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Una travesía para que los niños no dejen de estudiar

Una travesía para que los niños no dejen de estudiar

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La profesora Luz América Quiñones atraviesa el monte para cumplir con su labor.

Juan Pablo Rueda y Santiago Saldarriaga
EL TIEMPO / Cali.


Luz América Quiñones se alista para treparse encima de Palomo. Ella mide escasos 1,51 metros de estatura, y el caballo, 1,70 metros. Dos hombres la ayudan a subirse en el animal. Ellos serán sus escuderos durante la larga travesía que debe emprender desde la vereda El Cauchal, del municipio de Dagua (Valle del Cauca) hasta la vereda El Digua con un único fin: evitar que los niños dejen de estudiar.

Ya al frente del animal, la profesora Luz América recuerda que le tiene miedo a los caballos y teme caerse en el descenso fangoso que debe transitar o que la artritis que padece le juegue alguna mala pasada en el trayecto.

En caballos, docentes buscan estudiantes para evitar deserción escolarPor más de 5 horas, cabalgan en medio de las montañas del Valle del Cauca, varios docentes buscando sus estudiantes, quienes no van a clases presenciales hace 6 meses por la pandemia del covid-19, y con guías académicas, porque no cuentan con internet, ni tecnología, buscan que los pequeños sigan estudiando y no deserten de su ciclo estudiantil.
Una travesía a caballo


“Esta es la tercera vez que me monto en un caballo, siempre les he tenido miedo y respeto”, afirma. Va ataviada con botas pantaneras y sombrero aguadeño.

Pero decididamente inicia una travesía de tres horas, en descenso y por un camino de herradura, hasta llegar a la sede Pablo Neruda de la Institución Educativa Pedro Fermín Vargas, de la que es rectora. Son once sedes y la más lejanas es esa, hasta donde no llega el internet y donde educar a los niños, en medio de la pandemia, ha sido una labor titánica.
El camino se hace difícil no solo por la trocha, si no por el abandono, pues esa era la vía que anteriormente llevaba a Buenaventura, pero hace más de 20 años dejó de ser intervenida por los gobernantes y a ello se le suma el clima húmedo de la selva en esta región del Pacífico colombiano.

Entre los años 1999 y 2003 más de seis mil personas del sector fueron desplazadas de sus fincas por la violencia que ejercieron la guerrilla, los paramilitares y las bandas criminales en su lucha por dominar este corredor estratégico en medio de las montañas; un corredor ideal para los narcotraficantes por su cercanía al océano Pacífico.

Una travesía a caballo
Juan Pablo Rueda y Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO
Una travesía a caballo

Juan Pablo Rueda y Santiago Saldarriaga / El Tiempo

Una travesía a caballo

Juan Pablo Rueda y Santiago Saldarriaga / El Tiempo

Hoy, 17 años después, 37 familias de las 80 que fueron desplazadas en esta zona, vencieron sus propios miedos y retornaron a sus tierras, reconstruyendo lo que un día abandonaron. En las fincas ya se ven los cultivos de plátano, yuca y aguacate. Y el ganado ya camina las montañas.

Pero siguen luchando contra la pobreza, la inequidad y el olvido. Pareciera que el tiempo se detuvo en esta zona de verdes montañas e impresionante belleza natural. El internet es un lujo, como lo fue hace años un celular. Y los computadores y tabletas digitales parecen inventos del futuro. Algo inalcanzable.

Es por que Luz América Quiñonez recorre más de 5 horas en caballo en medio de la selva y atraviesa varios ríos, pues los 209 estudiantes de la vereda la esperan con el material académico que traen ella y sus acompañantes.

“Yo estudié en un colegio de monjas y siempre quise ser docente, fue mi sueño, y por eso es que quiero que estos niños estén bien y tengan su educación”, dice con voz agitada Luz América, cuya vocación por la educación nació cuando cursaba el bachillerato en la Normal Superior de Barbacoas (Nariño), su tierra natal.

