¿Cómo sobreviví a una bomba de Pablo Escobar?

¿Cómo sobreviví a una bomba de Pablo Escobar?

Hace 27 años perdí la masa encefálica del lado izquierdo de mi cerebro, pero la música me salvó.

#CómoSalíDe

Danilo Jiménez, víctima de la bomba de la plaza de toros La Macarena de Medellín en el año 1991, era el director de la banda Marco Fidel Suárez.

Foto:

Jaiver Nieto / EL TIEMPO

Por: Danilo Jiménez*
17 de octubre 2018 , 12:11 p.m.

Soy Danilo Jiménez, tengo 80 años, a veces se me pierde el hilo, no voy concatenando bien la cosa, me pierdo, y repito. Pero les voy a contar mi historia.

La octava corrida

El reloj estaba marcando las seis y cuarto, ya se había terminado la corrida, era una de las últimas de la temporada que empezaba en enero y terminaba a mediados de febrero. La gente ya estaba saliendo de La Macarena (la plaza de toros de Medellín) cuando estalló la bomba. La gente se estaba dispersando. Fue un estallido, dicen que de 150 kilos de dinamita. Un estallido horroroso, gritos y sangre.

Queda uno horrorizado, yo creo que esa es la mayor palabra. ¿Después de horror cuál es?

A mí me llevaron rápido, pero a mi señora se demoraron mucho para encontrarla y quedó muy desfiguradita, quedó sin un ojito, un ojito verde.

Eso lo supe mucho tiempo después. De hecho, solo años después fui consciente de todo lo que había pasado. Recibí todo el golpe en la cabeza, perdí masa encefálica y muchas capacidades mentales, como la memoria. Todavía tengo algo de esa desorientación.

Era el director de la banda Marco Fidel Suárez, una de las más importantes de Antioquia y que para esa época siempre tocaba en las corridas de toros. Mi papá la fundó y yo, que trabajé con él desde que tenía siete años, quedé a cargo. Hoy, mi hija y mi yerno siguen con la banda. Yo no la puedo dirigir, pero sigo tocando con ellos.

Solíamos tocar unas piezas para ambientar la entrada de la corrida, luego nos entrábamos a la parte alta de la plaza, y después de la corrida, cuando había conjuntos y papayeras por todo lado, seguíamos tocando. Es que había mucha plata.

Volviendo al 16 de febrero de 1991. La bomba estaba debajo del puente de la avenida San Juan, afuera de la plaza de toros, si hubiera estado adentro hubiera sido la hecatombe. Fue puesta en un carro Mazda y estaba dirigida contra policías del F-2, por eso muchos de los muertos fueron agentes de inteligencia. El número nunca se supo con exactitud, primero dijeron que 10 policías y otras 7 personas perdieron la vida, después que habían sido 9 policías y 19 visitantes. La verdad es que después se siguió muriendo gente, por las quemaduras y las heridas. La plaza ese día estaba llena. Los heridos fuimos casi 150.

Danilo Jiménez

Danilo Jiménez, víctima de la bomba de la plaza de toros La Macarena de Medellín en el año 1991.

Foto:

Jaiver Nieto / EL TIEMPO

Tres músicos que trabajaban conmigo murieron; entre ellos, mi primo Absalón Alzate. Él y Bertulfo Rincón se murieron en el instante de la explosión, pero Arturo Tobón, que tocaba la tuba, se agravó unos meses después y se murió. Los otros quedaron heridos, los que están vivos todavía tienen problemas en los oídos, en los ojos.

Otras de las víctimas eran conocidas de mi familia, porque la tradición de los toros nos había acercado a quienes más frecuentaban la plaza.

Mi esposa no tocaba en la banda, pero era mi compañerita y me ayudaba mucho, entonces ese día, como en casi todos los 38 años que tocamos en La Macarena, estaba ahí. Nosotros administrábamos juntos el grupo. Aunque la mayoría de músicos tenían otros trabajos -en talabartería, carpintería, en fábricas, o ya eran pensionados-, mi esposa y yo trabajábamos tiempo completo en la banda.

Recuerdo muy poquito de lo que pasó después. Esta parte de la historia me la contaron mis hijos. Recuerdo el estallido, pero las imágenes que tengo guardadas de las llamas, de los muertos, de las latas de los carros –porque se quemaron como unos 30- es porque las vi después en videos.

Las personas se murieron por las quemaduras o por la metralla y las latas que volaron por los aires y se les incrustaron, también hubo personas que del desespero por el fuego se tiraron al Río Medellín y ahí se murieron.

A mí me llevaron a la clínica Medellín, donde los médicos decidieron, luego de preguntarle a mis hijos, que lo mejor era extraerme la masa encefálica del lado izquierdo del cerebro, pues había más riesgos de que quedara loco o muy mal si intentaban sacar una a una las esquirlas.

Dos días después ya estaba en la casa, pero como un niño: no sabía escribir, leer, coger los cubiertos y casi ni hablar.

A mi esposa, Gabriela Jiménez, la llevaron primero al anfiteatro del hospital San Vicente, yo creo que a esperar que se muriera porque estaba muy mal. Pero un primo, que era médico, la reconoció entre los heridos y la llevó a la clínica del Rosario. Estuvo en coma un tiempo.

Le hicieron cinco cirugías. Le dio meningitis, hidrocefalia, quedó paralizada en medio cuerpo. El primer año estuvo todo el tiempo en una cama. Le intentaron hacer terapias, pero no se dejaba por el dolor. Optaron por hacerle la vida lo mejor posible, entonces le pusieron una prótesis en el ojo y le consiguieron una silla de ruedas. Ella no perdió nada de memoria, pero hablaba muy enredado. Seguimos siendo compañeritos, juntos siempre, hasta que se murió en el año 2007.

