El hombre que inmortalizó a María Moñitos en Barranquilla

El hombre que inmortalizó a María Moñitos en Barranquilla

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Emil Castellanos personificó hasta su muerte este personaje insignia del Carnaval de Barranquilla. 

Vista desde mis 12 años, la mujer me parece extraña. La minifalda deja ver dos piernas cortas, pero robustas, y ahora que las junta en un giro militar llevándose las muñecas en jarra a la cadera con las manos hacia fuera, sé que voy a ser testigo de algo extraordinario. Veo que da una vuelta sobre su propio eje y me estrello contra sus grandes ojos azules, que se abren a lo alto del rostro de quijada ancha. Ahora la boca se dispara como alistándose para un beso largo.

Tengo la suficiente madurez para saber que aquello no es una mujer, pero dudo. Quizás se deba a la calidad de la actuación, o me confunden los nudos de colores que se mezclan con el cabello, o más bien la fuerza de la expresión coqueta, que ella –o él, no sé bien- regala como respuesta a cada cosa que le dicen.

Estamos en una fiesta de cuadra a mediados de los años 70 y la noche aún es joven. Es una de esas reuniones bailables de Carnaval que 40 años después se han ido limitando a la memoria de quienes las gozaron. En este caso, la han organizado unos vecinos de La Unión, barrio de mi niñez.

Es usual que los disfrazados recorran verbenas y reuniones, y en cada estación, se luzcan ofreciendo un poco de su talento o de su burla a cambio de unas monedas o unos billetes, y a eso ha llegado, ya lo sé, aquel personaje que ahora mi padre, en los bríos de sus 35 años, ha sacado a bailar. Él, riéndose de la caricatura de su propia conquista carnavalera, da un par de vueltas con ‘la mujer’ tomándola por la cintura y todos ríen. El baile es agresivo, de pasos fuertes. Noto que los brazos de la pareja de mi padre son macizos, producto de algún ejercicio diario. Las reglas dicen que, en un baile, corresponde al hombre llevar el ritmo, pero es ‘ella’ la que zarandea a mi ahora asustado padre, es ‘ella’ la que domina la danza.

Unos pocos minutos después, cuando él –ya no tengo dudas- haya bailado brevemente con tres o cuatro de nuestros compañeros de fiesta, mi padre me lo presentará en una tregua de risas. “Mucho gusto: mi hijo”, le dirá atrayéndome por un omoplato. Ante mi saludo tímido, incierto, la ‘bailarina’ fuerte me quedará mirando y abrirá sus ojos de nuevo, azules, intimidantes. Unos minutos después, cuando se haya marchado, y antes de que yo alcance a preguntar, mi padre me responderá que es ‘María Moñitos’ y me hablará de ese loco...

Volveré a verlo un carnaval tras otro, luego en los desfiles, en fotos, en una película sobre un Drácula del carnaval barranquillero y ahora en las fotografías que me muestra su hija Ruby, cartones sobrevivientes de una de esas lluvias que un día se metió bajo la cama y esculcó entre las cajas. Son fotos que lo muestran con su familia, con personajes a los cuales ‘coqueteó’ en su momento, posando, dando testimonio de una alegría que lo acompañó hasta el día de la muerte de su autor, Emil Castellanos, el hombre detrás del disfraz. Eso fue hace 12 años, y aunque parezca un contrasentido, porque Emil se fue, ‘María Moñitos’sigue viva, sigue bailando en Carnaval.

Una de sus formas de persistencia es que aún participa en los desfiles principales así sea en cuerpo ajeno. Sus ojos continúan abriéndose en otros rostros, no importa que para hacerlo, algunos deban ayudarse con lentes de contacto, porque no es fácil nacer con los ojos azules por estas tierras. La excepción es, quizás, Iván Varela, quien lleva cinco años disfrazándose de ‘María Moñitos’, y se incorpora a algunos eventos callejeros.

Persiste con mucha fuerza, también, en el recuerdo combinado de vecinos y parientes que extrañan la alegría de Emil cuando se volvía ‘Moñitos’, y las fiestas que se armaban en torno suyo en la calle 23 con carrera 18, barrio Las Nieves. Allí vivía él, y era la sede única de las cuatro horas que duraba su metamorfosis para convertirse en esa mujer coqueta de minifalda, con lacitos de colores en las trenzas del cabello crespo, ojos muy abiertos y labios en trompa.

