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El hombre clave en la búsqueda de los desaparecidos de Medellín
Rafael Barrientos - cementerio Universal

Rafael Barrientos tiene registro de dónde están los cuerpos no identificados del cementerio Universal.

Foto:

Jaiver Nieto. EL TIEMPO

El hombre clave en la búsqueda de los desaparecidos de Medellín

Durante 25 años, un sepulturero del Universal fue dejando constancia de la ubicación de los cuerpos.

Una tarde de finales de los años noventa, una mujer apesadumbrada llegó al cementerio Universal, en el norte de Medellín. “Vengo buscando a mi hijo”, dijo.

Era el último lugar del mundo en el que tenía la ilusión marchita de encontrarlo, luego de una desesperada e incesante búsqueda sin un desenlace venturoso.

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Rafael Barrientos Acevedo llevaba 10 años enterrando y exhumando cuerpos en ese camposanto que diseñó Pedro Nel Gómez y que en 1943 fue inaugurado como el primer sitio de inhumación no católico disponible en la capital antioqueña.

El propósito inicial era que allí tuvieran cabida todas las personas sin importar su credo o condición social. Con el tiempo se convirtió en punto de inhumación de personas de condición social más humilde y hoy hace parte de la Red Colombiana de Lugares de Memoria, siendo clave en el desvelamiento del misterio de los desaparecidos de Medellín y de una de sus épocas de violencia más aciaga.

Ella se dirigió hasta la oficina de la administración del cementerio. “Señora, primero vaya a Medicina Legal. Entrega unos datos sobre la persona que busca. Allí le abrirán un álbum con fotos y si aparece ahí, le darán algún registro”, le dijeron.

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Pero cuando regresó esperanzada no le dieron respuesta. Si bien el cuerpo estaba en el cementerio, no había forma de verificar en qué lugar de los 55.000 metros cuadrados estaba.

Rafael Barrientos - cementerio Universal

Rafael Barrientos tiene registro de dónde están los cuerpos no identificados del cementerio Universal.

Foto:

Jaiver Nieto. EL TIEMPO

Fue en ese momento cuando a Barrientos se le ocurrió que debería haber alguna forma de poder responderles a las familias si en ese sitio está o no a quien buscan.

Así que a la hora del almuerzo se sentaba al frente de las tumbas e iba anotando en unas hojas sueltas los números de las bóvedas y fosas. En las noches, en su casa, después de un breve descanso, volvía a sentarse y trazaba y dibujaba, hasta el amanecer, todas las zonas del Universal.

Argiro Osorio Henao, administrador en aquella época del cementerio, avaló lo que Barrientos había emprendido movido por la intuición y la compasión para orientar a los deudos en ese espacio de dolor.

Para hacer los croquis, Barrientos partió, en primer lugar, desde su experiencia como oficial de construcción. Oficio en el que, además de aprender a pegar adobes, se ejercitó en interpretar planos. En segundo lugar utilizó su excepcional memoria y haber sido testigo, como sepulturero, de las partes en las que había cuerpos sepultados o removidos.

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A esa práctica intuición le sumó dos cursos de 40 horas cada uno en el Sena sobre planos estructurales y arquitectónicos y otro en supervisión de obras civiles en construcción.

“Cuando llegué había una forma de inhumar los cuerpos de los no identificados. Sin rituales ni lágrimas, por cada fosa cuatro cuerpos. Pero antes de depositarlos en tierra, se vaciaban una o dos canecas de vísceras de los difuntos. Solo se identificaban como A, B, C o D y se ponía Persona No Identificada”, recuerda.

En 1994, rememora, hicieron abrir una fosa con retroexcavadora para inhumar 58 cuerpos no identificados. Los cuerpos fueron enterrados de la siguiente manera: los primeros 14, con los pies juntos y una capa de tierra encima. La segunda tanda de muertos, con las cabezas juntas y luego, otra capa de tierra. Así, hasta llegar a la superficie.

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Pero a los 8 o 15 días, de esos cuerpos fueron reconocidos 3. Los que fueron identificados eran de los primeros que se metieron en la fosa. Problema que se le generó a la administración del cementerio, pues había que desenterrar.

Entonces se prohibió enterrar de esa forma y debieron hacerlo cadáver por fosa. Si entraban 40 cuerpos, eran 40 fosas que había que abrir. “Estos planitos –dice mientras extrae unas hojas que lleva en una carpeta anaranjada, junto a ajados recortes de prensa que hablan de su labor– los hice en tres años de trabajo. Documentan del 2001 al 2004”.

