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'He estado por 20 años en la ‘friendzone’'
Mensaje directo

Ilustración: Mensaje Directo

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Sebastián Márquez

'He estado por 20 años en la ‘friendzone’'

Un hombre escribe sobre la indecisión de una mujer entre ser su amiga o algo más. #MensajeDirecto

Este año cumplo 20 años de vivir en la “friendzone”, la zona del amigo. Ese extraño lugar al que caemos por enamorarnos de alguien que solo puede vernos y tratarnos como amigos, y esto es lo que ha pasado:

Ingresé muy joven a la Universidad. Era el año 1999, tenía 16 años. La conocí desde el primer día de clase, y aunque no soy muy observador, aún hoy puedo recordar con lujo de detalle cómo iba vestida y que estaba sentada justo a dos escritorios del mío. Con mi timidez a cuestas, la saludé y le hice conversación sobre algún tema de la inducción. Me encantó desde aquel momento.

Ella es una mujer misteriosa, suele ser fría, poco expresiva y sarcástica. Es difícil de abordar, de interpretar, de conocer. Es inteligente, fue una excelente estudiante y hoy es una profesional con varias especializaciones y un alto cargo en una importante entidad.

Jamás le he conocido alguna pareja o relación estable con alguien. Aún hoy, cuando la miro, la veo tan hermosa como en aquellos primeros días de la universidad. Tiene rostro de niña y la madurez de una persona mayor. En todos estos años no he conocido una persona con quien más disfrute hablar. Siempre tenemos tema y opinión. Ha recorrido el mundo viajando y ha leído infinidad de libros. Siempre me ha parecido encantadora.

Mi profesión me exige permanentemente hablar en público, y también doy clases. Quizás por eso he vencido un poco mi timidez y puedo hablar de lo que sea con quien sea. Eso sí, tengo dificultades en expresar mis sentimientos, en profundizar o, como en este caso, en llegar a confesarle a ella lo que sentía. Yo era más bien de mensajes ocultos: algún detalle en su cumpleaños u otra fecha especial, algún intento de abordaje, siempre hecho un manojo de nervios e intimidado por su personalidad, que siempre me ha fascinado.

Yo la hallaba inalcanzable. Su forma de ser, su forma de ver la vida era tan realista y cruda, tan diferente a la mía, por ese entonces, tremendamente idealista. Además, veníamos de familias y condiciones sociales muy diferentes. Ella de una familia con mejores posibilidades económicas que le permitían viajar, tener todo lo que la Universidad requería y otras comodidades,. Yo de una familia que pasaba por una crisis económica compleja, estudiando con fotocopias, cuando se podía, y desde los primeros semestres, trabajando en contrajornada para poder apoyar la carga económica de mis estudios.

Hasta que un día, en una integración de la universidad, animado por el licor he de decirlo, me atreví a confesarle torpemente lo que sentía. No le sorprendió mucho, y en principio pretendió dejarme claro que su interés y prioridades nada tenían que ver con tener una relación con nadie y que, aunque me tenía mucho cariño, para ella yo no era sino un amigo. Directo a la 'friendzone'. O, mejor, a una 'friendzone' de dos décadas y tremendamente rarísima.

Ya entrada la noche, al ritmo del licor y aún con la tristeza por mi fallido plan de confesarle mis sentimientos ella me besó.

Fue mi peor fin de semana. No podía sacarla de mi mente, no dormía, no tenía vida. Quería verla y comprobar que era real.

Como correspondía, la invité a mi boda. Para mi sorpresa llegó antes de la ceremonia, me saludó, me felicitó y se retiró excusándose por tener que viajar

Llegó el lunes, ante la presión de nuestros amigos en común, que presenciaron la escena, me abordó, notablemente molesta. Me dijo que no recordaba lo que había pasado, y que en todo caso, jamás seríamos nada diferente a amigos. Yo intenté rescatar la poca dignidad que me quedaba y me resigné. Le dije que entendía y me disculpé por propiciar la situación. La conocía demasiado bien y preferí retirarme con algo de decoro, en lugar de quedarme rogando, como quería hacerlo en el fondo de mi ser.

Me alejé en los meses siguientes, un poco tratando de interiorizar su posición, y de darme mi lugar. No tardó en haber otra farra universitaria y ella repitió la escena... sólo que esta vez no fue conmigo, pero sí en mi presencia. ¡Ya está!, me dije. Me indigné, como si hubiera sido engañado.

Me puse furioso aunque entendía que nunca podría pedirle nada, que no había engaño alguno, que jamás hubo compromiso conmigo y que siempre dejó su posición clara, salvo por aquel beso. Pasé meses sintiéndome un estúpido. Finalmente, meses después volvimos a acercarnos y me resigné a ocupar el lugar que me correspondía en su vida: el de amigo.

Dos décadas

Por mi vida pasaron otras mujeres. Me enamoré, sufrí otras decepciones, y causé algunas. Con ella seguimos siendo amigos y aunque logré manejar mis sentimientos, siempre permanecieron como una espinita en el fondo del corazón que, no dolía, pero estaba allí.

Después de graduarnos ella fue a estudiar al exterior, y luego a trabajar en otra ciudad. Nuestra comunicación se volvió esporádica y creo que eso permitió consolidar mi noviazgo con una mujer increíble y el posterior matrimonio. Mi papel de amigo ya lo tenía más que aprendido.

Como correspondía, la invité a mi boda. Para mi sorpresa llegó antes de la ceremonia, me saludó, me felicitó y se retiró excusándose por tener que viajar. No me pareció raro conociendo su carácter y asumiendo que decía la verdad.

