El renacer de 'Doña Obe' tras sobrevivir las inclemencias de la guerra

El renacer de 'Doña Obe' tras sobrevivir las inclemencias de la guerra

Obeida Cuenú tuvo que huir de Lopez de Micay después de que la violencia les arrebató a su hermano.

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El dolor de los recuerdos no las acabó | EL TIEMPOEl dolor de los recuerdos no las acabó | EL TIEMPO
Luz Obeida Cuenú

Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

Por: Cali
02 de febrero 2019 , 12:10 p.m.

Luz Obeida Cuenú Carvajal, o 'doña Obe', como le dicen sus comensales, ríe mientras prepara los camarones en salsa de coco, su especialidad. Los olores del limón, del ajo, de la cebolla y del orégano que se desprenden de la sartén de aluminio la transportan a López de Micay, la población caucana a seis horas en lancha desde Buenaventura, en el Pacífico colombiano, de donde salió desplazada hace ya 12 años.

Vive en Cali, la ciudad más poblada de todo el occidente colombiano y que recibe a todos los desterrados a la fuerza que habitan a lo largo del Litoral Pacífico.

En esta ciudad se tienen registrados 205.000 personas en condición de desplazamiento y cada día, 40 solicitan ayuda humanitaria, según el Centro Regional de Atención a Víctimas.

Cuando doña Obe compra un coco para sus preparaciones ancestrales se lamenta, no puede creer que hoy le toque pagar por esa fruta que en su finca se perdía y que terminaba como alimento para los animales.

Es duro recordar esos tiempos en que se tomaron nuestras fincas y perdí a mis familiares por la violencia, la guerrilla y otros grupos criminales.

“Es duro recordar esos tiempos en que se tomaron nuestras fincas y perdí a mis familiares por la violencia, la guerrilla y otros grupos criminales. Cuando suceden cosas tan dolorosas como esas, la familia es el empuje que tiene uno para salir adelante, así que por mis hijos debía levantarme y luchar en una ciudad que no conocía”, dice doña Obe, mientras el olor a plátano verde frito y a cimarrón, esa hierba que le da el toque especial a los sancochos de la región, invaden el puesto de comida que, gracias a su sazón, logró tener en el ‘Petronio Álvarez’, el festival de música del Pacífico más prestigioso del país que se realiza caña año en Cali y donde a la muestra gastronómica solo llegan las mejores cocineras tradicionales.

“Uno siempre queda en el medio. Le preguntan a uno - Quién pasó por aquí- Y uno contesta - No sé- Y ellos saben que uno sí sabe cosas, pero uno sabe que es mejor cuidarse y no hablar. Cinco años estuvimos en eso, pero cuando llegaron los muertos, murieron vecinos, familiares - y nosotros estábamos en una orilla-, tuvimos que salir para no correr la misma suerte”, agrega mientras pelas unos plátanos.

El día que la violencia les arrebató a su hermano y a su primo tuvo que huir de esa finca sembrada de coco y caña junto a sus hijos Leidy, Diana, Aura, Cristian y Adrián, la mayor tiene 32 años y el menor 20.

Allá, en López de Micay, un municipio de 23.000 habitantes, sobrevivía, junto a su familia, de la preparación del viche, ese destilado artesanal de caña de azúcar que alegra los festejos y que ayuda a sobrellevar la pérdida de un ser querido.

En el Pacífico las mujeres tienen una botella de viche a los pies de la cama. Se lo toman para aliviar los cólicos menstruales, para el mal de ojo, para acabar con el reflujo de los niños y para cuando llegue el momento de parir. Cada botella cuenta su propia historia.

Cuando llegó a Cali vendía limonada y chontaduro, ese fruto del Pacífico que con sal y miel de abejas calma cualquier antojo y en una ciudad caliente, nada como una limonada bien fría.

En un comienzo es muy duro, piensan que uno viene a Cali a robar, pero cuando ya lo conocen a uno, ya nos recomiendan.

