Una caminata para reencontrarse con la historia de la ciudad

Una caminata para reencontrarse con la historia de la ciudad

Alcaldía de Medellín puso en marcha cinco rutas patrimoniales para exaltar la memoria del Centro.

Centro de medellín

El paseo La Playa es uno de los lugares más concurridos y arborizados de la ciudad. Un 51 por ciento de los predios del lugar tiene uso residencial

Foto:

Guillermo Ossa. EL TIEMPO

Por: Jorge Iván García Jiménez
28 de octubre 2018 , 07:30 a.m.

Treinta segundos de silencio bastaron para que, en medio del aturdimiento y el ajetreo que provocan la gente y los vehículos que transitan por el parque Bicentenario, se pudieran oír el trino de un ave y el rumor de las aguas de la quebrada Santa Elena que, en ese lugar, empieza a correr escondiéndose para pasar por debajo de la concurrida avenida La Playa.

En el Bicentenario, un espacio público de 34.260 metros cuadrados, en el oriente del centro de la ciudad, se encuentran el Museo Casa de la Memoria –que busca consolidarse como un lugar de conmemoración a las víctimas de la violencia en el país– y una enorme pantalla de agua que está en proceso de recuperación.

Allí comienza el recorrido ‘De paseo por quebrada arriba’, una de las cincos rutas patrimoniales que, como parte del plan integral del centro, la alcaldía de Medellín puso en marcha para seguir fortaleciendo la apropiación diversa e igualitaria del llamado ‘Corazón de la ciudad’ por medio de actividades sociales y culturales, como esta, y del desarrollo de obras físicas.

Las rutas organizadas y dirigidas a grupos que se inscriban previamente en Comunicaciones de la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU), responsable de los trayectos, además de la anterior, son: ‘Guayaquil de Oro’, ‘La villa re-nueva’, ‘El santoral del desarrollo urbano’ y ‘El corazón de la vieja villa’. Cada una obedece a un sentido práctico de callejear y está asociada a una parte de la historia de Medellín.
Los recorridos, que no tienen costo, buscan igualmente que las personas recuperen la memoria y preserven las tradiciones de ese pedazo significativo de la ciudad.

La gente siente nostalgia por el centro y tiene que volver a ser nuestro referente de identidad municipal. Pero, eso implica, por ejemplo, bajarle el acelerador al centro

“Esto es para que caminemos despacio, volviendo la cabeza, conectando los sentidos y mirando lo que en el centro hay, escuchando sus sonidos y dándose cuenta de que no todo se ha acabado, que los últimos años han servido para ir recuperando lo existente y provocando que otros se enamoren de este espacio”, dice el sociólogo Diego Ríos, guía de la EDU.

A unos cuantos pasos del parque Bicentenario está el teatro Pablo Tobón Uribe, uno de los más tradicionales de la ciudad, convertido actualmente en punto de encuentro. En el hall, el trino del ave y el rumor de las aguas se transformaron por la melodía de metal y percusión de una fanfarria y saltimbanquis que animaban esa tarde de jueves, al tiempo que niños con sus mamás, y algunos adultos más, disfrutaban de la lúdica del sitio. El edificio, con el sello que caracterizó los años cincuenta, es diseño del reconocido arquitecto Nel Rodríguez. También sobresale la obra escultórica La Bachué, creación del artista José Horacio Betancur, levantada en la rotonda que da al frente del teatro, bañada por una fuente de agua pública.

A mediados de 1954, la Liga de la Decencia, un grupo de damas de la sociedad de Medellín, manifestó su inconformismo ante la administración municipal por la presencia de una escultura que de forma “vulgar e indecente” exhibía sus senos al aire.

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En El Bicentenario empieza a esconderse la Santa Elena y, además, tiene la Casa de la Memoria y una pantalla de agua en reparación.

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Guillermo Ossa. EL TIEMPO

Dejando atrás la entonces polémica y siempre mitológica creación, se avanza por el paseo La Playa. Singular y hermoso porque conserva en gran medida esa lógica del arbolado alrededor y su forma torcida, zigzagueante, siguiendo el curso natural de la quebrada Santa Elena.

Hace 150 años nació el paseo promovido por Gabriel Echeverri Escobar, uno de los más importantes hombres de negocios en la historia empresarial de Antioquia, con la siembra de ceibas traídas del cañón del río Cauca. A lo largo del camino, el paseante es cobijado por la sombra que prodigan los cascos de vaca, los palos de mango, la palma fénix, el guayacán rosado, el gualanday, los búcaros y las ceibas pentandro y tronadora.

