Cuando el tranvía y los cables cambiaron los barrios de Medellín

Cuando el tranvía y los cables cambiaron los barrios de Medellín

En el oriente, sus habitantes recuerdan el antes y el después de la llegada de estos sistema.

Santo Domingo

El cable de Santo Domingo permitió que las casas mejoraran sus fachadas y llegaron más negocios

Foto:

Jaiver Nieto

Por: David Calle
04 de diciembre 2020 , 05:55 a. m.

Mientras unas cabinas voladoras sobrevuelan, don José Leonardo Ortiz organiza su puesto de relojes y variedades que está a un costado de la estación la Santo Domingo del metrocable. El manizalita desde hace18 años vive en la capital antioqueña y ha sido testigo de la transformación del sector cuando en 2004, hace 16 años, llegó este sistema a su sector.

“La verdad fue un cambio drástico, llegó el metro y gracias a la tecnología el barrio dejó de ser peligroso”, mientras trata de hablar claramente porque un tapabocas le impide que su voz salga con fuerza.

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Anteriormente, Santo Domingo era un lugar de poco acceso. Con casas de color anaranjado, característica que da la construcción en ladrillo, muy común en los barrios populares de Medellín. Además, había pocos negocios, mucha violencia y algo de abandono. Pero ahora su pinta es distinta, persisten las casas anaranjadas y de techo de zinc pero ahora con más vida y ofertas de negocios.

Una calle adyacente a la estación, la misma donde José espera a sus clientes, es muestra de esa transformación. Parece un centro comercial a cielo abierto. Hay un supermercado, puestos de comida rápida, un casino y bulevar llamado El Santo, propicio para comprar ropa. Incluso hay bares y lugares para disfrutar de shots, tan ricos como los que hay en el suroriente, en el Parque Lleras.

Pero aquí, en el nororiente, no hay nada que envidiar, al menos en variedad ni mucho menos los fines de semana cuando se convierte en punto de encuentro para compras, la algarabía, la comida, el reguetón, la música popular y los vallenatos que emanan de las casas y bares.

José ha sido testigo de eso. “Todos esos negocios son nuevos porque anteriormente no había casi comercio y el metro impulsó mucho el empleo”, cuenta el hombre de 49 años de edad, quien usa una gorra para ocultarse del sol y quien de cuando en cuando usa esas mismas cabinas voladoras que ve todos los días que va a trabajar y que también le ayudan a transportarse desde su barrio Manantiales, ubicado unas cuadras más arriba, a 20 minutos de la estación. “Es que uno necesita agilidad y llegar rápido”, dice.

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Cables

Gladis Iral Cano, habitante de Santo Domingo, aún no usa el metrocable pero le gusta montar en metro.

Foto:

Jaiver Nieto

Bajo la sombra de la estación hay una plazoleta resguardada con por un cuadro hecho en bronce del escritor antioqueño Tomás Carrasquilla que es testigo silencioso de sus vecinos, de los estudiantes que van de paso a la institución educativa La Candelaria, que está a un costado, por donde pasan las señoras de la mano con sus hijos y de los ajetreados comerciantes que pasan a surtir sus locales.

Allí, en una de las escalinatas, está sentada Gladis Iral Cano, disfrutando de una soleada mañana en Santo Domingo, frente a su pequeño nieto, Juan José. Ella, curiosamente, aunque tiene a unos pasos la posibilidad de viajar por los cielos de barrio, no lo ha hecho. Le da miedo.

“Es como soy tan nerviosa, pero a mí me gustaría ensayar. Me parece muy seguro también, ¿cierto? ¡Qué le va pasa a uno!”, dice mientras suelta una pequeña carcajada que remarca algunas arrugas en sus ojos.

Eso sí, dice, el metro le parece lo mejor y pues no ha contado las veces en las que se ha transportado en ese pequeño gusanito que desde la altura de este sector se ve que traspasando los barrios y edificios en la parte central de la ciudad.

“Yo sí he montado mucho en el metro y me parce muy bueno, muy tranquilo, se siente uno muy bien y me he sentido muy segura cuando voy en el metro”, comenta.

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Cables

Alrededor de las estaciones se crearon nuevos negocios, la mayoría de personas de los mismos barrios.

