Medellín lucha contra el estigma del narcotráfico

Medellín lucha contra el estigma del narcotráfico

La implosión del edificio Mónaco abre el debate sobre cómo se está narrando la memoria de la ciudad.

AUTOPLAY
El momento de la implosión del edificio Mónaco de MedellínLa estructura, propiedad del municipio de Medellín, fue demolida este viernes.
Edificio Mónaco

Esneyder Gutiérrez / EL TIEMPO

Por: Tatiana Escárraga
24 de febrero 2019 , 02:39 p.m.

A las 11 horas y 54 minutos del viernes una explosión controlada derribó, en segundos, el viejo edificio Mónaco, una construcción de ocho pisos donde el narcotraficante Pablo Escobar trasladó a su familia y donde convivió no mucho tiempo entre sus excentricidades, sus carros de lujo, sus obras de arte y su desmedido afán por ser reconocido socialmente. 

El Mónaco, en el exclusivo sector de El Poblado, llegó a su fin. Y con su desaparición, que dará paso a un parque público en memoria de las víctimas, se abrió la puerta a una tarea durante años postergada por la sociedad antioqueña y colombiana, una asignatura que consiste, nada más y nada menos, que en entender cuáles fueron los factores que permitieron que un personaje tan siniestro, uno de los mayores asesinos del siglo XX, se convirtiera en amo y señor, desplegando su maquinaria de sangre y terror allá por donde pisaba.

Por culpa del narcotráfico, Medellín llegó a ser reconocida, “al menos hasta mediados de la primera década de este siglo”, según se recoge en el informe Basta Ya-Medellín, como una de las ciudades más violentas del mundo. Las cifras, que hoy parecen lejanas, solo producen escalofríos: tan solo en 1991 fueron asesinadas 6.810 personas. El período que va de 1982 a 1994 marcó el auge y la caída del cartel de Medellín y, de paso, escribió una página oscura sobre la que todavía no se ha contado toda la verdad ni descrito todo su alcance. De hecho, “la magnitud y persistencia” del conflicto colombiano, dice el informe, se explica, en parte, por el papel que jugó y juega el narcotráfico.

Por esos antecedentes es que el derribo del Mónaco marca un punto de inflexión. Inflexión, así como se llamará el parque que lo sustituye.

Muchas voces se han levantado alrededor de la decisión de derrumbar la antigua residencia de Pablo Escobar. A favor, en contra y con matices. Y es normal: no hay proceso de memoria histórica en el mundo que no sea polémico. Hay quienes ven en ello un intento de “borrar el pasado”. Y otros, en especial algunas de las víctimas directas del capo, que aplauden de pie la decisión del alcalde Federico Gutiérrez, quien el viernes subrayó que “volver la mirada sobre lo que muchos preferirían no nombrar” es algo necesario “para las generaciones por venir, que deben tener presente la historia para no repetirla”.

La gran pregunta que se hacen los sectores críticos con el proyecto es si desaparecer el edificio contribuye realmente a hacer memoria y a ir más allá de la figura del capo para poner sobre la mesa esas verdades tan incómodas que a menudo se soslayan: “La reflexión sobre el peso del narcotráfico en esta ciudad requiere de una mirada mucho más a fondo que nos haga comprender que Pablo Escobar no era un extraterrestre que llegó a dañar lo buenos que éramos, sino que es producto de esta sociedad. Y comprender eso significa interrogar. ¿Cuáles fueron las condiciones sociales, económicas y políticas que permitieron que el narcotráfico emergiera y perviviera hasta hoy?, dice Martha Villa, directora de la organización social Corporación Región.

Cuáles fueron los factores que permitieron que un personaje tan siniestro se convirtiera en amo y señor, desplegando su maquinaria de sangre y terror allá por donde pisaba

En ese mismo sentido se pronuncia Adriana Arboleda, de la Corporación Jurídica Libertad: “Hemos planteado que el derribo del Mónaco nos parece un mecanismo muy populista que no representa un compromiso real con la memoria. Aquí no hay una conversación, sino un monólogo. No ha habido participación ni escenarios de discusión colectiva; lo que uno ve es que la sociedad se queda por fuera y que son los gobernantes de turno los que van definiendo lo que debe ser la memoria y sus rutas de construcción”.

'Un presente de ficción'

Para Diego Herrera Duque, presidente del Instituto Popular de Capacitación, hay un intento de “borrar un pasado para mantener una versión de un presente de ficción”. En su opinión, falta por contar el capítulo de los sectores económicos y políticos que se beneficiaron del narcotráfico y que desarrollaron formas más especializadas de permanecer en el negocio, pero sin que se los trate como narcos. A menudo, a través de negocios lícitos.

