Sinfónicos populares: un encuentro musical sin estigmas culturales

Sinfónicos populares: un encuentro musical sin estigmas culturales

La Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia explora los matices infinitos del cuarto arte.

Música sinfónica

La Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia fue declarada como patrimonio cultural de la ciudad.

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Melissa Orozco Duque

Por: Melissa Orozco Duque
30 de junio 2019 , 06:10 a.m.

Intermezzo uno, del santandereano Luis Antonio Calvo, compositor de la primera mitad del siglo XX en el país. Acto uno. La canción convoca a todas las familias de instrumentos de la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia en la Casa de Música, ubicada en el Parque de los Deseos.

Las cuerdas, los vientos y la percusión se reúnen para narrar el dolor de los enfermos de lepra en Colombia. Los instrumentistas de la agrupación están a punto de transitar entre lo académico y lo tropical, una relación que parece incompatible en la música.

“Lo sinfónico y lo popular es un encuentro integrado de dos mundos. El uno, lleno de estigmas sociales, culturales e históricos, mal llamado como alta cultura; el otro, excluido, lleno de opiniones y de visiones que alejaban al débil en toda esta historia que en últimas era invisible frente a los hechos culturales de relevancia. En este encuentro de dos universos empezamos a cortar la distancia”, expresa el músico Fernando Pabón, director de la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia y trombonista del Combo de las Estrellas.

Por años, Pabón ha ondeado sus manos para guiar a un grupo de instrumentistas inquietos por explorar las conexiones entre los géneros musicales, ha mostrado que las mixturas son posibles en las manifestaciones artísticas. El cuarto arte refleja el sincretismo cultural que han vivido los países, Colombia no ha sido una excepción.

Los tambores de África, las cuerdas y los vientos de Europa, junto a las semillas de Asia no solo convergen en las bandas sinfónicas, sino también en las orquestas de música tropical. Incluso, hay instrumentos solo pensados en la música académica, como el fagot, que han sido empleados en la interpretación de piezas tropicales por instrumentistas sinfónicos.

“La música académica no está tan lejos de la música tropical, la última tiene otros colores, otros sonidos como la clásica. La academia te enseña una técnica exquisita en un instrumento específico y una forma de transmitir la música. A mí me ha servido mucho la academia para tocar en la calle y la calle me ha servido para hacer música en la academia, aquí se permite hacer jazz, merengue, ritmos colombianos”, dice John Diosa, trombonista de la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia.

Música tropical

En la agrupación universitaria resalta la variedad de instrumentos como los cornos franceses.

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Melissa Orozco Duque

Los gestos sonoros de la música tropical han sido bienvenidos en la Universidad de Antioquia, su banda ha acompañado a músicos como Gabriel Romero, Rafael Escalona y Julio Ernesto Estrada, también conocido como Fruko. De hecho, el año pasado realizaron una versión sinfónica de la canción insignia de la Feria de las Flores: Me voy para Medellín, del Combo de las Estrellas.

Aunque las agrupaciones locales sinfónicas se han visto seducidas por los ritmos tropicales y las piezas de música universal compuestas por colombianos, hay bandas europeas de música académica que han homenajeado a artistas del país. En la década de los 30, la Orquesta Filarmónica de Viena se acercó a los paisajes sonoros de América Latina con la interpretación de la pieza Tierra Colombiana, del bochalemense José Rozo Contreras.

La música tropical se ha convertido en un motivo de análisis y reflexión para la academia, que insiste en no verse ajena a las riquezas culturales que se han construido en Colombia. "La música es una sola con diferentes perspectivas. Los músicos populares y los músicos sinfónicos no nos podemos mirar tan lejos. Los elementos están ahí y se pueden mezclar en una coctelera",  afirma el arreglista y compositor Jorge Cotes.

Acto dos

Suena La traviata, del compositor romántico italiano Giuseppe Verdi. Se suben los ánimos de los casi 50 músicos de la banda, los instrumentos de vientos se agitan y relatan con sus notas a la sociedad burguesa del siglo XIX.

Los músicos han pasado de la lentitud y la aparente calma de la primera obra a un ritmo acelerado y elegante que les exige conocimiento, estudio y sutileza para acertar con los sonidos requeridos por la pieza. Han cruzado el océano con la música para acercarse poco a poco a los ritmos colombianos.