Pero antes de depositarlos en tierra, se vaciaban una o dos canecas de vísceras de los difuntos. Solo se identificaban como A, B, C o D

Gracias a su trabajo, cuando una persona llega al cementerio buscando un cuerpo por indicaciones de Medicina Legal, él dice dónde fue enterrado inicialmente y dónde se encuentra actualmente, si hubo traslados.

En las páginas registra en rojo los números antiguos de identificación de cuerpos y en negro los actuales. Desde que se clavaban cruces en el suelo con alguna señal del difunto hasta las placas que las reemplazaron.

Según sus estadísticas, en el Universal reposan 1.200 cuerpos enterrados sin identificar. Tiene especificados cuántos cadáveres hay por cada zona. Estas van de la 6 a la 29A. Los cuerpos corresponden a paramilitares, milicianos, ‘falsos positivos’ y víctimas de la operación Orión.

Hay zonas que tienen hasta 350 cuerpos. La que menos tiene cuenta hasta con 100.
Dos historias corroboran su esfuerzo. Un señor fue a buscar el cadáver de su hijo, luego de que Medicina Legal le confirmó que allí estaba sepultado. Con los datos de Barrientos fue fácil ubicar la fosa 1805, de la zona 27. Embolsado y momificado, ese hombre recuperó a su ser amado y perdido.

Hace apenas dos meses le pidieron el favor de ayudar a identificar un cuerpo, víctima de un ‘falso positivo’. A la familia le dieron la ubicación. Y volvieron a tener efecto los apuntes oportunos del hoy pensionado sepulturero del Universal.

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“Estos planos son un legado que quiero dejar. Yo me tomé el atrevimiento de hacerlos para que le sirvan a la gente adolorida”, comenta.

Diego Herrera, subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Inclusión Social de Medellín, asegura que el ingreso del Universal a la Red Colombiana de Lugares de Memoria significa que, además de apuntarle a la dignificación humana, está el propósito de la recuperación y conservación de una memoria que comienza por la reconstrucción y organización de archivos y documentos existentes.

“Sabemos y somos conscientes de que hay una memoria dispersa, no clasificada, a mano alzada. Tenemos conocimiento, por ejemplo, de que en el cementerio hubo tres tipos de nomenclatura. Información como la del señor Barrientos es valiosa, entonces tenemos el compromiso de juntar lo disperso y cotejar”, agrega.

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Desde el año pasado, bajo la apuesta de fortalecimiento del camposanto y en cumplimiento de lo ordenado por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), con el compromiso de proteger los cuerpos comenzaron las obras de reforzamiento del muro periférico que encierra la zona 29A del cementerio, instalaron 15 cámaras de seguridad para ejercer mayor control y avanzan en el cerramiento de la zona 20 a la 29A, con una vigilancia permanente.

Estos planos son un legado que quiero dejar. Yo me tomé el atrevimiento de hacerlos para que le sirvan a la gente adolorida

La secretaria de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos, Mónica Alejandra Gómez, expresa que la “apuesta es seguir fortaleciendo el Universal y consolidarlo como un lugar de memoria, de generación de conciencia y que contribuya con la reparación y las garantías de no repetición”.

Igualmente, este año, entre otras acciones, se destacan el acompañamiento desde el Universal a las familias de personas desaparecidas tomando la memoria como posibilidad sanadora, la reactivación de la Red de Memoria Comunitaria de la ciudad y el reto de crear un libro para contar la historia de Medellín desde los vestigios que existen allí.

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Obra que le ha sido encomendada al escritor Pablo Montoya, que contará con el apoyo gráfico del fotoperiodista Henry Agudelo.

El Cementerio, así lo considera la Red, es muy representativo para la ciudad y para Colombia porque “desde allí se pueden generar importantes avances en el proceso de búsqueda de desaparecidos, una tarea fundamental para la construcción de una cultura de paz en nuestro país”, y que las familias que buscan entre esos cuerpos sin identificar a quienes una vez dejaron de ver puedan dejar atrás la incertidumbre y tener una alegría en medio del dolor.

JORGE IVÁN GARCÍA J.
Editor de EL TIEMPO - MEDELLÍN
En Twitter: @jorgar_eltiempo
jorgar@eltiempo.com

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