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La historia del Presidente más de malas de Colombia
Marco Fidel Suárez

Museo Marco Fidel Suárez, en Bello.

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Jaiver Nieto

La historia del Presidente más de malas de Colombia

Museo Marco Fidel Suárez, en Bello.

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Jaiver Nieto

Hace 100 años, Marco Fidel Suárez fue apartado de su cargo por una pandemia. Esta es su historia.

Desde el primer presidente de la República que tuvo Colombia, Simón Bolívar, hasta el actual mandatario, Iván Duque Márquez, han pasado 60 que han debido enfrentar diferentes, penosas y hasta agotadoras contrariedades en el ejercicio del poder.

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Dificultades propias de la actividad partidista, pasando por los aparentemente insolubles problemas económicos, siguiendo con la siempre inconstante paz y seguridad, y terminando con la búsqueda del encomiable o criticable manejo de las relaciones internacionales.

Sin embargo, ningún gobernante pudo vivir más desventuras y conocer más penas que el antioqueño Marco Fidel Suárez.

“Él sufrió mucho. Cumplió con un papel para el que no estaba dispuesto ni preparado. Debió seguir siendo poeta y no meterse en la política”, dice el historiador Luis Carlos Rodríguez Álvarez.

Pero otros historiadores también destaca cómo a pesar de las graves limitaciones de las finanzas públicas, durante el gobierno de Marco Fidel hubo avances significativos en construcción de vías públicas, instalación del telégrafo inalámbrico entre varias ciudades, explotación de las salinas marinas, inauguración del puerto marítimo en Buenaventura y basado en las primeras experiencias aéreas en el país, promovió ante el Congreso la necesidad de desarrollar la aviación militar.

Fue así como el 31 de diciembre de 1919 sancionó la ley 126 por medio de la cual se creaba la aviación como la quinta arma del Ejército y se disponían los recursos para la fundación de la Escuela Militar de Aviación.​

Este estudioso de la historia de la música en Colombia se interesó por la vida de Suárez porque ambos nacieron en Bello, municipio del norte del valle de Aburrá, y porque desde que estaba en la escuela le hablaron del significado que tenía ese hombre de ojos tristes y mostacho entrecano, calvo y rechoncho, vestido elegantemente con corbatín, chaleco y saco. Importancia no solo para la municipalidad sino también para el país.

Don Marco Fidel Suárez nació el 23 de abril de 1855 en una choza del entonces caserío rural llamado Hatoviejo

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La choza ha sido uno de los símbolos que identifica al municipio bellanita.

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Aquí viene la primera contrariedad. Pudo haber tenido el apellido Barrientos, una linajuda y tradicional familia antioqueña.

Don José María Barrientos era una persona acaudalada y durante un tiempo desempeñó cargos oficiales. “Se le tenía como a uno de los magnates del pueblo”, escribe el historiador Rodríguez.

Pero, el padre no lo reconoció oficialmente para no ofender a su esposa. Cuando enviudó le escribió a Marco Fidel ofreciéndole el apellido. El futuro Presidente declinó el ofrecimiento pues ya había ganado fama con el apellido de su madre Rosalía, lavandera y aplanchadora de ropa del pueblo, reconocida como una mujer morena y bajita, de distinguidos rasgos atractivos que sedujo al galán de los Barrientos.

Sí le prometió, en cambio, que usaría el apellido paterno en la correspondencia familiar.

Cerca al parque del hoy Bello, encontramos la choza de paja en donde nació el ilustre hombre y que retrata a la perfección la precariedad del hogar. La choza ha sido uno de los símbolos que identifica al municipio bellanita. En ella se conserva una colección de algunos de sus objetos personales, donados por su nieta, Teresa Morales de Gómez, entre los que se encuentran fotografías, cartas, manuscritos, la banda presidencial, una ruana, un gorro, una bufanda, y la cartilla en la que aprendió a leer.

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Hay dos imágenes recurrentes. Para unos historiadores tienen asidero en la realidad. Para otros, en cambio, son el fruto de una leyenda tejida para enaltecer aún más las privaciones y desvelos de un hombre que hoy sigue figurando al lado de Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo como uno de los grandes gramáticos colombianos de finales del siglo XIX y principios del XX.