Su principal cómplice, su apoyo, su guía en el largo proceso de transformación, era su mujer, Naudí Pedroza, con quien iba corrigiendo detalles, puntualizando, puliendo, hasta quedar plenamente satisfecho dentro de su vestido de colores. Podía tener arandelas o ser liso, con encajes, llevar estampados o lo que fuera. Lo importante era no quedar desligado del presente de la ciudad o a espaldas de la moda femenina del momento.

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Los días de la metamorfosis eran los de mayor tensión para la familia, porque Emil se levantaba a las cinco de la madrugada y ponía a todo mundo en función de lo que se avecinaba. Para garantizar una buena dosis de entusiasmo, mandaba a comprar fritos, de los mejores, en un ventorrillo del barrio, y luego de un opíparo desayuno, comenzaba el ritual.

Después de los moñitos y el traje, que de antemano había encargado a una modista amiga, venía el maquillaje, que corría por cuenta de una vecina especialista. Castellanos era tan exigente con esa parte, que si al final no le gustaba, buscaba a otra persona para que le quedara tal como él lo quería, ni más ni menos, para tener una mínima garantía de durabilidad: él, ya convertido en ‘María Moñitos’, se encargaría de mantenerlo a salvo de la maicena, más popular en ese entonces que la actual espuma, cayéndole a trompadas al atrevido o al agresor que se atreviera a echarle. Para eso, servía la fuerza oculta de Emil.

En las fotos que ahora veo, sin embargo, está eternizado como ‘María Moñitos’. Las cámaras lo atrapaban, sin falta, en sus momentos más expresivos, porque ni los periodistas quedaban a salvo de sus coqueterías y atrevimientos. Lo que más bien hacía era aprovechar la presencia de las cámaras para sentarse en las piernas del primero que veía, y hasta besar a alguno en la mejilla de manera apasionada. Después, venían las carcajadas. “No tengo nada de homosexual. Yo lo que soy es un tronco de vivo y me gusta entusiasmar al público”, responderá cualquier otro día, con su apariencia de Emil Castellanos, ante las cámaras de un noticiero de televisión, sin dejar de hablar con los ojos de vez en cuando, como para poner en evidencia que ‘María Moñitos’ también participaba en la respuesta.

"No tengo nada de homosexual. Yo lo que soy es un tronco de vivo y me gusta entusiasmar al público".

En una de esas fotos aparece besando al cantante Checo Acosta; en la otra, acosando al cantinero; y en una tercera, abrazando a un vendedor. Ni siquiera cambiaba de actitud asíposara con su mujer y sus ocho hijos. En esa foto en especial, parece estar dando testimonio de lo numerosa que era su familia. Al que pregunte le responderán que esa numerosa descendencia fue conformada en dos tandas, porque cuando habían nacido los primeros cuatro vástagos (Emil, Analía, Silvana y Ruby), Castellanos abandonó por un rato su hogar, alcanzó a casarse con otra mujer y hasta concibió un quinto hijo con ella; pero terminó regresando al lado de Naudí, como ella sabía que ocurriría. Entonces vino el resto de los Castellanos Pedroza (Kevin, Jesús, Norberto y Andrés), sin que él se preocupara por detener ese crecimiento poblacional porque así como detestaba la harina de maíz en su papel de ‘María Moñitos’, así rechazaba los métodos anticonceptivos en su papel de Emil.

No obstante, por todos y cada uno de sus hijos se preocupó en extremo. Lo principal era garantizarles la educación, de manera que gran parte de lo que recogía en Carnavales era para el pago de matrículas y útiles escolares, que compraba completos para no preocuparse de eso el resto del año.

Aunque no desperdiciaba oportunidad para sacarle dinero a su disfraz, Emil Castellanos se concentraba en continuar siendo albañil más allá de las fiestas. También era pintor esporádico, plomero, electricista, y reparaba cualquier cosa que le pusieran como desafío. Era un esfuerzo tremendo, pero así como se esforzaba, al mismo tiempo era desprendido, amable, y benefactor espléndido hasta donde lo dejaba su pobreza, abriendo espacios a la ancianita extraviada o al niño triste en su casa, sin importar que viviera hacinado con su mujer y sus ocho hijos.

También era ese pescador ocasional que se iba para Bocas de Ceniza el 31 de diciembre huyendo de los tragos y abrazos de ese día, y evitando el jolgorio de su propio cumpleaños el primero de enero, porque la única felicidad que concebía era la que le proporcionaba el disfraz. Al regresar a Las Nieves, el 2 de enero, venía cargado de peces de todas las especies, y los compartía con sus vecinos.

