'Vi a gente armada que se bajaba de camiones y rodeaban la iglesia'

'Vi a gente armada que se bajaba de camiones y rodeaban la iglesia'

El analista y columnista Diego Arias habló con las víctimas y el Arzobispo de Cali.

En estos 20 años, la iglesia La María se transformó.

En estos 20 años, la iglesia La María se transformó.

Foto:

Juan Pablo Rueda. EL TIEMPO

Por: Cali
31 de mayo 2019 , 09:24 a.m.

El investigador, analista y columista Diego tuvo oportunidad de entrevistarse con algunas de las personas que hace 20 años vivieron el mayor secuestro masivo en todo el país. Fue así que después de sostener comunicación con ellas y con el arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, elaboró este artículo para EL TIEMPO. 

“Señor Jesús, tú que dijiste a tus apóstoles, ‘mi paz os dejo mi paz os doy’…”

En ese momento de la eucaristía, cuenta el padre Humberto Cadavid, párroco de la iglesia La María, comenzó todo. “Un hombre armado, vestido con uniforme como del Ejército, se me acerca y me pide que dé la orden de evacuar por una amenaza de bomba. Un poco antes yo había visto un movimiento extraño de gente armada que se bajaban de unos camiones y rodeaban la iglesia. Mi angustia era la seguridad de las personas, pero también saber que la liturgia debía concluirse, así que traté de prolongar el momento… Pero muy rápidamente supimos que más de 150 personas estábamos siendo secuestrados por un grupo del Eln". 

Así se inició la arremetida de la violencia que tocó a las puertas de la sociedad caleña en la iglesia La María, el 30 de mayo de 1999.

¿Cuál es el problema?’

El padre Cadavid se llena de sentimiento cuando agrega: “El guerrillero que me abordó tenía manchado de sangre su uniforme y luego supe que una persona (Yaslin Durán) que prestaba seguridad como escolta a una de las personas presentes había sido degollado en el momento en que le pareció sospechoso que las botas de algunos de los uniformados no fueran como las del Ejército”.

A empujones, los guerrilleros se las arreglaban para subir a los camiones a todas las personas, incluso los niños.

Isabella Vernaza, quien por entonces gerenciaba el noticiero de televisión 90 Minutos, le reclamó a un guerrillero la libertad de sus hijos, entre ellos uno de 14 años, a lo que el hombre le contestó: “¿Y cuál es el problema? ¡Yo tengo 13!”.

Fue el primer secuestro masivo de civiles (aún sigue siendo el mayor: 180) en la cruenta historia del conflicto armado en Colombia. Los guerrilleros, con su botín humano, abandonaron presurosos el lugar tomando hacia el sur, por la vía a Jamundí, y luego desviaron, tratando de alcanzar las primeras alturas de los farallones que están a las espaldas de la ciudad.

En el camino hicieron explotar varios artefactos y se trenzaron en combate con las primeras unidades del Ejército. Allí murieron dos jóvenes guerrilleros caucanos. Pero el grueso de estas columnas del Eln, estimadas en cerca de 200 hombres, ya había alcanzado el amparo de la noche y de la montaña. 

En este lugar se oficiaba la homilía aquel 30 de mayo de 1999.

En este lugar se oficiaba la homilía aquel 30 de mayo de 1999.

Foto:

Juan Pablo Rueda. EL TIEMPO

Todos somos culpables

En el transcurso de las primeras horas de secuestro, varias personas fueron liberadas, pero no era claro aún si los motivos del Eln eran políticos o extorsivos. A la larga terminaron siendo ambos.

Uno de los liberados exclamó: “¡Estamos en guerra!”. Un mes antes, el 12 de abril de 1999, el Eln secuestró un avión Fokker de Avianca, que hacía el trayecto Bucaramanga-Bogotá, con 41 personas.

Por entonces, el gobierno de Andrés Pastrana se ocupaba de dar gran audiencia a su intento de paz con las Farc, soslayando la importancia y las propuestas del Eln. Rápidamente, el Gobierno, en la voz del ministro Juan Camilo Restrepo, anunció que no habría ningún tipo de diálogo mientras persistiera el plagio, y con pocos días de por medio se hicieron arreglos para que un primer grupo de 33 personas recobrara su libertad. Estas fueron recibidas por una comisión de la que hicieron parte Horacio Serpa, Antonio Navarro, Piedad Córdoba y Omar Yépez, entre otros.

En medio del regocijo por el reencuentro con sus familiares, una de las víctimas se atrevió a responder a la pregunta de un periodista, sobre por qué creía que les había ocurrido este trágico hecho: “Todos somos culpables”, respondió, luego de lo cual hubo silencio.

