Una aventura poética por el río Magdalena

Una aventura poética por el río Magdalena

El geólogo Ignacio Piedrahíta presenta un libro de viajes por el Magdalena.

Ignacio Piedrahíta

l río Magdalena, el más importante del país, recorre 1.540 kilómetros desde su nacimiento hasta su desembocadura en Bocas de Ceniza.

Foto:

Ignacio Piedrahíta

Por: Miguel Osorio Montoya
12 de octubre 2019 , 08:05 a.m.

Grávido Río relata, en apariencia, la historia de un viaje de dos meses por el Magdalena. Pero lo contado por Ignacio Piedrahíta en las casi doscientas páginas del libro abarca millones años. Los seres humanos y su evolución, los ríos, las montañas, los astros y las piedras se develan ante la mirada de un viajero curioso, reflexivo y erudito. Frente a sus ojos, mientras camina por parajes disímiles, va recordando, casi armando un rompecabezas, de la historia natural y las implicaciones sociales que para Colombia ha tenido ese, su río más importante.

La aventura comienza al sur del país, en San Agustín. Acompañado por una lluvia perenne, natural al paisaje en esa época del año, el narrador divisa el valle del Magdalena y el río encañonado que, todavía estrecho, se precipita en medio de montañas escarpadas. En medio de una caminata solitaria, mientras se aproxima a un complejo arqueológico, recoge frutos del bosque y los come con despreocupación.

Ese acto sencillo, casi cotidiano, lleva al protagonista a una profunda digresión en la que termina contando cómo el hombre llegó a América. En medio de esa historia milenaria aparece la mirada del geólogo, la profesión de Piedrahíta. Frente a una pared natural, el escritor comenta: “Lo que tenía frente a mí no era otra cosa que el retrato de los movimientos de la corriente del mismo río en tiempos remotos”. Hombres y naturaleza se van entrelazando hasta casi depender, para bien o para mal, el uno del otro.

El volcán mostraba sus colmillos con sutil aviso de la verdadera dentellada

El autor cuenta que desde hace tiempo quería escribir un relato sobre el Magdalena. Sin embargo, al ver la prensa y la cantidad de reportajes que se publicaban sobre él, se sintió intimidado, incapaz de contar algo mejor de lo que ya se había sido dicho. “Hasta que pensé que yo podía ofrecer mi propia mirada del río, desde lo que a mí me interesa como geólogo y escritor”, comenta.

Por eso, en un comienzo, decidió viajar a San Agustín a ver qué pasaba. Una vez vio el río de aguas café, coloración común en las zonas tropicales, sintió una conexión especial, profunda. Entonces decidió bordear el cuerpo de agua hacia el norte, siguiendo el camino hacia el mar. Al estrecho cañón lo sucedió el desierto de la Tatacoa, en donde el narrador hace otra reflexión, muy a su estilo, de la interpretación que los presocráticos daban a los fenómenos naturales. Anaximandro, Heráclito y Jenófanes parecen acompañar al autor por el desierto.

Piedrahíta explica que una vez volvió a casa, luego del viaje de dos meses, se sentó escribir un primer borrador del libro. Este fue apenas un esbozo de lo que finalmente sería Grávido Río. Constaba en un relato plano, básico, de los lugares recorridos. Solo después, con los tres años de escritura que tomó el proyecto, nació el texto final, enriquecido por las reflexiones propias y la gran variedad de referencias histórico-literarias.

Hasta que pensé que yo podía ofrecer mi propia mirada del río, desde lo que a mí me interesa como geólogo y escritor

Ejemplo de esto es cuando el narrador recorre el sitio, casi fantasmal, en donde alguna vez estuvo Armero. Además de la desolación y la melancolía imperante, el autor reconstruye la historia de las erupciones del Nevado del Ruiz. Según cuenta, el primer registro existente es de 1595. Basado en una crónica de Fray Pedro Simón, Piedrahíta comenta cómo en aquella época sucedió un fenómeno parecido al de 1985, año de la gran tragedia. Para finales del siglo XVI, comenta, no había allí más que cultivos, ganado y algunas casas.

En 1845, por su parte, el volcán volvió a rugir. Esta vez, el autor se vale de las anotaciones del inglés Robert J. Treffry, quien en ese entonces era un directivo de la mina de Santa Ana. Si bien para esa época no se había fundado Armero, ya había en esa zona una población importante, por lo que la cifra de muertos no debió ser despreciable. Al final, el escritor recopila estas señales como amenazas no atendidas por los habitantes de la zona. Remata con una frase tan triste como poética: “El volcán mostraba sus colmillos con sutil aviso de la verdadera dentellada”.

Ignacio Piedrahíta

El geólogo presentó su libro en la Fiesta del Libro de Medellín.

Foto:

Cortesía Róbinson Muñoz

El recorrido de Piedrahíta continúa hacia el norte, pasando por Puerto Berrío para luego llegar a Mompox. En estos sitios, respectivamente, rememora los tiempos en que el ferrocarril, en la República, y el transporte fluvial, sobre todo en la Colonia, hicieron del Magdalena y sus alrededores el corredor más importante y transitado del país.

El escritor reconoce que el libro, editado por Eafit, ha tenido una gran acogida entre el público. Prueba de ello es que los 400 ejemplares impresos ya fueron vendidos casi en su totalidad. Después de terminar el relato quedó ‘vaciado’, sin ningún proyecto literario en marcha. Piedrahíta tendrá que fluir, como el Magdalena, para encontrar su próximo destino.

Miguel Osorio Montoya
Para EL TIEMPO

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