“Hacía empanadas y las vendía, lo mismo pasaba con las dos ollas de limonada, salía al mercado móvil a vender, así he sobrevivido. Vendiendo chontaduro conocí a una señora, a doña Dora Cristina Urdaneta, me fui a trabajar a la casa de ella. En un comienzo es muy duro, piensan que uno viene a Cali a robar, pero cuando ya lo conocen a uno, ya nos recomiendan. Trabajé muchos años para ella, hasta que murió hace dos años, siempre le cocinaba. Fue una buena patrona”, recordaba doña Obe.

Hoy vende almuerzos en su casa
víctimas mujeres

La cocina fue como esta mujer del Pacífico encontró la forma de sobrevivir en la selva de cemento.

Foto:

Juan Pablo Rueda Bustamante / EL TIEMPO

“Si Dios me ayuda, espero que este Festival me deje lo necesario, montaré mi restaurante. Mucha gente me busca, pero a Desepaz no van, dicen que es lejos, que es peligroso; me dicen que me salga de Desepaz, por eso algunos me contratan para que vaya a sus casas”, comenta, mientras comparte la receta del pate’burro en salsa de coco.

Pone a hervir el pate’burro (una especie de concha) durante 20 minutos, para que suelte ese saborcito salado que tiene; extrae la carne de la concha, la pica bien y hace un guiso con cebolla cabezona roja, un buen coco y las hierbas de azotea (las que ella misma cultiva porque no son iguales a las que se consiguen en el mercado). Por este plato cobra en el Festival 40.000 pesos.

“Cuando estábamos en la Costa yo misma sacaba las conchas, ahora toca comprarla, yo misma voy a Buenaventura a comprar. El primer año que las preparé los chef no la conocían. Es como un caracol pequeño, agradable”.

Ya me dejan en la cocina, porque lo que hago, lo hago con pasión

“Yo cocino porque desde niña aprendí a hacerlo y me gusta, es mi pasión. He trabajado en casas de familias arreglándolas, pero siempre termino destacándome por la cocina, he llegado a hacer aseo y de pronto me toca preparar un plato y ya me dejan en la cocina, porque lo que hago, lo hago con pasión”.

Por ir a las casas a cocinar cobra 100.000 pesos por día, claro que depende de la comida y el número de personas, este costo no incluye ingredientes.

Acá en Cali es muy difícil, todo hay que comprarlo y todo es costoso, allá uno mismo cogía el pescado o el camarón

“Extraño las comidas de mi pueblo, de hecho, allá comía muy bien, desayunaba con pescado frito o un sudado de camarón, o cangrejo tapado, acá en Cali es muy difícil, todo hay que comprarlo y todo es costoso, allá uno mismo cogía el pescado o el camarón”.

“Mi hijo David ya es bachiller; Andrés Mauricio tiene una discapacidad en las piernas, es asistente administrativo; mi hija Marcela terminó el bachillerato y hace muchos cursos, ahora termina algo administrativo, me dice que algún día voy a tener un restaurante, entonces, para saberlo administrar; Paola es manicurista, y todos saben cocinar, así como yo aprendí de mi madre y ella de mi abuela”.

“A López de Micay no volví, no me atrevo, me da miedo, uno le pregunta a algún vecino y le dice: Eso está igual, o hasta peor, entonces más bien, no volver. Nosotros teníamos fincas con coco, uno mismo lo sacaba para hacer la comida y para vender, acá en Cali uno compra todo. Allá todo quedó abandonado, al igual que los cañaduzales donde se producía el viche. Cada mes sacaba 30 garrafones al mes, vivíamos del viche, de la miel, del coco, de nuestras comidas. Al final, solo logramos sacar los chiritos”.

​“Si uno se deja llevar de las adversidades la tristeza lo invade, es duro, pero hay que sonreír. Todo el mundo me dice que nunca me enojo, pero claro que yo también me enojo, pero toca reír”, dice dona Obe, víctima también de la violencia sexual en los tiempos de la guerra.

CALI.

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