autodefensas Unidas de Colombia. Ingresó, cuenta, por necesidad. “Es que me pagaban y porque yo tenía necesidades económicas”, agrega.

Estuvo a lo largo de 10 años en las filas de esa organización ilegal hasta que en el 2003 se desmovilizó. Actualmente vive en el barrio Santa Cruz, nororiente de la ciudad.
Por dos años gozó de un subsidio y estudió una técnica de mecánica de motos, cursos de alturas y otras competencias complementarias que le permitieron tener una oportunidad diferente.

Pero, “La gente no confía en uno para darle trabajo. Es difícil, siempre que iba a las empresas llevaba la hoja de vida y pasaba las entrevistas, luego llegaba el... después lo llamamos. Uno sabía que veían los antecedentes y hasta ahí llegaba uno”, relata Toro.
En Casai lleva escasos tres meses. Dice estar feliz.

Es difícil, siempre que iba a las empresas llevaba la hoja de vida y pasaba las entrevistas, luego llegaba el... después lo llamamos. Uno sabía que veían los antecedentes y hasta ahí llegaba uno

“Que nos den oportunidades en las compañías, que en el pasado fuimos malos pero ahora somos buenas personas, sabemos que nos equivocamos pero también necesitamos salir adelante y vivir como personas normales, estamos trabajando para ello”, afirma.

Junto a sus otros compañeros reconoce que para todos es su primera empresa, esa que les brindó la oportunidad, esa que creyó en ellos y donde ahora trabajan con todas las prestaciones sociales y, sobre todo, recibiendo un trato digno.

ESNEYDER GUTIÉRREZ
Para EL TIEMPO
MEDELLÍN
@esneyderfotografo

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