'Reparación por la muerte de mi hijo en avión de Avianca nunca llegó'

'Reparación por la muerte de mi hijo en avión de Avianca nunca llegó'

Clara Campuzano perdió a su familia en diferentes momentos; uno de ellos en el vuelo 203 de Avianca.

Clara Campuzano

Madre de uno de los tripulantes del vuelo 203 de Avianca que explotó por una bomba implantada por el cartel de Medellín.

Foto:

Cedida por el entrevistado

Por: María del Mar Quintana Cataño / Subeditora ELTIEMPO.COM
27 de noviembre 2019 , 09:32 p.m.

Una carcajada fuerte y poderosa hace pensar que su dueña, Clara Campuzano, una mujer de 77 años, ha tenido una vida más que plácida y feliz. Nada más lejos de la realidad.

Escuchar su historia sorprende no solo por la cantidad de golpes que ha recibido de la vida, sino por su capacidad de seguir sonriendo a pesar de todo lo que ha tenido que vivir. Es una mujer resiliente, fuerte y desbordante de alegría, como pocas personas quedan.

Clara creció en Antioquia y su hogar siempre ha estado ahí. Sus recuerdos, malos y buenos, le pertenecen al Valle de Aburrá y, según ella, “al pasado”.

Estuvo casada por muchos años con el hombre que le dio 6 hijos —tres mujeres y tres hombres—, pero del que ni su nombre menciona, pues le dio una mala vida rodeada de alcohol y maltrato.

“Vivimos durante nueve años en Urabá, en la selva, pero mi esposo perdió todo en medio del trago y sus malos negocios”, explica doña Clara en un tono suave y tranquilo.

Con el tiempo nacieron sus otros 6 hijos, primero los tres hombres y luego las tres mujeres. La última falleció recién nacida porque tenía problemas en los pulmones. 

Al pasar de los años, el comportamiento de su esposo se agudizó, y sin un peso en el bolsillo, pero con la voluntad y la verraquera que caracterizan a las mujeres antioqueñas, se divorció de su esposo y empezó sola a criar y a sacar adelante a sus hijos.

Fue poco a poco abriéndose campo en el mundo laboral. Entró a trabajar como asesora de seguros en Suramericana y otro par de empresas, con lo cual ayudó a que sus cinco hijos estudiaran y llegaran a la universidad. El mayor, Emilio José Díaz Campuzano, fue el primero en ir escalando.

“A sus 26 años ya era todo un profesional exitoso. Trabajaba en Johnson & Johnson en Medellín, pero pronto fue ubicado en Bogotá como gerente encargado del área hospitalaria de la multinacional. Más allá de eso, él era el mejor hijo que uno como madre puede soñar. Siempre estaba pendiente de mí y decía: ‘¡Mami!, voy a vivir muchos años para acompañarla’ ”, cuenta la mujer, y señala que las palabras de su hijo fueron como una señal de advertencia que nunca notó.

Emilio José Díaz Campuzano

Emilio José Díaz Campuzano, víctima del atentado al vuelo 203 de Avianca, el 27 de noviembre de 1989.

Foto:

Cedida por el entrevistado

Emilio se estableció en Bogotá, su carrera iba viento en popa y tenía una novia con quien planeaba casarse. Ya estaban haciendo todos los arreglos para su matrimonio. Además, Emilio viajaba con frecuencia a Medellín para visitar a su madre, pero también a su sobrino, Santiago, hijo de su segundo hermano, quien era para él la luz de sus ojos. “Lo amaba profundamente y siempre buscaba traerle algún regalo de sus viajes”, añade doña Clara.

El 27 de noviembre de 1989, Emilio llamó a su madre, como era costumbre, porque “él era como un novio mío, todo el tiempo me llamaba y me preguntaba yo dónde andaba, ja, ja, ja”, ríe la mujer, de nuevo, sacándole un poco de humor a uno de los momentos más difíciles de su vida.

“Pero Emilio no me dijo que iba a viajar, yo me enteré fue después que él iba era a una reunión de gerentes en Cali. Ese domingo solo me llamó a saludar y a avisarme que ya iba a entrar a misa con Vicky, su novia”.

Precisamente fue su prometida quien lo llevó al aeropuerto, se despidió de él como siempre en otros viajes de este tipo que él hacía, y partió sin saber que era la última vez que iba a verlo con vida.

El vuelo en el que 107 perdieron la vida

Emilio fue uno de los 107 pasajeros del vuelo 203 de Avianca que fue víctima de un atentado terrorista por parte del cartel de Medellín.

Como con todos los pasajeros, la muerte de Emilio representó la quiebra emocional de su familia, los sueños truncados de madres, hijos, esposas y prometidas, pero sobre todo el comienzo de un viacrucis para las familias que ya lo habían perdido todo (sus seres queridos), por lograr una reparación económica que en el caso de doña Clara nunca llegó.