Foto:

Jaiver Nieto

Una estación más abajo está Popular. Tal vez un lugar menos bulliciosa pero así al menos lo parecía una mañana de un viernes novembrino. Sobre la calle principal, un poco angosta, también con tiendas y negocios a su alrededor, llega a un almacén de cachivaches Brainer Uribe, quien ha vivido sus 35 años de vida en el barrio.

Sus recuerdos están latentes cuando se le pregunta sobre cómo era el barrio antes de que esas cabinas voladoras hicieran parte del Popular. “Era una problemática social miedosa”, cuenta.

“Yo estudié con 45 muchachos en mi escuela, aquí cerquita (de la estación) y pienso que la mitad están muertos, la otra mitad sobrevivió pero no logró cambiar la realidad social de la familia y de las vidas de ellos, todos tienen vicios y están en la perdición. Muy poquitos quisimos estudiar y el metro llegó y cambió todo, hubo inversión social, el gobierno se metió hubo fuerza pública y claro, sí cambió todo”, recuerda.

Mientras un pequeño miembro de su familia le muestra un juguete que prefirió de aquel almacén de cachivaches, Breiner sigue en esa especie de recuerdo especial del barrio de antaño que lo vio crecer.

“Con la llegada del metrocable, todo esto porque acá se hizo comercial. Le ayudaron a la gente para cambiar la infraestructura por fuera, entonces eran casas y se volvieron negocios, hicieron parques y les iban metiendo la manito de vez en cuando porque a veces se ven descuidados y la cultura todavía no es mucha. Pero los que viven cerca sí cuidan mucho los parques, los barren los pintan, ahora en navidad los decoran, entonces cambio total, positivo”, comenta el hombre, de contextura gruesa, también con tapabocas sobre su rosto, como es común en plena pandemia.

Aunque Breiner no es un gran usuario del metrocable, cuenta que lo prefiere justamente por esta época, en la que usa esos cajones voladores para ir a ver uno de los planes preferidos por esta época entre los habitantes de Medellín: ir a ver alumbrados.

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Tranvía hacia el oriente
Tranvía

El tranvía llegó para conectar el centro oriente con la comuna 10 de Medellín.

Foto:

Jaiver Nieto

Es el mismo oriente de la ciudad, pero esta vez un poco más hacia el centro. Allí, el 31 de marzo de 2016 un tranvía que por fuera parece una película futurística empezó a conectar al corazón de Medellín, desde la estación San Antonio, hacia más arriba del barrio Alejandro Echavarría.

Como una vivaz serpiente, el tranvía se adentra con dirección hacia donde nace el sol y pasa por San José, Pabellón del Agua, Bicentenario, Buenos Aires, Miraflores, Loyola, Alejandro Echavarría y Oriente.

En esa última estación está Lina Rojas, quien vive en el barrio Caunces de Oriente, unas cuadras faldudas más arriba de la última estación del tranvía. En esa misma mañana de un viernes novembrino, estaba sentada en las afueras, a la espera de una amiga que se aventuró a viajar en el metrocable Línea H, que llega hasta La Sierra, sector recordado por algunos colombianos que vieron un documental en 2004 que narraba un barrio inundando en la violencia.

La joven también relaciona la llegada del tranvía con cambios pues, antes de su llegada, era casi impensable bajar de su barrio porque existían allí lo que se denomina una línea invisible, una frontera prohibida de cruzar por parte de los pillos que amenazan con apagar la vida de quienes intenten trasgredir esa norma.

“Todos era como: por allá no puedo bajar, porque estaban las líneas invisibles y era muy común decir: yo por allá no me atrevo a viajar”, recuerda.

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Pero todo cambió y el miedo se fue. Aunque era usuaria de los buses que desde su barrio comunican con el centro, sabía que el tiempo era más valioso en el tranvía.

“La verdad no me había aventurado porque, por mi sector, hay muy buen transporte, uno realmente se dirige al tranvía por economía y por tiempo también. La verdad, llevaba mucho tiempo en servicio y no me había arriesgado, entonces un día quería conocerlo, salí del trabajo y fue como un mundo nuevo, es muy cómodo, muy rápido, muy versátil”, cuenta sobre su primer día en este sistema, el cual no deja de usar.

Para ella, el sector cambió, su manera de transportarse cambió. Ahora espera a su amiga que baje de esas mismas cabinas voladoras que viajan por Medellín a recibir a su amiga. El tiempo apremia.

DAVID ANDRÉS CALLE ATEHORTÚA
EL TIEMPO
EN TWITTER: @davidcalle1

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