Cada país desea que sus ritmos sean acogidos en el resto del mundo, como sucedió con la música académica que, de acuerdo con el trompetista Daniel Muñoz Paniagua, es una manifestación artística propia de Europa que sirvió como base de estudio para otras naciones.

La herencia que dejó la academia en Colombia son los instrumentos de viento, que eran importados para las bandas militares. “En mi familia se creó la Banda Paniagua, la más antigua del país, tiene 193 años. Los primeros integrantes eran esclavos africanos que se asentaron en Santa Fe de Antioquia, hacían pitos con hojas de árboles y los parches de los tambores con cuero de animales. Ya luego cuando empezaron a traer instrumentos al país, mi familia adquirió trompetas, trombones, clarinetes, violines y violonchelos”, cuenta Muñoz.

Él formó parte de la Red de Escuelas de Música de Medellín y ahora integra la orquesta tropical Sinú y cree que su historia podría ser la de otras agrupaciones en Colombia, además, resalta la transición que tuvo su familia de lo empírico a lo académico y de lo artesanal a lo industrial.

En 1840, la banda interpretaba piezas de música universal para que los medellinenses aprendieran a bailar polcas o vals. Cuando el maestro Lucho Bermúdez deleitaba a los colombianos con sus composiciones populares y exportó canciones tropicales de la Costa al interior del país, los Paniagua comenzaron a adoptar la música bailable en su repertorio.

El compositor Lucho Bermúdez es crucial en la difusión de ritmos autóctonos en el país, los colombianos comenzaron a apreciar su música y bailaron canciones como Colombia, tierra querida y Fiesta de negritos. El maestro llevó lo popular de las cumbias a la majestuosidad de una big band. Convirtió la ópera Carmen, del francés Georges Bizet, y la obertura Poeta y Aldeano, del austrohúngaro Franz Von Suppé, en una canción bailable llamada Porro operático.

Acto tres

Mambo, del cubano Dámaso Pérez Prado. Cuando el compositor ruso Ígor Fiódorovich Stravinski llegó por primera vez a Buenos Aires, Argentina, le preguntaron quién era el músico más importante del siglo XX en América. No dudó en mencionar a Pérez Prado. Los instrumentistas de la U. de A. han llegado por fin a los ritmos tropicales, los movimientos de su director han cambiado, son fiesteros y alegres, se acercan al baile.

La dirección en las bandas sinfónicas y en las orquestas tropicales no es la misma.
Según Cotes, “son dos lenguajes distintos, hasta la entrada que da el director académico a los instrumentistas, las señales, la manera que uno tiene de marcar y cómo se maneja la batuta. Por ejemplo, nosotros en la música tropical manejamos dos compases de referencia, el famoso dos y cuatro, así estamos educados pero en la sinfónica a veces es con la respiración”.

El cantautor Gabriel Romero, también conocido como El Cumbiambero Mayor, piensa que no es fácil atreverse a las fusiones. “No es lo mismo estar respaldado por 25 músicos de una big band a 50 de una banda sinfónica. Uno debe adaptarse a nuevos sonidos, los integrantes de bandas sinfónicas también se sorprenden al escuchar los sonidos que producen instrumentos rudimentarios de ritmos tropicales, es un desafío para las dos partes”, dice.

Los intérpretes de ritmos tropicales que han interactuado con instrumentistas de música académica evidencian las infinitas posibilidades de los sonidos, la sutileza de los cornos franceses, los colores de un fagot, un oboe o un clarinete bajo y la versatilidad de violines y violas. Parece que la música ha estado tentada a la mixtura y a la experimentación.

La Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia no se olvida de la historia, pero tampoco se cansa de emprender aventuras musicales que irrumpan con discursos ya aprendidos en la academia.  “La música es un gesto de cohesión social, un pretexto para juntarnos, se convierte en un ritual para la gente, con ella se rompen dogmas. Los terminos de baja y alta cultura pierden sentido”, manifiesta Pabón.

MELISSA OROZCO DUQUE
Para EL TIEMPO
MEDELLÍN
En Twitter: @MelissaOrozcoD

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