El pueblo que los 'paras' borraron del mapa con retroexcavadoras

El pueblo que los 'paras' borraron del mapa con retroexcavadoras

Hoy se cumplen 20 años de la incursión a Salaminita, que esperan levantar de las cenizas.

AUTOPLAY
La historia de cómo la guerra arrasó a un pueblo llamado Salaminita
Salaminita

Vanexa Romero / EL TIEMPO

Por: Leonardo Herrera Delgans
07 de junio 2019 , 08:43 a.m.

La punta del pico se estrelló contra algo sólido, que obligó a Danilo Sánchez, un campesino de 55 años de edad, a levantar la cabeza, antes de tomar impulso para seguir removiendo las piedras del montículo, y soltar la expresión: “Aquí quedaba mi casa”.

Lleva 20 días desenterrando a pico y pala, bajo el sol y la lluvia los cimientos de la vivienda que construyó hace unos 25 años en el corregimiento de Salaminita, norte del departamento del Magdalena. Recuerda que era una casa de ocho metros de frente por 12 de fondo, con dos cuartos, un baño interior, cocina y sala comedor grande, donde vivía con su esposa y dos hijas.

(Galería recomendada: Salaminita, un pueblo que lucha por su tierra)

El hombre se limpia el sudor de la frente y comienza a recordar aquel aciago siete de junio de 1999, cuando la violencia llegó y les cambió la vida a las familias de todo un pueblo.

Ese fue el día en que las autodefensas llegaron al pueblo mataron a tres personas, acusadas de ser auxiliadoras de la guerrilla y generaron el desplazamiento de los habitantes del corregimiento. Unos meses después, cuando Salaminita era un pueblo fantasma, regresaron con la maquinaria pesada, se robaron lo poco que quedaba y demolieron todo.

A veces encuentro entra las piedras y la tierra medias o trapos que eran de las niñas, y eso me parte el alma

“A veces encuentro entra las piedras y la tierra medias o trapos que eran de las niñas, y eso me parte el alma”, dice el hombre mientras arma pequeñas pilas con los restos de escombros que saca de entre la tierra. “Nos borraron del mapa”, sostiene.

Desde hace un año inició el retorno de los habitantes de Salaminita, gracias a un fallo judicial que les restituyó las tierras. Y por eso habitantes como Danilo intenta que todo sea como alguna vez fue. "Con la ayuda de Dios la pienso hacer igualita o quizás mejor", manifiesta con seguridad, la misma que tiene para repetir que si algo quiere en lo que le queda de resto de vida es que lo entierren aquí.

Salaminita

Los salaminiteros intentan llevar una vida normal en su pueblo, el cual apenas está tomando forma de nuevo y por el momento cuenta con una tienda y una llantería para ofrecer.

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Existen 17 casas en Salaminita, donde la mayoría solo cuenta con las estructuras de las viviendas y diez no tienen energía eléctrica.

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Poco a poco, otras personas oriundas de Salaminita y que vivieron la violencia paramilitar, están regresando a su tierra para la reconstrucciòn de su vida.

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Saliminita queda al lado de una carretera, la cual era una trocha cuando sucedió la masacre. Este letrero es la única manifestación de presencia estatal en el casco urbano.

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Cada habitante del pueblo intenta recobrar la tierra despojada luego de esa terrible tarde del 7 de junio de 1999, cuando 30 paramilitares llegaron al sitio para matar a tres personas.

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Mujeres de ASORENACER, Asociación de víctimas de Salaminita, quienes lideran los procesos de los campesinos frente al Estado.

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Escombros como estos se encuentran en el terreno del casco urbano del pueblo luego de que los paramilitares llegaron y arrasaron las casas con maquinaria pesada. Este era el piso del colegio.

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La señora Flor Anaya, trata de organizar el gallinero en su casa. Con esto reconstruir un poco lo que tenía antes de la masacre en Salaminita.

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Se perdió la tranquilidad

Salaminita fue un apacible corregimiento de Pivijay, apostado a lado y lado de la vía que de este municipio lleva a Fundación, cuyas familias vivían de trabajar la tierra, de la pesca y de jornales en las portentosas fincas ganaderas de esta región del norte del Magdalena.

Su ubicación estratégica le sirvió para ser el punto de acopio y encuentro de cientos de familias campesinas que residen en la zona rural. Contaba con un colegio, al que asistían niños de todas las veredas y pueblos vecinos.

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“Vivíamos felices porque nada nos hacía falta, la tierra nos los daba todo”, cuenta Omar Crespo, un fornido campesino de 46 años de edad que vivía aquí con su madre y seis hermanos.

Esta zona se convirtió en un corredor de la guerrilla, lo que atrajo a las AUC, que tomaron al municipio de Pivijay como uno de sus principales centro de operaciones. Se movían en camiones iguales o los mismos, como aseguran algunos, del ejército.
“Nuestra ignorancia no nos permitía distinguir si eran autodefensas o militares, los veíamos iguales, tenían camuflados y armas”, recordó Damaris Daza, quien era la encargada del Telecom.

Aquel aciago 7 de Junio

El lunes siete de junio, a las 2 p.m. llegaron a Salaminita unos 30 hombres, en dos camiones, del Frente Pivijay de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), bajo el mando de Tomás Gregorio Freyle Guillén, alias Esteban, con lista en mano.

Reunieron al pueblo frente a la tienda de Belisario. A la primera que mataron fue a la inspectora, María del Rosario Hernández. Luego la emprendieron contra Oscar Barrios, quien se había casado con una joven del pueblo y llevaba pocos días en el pueblo, y Carlos Cantillo, labriego de la vereda La Gloria que llegó a comprar a una de las tiendas.

