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El macabro crimen de una mujer en exclusivo edificio de Medellín
Edificio Fabricato

Edificio Fabricato, en el centro de Medellín, donde ocurrió uno de los crímenes más macabros.

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Jaiver Nieto. EL TIEMPO

El macabro crimen de una mujer en exclusivo edificio de Medellín

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Edificio Fabricato, en el centro de Medellín, donde ocurrió uno de los crímenes más macabros.

El caso ocurrió en el edificio Fabricato en 1968, cuando Ana Agudelo fue asesinada y descuartizada.

Era como si se la hubiera tragado la tierra. Nadie sabía qué había pasado con Ana Agudelo, la joven ascensorista del edificio Fabricato, en pleno centro de Medellín, que un día desapareció sin dejar rastros.

Mientras unos decían que se había escapado con un novio, otros comentaban que estaba secuestrada. Pero no faltó quien pensó que detrás de esa extraña desaparición, el domingo 13 de octubre de 1968, había algo macabro.

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Todo era un misterio. No tenían pistas sobre el paradero de Anita, de 23 años, y cada rastro que se encontraba resultaba ser falso.

Pero unos días después un olor insoportable permitió conocer qué pasó con la joven. El edificio, el más importante de la Medellín de la época -luego sería opacado por el Coltejer-, comenzó a oler a muerto.

Y tras una intensa búsqueda del hedor -se llegó a pensar que era por una rata-, liderada un arquitecto que conocía el edificio, encontraron el origen. Se trataba de la cabeza de una mujer al interior de una bolsa plástica. Era la cabeza de Ana Agudelo.

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El último día de Ana Agudelo en Fabricato

La última vez que vieron con vida a la joven ascensorista fue la mañana del domingo 13 de octubre. Ese día salió de su casa, en el barrio Manrique, a las 8 a. m. junto a su hermana Norela rumbo al centro de la ciudad.

Ana debía recoger el uniforme del trabajo, pues el viernes lo había dejado allí porque salió con Omar, quien, según cuentan, era su novio.

Con su hermana, quien debía enviar una carta de su madre, llegaron al Centro y se dividieron. Norela fue a mandar el documento y Ana fue al edificio donde funcionaban las oficinas de una de las empresas de textiles más importantes de Antioquia y el país. Allí también trabajaban abogados, por ejemplo.

Abel Antonio Saldarriaga Posada, Posadita, durante una entrevista en 2010 a Centrópolis

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Captura de video del canal de YouTube de Vivir en El Poblado

Quedaron de encontrarse unos minutos después en la entrada de iglesia de La Candelaria, al frente del parque Berrío y a pocos metros de Fabricato. La idea era ir a verse con un amigo de ambas a tomarse unas fotografías.

Pero Ana nunca llegó. La hermana, desesperada, llamó a su madre desde una cabina telefónica, pues tal vez se había devuelto para la casa.

“La intuición de mamá la hizo pensar lo peor: “Vaya al edificio”, me dijo muy sobresaltada. “Mire a ver qué pasó” ”, dijo la mujer al periódico Vivir en El Poblado en una entrevista publicada en 2011.

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Entonces se dirigió al edificio, ubicado en la esquina de la carrera Junín con calle Boyacá. Estuvo tocando por unos minutos hasta que apareció Abel Antonio Saldarriaga Posada, conocido como Posadita, a quien le preguntó por su hermana.

Él, quien estaba sin camisa y arañado -explicó que se encontraba limpiando los ventiladores-, le dijo que Ana se había ido en un taxi, pero luego cambió su versión y aseguró que se había ido en un carro particular con un hombre.

“En ese momento no pensé en los rasguños. Yo qué me iba a imaginar que iba a pasar una cosa de esas. Además, a él no se le notaba nada porque siempre había sido una persona inexpresiva”, agregó Norela en su declaración al medio.

La relación de Posadita y Ana

Posadita era el todero del edificio de Fabricato. Era el vigilante, hacía aseo, arreglaba las cosas que se dañaban y hasta reemplazaba a la joven como ascensorista. Para aquél entonces tenía 36 años, estaba casado, era padre de tres hijos y esperaba uno más.

Cuenta la periodista Luz Ofelia Jaramillo en su libro El caso ‘Posadita’: un crimen contado dos veces, que Ana y Abel Antonio se conocieron en 1965, cuando ambos llegaron a trabajar a Fabricato y gracias a la cercanía de sus roles estaban gran parte del día en contacto y se hicieron “compañeros cercanos”.

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El hombre recién había llegado a Medellín tras abandonar su pueblo natal, Abejorral, en búsqueda de un mejor futuro en esa ciudad que comenzaba a expandirse gracias a la industrialización.

“De su vida en el campo conservaba algunas marcas. Sus manos eran gruesas y callosas, como las de los agricultores. Una calma sin altibajos le ponía el ritmo a sus gestos. Conservaba la pausa permanente de los campesinos y, a pesar de haber dejado el azadón y el machete, conservaba su cuchillo”, narró la periodista.

