'Una avioneta nos cayó encima cuando estábamos jugando en el colegio’

'Una avioneta nos cayó encima cuando estábamos jugando en el colegio’

Hace 15 años fue la tragedia de la UPB en Medellín. En el accidente fallecieron siete personas.

Avioneta UPB

El 29 de marzo de 2006 una avioneta cayó en una cancha del colegio de la UPB, en Medellín. Siete personas fallecieron, entre ellos tres estudiantes.

Foto:

Julio César Herrera. Archivo EL TIEMPO

Por: Mateo García
23 de febrero 2021 , 10:25 p. m.

Unos segundos después de que la avioneta con matrícula HK2969 se estrelló en el colegio de la UPB, Simón Arias Valencia, en medio del fuego, el humo y los gritos, escuchó que lo llamaban.

“Simón venga, Simón, venga, Simón, Simón”, gritaban una y otra vez sus compañeros refugiados en una esquina de la cancha evitando que el fuego los alcanzara. Eran las 8:05 de la mañana.

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Pero él no había reaccionado después del impacto de la aeronave y se quedó quieto. Su mente de niño de 11 años no asimilaba lo que acababa de suceder.

La avioneta que vio sobrevolar la universidad -algo habitual- les cayó encima mientras estaban en clase de educación física.

Desde el aire, los niños se veían como unas hormiguitas corriendo de un lado a otro. Desde la cancha, la avioneta se veía como cualquiera de las que sobrevuela todos los días las inmediaciones del aeropuerto Olaya Herrera en Medellín.

Los vecinos de barrios como Laureles y algunos sectores de Belén, donde está el aeropuerto, están acostumbrados a que los aviones les pasen por encima todos los días después de despegar o aterrizar en el Olaya Herrera.

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Pero desde el 29 de marzo del 2006, la ciudad recuerda que ese día se cayó una avioneta en una cancha del Colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) y dejó siete muertos.

Uno de verdad siente que eso no pasó, es que nadie cree que eso pasó

Era un miércoles como cualquier otro. Simón, quien vivía en La Estrella, municipio al sur de Medellín, le recordó a su mamá que no llevaría buzo, a pesar de que el transporte escolar lo recogía a las 5 de la mañana, porque su primera clase era educación física y le daba calor.

Unos días antes, como había ingresado a bachillerato y estaba estudiando en un bloque nuevo del colegio, Simón le había comentado a su padre que los aviones pasaban muy cerquita.

Él le explico que era porque el aeropuerto “queda como detrás de Unicentro” y por eso los escuchaba con más fuerza.

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Por esos días acababan de finalizar el primer periodo académico y por primera vez sacó la materia de educación física en aceptable. En el grado sexto, en el que estaba niño, comenzaron a ver temas como anatomía y eso bajó la calificación de varios de los estudiantes.

Entonces tocaba esforzarse el doble para volver a obtener una nota alta en la materia.

Lo primero que hicieron en la clase fue calentar y trotar. Le dieron unas vueltas a un corredor que había alrededor de las cuatro canchas polideportivas del colegio y Simón lo hizo sin parar.

“El profe me dijo: ¿Negrito, usted qué nota sacó? Yo le dije que aceptable y me dijo: pues no has parado de trotar hoy, empezaste excelente”, recuerda el joven, quien hoy tiene 26 años y es administrador de empresas de la UPB.

Esas palabras también se las dijo a otros compañeros, entre ellos uno de los que falleció tras el impacto de la avioneta.

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Avioneta UPB

Tras la caída de la avioneta, el colegio se llenó de padres de familia y organismos de emergencia.

Foto:

Javier Agudelo. Archivo EL TIEMPO

Después de calentar y trotar un rato, comenzaron a jugar fútbol y balonmano.

En ese entonces, el Colegio tenía cuatro canchas de cemento rodeadas por un corredor. Si bien las canchas estaban juntas, no se podía pasar de una a otra sin antes salir al corredor.

Además, cada una de las canchas solo tenía una entrada y el corredor solo tenía dos accesos con puertas pequeñas, una al sur y la otra al norte.

Simón comenzó a jugar balonmano en la cancha sur y se ubicó en la portería que da hacia el norte, desde la cual quedaba mirando hacia donde está ubicado el Olaya Herrara. Miraba hacia el sur de Medellín. Tal vez fue por eso que fue una de las pocas personas que vio el avión sobrevolando la universidad.

Si bien esta era una escena cotidiana en la UPB, y lo sigue siendo, Simón vio que ese avión no estaba a la misma altura de los demás.

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Y mientras continuaba el juego, siguió observando la avioneta, que iba hacia otra dirección, pero de un momento a otro la vio girar.

