‘El suceso que me dejó un daño y algo que aprender’

‘El suceso que me dejó un daño y algo que aprender’

Testimonio de abuso sexual infantil.

Abuso sexual infantil

Durante el año pasado se registraron 2.154 denuncias por abuso sexual infantil en Medellín, según cifras entregadas por la Alcaldía.

Foto:

Archivo

Por: Maria Camila Ramírez Cañón 
07 de abril 2019 , 12:05 a.m.

Jamás pensé en ser scout y, mucho menos, esperé tener que abandonarlo luego. El contacto con la naturaleza, los amigos, aprender cosas nuevas, las salidas, valerme por mí misma… todo era fascinante.

Solo estuve entre mis 10 y 12 años, pero ese tiempo fue suficiente para cambiar radicalmente mi vida.

El 10 de marzo del 2012 hubo un campamento en Santa Elena. Solo fuimos los líderes del grupo junto con los jefes (adultos que estaban pendientes de que nosotros hiciéramos las actividades).

Éramos pocos y a todos los quería, especialmente a los jefes. Apenas llegamos cada uno tuvo que armar su carpa con un plástico negro. Por alguna razón se me olvidó hacerle puertas a la mía.

Hicimos muchas actividades en el día y en la noche, hasta que pudimos irnos a acostar.

Di vueltas y vueltas, no era capaz de dormir, tiritaba de frío porque mi cambuche no tenía puertas. Tuve que hacer algo: fui a la carpa de los jefes. Dormían todos juntos en la carpa del lado.

Llamé, cualquiera podría estar despierto y salir a ayudarme. ‘Beto’ apareció, era su último campamento porque dejaría los scout. Me alegró verlo porque lo extrañaría, trató de tranquilizarme y me volví a acostar, él también regresó a dormir.

Pasó un rato y cada vez tenía más frío, me levanté de nuevo e hice lo mismo que había hecho antes. Él apareció, pero esta fue distinto.

—Me preocupa que tengas hipotermia.
—No creo, solo tengo frío.
—Hay una forma de estar seguros y esa es tocando las partes íntimas. —Poco después supe que me mintió.

Yo no tenía idea de qué hacer, me quedé paralizada. Tenía miedo, me sentí confundida. Él hizo lo que dijo. Metió su mano dentro de mi pantalón y con sus dedos palpó mi vagina. Me sentí incómoda, pero no me moví.

—Parece que estás bien, ve a dormir —me dijo.

Reaccioné, me entré en ese plástico. Él puso unos bolsos en las puertas para que no entrara el frío y se fue. Yo estaba acostada, intenté comprender lo que había pasado y pensé: “Solo él en su conciencia sabe si lo hizo con mala intención”. Me dormí.

Al día siguiente me sentía extraña, desanimada, como una intrusa en ese grupo que había sido mío.

No aguanté más, me sentía incómoda y ya no confiaba en nadie

‘Beto’ me pidió que no le dijera nada a nadie de lo que había sucedido la noche anterior. Accedí, le mentí.

Después de los trabajos regresamos al parque de La Floresta. Mi mamá me esperaba. Luego de un rato me notó extraña y preguntó qué me pasaba. ‘Beto’ estaba junto a nosotras y se anticipó a responder diciendo que era por una reflexión que propuso.

Mamá cargó la maleta y nos fuimos a pie hasta la casa, que queda cerca del parque. En el camino le conté detalladamente lo que en realidad había sucedido.

Ella se mostró tranquila, pero apenas llegamos buscó en internet si lo que él había dicho era verdad, pero no encontró nada. Me pidió que fuéramos a la tienda donde mi papá, mi hermano y mi tío veían un partido de fútbol. Mi mamá, en medio de la angustia, habló con mi tío que es médico.

—Rubén, ¿es verdad que al tocar las partes íntimas de alguien uno se da cuenta de que tiene hipotermia?
—No, no, eso es mentira. ¿Por qué?, ¿qué pasó? —Mi mamá les contó lo que pasaba.

Ahí mismo, ella llamó a uno de los jefes para saber dónde estaban. Minutos después me encontré en el carro mientras mis papás enfrentaban a ese tipo delante de la jefa del grupo y otro jefe. Mi papá quería confrontarlo conmigo para que confesara. No tuvo más remedio que aceptar que yo tenía razón. Intentó justificarse, luego dijo que entendía que estuvieran molestos.

A los ocho días volví a la reunión de los scout. Fue mi última vez . No aguanté más, me sentía incómoda, ya no confiaba en nadie y mucho menos en aquellos que más quería. Me salí, dejé eso que me hacía tan feliz por culpa de un tipo al que nunca más volví a ver.

Lo último que supe fue que mi mamá envió una carta a la Corporación Scout de Antioquia donde contó la situación y a él le prohibieron hacer parte de cualquier grupo. Nunca quise demandarlo, ni nada parecido porque me pareció aterradora la idea de que una niña —como lo era— tuviera que contar delante de desconocidos lo que le había pasado. Pensé que sería peor para mí, nadie me llevó la contraria.