"Se vino un aguacero, y fue cuando prendieron los carros y nos advirtieron que nos quería vernos más por aquí. Que el que tuviera 'rabo de paja' se abriera”, continúo Omar.

De inmediato se produjo un éxodo, muchas de las familias salieron, a pie, en bicicleta, caballos, en medio de la lluvia.(Crónica: Cómo mataron al hombre que culpaban de crimen de niña en Buenaventura)

Días de terror

Los carros de los paramilitares siguieron rondando el pueblo, lo que obligó a las personas que se resistieron a salir a irse con lo poco que pudieron cargar encima.

Las muertes no pararon aquí luego los verdugos de esta comunidad siguieron torturando, violando y asesinando a campesinos a las veredas y fincas de Salaminita.

Así fue como al mes asesinaron a José Rosalía Palmera y su hijo Víctor Palmera en la finca 26 de Agosto. Siguieron en la parcela El Jardín, donde mataron a la pareja de esposos Blanca Nieves Gutiérrez, Domingo Ternera, y el joven Fredy Gutiérrez. En esa misma zona masacraron a los esposos de la tercera edad: Eloisa Gutiérrez y Pedro Araque, además de violar a Idalia Araque. Esto ocasionó el desplazamiento total del corregimiento.

Salaminita

Danilo Sánchez es uno de los habitantes del pueblo que regresó a reconstruir su casa.

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Vanexa Romero / EL TIEMPO

Al ser ya un pueblo fantasma, los paramilitares aprovecharon y metieron maquinaria pesada, retroexcavadoras, y derrumbaron todo. Hasta la señal que ubicaba la llegada al pueblo. La maleza cubrió todo y borró el pueblo.

Los ganaderos de esta zona comenzaron a ofrecer cifras irrisorias por los predios a los campesinos y a comprar las tierras en la zona rural y los terrenos donde quedaban las casas. Al poco tiempo corrieron sus cercas, las cuales electrificaron para que nadie más entrara a esa zona.

“Aquí la propuesta era: o tomaban 100 mil pesos por los lotes o igual cercamos. Algunos cogieron la plata y firmaron contrato, otros no. Por los lotes del puesto de salud y el colegio nadie recibió plata pero igual los cercaron”, denuncia Lesa, quien recuerda que a a personas como Nelly Bolaños, le dieron por 15 hectáreas de tierra 2.300.000 pesos, un predio que estaba frente a la carretera.

La restitución y el retorno

Hace seis años un grupo de mujeres lideradas por Lesa Daza y Erika Rangel, lograron llamar la atención de la Unidad de Restitución de Tierras (URT) para iniciar la recuperación del pueblo y sus tierras.

Con el apoyo de la Comisión Colombiana de Juristas, lograron que un tribunal de Antioquia, en diciembre de 2016, ordenara al Banco Agrario la construcción de nuevas viviendas y, a instituciones como la Unidad para las Víctimas, Sena, Agencia Nacional de Tierras, Alcaldía de Pivijay, Gobernación del Magdalena, entre otras, trabajar en la atención y protección de los retornados.

“En el fallo, el juez niega a los opositores del proceso, Adolfo Díaz Quintero, Vicente Rueda Acevedo y María Teresa Rueda, cualquier derecho de posesión sobre los predios solicitados en restitución, ya que se logró comprobar que después de los hechos del 7 de junio de 1999, los paramilitares continuaron cometiendo asesinatos a campesinos, generando así un clima propicio para materializar el despojo de tierras por parte de los terratenientes locales, a través de negocios privados sobre los predios que conformaban el centro poblado de Salaminita”, subraya en un informe la URT.

Salaminita

Desde hace un año inició el retorno de los habitantes de Salaminita.

Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

El 4 de agosto de 2017 les hicieron entrega de los títulos de las tierras y el 29 la entrega material de los predios. “Trajimos papayera, e hicimos una gran fiesta, nos reencontramos después de tantos años”, recuerda Lesa daza.

Hace un año comenzó el retorno. Graciliano Crespo Gutiérez, de 72 años, y su esposa Ana de la Cruz, y otras tres familias quitaron las cercas de los terratenientes, y comenzaron a desmontar el terreno donde alguna vez quedó Salaminita.

Allí armaron un rancho de madera e iniciaron la nueva historia. Hoy van 17 cambuches de plástico, cartón, pedazos de láminas y madera los levantados, poco a poco comenzó a tomar vida el pueblo.

Sin embargo han pasado tres años del fallo y ellos siguen esperando que llegue la plata para reconstruir sus casas, pero un proceso jurídico al parecer no deja que lleguen esas ayudas, ya que muchas de estas familias recibieron casas como desplazados en los lugares que se encontraban, por lo que el Gobierno no puede desembolsar dos veces este tipo de apoyos.

Con bloqueos en la vía consiguieron que la alcaldía de Pivijay les instalara el servicio de energía.

“Ha pasado de todo y nada. Hasta la fecha todo está en el papel. Somos sujetos de reparación colectiva y tampoco hemos conseguido nada”, sostiene Daza, quien insiste en que no están pidiendo que les regalen nada, “exigimos que nos devuelvan las casas que esa violencia nos arrebató”.

El proceso ha sido largo y difícil, pero estos campesinos siguen resistiendo y luchando para que se cumpla el retorno de todos. Y por eso Danilo Sánchez no suelta el pico ni la pala, siente que esta en casa, aunque este solo en su imaginación y sueños.

Leonardo Herrera Delgans
Enviado especial de EL TIEMPO
Salaminita (Magdalena)
@leoher69

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