Juan Fernando, mi hijo mayor, estaba con nosotros ese día pero había salido rápido de La Macarena cuando se acabó la corrida, entonces no le tocó la bomba. Él se devolvió cuando escuchó el estruendo y alcanzó a enterarse de que a mí me estaban llevando a una clínica, pero de la mamá solo encontró los zapatos y vino a saber de ella como siete horas después porque a los heridos los repartieron por todos los hospitales de Medellín.

La vida en la ciudad de Escobar

Los 80 fueron unos buenos años para la banda. Tocábamos en eventos en todos los barrios de Medellín, también en Bello, donde, de hecho, fue fundado el grupo. Con un repertorio de más de 300 canciones, tocábamos en procesiones, misas, reuniones políticas y en las corridas. Y, cuando salíamos de la plaza en los días de toros, nos repartíamos para ir a los remates a diferentes partes: a la 70, al restaurante Las Margaritas en las Palmas…

Tenía todas mis facultades, y estaba joven. Trabajábamos mucho. Y es que había trabajo para todo el mundo por cuenta, principalmente, de Pablo y otros mafiosos que hacían que todo se moviera.

Banda Marco Fidel Suárez

Junto a su director, Danilo Jiménez, (tercero de izquierda a derecha) otros de los músicos que conformaban la banda Marco Fidel Suárez alistándose para una presentación.

Foto:

Danilo Jiménez

Yo sé que hoy a la gente le impresiona mucho esto, pero cuando empezó a hacer política la gente en Medellín tenía contacto con Pablo Escobar, era lo normal.

Como éramos una de las bandas más conocidas en la ciudad, un día una persona me mandó llamar para decirme que íbamos a hacer una correría política. Yo siempre estuve tocando, haciendo música, nunca nada más. Al principio las contrataciones fueron esporádicas, pero luego más frecuentes como parte de un programa que se llamó Medellín sin tugurios. Cada ocho días, durante unos dos o tres años, fuimos a diferentes barrios a tocar, mientras Pablo hacía campaña política.

Él instalaba el evento. Empezábamos tocando el himno nacional, después el de Antioquia, y luego la fiesta. Llegábamos a las 12 del día y la celebración se acababa a medianoche. Pablo se iba, pero dejaba todo pago… la época de bonanza. Aparte de ese programa había trabajo con otros mafiosos, incluso, afuera de Medellín.

Ahora decimos que el mismo que puso la bomba y casi nos mata era la persona que más nos había dado trabajo. De alguna forma, el que ese día no hubiera ido a la corrida, era una señal, precisamente en esos años donde todos los días atentaban contra la Fuerza Pública y ponían bombas en cualquier parte.

Banda Marco Fidel Suárez

Banda Marco Fidel Suárez entrando a la plaza de toros La Macarena, en Medellín.

Foto:

Danilo Jiménez

En La Macarena, a la banda la contrataba Jaime Arango, el director de las corridas. El municipio es el propietario de la plaza, pero Jaime alquilaba el espacio.

En esos años también viajamos por todo el país con contratos con las alcaldías y las gobernaciones, y salimos del país, fuimos a Venezuela y también a Bruselas en Bélgica, por un contrato con el teatro Mapa.

La música me salvó

Después de la explosión quedé como un niño, pero lo único que no se me olvidó fue la música. Mientras mi hermano intentaba sacar adelante la banda, yo aprendía a leer, a escribir y a hilar mejor las palabras. Y aunque no sabía esas cosas podía tocar mis instrumentos de percusión: los platillos, el bombo y el redoblante. Eso fue lo único que me quedó, ese sentido musical.

No sabía cuál era la mano izquierda y cuál la derecha, yo iba para un lado y me movía era para el otro. Entonces me hacían terapias con juegos de niños para enseñarme las letras y enseñarme a comer. En mi casa instalaron un tablero y todos se dieron a la tarea de enseñarme. Estos años después digo que no pude recuperar la ortografía que tenía antes del accidente, porque era muy buena, pero a mis más de cincuenta años aprendí otra vez a leer y a escribir.

Los médicos dicen que fue un milagro que recuperara casi todas mis facultades; soy un poquito lento, me demoro para entender lo que me están diciendo, tengo problemas de dislexia y con las praxias y el cálculo, pero mi cerebro tenía guardado en el hemisferio derecho toda la información que había aprendido en mi vida sobre música, por eso me pude recuperar.

Mi cerebro tenía guardado en el hemisferio derecho toda la información que había aprendido en mi vida sobre música, por eso me pude recuperar

Como al año empecé a recordar cosas, tanto así que mis hijos dicen que me volé de la casa, me fui para el centro porque un día recordé cómo ir. 

Mi esposa nunca volvió a estar muy bien. Hablaba enredado, quedó en silla de ruedas. Pero siguió pendiente de los dos hijos: Paula y Juan Fernando. Yo la cuidaba mucho, la llevaba a todas partes, seguimos siendo compañeritos.

A La Macarena volvimos en julio de 1999, pero las cosas ya no podían ser iguales por mi incapacidad. Sin embargo, somos muy afortunados de que la bomba no sacara de mi cabeza la música, ahí sobreviven los porros, los pasillos y los pasodobles. La banda también terminó muy golpeada pero hemos logrado que la mayor herencia de mi papá, Juan Bautista Jiménez, siga en pie. 


DANILO JIMÉNEZ
*Este texto contó con la construcción periodística e investigación de VALENTINA OBANDO JARAMILO (@valentinaoj), periodista de ELTIEMPO.COM

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