'El ocio improductivo es cosa de ociosos': Fernando Vera Ángel

'El ocio improductivo es cosa de ociosos': Fernando Vera Ángel

Estoy aprovechándolo de tal manera que pretendo extenderlo otro tanto.

Fernando Vera

Después de permanecer frente a la pantalla del computador de escritorio, dos diarios de lectura física cotidiana me copan alrededor de una hora.

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Cortesía

Por: Fernando Vera Ángel
15 de abril 2020 , 05:30 a.m.

Cumplí tres semanas de confinamiento. Estoy aprovechándolo de tal manera que pretendo extenderlo otro tanto, así lo viole unas cuantas horas el 27 de abril, para comprobar ese día la batahola que habrá de sucederse por el levantamiento parcial de este acuartelamiento obligatoriamente voluntario dispuesto por el Gobierno Nacional. Si las cosas marchan según lo previsto.

Ya me imagino en mayo y junio amparándome de las lluvias de temporada en los centros comerciales en donde marco tarjeta hace algunos años.

La rutina que adopté en razón de la cuarentena la varío en ocasiones por imprevistos, por el calor de la cobija en estas madrugadas lluviosas y frías, que arreciarán en las semanas por venir. En términos generales cumplo una hoja de ruta para acelerar el paquidérmico andar del reloj, instrumento de síquica tortura en la obligatoriedad del enclaustramiento.

Pasadas las cinco de la mañana estoy, con cartuja rigurosidad, encendiendo el móvil. Revisar mensajes de todo tipo es norma básica, no como consecuencia de la viral temporada, sino en razón de mi oficio. Algunos memes me ponen a botar corriente filosófica, otros me disgustan por mofarse del dolor ajeno.

Media hora después de la rutinaria apertura del día a día estoy frente a la pantalla del computador de escritorio, desde hace lustros mi principal herramienta de trabajo, de negocios, de cultura general, de relax, de interacción. Mi amigo fiel, dirán algunos, añorando su Renault 4.

En términos generales cumplo una hoja de ruta para acelerar el paquidérmico andar del reloj, instrumento de síquica tortura en la obligatoriedad del enclaustramiento

Con frecuencia suelo preguntarme cómo podría vivir sin este socio, dispuesto a acompañarme pese a lo impropio de la hora en que puedo recurrir a él. Es la misma pregunta que me hago al minimizar la necesidad de la cada vez más obsoleta telefonía fija y tengo cerca un celular disponible. O silencioso, si así lo quiero.

Como inicio de la jornada rutinaria, dos diarios de lectura física cotidiana me copan alrededor de una hora. En el repaso minucioso de ellos tuve oportunidad de toparme por estas fechas con las crónicas de Alejandro Mercado y Memo Ánjel en EL TIEMPO sobre cómo se aislaron para reducir la inminencia del contagio del COVID19. Otras de personajes casi anónimos o de puntual reconocimiento igual relatan el día a día por esta contingencia universal.

Cuando concluyo el mecánico ejercicio físicomental me dispongo al primer golpe gastronómico, a un texto entreabierto o aún preservado por celofán, a un cuaderno de notas. ¡Y pa´l televisor!, en busca de alguna película para repetir junto a mi esposa, si es de aquellas que nos gustaron en la pantalla grande. O para ver por primera vez. O para seguir ciertas sagas, ahora en la parrilla de los operadores televisivos sin odiosas cláusulas de obligatorio cumplimiento.

Cuando concluyo el mecánico ejercicio físicomental me dispongo al primer golpe gastronómico, a un texto entreabierto o aún preservado por celofán, a un cuaderno de notas. ¡Y pa´l televisor!

Alrededor de las diez de la mañana hacemos unos ejercicios domésticos y recorremos silenciosos los veinte pisos de escaleras del edificio donde vivo, mientras, pienso en los huevos del gallo y María Cecilia reza un rosario. Este ascenso por las escaleras y descenso por ascensor es una forma de activar músculos que aprendí en otra época de mi vida, cuando capos del narcotráfico me obligaron a pagar escondrijos a peso por mis simpatías políticas y ejercicio periodístico.

El resto de la jornada calendaria pasa lenta o veloz, según los eventos que incluya. A las ocho de la noche, en una ventana o en el balcón, aplaudimos a médicos, auxiliares, bomberos, conserjes y personas que evidencian el acatamiento al juramento hipocrático, sus cualidades solidarias, su responsabilidad ocupacional.

Es cosa de dos o tres minutos. Después, las horas se suceden igual de lunes a domingo, hasta casi la medianoche, es entonces cuando suspendemos las luces multicolores de la caja mágica para retomar el día a día.

Libros que esperaban en anaqueles hasta sentirse al fin escudriñados, botellas de vino ansiosas de que las sacase de inventario, esculque de apolillados recortes de prensa y
álbumes fotográficos son pruebas irrefutables de que el ocio improductivo es cosa de ociosos.


FERNANDO VERA ÁNGEL
Para EL TIEMPO


*Espere todos los días una entrega de #DiarioDeLaCuarentena, una serie en la que colombianos escriben cómo se vive el aislamiento obligatorio desde sus profesiones.

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