Una primera de esas representaciones se trata de un niño arrimado a una ventana, mirando a través de los barrotes y escuchando con atención las lecciones que dicta un profesor. La otra es caminando por las empedradas y fangosas calles de su natal pueblo vendiendo panes y galletas, que su mamá preparaba, para ayudar en el sustento de la casa.

En fin, lo cierto es que Marco Fidel estudió en la escuela pública del pueblo al lado de los piadosos sacerdotes, Joaquín Bustamante y Baltasar Vélez, quienes siempre lo protegieron. Pasó después al colegio que otro sacerdote, Joaquín Emilio Restrepo, regentó primero en Medellín y después en el municipio de La Ceja, oriente antioqueño.

Los alumnos de ese plantel vinieron a formar el núcleo del primer Seminario de Medellín. Al joven Marco Fidel se le fue afianzando la férrea convicción de que su vida la dedicaría al ejercicio del sacerdocio.

Museo Marco Fidel Suárez, en Bello

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No obstante, aquí vendría otra desdicha. Después del largo período de preparación eclesiástica su ordenación como ministro de Cristo fue rechazada por una única razón: era hijo natural no reconocido por su papá, José Barrientos.

Alonso Palacios Botero, ingeniero civil e ingeniero administrador de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional, Miembro de número de la Academia Antioqueña de Historia desde el 2014, y actualmente su vicepresidente, quien también ha dedicado un estudio a la figura de Suárez, cuenta que: “Don Marco Fidel durante varios años, diríamos muchos, tuvo la esperanza de ser sacerdote. Pero, este ideal largamente acariciado, de un momento a otro se convirtió en una frustración…Hoy no se entiende la rigidez de la norma eclesiástica de la época de impedir la ordenación sacerdotal de un hijo natural”.

Decepcionado por esa absurda decisión de sus superiores eclesiásticos se dedicó al magisterio.

No si antes sufrir otro revés en su vida. Se alistó en la guerra civil de 1879 como soldado bajo el mando del coronel Braulio Jaramillo, conservador, quien luchaba contra el general vallecaucano Tomás Rengifo.

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En el Cuchillón, cerca de Santa Rosa de Osos, en el norte de Antioquia, Marco Fidel fue nombrado teniente en el campo de batalla. Fue derrotado, huyó y se refugió en una hacienda cercana hasta que el gobierno del Estado concedió un indulto general a los insurrectos vencidos.

Hoy no se entiende la rigidez de la norma eclesiástica de la época de impedir la ordenación sacerdotal de un hijo natural

Al año siguiente, se trasladó a Bogotá e ingresó al Colegio del Espíritu, dirigido por Sergio Arboleda y Carlos Martínez Silva. De nuevo apoyado por sacerdotes. Allí, disfrutando de una beca, fue a la vez estudiante y catedrático.

También conoció a Miguel Antonio Caro a quien reemplazó por algo más de un año en la dirección de la Biblioteca Nacional y a cuyo lado acrecentó su pasión por las letras. Es así como a los 26 escribió un ensayo sobre la gramática de la lengua que le mereció elogios y reconocimiento en el mundo académico de entonces.

Marco Fidel fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Fue propuesto en 1883 por Miguel Antonio Caro y Carlos Martínez Silva y, al año siguiente, la Academia Española confirmó su elección y lo nombró miembro correspondiente (tenía menos de 30 años). Suárez, en 1902, ingresó como miembro de número a la recién fundada Academia Colombiana de Historia.

Esas mismas amistades lo fueron acercando a la clase política y a que en 1918 alcanzara la presidencia de la República.

Pero antes de llegar a esa Primera Magistratura se desempeñó en muchos otros oficios hasta vincularse como oficial mayor y luego como subsecretario en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Se cuenta que alcanzó a ser Ministro de Instrucción Pública, encargado del Ministerio de Hacienda, y dos veces Ministro de Relaciones Exteriores, primero en la presidencia de Carlos Holguín y luego en la de Miguel Antonio Caro.

