Once años después, esta es la historia de una violación

Once años después, esta es la historia de una violación

En el país 16 mujeres son violadas cada hora. De ellas, 4.301 son niñas entre 5 y 9 años.

Violación

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Jaiver Nieto. EL TIEMPO

Por: Sofía Osorio Álvarez
22 de abril 2019 , 06:24 a.m.

A Margarita le tomó 11 años contar su historia y en reconocer que había sido víctima de una violación. Sin más tratamiento terapéutico que el que ella misma podía darse, pudo sobrevivir a la realidad que siempre le pareció tan ajena a ella.

Sin embargo, le ha pertenecido más de la mitad de su vida. Desde los 4 años, Margarita se dio cuenta de que le gustaban las niñas, pero a medida que fue creciendo, pudo notar que era la única en su clase que tenía gustos diferentes.

Preguntó a todas las compañeritas del curso y pronto aprendió que a las niñas les gustan los niños y que a los niños les gustan las niñas. Por lo que concluyó que este no era un tema de niños, sino de adultos.

Procedió con su investigación y les preguntó a sus tías. Estas contestaron que esos temas no eran apropiados para una niña de tan solo 8 años. Por lo que concluyó: “está mal”. No le tomó demasiado encontrar una solución para eliminar su diferencia.

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Jaiver Nieto. EL TIEMPO

En un esfuerzo por encajar y no decepcionar a su familia, consiguió un novio poco después de cumplir los 9. Luis era apenas unos meses mayor que ella. Tenía 10, recién cumplidos. Estaban en el mismo curso y compartían un amor por la ciencia, así que se veían en el club de física cada miércoles a las tres de la tarde.

Recorrían los pasillos de primaria cogidos de la mano y se regalaban los dulces que venían con el almuerzo de la cafetería. Ella se aseguraba de que todos se enteraran de que estaban juntos para no levantar sospechas sobre su verdadera naturaleza reprimida.

Así, aceleraba el proceso de normalización, por lo que se obligaba a estar con él todos los días. Le contó a su familia sobre su relación. A sus papás, sus hermanas, sus tíos, tías, primos, primas. Quería cerciorarse de poder ser como todas las otras niñas de su edad.

Después de unas semanas de relación, Luis invitó a Margarita a su casa a almorzar luego de clases para tener la oportunidad de presentarla a su familia. Cuando llegaron no había nadie.

Almorzaron solos. Sopa de zanahoria, pollo a la plancha, papás a la francesa, arroz y ensalada, acompañado de un refrescante jugo de mora. Margarita comenzó a sentirse mareada luego del almuerzo por la gran cantidad de comida que acababa de consumir. Luis le ofreció amablemente su habitación para reposar y recomponerse mientras él lavaba los platos sucios y daba de comer a sus mascotas.

Por lo que la mayoría de las víctimas de violación sufren diversas secuelas debido a la violencia del ataque, tanto a corto como largo plazo.

Ella, sintiéndose en confianza, se recostó sobre la cama y al punzarla en la cabeza un dolor agudo, decidió cobijarse con el tendido para que la comodidad mitigara su dolor. Se quedó dormida de inmediato.

La despertó un roce en las piernas cubiertas por la cobija. Levantó el tendido para examinar el origen de esa sensación de fricción contra su piel. Al mirar, confundida, encontró a Luis desnudo tratando de quitarle el pantalón. No entendía qué estaba pasando, su inocencia la protegía de cualquier pretensión de maldad sobre los actos de su novio.

Margarita, luego de muchos años, comprendió que la represión de memorias era uno de los diversos mecanismos de defensa que su cerebro había creado para protegerla y de separarse de esta realidad.

Cada día su mente borra un detalle más de ese momento, luego de 11 años solo quedan instantes. A pesar de tener solo 10, Luis era mucho más fuerte que ella. Margarita nunca se ha caracterizado por tener mucha fuerza muscular. No es sorpresa que no haya podido escapar del cuerpo aprisionador del niño. Se le montó encima y ejerció todo su peso contra ella, mostrándole que era inútil tratar de evitar lo que él quisiera hacerle.