Herrera hace hincapié en la situación de seguridad que vive Medellín, donde es un secreto a voces que “hay un mercado de violencia” en donde predomina la extorsión, que genera un desplazamiento intraurbano permanente. “Las estructuras criminales generan miedo y al mismo tiempo seguridad en los barrios para expandir su actividad, que está ligada a negocios formales”.

“No es borrar la historia, es reconstruirla”, contesta Catalina Sánchez Escobar, directora del Museo Casa de la Memoria de Medellín. “La implosión es un simple acto o una acción dentro de una estrategia que es mucho más compleja. El análisis no se debe centrar en haberlo tumbado o no, sino en lo que viene a partir de ahora; con esta estrategia se pretende lograr una dialéctica diferente, en la que se visibilice a las víctimas, a los héroes y a los valientes, a aquellos que dieron todo para enfrentarse al narcotráfico”.

“No nos podemos quedar en la anécdota de un edificio que se cae”, añade, por su parte, Silvia Hoyos, sobrina de Carlos Mauro Hoyos, asesinado por órdenes de Pablo Escobar en 1988, cuando era Procurador General. “Lo importante –añade Silvia– es trascender ese símbolo que tiene que ver con la transformación cultural que tenemos que hacer. Somos una sociedad enferma porque el narcotráfico nos permeó. No es solo Medellín, es todo el país. Hacia lo que hay que apuntar es hacia la transformación cultural; de lo contrario, habremos perdido una oportunidad y entonces sí se trataría solo de derrumbar un edificio. No importa si la idea viene del alcalde o de dónde. Nadie se había tomado el tiempo para pensar en esa transición. Como víctima, debo decir que es muy esperanzador que 30 años después a alguien se le haya ocurrido hablar de esto”.

Una puerta que se abre

Más allá de la polémica de si se debió o no acabar con el edificio Mónaco, lo que queda claro es que esta acción ha abierto una puerta hacia una memoria, hacia una revisión de la historia reciente que la sociedad antioqueña y colombiana está obligada a transitar. Hay un primer paso: no es común que en un discurso un dirigente local se explaye hablando de lo que supuso el narcotráfico. De lo que todo el mundo sabe pero que se normalizó tanto que es parte del paisaje. Medellín empieza a entender, según su alcalde, que es “sobreviviente” de una “realidad abrumadora y asfixiante” frente a la que no había opción. Había que seguir adelante en medio del caos. Apenas se está empezando a reconocer que en Medellín prevalece (y en Colombia) el afán por el dinero fácil y que la vida llegó a perder todo valor.

Y no parece que la propuesta de Gutierrez sea superficial. “Mirar nuestro pasado –dijo el viernes– , también es asumir responsabilidades sobre lo que nos pasó y lo que nos sigue ocurriendo. El narcotráfico no se ha acabado y es el principal responsable de los delitos que se cometen en esta ciudad. El peor daño que nos hizo la mafia sigue latente en muchas comunidades y es la tergiversación de los valores. Se nos cambió el trabajo duro por el dinero fácil; la discreción por la opulencia; y lo peor de todo, se le quitó el valor a la vida y a cambio se le puso un precio a cada vida... Por eso esta reflexión que proponemos (...) también nos obliga a trazarnos unos límites éticos muy claros de hoy en adelante (...) No les hemos impuesto una sanción social a quienes han hecho su fortuna con dineros sangrientos; las zonas grises nos han hecho tolerantes y complacientes con la inescrupulosa ilegalidad (...) Esta reflexión que proponemos va encaminada a ajustar nuestra escala de valores”.

Son autocríticas que tardaron muchos años en decirse en voz alta, por eso son muy válidas. Polémica incluida. Porque la cuestión trasciende el hecho de que un grupo de turistas se inscriba en los ‘narcotours’, seducidos y fascinados por la imagen del ‘patrón’; el problema, como dijo Gutiérrez en su discurso, no son las telenovelas y las series: “El enemigo no es la televisión. El enemigo es ese entorno de ilegalidad de los niños que sueñan con ser capos. El enemigo es la mafia, que impregnó cada esfera de nuestra existencia: desde la estética hasta la ética”.

El problema es que aún haya muchos ciudadanos que llamen al capo ‘Pablo’, en un gesto de evidente admiración y complicidad con un delincuente que voló un avión comercial en pleno vuelo y asesinó a más de 700 policías, entre otras muchas atrocidades, para doblegar al Estado, es decir, a todos los colombianos. Y ese no es un problema de Medellín, sino de toda Colombia.

TATIANA ESCÁRRAGA
Editora de Redacción Domingo*
paoesc@eltiempo.com
* Con reportería de Simón Granja, Redacción Domingo.

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