Edición de EL TIEMPO del 26 de octubre de 1968, cuando se informó del crimen de Ana Agudelo. Este diario lo calificó como "Macabro".

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EL TIEMPO

Ana era una muchacha formal, alegre y extrovertida. Ella, cuentan, lo trataba bien, pues era su compañero de trabajo. Pero Posadita, según la historia, poco a poco se fue enamorando.

La prensa, que cubrió el asesinato de Ana durante semanas -en Medellín no había un caso de esa magnitud desde el llamado crimen de la Aguacatala-, siempre sostuvo que Abel Antonio se enamoró de la joven.

Y eso fue confirmado por la familia Agudelo, aunque siempre dijeron que Ana lo trataba como un compañero más de trabajo.

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El hombre le hacía regalos ocasionales a la joven, de vez en cuando la llamaba y hasta tenía una foto suya escondida.

“Él tenía una fijación malsana por ella. Se obsesionó con ella”, aseguró el antropólogo Víctor E. Ortiz, experto en la historia de Medellín, durante un recorrido de ciudad.

Pero hubo un punto de quiebre en esa relación. Norela, en la misma entrevista con Vivir en El Poblado, señaló: “Posadita fue un domingo a la casa a limpiar las ventanas. De pronto Ana dijo: “¡Ay, cómo les parece que me caso!”. Lo dijo así, con el modo de ser de ella, hablantinosa, conversadora, alborotada. No era de muchas amigas o amigos, pero en la casa era muy alegre”.

Y agregó: “Pues con eso tuvo Posadita para ponerse furioso y no volver a hablar. De inmediato se le notó el cambio y salió y se fue. Eso se quedó así, no volvió a la casa a limpiar vidrios y la vida siguió normalmente”.

El hombre había ido a la vivienda, en la zona nororiental de Medellín, a petición de la madre de Ana, quien en una oportunidad lo conoció en el edificio.

Edificio Fabricato, en el centro de Medellín, donde ocurrió uno de los crímenes más macabros de la ciudad: el caso Posadita.

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Jaiver Nieto. EL TIEMPO

Y según Jaramillo en su libro, el comentario de la joven fue para hacerle dar rabia a Posada, a quien efectivamente se le notó el disgustó y solo atinó a decir: “Quien sabe qué ‘pateperro’ le piensan hacer”.

La búsqueda y la angustia de la familia Agudelo

Con avisos en la prensa, misas, insistentes interrogatorios a Posadita y hasta visitas a un brujo -quien dijo que la joven estaba en Bogotá- buscaron durante varios días a Anita. Sin embargo, no había rastros.

En varias oportunidades en la casa recibieron las llamadas de un supuesto secuestrador, quien incluso le puso citas a la madre, pero resultó ser una farsa.

A medida que crecía la angustia de la familia -la madre nunca creyó la versión del escape con un hombre- se fue haciendo más intenso el olor desagradable en distintos pisos del edificio de Fabricato.

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Pero fue solo hasta el 23 de octubre, 10 días después de la desaparición de Ana, cuando no se aguantaron más el hedor y decidieron erradicarlo.

Removieron los cielorrasos, buscaron por las cañerías e inspeccionaron cada rincón de las instalaciones, pero todo seguía igual.

Él tenía una fijación malsana por ella. Se obsesionó con ella

Así que al otro día, Jorge Posada Greiffestein, presidente de la compañía, quien estaba “molesto por el olor” porque el olor lo tenía “borracho” -escribió Jaramillo-, pidió intensificar la búsqueda.

Jaramillo narró en su libro que en ese momento en las oficinas corría el rumor de que no se trataba de una rata muerta ni algo relacionado con las cañerías. Ya decían que era el cuerpo sin vida de Ana.

“Se trataba de un secreto a gritos pues con la expansión del olor, el edificio se había convertido en un nido de conjeturas y especulaciones y se rumoreaba que en algún lugar había un cadáver”, narró la periodista.

Fue en el sótano, después de perforar el muro, donde encontraron la cabeza de Ana Agudelo metida en una bolsa plástica y amarrada con cabuya.

Si la desaparición de la ascensorista fue todo un acontecimiento, haberla encontrado muerta marcó la historia de la ciudad y más por cómo sucedió. Ese día las inmediaciones del edificio se llenaron de curiosos y era imposible transitar por el Centro.

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Ana no solo fue decapitada, el asesino la descuartizó en más de 100 pedazos e, incluso, algunas partes terminaron en el techo de la iglesia de La Candelaria, donde unos días atrás se había celebrado una misa pidiendo que la joven apareciera pronto.

Nunca encontraron los órganos genitales, por lo cual no se pudo establecer si hubo violación. Tampoco apareció el uniforme, que fue el motivo por el cual entró al edificio del que nunca salió.

El caso Posadita, una leyenda urbana

Este crimen marcó la historia de la ciudad y quienes habitaban la Medellín de la época aún recuerdan el ambiente que se vivió por aquellos días.