La Playa con la avenida Oriental es el sector más concurrido de la ciudad. Allí se atasca la multitud. Además, los tres problemas frontales del centro: contaminación, inseguridad y caos vehicular tienen en esa parte su representación.

Pero, la manera de contrarrestarlas empieza a surtir efecto. Ríos explica que en materia ambiental y de congestión, lo que hace la alcaldía es apaciguar el tráfico mediante el urbanismo táctico, pisos blandos en vez de duros, priorizando al peatón y desestimulando el transporte automotor; también, promoviendo la siembra de diversas especies para mejorar la calidad del aire, atrayendo pájaros e insectos, produciendo nuevos aromas y sombreados. Oxigenando el lugar. Un espacio en donde el 51 por ciento de los predios tiene uso residencial.

A los lados de la ringlera de árboles del paseo central de La Playa, además de los bloques de apartamentos que se levantan, están el Palacio de Bellas Artes y la Casa Barrientos.

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El parque del Periodista forma parte de los recorridos. El mejor ejemplo que tiene la ciudad de espacio de tolerancia y convivencia

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Guillermo Ossa. EL TIEMPO

El primero es también un edificio de estilo republicano diseñado en 1925 por el arquitecto Nel Rodríguez. Además de su planta octogonal, que va girando sobre los lados para conformar el auditorio, en la sala Beethoven se encuentra el busto del maestro Oreste Síndice, autor de la música del Himno Nacional de Colombia, y en el hall un mural del maestro Ramón Vásquez.

La Casa Barrientos, donde funciona una sala de lectura infantil y otras actividades culturales dirigidas por Comfenalco, es un referente de la Medellín de finales del siglo XIX y principios del XX. Amplia y solariega, conserva cada detalle antiguo que sus enigmáticos propietarios le confirieron: puertas, ventanas, el papel de colgadura, fundaciones, fuentes, la estructura en tapia y las tejas de barro, los zócalos, las escalas en forma de caracol, los vitrales y la reja principal.

Antes de llegar a la restaurada edificación hay que detenerse, luego de hacer un desvío por un costado del Palacio de Bellas Artes, en el parque del Periodista. El mejor ejemplo que tiene la ciudad de espacio de tolerancia y convivencia, en donde bajo el característico olor potente y penetrante de la marihuana que aspiran jóvenes y adultos, sin distinción de clase social, oficio o gusto musical, ríen y conversan sin estridencias, sentados alrededor del monumento erigido en honor a los niños de Villatina masacrados la noche del 15 de noviembre de 1992.

Ellos son una especie de panteón viviente y variopinto, se comportan con una especie de desenfado imperturbable. Además de la obra del escultor Édgar Gamboa, están también la casa de la Academia de Historia de Antioquia, que fuera la vivienda del científico Luis López de Mesa, y el busto de don Manuel del Socorrro Rodríguez, padre del periodismo colombiano.

Luego de atravesar la avenida Oriental, el paseante puede observar la transformación de La Playa en este sector. Los andenes fueron ampliados para caminar sin atropellos, pusieron bancas para el descanso y sembraron plantas en jardineras a ras de piso con alcorques y rejillas. Estancias en el barullo. Un alto necesario y placentero al borde del camino.

En la zona está el Pasaje La Bastilla y en él se encuentra el legendario Club Maracaibo, con más de 50 años de historia. Un café de billares y ajedrez que conserva una chimenea de 100 años atrás, porque ahí funcionaba la fundición Gutiérrez. Ella emerge misteriosa por entre el piso. Carambolas y mates en un solo lugar de tres pisos amplios, ventilados e iluminados.

Las mesas y las sillas ocupadas por hombres con una expresión de concentración en sus fisonomías sobre la lona de la mesa empuñando con firmeza el taco o sobre el tablero de escaques con fichas negras y blancas. Otros enfuruñados formulando un comentario trivial, saboreando una cerveza o un café.

“Por el centro pasan 1’200.000 personas cada día. Esto no es un centro muerto. Está muy vivo. No hay que recuperarlo, lo que hay que hacer es resignificarlo, ponerlo en valor, ponerlo en contexto y obligarnos a volverlo a ver como parte de todos. El centro tiene que volver a ser nuestro referente de identidad municipal”, dice con vehemencia Ríos, mientras termina de beber un café en El Maracaibo.

Dos horas después de caminar sin prisa, el recorrido termina a un costado del callejón de La Candelaria, cerca a la catedral del mismo nombre y del parque Berrío.
Ahí comienza otro camino, otra historia.

Jorge Iván García Jiménez
EL TIEMPO

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