Al tiempo que se desarrollaban las acciones militares de rescate y el Gobierno intentaba una solución, la sociedad civil y familiares de las víctimas dieron nacimiento a uno de los más vigorosos movimientos contra el secuestro y la violencia que se expresó de manera firme y valiente, además de multitudinaria, como las movilizaciones del “¡No más!”, la primera de las cuales tuvo lugar justo un mes después del secuestro.

Para algunos, incluidas varias de las propias víctimas, resultó decepcionante que pese a la decisión de que no se pagara ningún tipo de “rescate” por los secuestrados, el Eln insistiera en ello y que algunos familiares, por cuenta propia y en medio de la incertidumbre, llegaran a acuerdos para obtener su libertad.

Mientras tomaba en su mano un crucifijo tallado en madera que con gran arte elaboró en cautiverio, Alfredo Otoya, esposo de Isabella, tuvo la integridad, con lágrimas en sus ojos, de hacer su relato sobre este punto en un documental que se hizo público luego.

“En medio de toda esta situación en la que yo tenía secuestrada a toda mi familia, les pedí a los jefes de la guerrilla que permitieran liberar a mi esposa Isabella. ¿Cómo van a negociar un rescate si todos estamos aquí?”, les imploró.

En el transcurso de relativamente poco tiempo, la mayoría de secuestrados llegó a la libertad. Los últimos lo hicieron en diciembre de 1999. De los hechos de La María surgió una forma de estar juntos y expresar solidaridad. Así surgió la Corporación La María y una zona de distensión que se creó cerca de la plaza de toros, al sur de la ciudad. “Una diferencia es que nunca nos sentimos víctimas, por paradójico que esto parezca. ¿La razón? No habíamos terminado de desembarrarnos los zapatos y monseñor Isaías Duarte (q. e. p. d.) nos estaba comprometiendo a nosotros, los exsecuestrados, y a nuestros familiares para seguir trabajando unidos como grupo. Al comienzo no entendíamos muy bien para qué, pero poco a poco fuimos comprendiéndolo”, comenta Isabella.

Y agrega: “A diario había en Colombia nuevos secuestros, individuales y masivos, como el que siguió luego, el del km 18 también por el Eln, y nosotros estuvimos ahí acompañando a esas y otras nuevas víctimas con un abrazo, con una escucha responsable, con una oración… Fueron cientos de personas las que en las tardes pasaban por ahí para contarnos de sus seres queridos secuestrados o desaparecidos”. 

Paz y reconciliación

Muchas cosas desafortunadas siguieron al secuestro de la iglesia La María, como el plagio, también masivo, del km 18 (en el 2000), realizado de nuevo por el Eln en la vía de Cali a Buenaventura y que terminó en la renuncia del general Ernesto Canal Albáncuando el Gobierno decidió, por razones humanitarias, suspender el operativo militar.

Algunos creen que este fue el contexto de la llegada de los paramilitares a la región, pero también el momento en que líderes cívicos y empresariales, como el actual alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, imaginaron una iniciativa como Vallenpaz, gestada para promover la paz, la inclusión y el desarrollo en la zona rural del departamento.

De no ser por la eventual llegada del Eln a un proceso de paz, este aniversario hubiese pasado en silencio. Hoy, los afectados animan a que el Eln se comprometa con un proceso de paz y que dicho compromiso incluya a todas las víctimas.

Ese domingo de 1999, la fe y la devoción unían a estas personas, que no sabían mucho unas de las otras. Hoy, los reúne la memoria y el dolor que aún persiste, pero también los afectos y la solidaridad.

Para el actual arzobispo de Cali, Darío de Jesús Monsalve, “esta situación trágica debe tramitarse invocando la necesidad de verdad, justicia y reparación, pero también de rectificación colectiva y perdón para alcanzar la paz y la reconciliación. Queremos darles voz a las víctimas, a todas las víctimas, sin importar su condición social, y en este caso entre ellas estuvo también la propia Iglesia y su feligresía”.

Entre los afectados por este secuestro, hay quienes están convencidos de que no debe haber concesión alguna a la guerrilla.

Otra buena parte de ellos, y tratándose de tener una voz sobre un eventual diálogo con el Eln, prefieren por ahora hacer suyas las palabras esculpidas en el interior de la pequeña ramada que sobrevive como monumento y memoria de los hechos:

“Este lugar se conservará como una oración permanente para que jamás se repitan el sacrilegio y la ignominia y para que todos los colombianos podamos convivir en paz”.

DIEGO ARIAS
Especial para EL TIEMPO

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