La máquina de recuerdos que divide la opinión de los fieles

La máquina de recuerdos que dividela opinión de los fieles

La alcaldía de Medellín ubicó una máquina tragamonedas en La Candelaria para promover el turismo. 

Máquina de recuerdos

La máquina, curiosamente, está tapando una placa que reconoce la labor de un ex gobernador de Antioquia.

Foto:

Jaiver Nieto

Por: Miguel Osorio Montoya
10 de febrero 2019 , 08:25 a.m.

Cecilia Posada cierra los ojos, suavemente, mientras mueve los labios de forma mecánica, repitiendo una letanía ininteligible. A lo lejos, y como un eco distante, impersonal, se escucha la pastosa voz del sacerdote, que repite una y otra vez las mismas palabras. Pero Cecilia continúa su rezo entreabriendo los ojos de vez en cuando, sin escuchar lo que dice el cura. Da unos pasos hacia atrás, con cuidado, temiendo tropezar con alguien. Y, cuando parece terminar su oración, mira de soslayo a una máquina verde, moderna, aparatosa, que está ubicada contra una pared, al lado de un gran altar.

— ¿Qué le parece la máquina?

—No sé, no estoy de acuerdo. Esas máquinas que reciben monedas no me gustan, me recuerdan a los casinos—contesta Cecilia con voz queda, haciendo una mueca de desagrado—: No debería estar en una iglesia.

El aparato en cuestión, que está dentro de la Basílica Nuestra Señora de La Candelaria, al frente del Parque Berrío, está lejos de ser una máquina de casino. Fue la alcaldía de Medellín, por medio de su subsecretaría de Turismo, la que la instaló allí el pasado 27 de diciembre. Desde ese día, los feligreses se han ido acostumbrando a ver a la aparatosa máquina, a reconocer su color verde y su anacrónica presencia en medio de las imágenes de ángeles y santos.

La máquina la pusimos en la iglesia para que las personas que lleguen a conocerla se puedan llevar un recuerdo no solo de la Basílica, sino también de Medellín

Carolina Ramírez, subsecretaria de turismo, explica que la máquina hace parte de la estrategia ‘Descubre Medellín’, que busca fortalecer los atractivos turísticos de la ciudad. Medellín tiene, según dice, 293 sitios especiales para los turistas. Pero, priorizando los más importantes, trabajaron en la mejora de 32 de ellos.
De esos, redujeron el grupo aún más y seleccionaron 12, a los que llamaron ‘Los imperdibles’.

La Candelaria, por ser un referente histórico de las raíces coloniales y republicanas de la ciudad, quedó seleccionada dentro ese selecto grupo. “La máquina la pusimos en la iglesia para que las personas que lleguen a conocerla se puedan llevar un recuerdo no solo de la Basílica, sino también de Medellín. Con 2.000 pesos pueden sacar de ella una estampilla”, explica Ramírez.

La presencia de la máquina, a pesar de su loable propósito, ha caído mal entre algunos feligreses, como la mencionada Cecilia Posada. Entre otras razones, algunos se quejan del ruido que genera: cada que alguien quiere sacar la estampilla, debe girar un timón, parecido al de un navío, para seleccionar el motivo que desee. Son tres opciones en total: el escudo de la ciudad, la figura de la virgen de la Candelaria y la imagen de la Basílica. El recuerdo es pequeño, del tamaño de una moneda de 100 pesos.

Me parece un ejercicio interesante, es un choque entre lo moderno y lo más antiguo. Cuando yo entro a esta iglesia me siento como en los años 50.

Ante las quejas, la subsecretaria responde que este ejercicio es apenas un experimento y que, después de un tiempo, la máquina podrá ser reubicada. “La plata que se recoja con ella será reinvertida en la iglesia, en lo que ellos crean que sea pertinente y necesario. Estamos evaluando cómo nos va a ver si podemos instalarla en otras iglesias de la ciudad”, explica.

Luis Fernando Pérez, párroco de La Candelaria, precisa que la máquina fue donada por la alcaldía y ahora es posesión de su parroquia. Además, reconoce algunas dificultades que han tenido con ella: “Esto es un experimento, la máquina no va a quedar ahí definitivamente. El problema es que hace mucho ruido y no ha funcionado bien del todo, ha estado varios días fuera de servicio”.

Luego de terminar su rezo, la feligrés Cecilia Posada se inclina hacia adelante, hace un gesto solemne y se despide. Pero antes de salir, como para mostrar su inconformidad, mira con recelo a la máquina, como si se tratara de un ser intruso o peligroso.

“Esto es un experimento, la máquina no va a quedar ahí definitivamente. El problema es que hace mucho ruido y no ha funcionado bien del todo, ha estado varios días fuera de servicio

La dinámica de la iglesia sigue igual: el padre guía a los fieles con su voz; un grupo de hombres se arrodilla con fervor mientras hace gestos teatrales con las manos. Bajo el marco de la puerta aparece una figura informe, irreconocible por el resplandor del día. Una vez entra a la iglesia se hace visible: es un hombre joven, enjuto, enérgico. Se llama Wilson Mazo. Con naturalidad mira a un San Antonio que está enfrente de la máquina verde. Pero, una fija su mirada en esta, un aire de gravedad se apodera de su cara. Parece estupefacto.

—¿Qué tal?

—Nunca la había visto—responde, todavía incrédulo. Se pasa la mano por la cabeza, desvía la mirada—.Pero me gusta, me parece un buen atractivo para los feligreses.

La lejana voz del padre continúa. Afuera, en el atrio, un ciego y un inválido conversan con despreocupación; sus voces alcanzan a escucharse dentro la iglesia.—Me parece un ejercicio interesante—continúa Wilson—, es un choque entre lo moderno y lo más antiguo. Cuando yo entro a esta iglesia me siento como en los años 50.

Sin embargo, sale otra vez al resplandor del día, perdiendo la forma de nuevo en la intensa luminosidad, sin haber sacado una estampilla.
La misa está a punto de terminar. Los feligreses se levantan y comienzan a abandonar la iglesia. Pero la máquina permanece ahí, anacrónica, esperando una futura ubicación en donde su ruido no entorpezca las conversaciones con Dios.

Miguel Osorio Montoya
Para EL TIEMPO
MEDELLÍN
En Twitter: @MigoroMontoya

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