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Ese acercamiento a la clase política, sumado a su conocimiento del latín, la lectura de los clásicos griegos y romanos, a su talento para la gramática y la poesía, lo llevó a la Presidencia. Cargo que asumió el 7 de agosto de 1918 tras derrotar en las urnas al también conservador y poeta Guillermo Valencia.

Más allá de la virulenta oposición que vivió de una parte de miembros de su propio partido, como Laureano Gómez, y de los liberales, encabezados por Eduardo Santos, Enrique Olaya Herrera y Alfonso López Pumarejo, lo que dio al traste con su sueño de gobernante fue la inesperada muerte en Estados Unidos de su hijo, Gabriel, víctima de la gripa española.

Esta pandemia es considerada la más mortal de la historia pues en un año mató a 40 millones de seres en el mundo.

El joven, quien había emigrado un año antes a estudiar ingeniería en Nueva York, murió a los dos meses de su padre haber asumido el cargo más importante del país.

Conocida también como ‘la madre de todas las pandemias’, la gripa española se extendió hasta 1920.

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Cortesía Cromos

A la tristeza por la partida de su hijo, solo y tan distante, se sumó la falta de recursos económicos para repatriar el cuerpo. Para solucionar este doloroso inconveniente, Marco Fidel decidió acceder a un préstamo del Banco Mercantil Americano amparando el crédito en su salario durante seis meses.

Y ahí fue la debacle. Cierto que su gobierno venía siendo cuestionado, entre otras, por las dificultades en la aprobación del tratado Thompson-Urrutia, (entre el plenipotenciario norteamericano Thadeus A. Thompson y Francisco José Urrutia de parte de Colombia) cuyo objetivo era solucionar el conflicto entre estadounidenses y colombianos, provocado por el apoyo que brindó Estados Unidos a la separación de Panamá de Colombia en 1903, sus opositores no vacilaron en emprender un juicio de indignidad y lo acusaron de haber vendido sus sueldos y con ellos la dignidad del país.

El 4 de noviembre de 1921 el presidente Suárez negoció, entonces, su salida. Se apartó del poder y a cambio el Congreso elegiría al designado presidencial, Jorge Holguín, y le permitirían enviar, en su último acto de gobierno, la ratificación del Tratado Urrutia-Thomson.

Cuatro años después, el 14 de noviembre de 1925, la Cámara de Representantes absolvió a Suárez. Portadores de la proposición de sobreseimiento fueron los representantes Alejandro Cabal, Luis Salas y Carlos Tirado Macías. El marginado mandatario los recibió en su casa y al darles las gracias les dijo:

Me devolvéis la vida porque me devolvéis la honra; nada tenía que esperar ya de mí

“Me devolvéis la vida porque me devolvéis la honra; nada tenía que esperar ya de mí; soy un anciano próximo a morir. La proposición aprobada por la honorable Cámara y que vosotros me traéis, más que por mí, me regocija por mis nietecitos. En lo sucesivo podrán levantar sus frentes sin que nadie, en justicia, les pueda decir que no descienden de un hombre honrado”.

Al año siguiente, siendo presidente Miguel Abadía Méndez, fue nombrado Canciller. Suárez declinó el ofrecimiento alegando razones de salud y el 3 de abril de 1927 murió en Bogotá. Tenía 71 años.

El historiador Palacios Botero escribe, recordando el periplo azaroso del considerado un hombre de ejemplares virtudes ciudadanas y religiosas, un tesoro de inestimable valía en sus obras inmortales y el decoro ilustre, que antes de morir Suárez retomó su pasión por la escritura y se dedicó a escribir sus ensayos, que luego se agruparon en la célebre obra Los sueños de Luciano Pulgar, “en los que empleó una castiza redacción, con un estilo depurado e incisivo, para referirse a todos los temas que lo apasionaron o le quitaron el sueño durante su vida”.

JORGE IVÁN GARCÍA JIMÉNEZ
Subeditor EL TIEMPO
Medellín
jorgar@eltiempo.com

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