Una travesía a caballo
EL TIEMPO
Una travesía a caballo

Juan Pablo Rueda y Santiago Saldarriaga / El Tiempo

Una travesía a caballo

Juan Pablo Rueda y Santiago Saldarriaga / El Tiempo

Una travesía a caballo

Juan Pablo Rueda y Santiago Saldarriaga / El Tiempo



A los 19 años se fue a vivir a Cali, donde estudió una licenciatura en educación preescolar en la institución educativa Camacho Perea, por medio de un convenio con la Universidad de Manizales.

En enero de 1998 la nombraron directora de la escuela Policarpa Salavarrieta y así llegó a vivir a la vereda el Cauchal. Allí le tocó vivir los horrores de la violencia del conflicto armado del año 2002, por lo que salió desplazada rumbo al corregimiento del Queremal. A falta de una escuela, usó la iglesia del caserío para enseñarles a los niños. Más adelante llegarían sus dos hijos: Lauren Lisbeth, de 15 años, y Jhon Sebastián, de 17.

Finalmente, la profesora y sus acompañantes llegan a su destino. Una vivienda es el punto de reunión de los docentes con los niños que llegaron caminando después de una hora de recorrido. Angie Daniela tiene 14 años y es la mayor de los estudiantes. Dice que le gustaba más ir a la escuela, pues les enseñaban más temas y aprendían más fácil. Ella tuvo que caminar un largo trayecto con sus botas empantanadas y atravesó un puente de guadua construido improvisadamente por la comunidad, sobre uno de los ríos.

Ya dispuestos en sus asientos y con el tapabocas, empieza la explicación de las guías que en esta oportunidad hablan de la pandemia del covid-19. Los alumnos son de tercero, cuarto y quinto de primaria. Los acompaña María Leonor Araque, una ama de casa de 37 años que solo pudo estudiar hasta cuarto de primaria. Aún así, sirve de monitora de los estudiantes, pues esta es la única vivienda del sector que cuenta con una antena satelital con internet, por la que pagan mensualmente 162.000 pesos.

“Yo les colaboro en lo que más puedo, les pongo planitas para que arreglen la letra y matemáticas también. Yo he sido un poquito entendida y como esta es la única casa con internet, llamo a la profesora a que me explique y yo les explico a los chicos”, dice la mujer.
Oswaldo Ruiz, licenciado de educación básica, afirma que con la pandemia se les ha generado un trabajo adicional, drástico, pues los niños se encuentran en zonas muy lejanas. “Actualmente nosotros trabajamos con las uñas, pues no tenemos acceso a internet y la infraestructura está súper pésima, ni hay libros, falta apoyo del Estado, que nos tiene súper olvidados”.

Uver Noguera, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda El Digua, dice que seguir luchando por la educación es continuar buscando la paz. “Yo no terminé mis estudios por el conflicto armado y por las lejanías. Mi sueño es que estos niños sean profesionales y terminen el bachillerato acá y que no se nos vayan para la ciudad, porque: ¿A hacer qué? Acá manejamos la cuestión de agronomía y estamos explotando el turismo y sería bueno que ellos siguieran con esto”, dice el hombre, convencido de que la belleza natural de su región les servirá para atraer turistas y desarrollo.

La rectora Luz América termina la visita después de varias horas y se prepara para el viaje de regreso a bordo de Palomo. Y se va con un sabor agridulce. Aunque cumplió con su función de llevarles las guías a los niños y de monitorear su proceso educativo, es consciente de que esta no es la educación de calidad que ellos se merecen.

Espera que la pandemia se termine pronto para que los niños vuelvan a la sede de la institución educativa y que el Estado, algún día se de cuenta de sus necesidades y que hagan también este recorrido, para que reparen los peligrosos caminos y los doten con la infraestructura y la tecnología que necesitan para poder educarse de la manera correcta.

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