Doña Clara recibió la noticia en su lugar de trabajo, una familiar fue la encargada de decirle que Emilio seguramente había fallecido en el avión que llevaba la ruta Bogotá-Cali. “Quedé fría, era la luz de mis ojos, no podía creerlo”.

“A mis 77 años, sigo esperando una reparación, aunque tengo claro que el mayor daño ya está hecho, ya mi hijo murió”.

Lo que recuerda después fueron momentos borrosos en los que su hermano y el siguiente de sus hijos decidieron viajar a Bogotá y no mandarla a ella, pues no querían que tuviera que pasar por el dolor de ver a su hijo muerto, no querían que sufriera más.

Mientras tanto, Victoria, la novia de Emilio, fue quien tuvo que llegar a Soacha, lugar donde cayó el avión, para reconocer el cuerpo de quien iba a convertirse en su esposo. “Todos los pasajeros quedaron destrozados. Vicky lo reconoció fue por la camisa que llevaba ese día”, agrega doña Clara.

Atentado avión Avianca: 30 años

Sicarios de Pablo Escobar que aún están vivos tienen la verdad sobre este atentado, pero se han negado a hablar.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Inicio del viacrucis

El dolor fue el sentimiento que marcó los siguientes meses y años de doña Clara, primero por la muerte de su hijo, segundo porque el día en que murió era el cumpleaños de Santi, el sobrino que él tanto amó, y el pequeño estaba destrozado; y por último, porque el Gobierno no supo dar una respuesta clara sobre lo que verdaderamente sucedió ese día y, además, 30 años después, no ha reparado a doña Clara y su familia.

“A nosotros nos respondió fue Avianca y la empresa donde trabajaba Emilio. Ellos sí siempre han estado pendientes. Pero el Gobierno nunca respondió y, a mis 77 años, sigo esperando una reparación, aunque tengo claro que el mayor daño ya está hecho, ya mi hijo murió”.

Ella tramitó todos los documentos que le solicitó el Gobierno para ser reconocida como víctima, pues además de todo lo que representaba para ella, Emilio era también un apoyo económico importante y doña Clara necesitaba dinero para completar esa parte que ahora no recibiría. Sin embargo, los meses fueron pasando y no la buscaban para repararla, como sí pasó con otras familias del accidente.

“Cada tanto me decían que faltaba un papel, a veces hasta me ilusionaban y decían que ya casi iba a salir todo, pero nunca fue así. Entonces, le pedí el favor a una amiga que trabajaba en la Unidad de Víctimas que por favor revisara mi caso y fue ella quien me dio la noticia de que mi nombre ni siquiera aparecía allá. No me habían reconocido como víctima y esta es la hora que no lo han hecho”, relata.

En medio de su lucha, doña Clara nunca se imaginó que recibiría el siguiente golpe que marcó su vida, su segundo hijo, el padre de Santiago, fue asesinado a sus 29 años por sicarios en Medellín que intentaban robarle sus pertenencias y no tuvieron reparo en dispararle y acabar con su vida.

“Yo no podía creer lo que me sucedía. ¿Ya tres hijos muertos?”… Se dispara un silencio de medio minuto que doña Clara interrumpe con las siguientes palabras: “Solo Dios sabe por qué tuve que enfrentar tanto dolor”.

Como madre y abuela, enfatiza es en su nieto Santiago, quien perdió a su tío a los 4 años y luego también a su padre.

“Es que el país en ese entonces estaba sumido en una ola terrible de violencia desprendida del narcotráfico. No había quién parara lo que sucedía en las calles, y mis hijos terminaron siendo víctimas de ello”.

Por si fuera poco, el tercer hijo de doña Clara enfermó de un cáncer que terminó llevándoselo y dándole la estocada final para que ella decidiera rendirse, como ella explica, ante Dios y tomar la valiente decisión, digna de admirar, que a muchos nos hubiera costado: seguir adelante.

Una cuarta oportunidad

Así, la mujer de pelo blanco y un espíritu inquebrantable decidió que iba a dedicar su vida a servirle al Dios que, según ella, la ha levantado del dolor, la ha sanado totalmente y le ha permitido ayudar a otras personas.

Se la ve gran parte del tiempo en la parroquia de Santa Teresita, en el barrio Laureles, ayudando en la eucaristía y en cuanto evento de beneficencia se presente, pues, como ella lo explica: “Mi misión todavía no se ha acabado. Si todavía Dios me da energías para ayudar a otros, lo seguiré haciendo. Pero seguiré esperando una respuesta del Gobierno”.

María del Mar Quintana Cataño

@Miradelmar

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