No quiero reconocer que la amo, y tampoco estoy dispuesto a dejar mi vida, mi esposa y mi familia por ella, pero es innegable que lo que siento es muy fuerte

Después de mi matrimonio nos encontramos algunas veces, siempre con amigos en común. Compartíamos alguna cena, algún trago, cosas así. Entre esos encuentros causales y la llegada del boom de las redes sociales, volvimos a establecer una comunicación más fluida.

Hace tres años, en una de esas jornadas de alitas y cerveza, mi mejor amigo, quien conocía toda mi historia con ella, puso el tema sobre la mesa. Volvió a hablar del día del beso, de mis berrinches privados - que él debía soportar - ,y de algunas de las cosas que dije y confesé en ese entonces. Ella estaba presente y yo sólo deseaba que me tragara la tierra o que se lo tragara a él por imprudente.

- “No sabía que las cosas habían sido así, no sabía que sentías cosas tan fuertes”, dijo ella.

- “En ese momento mis prioridades eran otras, pero no necesariamente tenías que estar fuera de ellas, pudiste haber sido sincero, pudiste insistir”- volvió a decir mientras me tomaba la mano. Para alguien en la zona del amigo, que lo tomen de la mano, cuenta como tercera base. ¿Cierto?

Nuestro amigo imprudente, ya lograda la travesura, se fue y nos dejó solo y lo que siguió es algo que aún no puedo creer.

Para resumir, me dijo que también sentía cosas por mí que jamás le dijo a nadie, y que empezó a sentirlas cuando yo comencé a establecer relaciones duraderas con otras mujeres. Dijo que ver los detalles que tenía con ellas la hacía sentir algo de celos, pero que no quería confundirse ni confundirme.

Me confesó que se sintió mal por mi matrimonio, que no fue cierto su viaje el día de mi boda y que ese día solo tuvo ganas de verme y desearme lo mejor. Dijo que se fue porque era incapaz de quedarse, que tuvo ganas de llorar, y que se sentía incómoda en cada ocasión en la que compartía algún evento en el que estuviera presente mi esposa.

Yo estaba de una pieza. Entonces, de nuevo, me besó. Nos despedimos. No pude dormir.

Al día siguiente quise retomar el tema por chat, pero fue evasiva. Por fortuna no llegó a decir, como lo hizo años atrás, que no recordaba nada, pero yo nuevamente desistí, considerando ese antecedente, su forma de ser, y especialmente, el riesgo que esto significaba para mi matrimonio. Esta vez salí huyendo y durante meses evité contacto con ella, salvo para algún tema estrictamente profesional.

Meses después, nos reunimos para celebrar el cumpleaños de nuestro común amigo. Por cosas de la vida, del destino, él no llegó. Solos, esta vez las cosas fueron más lejos: cena, rumba, confesiones de más calibre, besos apasionados y, al llegar a su casa, algunas caricias más subidas de tono, aunque en medio de un acuerdo tácito de no ir más allá.

-“¿Dejarías toda tu vida para estar conmigo?"- me preguntó una vez.

-“No” – contesté sin dudar

-“Lo sabía, no esperaba nada diferente de ti”- me dijo mientras me volvía a besar.

Pasados los días, nos encontramos para almorzar, evitamos el tema lo más posible. Ya más cuerdos, me pidió prometerle que jamás volveríamos a permitir cosas como las de los días anteriores. Insistió en recordarme mi posición de amigo, y mi situación de vida y de pareja. Con la racionalidad del momento, y sabiendo que ella tenía razón, lo prometí... haciendo cruz con los dedos.

Nos hemos encontrado un par de veces más, y la escena se repite. No hemos llegado más allá y no sé si haga falta. Lo que siento por ella es algo más que físico; pero en medio de todo está todo el conflicto emocional y ético que representa.

Esta vez salí huyendo y durante meses evité contacto con ella, salvo para algún tema estrictamente profesional

Vivo en una 'friendzone' complicada. Después de 20 años no logro descifrar a esa mujer que me sigue pareciendo fascinante, fría, sarcástica, evasiva, y que cada día intenta asegurarse que yo recuerde cuál cree ella que es mi posición en su vida, que sólo somos amigos. Esa mujer que me besa con intensidad, y que me deja migajas una que otra vez.

No hay forma de justificarme contando esta historia, quien la lea seguramente se ofenderá, pondrá el asunto en términos de que soy un infiel sin escrúpulos. Sé que tienen razón, sé que así se ve. En medio de todo mi matrimonio marcha bien, adoro a mi esposa, ella ha sido el motor de mi vida para lograr muchas cosas. Somos un gran equipo; pero tengo un conflicto en mi interior que resulta muy difícil de entender para el observador desprevenido.

Lo que siento por ella ha sobrevivido al tiempo, la distancia y los silencios. Sigue ahí.

Recientemente fuimos a teatro y allí encontramos, cada uno, una explicación de nuestra situación. Ella se identificó con la obra que vimos, donde una pareja jamás logra concretar en décadas su amor porque ninguno se atrevió a confesar lo que sentía, y porque nunca estuvieron en el lugar, el tiempo o las circunstancias adecuadas.

Nadir

¿Tiene una historia de amor curiosa o poco común? Nos interesa conocerla y publicarla en #MensajeDirecto. Escríbala y envíela a los correos cinmor@eltiempo.com y rafqui@eltiempo.com y lo contactaremos. Debe tener un mínimo de extensión de dos hojas y un máximo de cuatro hojas.

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