Salón Málaga: el ícono tanguero de Medellín que ni el metro pudo mover

Salón Málaga: el ícono tanguero de Medellín que ni el metro pudo mover

Este espacio se ha posicionado como patrimonio histórico y cultural de la ciudad en 61 años.

Salón Málaga

Además de la música y el ambiente del lugar, los asistentes pueden disfrutar de ‘shows’ de baile.

Foto:

Esneyder Gutiérrez

Por: David Alejandro Mercado
09 de junio 2019 , 06:10 a.m.

Para muchos, el 24 de junio de 1935, cuando murió Carlos Gardel en el aeropuerto Olaya Herrera, se inmortalizó el tango en Medellín. La súbita partida del ‘zorzal criollo’ dejó a la ciudad consternada, pero a la vez maravillada por su canto.

Sí, el tango bien pudo haber nacido en el río de la Plata, al sur del continente, pero se perpetró en este valle de montañas llamado Medellín, que se niega a dejarlo ir.

Lugares como el Patio del Tango, el Homero Manzi o el Salón Málaga, son espacios que sobreviven a las generaciones y a los nuevos ritmos. Espacios que detienen el tiempo cuando allí se ingresa y que comparten un ADN musical que perdura en quienes los visitan.

A pocos días de que comience la versión 13 del Festival Internacional de Tango, EL TIEMPO recorrió algunos lugares que mantienen vivo durante todo el año este pesaroso ritmo musical, iniciando por el Salón Málaga.

A las afueras del paseo Bolívar, en el centro Medellín, se aprecia el cambio en el paisaje producto del plan de renovación del Centro, para el que invirtieron 270.000 millones de pesos en infraestructura física.A pocos metros, Gardel mira los espacios verdes que otrora fueron vías grises; la bulla de personas y vendedoras que reemplazó los pitos de carros y buses; el viaducto del metro que simboliza la innovación de una ciudad en constante crecimiento.

paseo Bolívar

Así se ve el renovado paseo Bolívar

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Lo acompañan Sarita Montiel, Homero Manzi y otros exponentes del tango. Todos con una sonrisa. Pétreos. Eternos. Empujándose unos a otros con los marcos dorados y marrones que adornan las paredes del Salón Málaga, uno de los últimos rincones del pasado glorioso de un Centro amenazado por la modernidad.

Muchos locales han cerrado por esto. Pero no el Málaga. Este sigue enterrado en esta zona de Medellín como una raíz terca reacia a moverse en los últimos 60 años.

Son las 5 de la tarde de un miércoles. Con camisetas rosadas, dos mujeres y un hombre atienden a las casi 50 personas que llenan a medias el local en el que han metido hasta 300 personas, según sus dueños.


Algunos toman tinto, de ese que sirven en pocillo de porcelana blanca y diseño de flor morada que solo se ve en los pueblos. Otros pocos, como yo, nos arriesgamos con algo más fuerte.

Adentro, el mundo es sepia. Impera la madera que se aprecia desde el marco de las dos entradas hasta la barra de casi 5 metros, pasando por las pequeñas mesas cuadradas y las viejas vitrolas que adornan el fondo del lugar. El ruido también desaparece. Allí, el tango ameniza las charlas y sirve de acompañante a las tertulias.

Este lugar es una responsabilidad social que tenemos. Por eso nunca hemos cerrado en más de 60 años

Más tarde, cuando el sol se esconde detrás de las montañas, el letrero rojo en neón se enciende y el volumen aumenta, transformando las charlas en cánticos pesarosos.
Un solo sentimiento de nostalgia nos invade a todos. Así seamos diferentes. Desde un joven al fondo del local hasta un anciano sentado al lado de una rocola.

El primero tiene camiseta negra, aretes en ambas orejas y un brazo tan lleno de tinta que no le cabe un tatuaje más. El segundo, viste camisa color crema a rayas, pelos negros en las orejas y blancos en la cabeza, y con tantos años que no le cabe una arruga más.

Parece increíble cómo dos personas tan diferentes pueden unirse con una sola melodía: Lejos de ti de Julio Erazo, tonada que expertos dicen, es la que más se escucha en la ciudad.

“Este lugar tiene esa esencia. Porque es parte de la ciudad y ha sobrevivido hasta a la construcción del metro que duró casi 10 años. Le digo que si este negocio cierra, vamos a generar un desplazamiento forzado porque estamos echando a la calle a un montón de gente que no tiene a dónde ir”, dice César Arteaga, gerente del lugar.

Salón Málaga, Medellín

El lugar tiene capacidad para albergar hasta 300 personas y en su interior se realizan diversos espectáculos como música en vivo, show de bailarines, viejotecas bailables y clases de tango.

Foto:

Diana Sánchez / Archivo EL TIEMPO

Cuenta que si bien el tango tiene un espacio protagónico en el Salón Málaga, no es exclusivo. Y esa ha sido la clave de la vigencia de este lugar por seis décadas. Boleros, pasillos, porros y otros ritmos de antaño se turnan para deleitar a los visitantes.

Los sábados, ininterrumpidamente, han hecho un show de tango durante los últimos 19 años, promocionando nuevos artistas y recordando a aquellos que inmortalizaron el lunfardo, lenguaje de tangueros.No solo eso. Los domingos hacen viejotecas bailables y los miércoles, cuatro academias dictan allí sus clases de tango.Aunque parece estar bien, financieramente no lo está. César confiesa que si tuviera solo el bar no sería rentable, para él sería más sencillo arrendar el espacio que se presta hasta para cuatro locales más. “O lo lleno de tubos y pongo a bailar viejas empelota, como todos”, comenta entre risas sirviendo un aguardiente. Se lo toma y se pone serio. “No podemos hacer eso. Este lugar es una responsabilidad social que tenemos. Por eso nunca hemos cerrado en 60 años”, dice.

“Estos lugares son la memoria de la ciudad. Y es algo muy importante en estos tiempos porque desafortunadamente Medellín ha sido una ciudad muy destructiva con su memoria visual y sonora”, dice con cierta amargura. Se queda en silencio, como si recordara épocas mejores.

Luego esboza una sonrisa trémula y sigue: “Son muy pocos los espacios musicales que hoy superviven en la ciudad y su sostenimiento cada vez es más difícil, es una lástima porque la música es quizá el elemento de asociación emocional más importante de una persona con sus momentos de vivencia”.

Pasó el tiempo. Sonaron varias canciones más y la botella de aguardiente quedó vacía. Pero no el lugar. Cuando salí, había más gente de la que estaba inicialmente. Afuera se ve un Centro renovado, diferente. Con tranvía, metro y una arquitectura que evidencia el cambio, pero que aún conserva un pequeño espacio de la historia de la ciudad.

MEDELLÍN

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