Sin embargo, creí que ya había pasado lo peor, pero apenas era el comienzo de muchas otras secuelas que me dejó el suceso.

Durante el 2012 sentí que todo era culpa mía, yo no grité, tampoco me negué, no hice nada, se lo permití. Eso concluí. Fue mucho más fácil perdonarlo que perdonarme. Pasé varias noches sola, llorando y llenándome de remordimiento. Era una niña de 12 años que no entendía por qué había tenido que vivir eso.

Tampoco quería hablar con mis papás porque me pareció que se había convertido en un hecho innombrable. Yo sabía que ellos se sentían mal por no protegerme. No quería recordarles eso, no quería que se sintieran responsables.

Con el pasar de los años fui sacando el dolor y la culpa.

Le conté a cinco amigas del colegio, confiaba en ellas. Después una les diría a otras personas. Me explicaron que hablarle a la gente hacía que me sintiera liberada, entonces lo conté ante todo el salón.

Pero, siempre que hablé del abuso lo que sentía era que no lo podía mencionar más, que no tenía por qué molestar más con lo mismo.

Cuando hacían campañas sobre la violencia sexual en mi colegio o cada vez que mencionaban algo relacionado un dolor profundo me invadía y no entendía por qué. Se suponía que era un tema superado, del pasado.

“Los casos de abuso sexual tienen la característica de que alguien ejerce poder sobre la sexualidad de otra persona y la hace sentir vulnerada en distintos aspectos. Las consecuencias de este hecho varían según el sujeto, pero siempre es necesario que se vuelva a construir la sexualidad”, me explicó Luisa Guisao, sicóloga y estudiante de Maestría en Psicología y Salud Mental.

Con el pasar de los años fui sacando el dolor y la culpa. Hablé muchas veces más del tema con varios sicólogos y un acompañante espiritual, ellos me ayudaron a identificar efectos colaterales que me quedaron del suceso para trabajarlos, superarlos y poder reconstruir los aspectos afectados.

Una de las primeras consecuencias que percibí fue la marcada separación que tengo entre el amor (sentimiento) y el deseo (carnal). Yo quería a ‘Beto’ y me hizo daño porque confié en él y se aprovechó para buscar placer. Eso supuse. Desde entonces siento que la mezcla del amor y el deseo solo puede producir dolor o que al final uno de los dos elementos perece.

El ejemplo perfecto es mi último novio. Él era mi mejor amigo, yo lo amaba y se empezaron a dar las cosas entre los dos. Me enamoré y pude desearlo, pero con el tiempo regresé a verlo solo como amigo. El deseo se evaporó y solo me quedó el cariño que le tenía y la promesa de seguir con la amistad, como fuera.

La secuela más reciente que descubrí fue a mediados de 2018, fue difícil porque me hizo recordar que no era tema superado, que tenía que trabajar más. Me besé con un amigo muy cercano y creí que eso nos uniría un poco más. Fue todo lo contrario, nos alejamos y eso me hizo sentir usada, luego abandonada. Era un dolor muy profundo, desgarrador, lo peor fue que no sabía cómo acercarme a quien quería tanto.

De la decisión de aceptar la importancia de mi pasado en mi presente surgió el deseo de hablar de mi abuso sexual con la mayor naturalidad posible.

Sin duda la consecuencia más fuerte que me quedó del abuso sexual ha sido tener que reparar mi sexualidad. Me ha costado mucho relacionarme bien con mi cuerpo y tener una cercanía más íntima con el de los demás. Es un proceso y siento que he avanzado mucho, pero me da miedo que algo me regrese al principio.

Lo que pasó hace parte de lo que soy y quererlo cambiar es lo mismo que querer cambiar lo que soy. Además, no todas las consecuencias han sido negativas. He descubierto y aprendido cosas maravillosas. Por ejemplo, me di cuenta de que soy muy resiliente, que tengo la capacidad de confiar en mí y que reflexiono constantemente sobre mi vida —busco darle sentido a lo que hago—, soy sensible, asumo la vida con profundidad, entre otras cosas.

De la decisión de aceptar la importancia de mi pasado en mi presente surgió el deseo de hablar de mi abuso sexual con la mayor naturalidad posible.

No se trata de quitarle importancia sino de no evitar el tema ni ponerle misterio, puesto que es un hecho imposible de cambiar y tampoco me define por completo.
Hoy pienso en la niña de ese campamento. Veo en una foto que conservo su inocencia, ilusión y amor por la vida. En parte lamento lo que le pasó porque no es justo, eso no debería pasarle a nadie. Por otra, siento que estoy en paz con ella, he hecho todo lo posible para sanarla, acogerla y amarla.

MARIA CAMILA RAMÍREZ CAÑÓN
Para EL TIEMPO
MEDELLÍN
En Twitter: @MCamilaRamirezC

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