La violación es una amenaza no solo a la integridad física, sino también a la sicológica

Paralizada por el miedo, no hubo mucho que Margarita pudiera hacer para defenderse de su atacante. Recuerda haber gritado, pero no recuerda el sonido. Recuerda haber tratado de pegarle, pero no recuerda la sensación de sus puños golpeando su cara. Solo recuerda el deseo de querer escapar. “¡Abre las piernas!”. Son las únicas palabras que su defectuosa memoria le permite recordar, que alguna vez salieron de la boca de Luis.

La violación es una amenaza no solo a la integridad física, sino también a la sicológica. Por lo que la mayoría de las víctimas de violación sufren diversas secuelas debido a la violencia del ataque, tanto a corto como largo plazo.

Los síntomas a corto plazo son en su mayoría temporales, sin embargo, algunos se adhieren al individuo y alteran por completo su personalidad.

Se presentan tres etapas: la primera es aguda y es el periodo casi inmediato luego de la violación que puede durar desde un par de días hasta tres semanas.

La víctima comienza a presentar comportamientos de ansiedad y miedo irracional en niveles muy altos. Además de desarrollar trastornos sicosomáticos como fatiga, insomnio y sobresaltos al menor incidente.

La segunda fase es de seudoadaptación que comienza alrededor de tres semanas después del incidente y se caracteriza por la inhabilidad de controlar la ira y el resentimiento. Además de la aparición de pesadillas y conductas evitativas como negarse a hacer ciertas cosas o visitar ciertos lugares. Y la tercera es de integración y resolución.

Esta empieza acompañada de una asfixiante depresión y persistentes deseos de venganza. Al igual que humillación y culpabilidad.

Así que Margarita procuró callar y uno a uno los síntomas fueron apareciendo, asentándose y mutando entre ellos y en sí mismos. Sin ningún otro fin que fortalecer el silencio.

Comenzó a tener pesadillas todas las noches. No le hablaba a su familia, solo lo necesario. A pesar de ser de las mejores estudiantes de su curso, empezó a perder los exámenes, a faltar clase.

Dejó de juntarse con las otras niñas del salón y cayó en su primera depresión. Alucinaba con sus miedos más profundos. La perseguían en el momento en que su madre apagaba las luces para dormir.

La madre de Margarita comenta cómo su hija le confesó a los 10 años que tenía pensamientos suicidas y fue puesta bajo tratamiento sicológico inmediatamente para nunca descubrir la razón de su desequilibrio.

—Creo que Luis nunca supo que me violó. Parecía entender que así se hacían las cosas.
—¿Usted alguna vez lo confrontó?
—No. No recuerdo cómo pero sé que se salió del colegio por algo que yo le dije. Eso dicen mis amigas, yo no recuerdo haber tenido esa conversación. No recuerdo nada. Yo ni siquiera estaba consciente de que era una violación y que eso fue lo que me había pasado a mí. Además, si hubiera sabido, no hubiera sido capaz de decirle algo. Hasta el día de hoy. Me aterroriza toda posibilidad de encontrarlo.
—¿Alguna vez pasó?
—No sé. Creo que sí, pero no recuerdo. Son cosas que mi mente borra inmediatamente. Aunque hay una vez que sí me acuerdo. Me habló por redes sociales y me amenazó porque según él, yo hice que lo expulsaran del colegio.
— ¿Por qué no lo denunció en ese entonces?
—Apenas ese día comprendí que me había violado. Cuando tenía más o menos 11 años. Era apenas una niña y no tenía la fuerza para hacerlo.
—Entonces, ¿por qué no lo hace ahora?
—No tiene sentido, ya no tengo pruebas luego de tantos años. Es un proceso personal que a cada víctima le toma tiempos diferentes en hablar, denunciar o conseguir ayuda. Conozco casos de personas que han hablado el mismo día, también sé de otras que están convencidas de nunca hablar.
—¿Usted piensa hacerlo?
—Sí, tal vez en unos años. Como te dije, es un proceso personal. Cada persona tiene sus tiempos de duelo, el mío lleva 11 años.

SOFÍA OSORIO ÁLVAREZ
Para EL TIEMPO
MEDELLÍN

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