“Además de que lo veo bajito, lo veo girar. Pero uno a esa edad piensa, bueno, el aeropuerto queda cerquita, un avión giró, pero es como unas piruetas”, relata Simón, para quien que se quedó hipnotizado mirando que la aeronave se dirigía hacia donde estaba él.

“El caso es que pasaron 15 segundos más y yo tengo la imagen tal cual cuando el avión gira, viene hacia la cancha, va perdiendo altura y lo primero que golpea contra la puerta, contra el corredor, es un ala. Y ‘praque’ el avión se estrella, se frena como con un muro del separador del corredor”, dice Simón sobre el momento del impacto.

El avión cayó en el corredor y tras el golpe se estrelló contra la única puerta que tenía la cancha.

Pasaron 15 segundos más y yo tengo la imagen tal cual cuando el avión gira, viene hacia la cancha, va perdiendo altura y lo primero que golpea contra la puerta, contra el corredor

De inmediato todos los niños, en medio de los gritos, el fuego, el humo y el sonido de la explosión, corrieron hacia la esquina contraria de donde cayó la avioneta, cerca de donde estaba Simón, quien todavía no había reaccionado.

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“Inclusive yo lo que recuerdo es cuando ya todos los niños, uno a los 11 años no cree lo que está viendo. Inclusive yo mucho tiempo después no creo lo que pasó, yo sé que pasó pero mi realidad no lo dimensiona”, dice Arias.

No había salida. La única salida estaba en llamas. Todo era desesperación. Entre las escenas que recuerda el joven de esos segundos de angustia, porque en realidad pasaron segundos, pero para todos duró una eternidad, está que uno de sus compañeros se echaba la bendición una y otra vez. Ese niño, que no tenía más de 11 años, no dejaba de rezar.

De repente, algunos de los niños comenzaron a trepar la malla, que podría ser de hasta ocho metros. Simón lo intentó, pero él y otros de sus compañeros no fueron capaces, en parte por habilidad, pero también porque sus tenis de educación física eran demasiado gruesos y no cabían por los huecos que dejaba la malla.

Y en medio de ese desespero, de esos segundos que parecían horas, un profesor llegó corriendo con un extintor y comenzó a apagar el fuego.

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Con esto pudieron salir por la puerta, al lado de la avioneta, y en medio del fuego que había cedido un poco. Pese a esto, algunos niños se quemaron y terminaron en el hospital.

Me da mucha nostalgia porque a las dos personas que fallecieron, compañeritos de 11 años, siento que Dios los llamó a su tiempo

Todo en el colegio era caos. Comenzaron a llegar padres de familia, profesores, los bomberos, la Policía y periodistas.

Los niños tuvieron que dar varias vueltas para llegar a su salón y recoger sus cosas en medio de la multitud.

Rumbo al salón el niño estaba acompañado de uno de sus compañeros, quien se llama Simón Gil. De repente, en el camino, una mujer los detuvo al verlos con ropa deportiva y les preguntó por alguien.

-Vengan, vengan, niños. ¿Juan Manuel está vivo? -les dijo una mujer desesperada.

-Sí, está vivo -fue lo único que atinaron a decir los dos niños, aunque realidad no sabían si había muertos.

La mujer, entonces, continuó su camino en búsqueda de Juan Manuel.

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Unos minutos después Simón pudo comunicarse con su madre porque alguien le presto un celular. Él, con tranquilidad, le dijo: “Mami, cayó una avioneta en la UPB, pero yo estoy bien”.

Pero su madre tenía dos hijos en el colegio y no supo que quien la había llamado era Simón.

En el trabajo le habían dicho que había caído una avioneta en una cancha donde había niños de educación física jugando. Ella preguntó: “¿qué día es hoy?”, y al escuchar que era miércoles reaccionó: “Simón no lleva buzo los miércoles porque tiene educación física”.

Lo único que pensaba era que su hijo estaba en educación física en la cancha donde cayó el avión. De inmediato se fue para el colegio, así como cientos de padres de familia angustiados por sus hijos.

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Avioneta UPB

Según versiones, el piloto iba a aterrizar en la cancha Fundadores, pero allí había más niños, por lo que buscó otro espacio.

Foto:

Javier Agudelo. Archivo EL TIEMPO

Cuando llegó a la casa los pies los sentía calientes. No sabe si fue por el fuego o por lo que había vivido, pero era una sensación extraña.

Allí empezó a ver las noticias -incluso su madre salió pegada a una malla- y se enteró de que dos compañeros suyos habían muerto. Pero no entendía por qué si todos estaban dentro de la cancha.

Sin embargo, luego supo que ese día cuatro niños de su salón no hicieron educación física.

Uno se fue para enfermería y los otros tres estaban en el corredor, donde cayó el avión, viendo a sus compañeros jugar fútbol y balonmano.

Quienes murieron fueron dos, porque el otro, al ver que el avión se les venía encima, se tiró por unas escaleras.