La multitud en el Fabricato cuando se conoció que había sido encontrado el cuerpo, las semanas enteras que las primeras páginas de los diarios locales dedicaron a contar los aterradores detalles del homicidio y las especulaciones que se escuchaban en cada esquina de la ciudad.

El caso, que también fue conocido como el crimen del sótano, se convirtió en una leyenda urbana, por así decirlo, y hoy, 53 años después, los medios de comunicación siguen -seguimos- dedicándole un espacio a esta historia.

En palabras de Ricardo Zuluaga Gil, miembro de número de la Academia Antioqueña de Historia, este tipo de crímenes podían ocurrir en las zonas de tolerancia y en el área rural, pero este en específico tiene unos ingredientes que no se habían visto antes: dónde fue y quién es la víctima.

Edificio Fabricato, en el centro de Medellín, donde ocurrió uno de los crímenes más macabros de la ciudad: el caso Posadita.

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Jaiver Nieto. EL TIEMPO

“Este ocurrió en un ícono de la antioqueñidad que fue el edificio Fabricato. El hecho de haber sido en ese edificio emblemático -el Coltejer no existía-, con un ambiente impoluto, un ambiente empresarial, a 20 metros de la iglesia de La Candelaria, lo hace relevante”, explicó Zuluaga.

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A eso se suma que Ana era una muchacha de familia, trabajadora. Esto hizo que fuera “algo mucho más reprochable por la sociedad de la época”.

Para Zuluaga, 50 años después seguimos hablando de estos hitos porque quedan en la memoria colectiva de la sociedad.

Además, “los antioqueños hemos sido muy aficionados a registrar mojones en la memoria colectiva que necesitamos mantener presentes”, anotó.

Posadita, condenado por el homicidio de Ana Agudelo

Todas las pruebas apuntaban a que Abel Antonio Saldarriaga Posada era el asesino. Él fue capturado el mismo día del hallazgo, el jueves 24 de octubre, por hombres del F2 y enviado a la cárcel La Ladera.

EL TIEMPO, en su edición del sábado 26 de octubre, publicó la noticia y tituló "Macabro crimen en Medellín". Los corresponsales de este diario escribieron que la joven, quien "velaba" por el bienestar del hogar, fue "descuartizada" y "emparedada", por lo que se atrevieron a usar el calificativo de macabro.

"Casi a las 4 de la madrugada un bombero golpeo ocasionalmente un muro del sótano y notó que el material de revoque estaba fresco. Los golpes, además, causaban un ruido sordo, como si dentro existiera un espacio vacío. El bombero asestó un golpe más recio, apelando a un martillo, e inmediatamente se abrió en el muro un gran boquete que dejó a la vista el cuerpo horriblemente descuartizado de la muchacha", se lee en la nota publicada en la página 9 del diario y firmada por Marín, corresponsal.

Pasaron dos años y medio para que el caso concluyera, judicialmente hablando. Fueron dos años de investigaciones que terminaron con la condena de 20 años de prisión.

El testimonio de Norela, los rasguños, ser el único que estaba en el edificio ese día y su obsesión por la joven fueron claves en la decisión.

“Haced un esfuerzo, id allá a ese lugar del crimen y haced de cuenta cómo se desarrollan los hechos: una mujer que físicamente es inferior al hombre, y eso lo sabe todo el mundo, que no lleva armas, porque ella cuenta con que Posada es su enamorado y de pronto se encuentra con un hombre violento, con una persona llena de odios por sus amores frustrados, un hombre armado de que un momento a otro se va enardeciendo por cualquier pasión”, argumentó el fiscal del caso.

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Pero Posadita no aceptó ser el autor e, incluso, la prensa comenzó a especular que había “peces gordos” detrás del crimen, pero nunca se comprobó nada.

Una calma sin altibajos le ponía el ritmo a sus gestos. Conservaba la pausa permanente de los campesinos y, a pesar de haber dejado el azadón y el machete, conservada su cuchillo

El hombre estuvo preso hasta 1979, cuando obtuvo la libertad condicional y regresó a su casa, en el nororiente de la capital de Antioquia. Pasó cuatro años en La Ladera y siete en la antigua prisión de la isla Gorgona.

De Posadita es poco lo que se sabe actualmente. De hecho, solo hay registros de entrevistas que concedió tras recobrar la libertad. Una a la periodista Luz Ofelia Jaramillo, en 1988, y otra al periódico Centrópolis, en noviembre del 2010.

Cuando habló con este último medio, a sus 78 años, insistió en su inocencia y dijo que en “Colombia no hay justicia”.

“Conmigo se cometió una injusticia: no hay un testigo, ni una huella, no hay nada. ¿Cómo es que mandan a mi casa a unos sin vergüenzas a echarle sangre a la ropa mía estando los niños solos? Eso no tiene perdón de Dios”, aseveró.

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Ese día les dijo a los periodistas que no quería que nadie lo encontrara. Y hoy, 11 años después de esa entrevista, cuando debería tener 88 años, lo único cierto es que se volvió una leyenda urbana de Medellín.

MATEO GARCÍA 
Redactor de Nación 
En Twitter: @teomagar
matgar@eltiempo.com

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