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“Yo creo que lo cogió un ángel y lo empujó, porque uno ver un avión y ser capaz de tirarse por las escalas, eso es… Y los otros dos compañeritos ya luego uno entendió que estaban en el corredor viendo jugar y no tuvieron la reacción que tuvo el otro”, comenta Arias.

En las noticias, además, vio una escena desgarradora. La misma mujer que les preguntó si Juan Manuel vivía estaba en el piso llorando desconsolada. Se había enterado de que su hijo, Juan Manuel Arango, había muerto, al igual que David Alejandro Álvarez, otro de sus compañeros de clase.

Juan Manuel, recuerda Simón, era un niño que venía de la costa y había entrado al colegio ese 2006.

Todo era tristeza en la UPB. Nadie podía creer que uno de esos aviones que pasaba por Laureles todos los días podía causar semejante tragedia.

Uno de los momentos más dolorosos, recuerda el joven, fue cuando hicieron una misa de despedida para sus compañeros. La mamá de Juan Manuel no asistió, pero sí la mamá de David.

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“Al final de cada período, debíamos hacerles una carta a los papás sobre cómo nos había ido. Y David le dejó una carta a la mamá que puso a llorar a toda la gente. Le decía que él sabía que se estaba esforzando mucho por pagarle el curso de inglés particular, sin embargo, él le tenía que contar que había perdido inglés y le pedía muchas disculpas porque le había fallado”, recuerda Simón, quien agrega que su compañero soñaba con ser piloto.

Mami, cayó una avioneta en la UPB, pero yo estoy bien

El entierro fue en Jardines Montesacro, cerca de donde vive Simón. Cada vez que pasa por ahí recuerda a David, así como a Juan Manuel, y todo lo que pasó ese día en el que se salvó de morir.

“Recuerdo que a los 11 años Dios me dio otra oportunidad y he podido vivir muchas cosas desde ese accidente. Uno de verdad siente que eso no pasó, es que nadie cree que eso pasó. Uno tiene las imágenes de la avioneta cuando voltea y cuando golpea y el fuego. Y me acuerdo cuando me llamaron. Los recuerdos son por imágenes excepto de los segundos previos de impacto de la avioneta”, relata Arias.

Y aunque no les cogió miedo a los aviones, dice que no montaría nunca en avioneta.

Incluso recuerda que unos meses después del accidente estaba en el salón de clase y un avión pasó muy cerca. Al sentir ese sonido, que seguía siendo familiar pero perturbador, Simón y algunos de sus compañeros salieron corriendo.

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“No fue por miedo o temor, sino que ese avión pasó muy bajito y no pasó a la distancia que normalmente pasa”, explica Simón.

Arias no terminó el colegio en la UPB. Hizo décimo y once en un colegio de La Estrella, pero en 2012 regresó a la universidad cuando comenzó a estudiar Administración de Empresas. Estando allí volvió a escuchar a los aviones cuando le pasaban por encima.

El accidente

El avión que se estrelló en el colegio había despegado hacia las 8 de la mañana desde el aeropuerto Olaya Herrera y se dirigía al municipio de Ituango.

En este iban cinco personas: José Sierra Ospina (piloto), el sargento Isaías Moreno Rojas, el soldado Juan Carlos Barajas Maldonado y los civiles Juan Carlos Valderrama y Hugo Armando Andrade.

Siempre se ha manejado la teoría de que al ver las fallas del avión el piloto buscó un lugar para despegar, pero como estaba en pleno corazón de Medellín, lo único que vio despejado fue la cancha de la UPB.

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Aeropuerto Olaya Herrera

El principal obstáculo para trasladar este robusto volumen de operaciones está en que su infraestructura y enfoque son específicos.

Foto:

Jaiver Nieto/ El Tiempo

Según los testigos, el piloto primero intentó aterrizar la cancha Fundadores, pero al ver que esta estaba llena de niños, giró y buscó otro rumbo y finalmente cayó en un corredor donde, desde el aire, no pudo ver que tres niños estaban sentados allí.

Incluso, antes de la caída, en este lugar había más niños, por lo que se habla de que la tragedia pudo haber sido mayor. De igual forma, se evitó el impacto con uno de los bloques, donde había más de 3.800 estudiantes.

No obstante, según los registros, el piloto nunca reportó la emergencia con la aeronave.

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“Me da mucha nostalgia porque a las dos personas que fallecieron, compañeritos de 11 años, siento que Dios los llamó a su tiempo. Sin embargo, a lo mejor dejaron de vivir ciertas cosas. Y también hay unos de los que uno nunca habla pero que también eran seres humanos, los tripulantes del avión, sino que uno no les tenía cara”, comenta Simón.

MATEO GARCÍA 
Redactor de Nación
matgar@eltiempo.com
En Twitter: @teomagar

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