Y asimismo cuando era Emil, se preocupaba por la seguridad de la cuadra y era el primero en golpear, con sus puños de roca, al ratero atrevido que se dejara capturar por la turba de vecinos. Mientras muestra la colección de fotos, Ruby recuerda, entre risas, que su padre acostumbraba a salir en la madrugada a la calle, apenas cubierto por una toalla a la cintura, y llegaba hasta la esquina para ‘atrapar ladrones’. De pronto eran los mismos que él visitaba ya convertido en ‘María Moñitos’ cada 24 de septiembre, Día de la Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos, y a los que terminaba dándoles regalos, comida, algún detalle, en vía contraria al propósito de su disfraz.

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Lo del nombre de ‘María Moñitos’ no fue un bautizo propio. En realidad, el disfraz nació un poco distinto, cuando él tenía 17 años y acaba de prestar su servicio militar en el Ejército. Lo primero que se le ocurrió fue vestirse con prendas femeninas, ponerse una peluca, y caminar de fiesta en fiesta con una muñeca en los brazos, simulando ser una mujer engañada.

Al año siguiente, con la experiencia encima de haber perdido varias pelucas por cuenta de los traviesos que saboteaban su disfraz, se decidió por usar su propio cabello y llenarlo de los moñitos de colores que, en adelante, distinguieron al personaje y empujaron un bautizó del que no se tiene lugar ni fecha precisa. En cualquier caso, ese bautizo vino de alguna exclamación en una de esas apariciones repentinas suyas: “Ahí llegó la Moñitos”, se oyó decir, y el ‘María’ vendría a incorporarse con el correr del tiempo. En ese segundo año, cuando quedó escriturada la imagen que llevaría por siempre, Emil le imprimió al disfraz otro ingrediente: un supuesto talonario de apuestas permanentes con un número y un valor en dinero. A la víctima de turno, él le pedía que le apuntará las ‘bolas’ (en este caso, cifras), para no quedarse él con las ‘bolas’ (los testículos) de la víctima.

No era una amenaza para despreciar, porque las manos de Emil Castellanos, curtidas por muchos años de trabajo duro con cemento y piedras, eran agrestes y grandes, manos que al servicio de 'María Moñitos' eran muy hábiles para desplazarse, con velocidad de cobra, a las partes nobles del cliente.

Con el paso de los años, ya no tenía necesidad de amenazas, ni de liarse a golpes con el que, confundido por su apariencia, le hacía algún lance o le faltaba el respeto. Su sola presencia, con el bailoteo sensual, la postura repentina con las manos en jarra, manos sueltas con las palmas hacia fuera, labios disparados y ojos gigantes, daban para que el espontáneo le diera billetes, monedas, él los depositaba en cualquier parte de su disfraz: en la faja, en los falsos senos, en la cintura, y sólo se preocupaba por contarlo cuando se despojaba de la indumentaria en casa y el dinero salía de su escondite.

De los recovecos del vestido saltaban hasta dólares. Sus hijos, que lo acompañaban en el conteo de la noche, recuerdan que pocos años antes de su muerte, luego de participar en desfiles e irse a bailar por los estaderos de Barranquilla, a sentarse en la piernas de la víctima o a montar una corta presentación, Emil alcanzó a traer a casa unos 800 mil pesos, cifra cuatro veces más grande que un salario mínimo mensual de la época.

Eran ganancias grandes para un albañil, pero él nunca se quejó del duro trabajo que escogió para llenar los vacíos entre carnaval y carnaval. Incluso, como una muestra de lo exigente que era con el oficio de la mezclas y los morteros, no se aguantó las ganas y en el sepelio de su padre, 13 meses antes del suyo propio y en el mismo cementerio Universal, le pidió el palustre al hombre que empezaba a tapar la bóveda de pared, y él mismo terminó el trabajo, dejando la superficie lista para el nombre del difunto: Enrique Castellanos, el sujeto que le transmitió los ojos azules, que se lo trajo de Los Pondores (La Guajira), y se lo entregó a su hermana Sara. Ella sería la única persona que Emil reconoció siempre como madre, porque la biológica, Dilia Calderón, lo disfrutó apenas 45 días. Una mañana, cuando se disponía a amamantarlo, la mujer se dio cuenta de que ya el bebé no estaba: el atrevido de Enrique se lo había llevado para Barranquilla, supo después.

En esta ciudad, entonces, Emil vivió prácticamente toda su vida. Aquí mismo murió el 1 de septiembre del 2000, y hasta lo hizo en su ley, porque esa noche, la noche de su muerte, animó en una despedida de soltero, y por no quedar como descortés, aceptó un plato de comida que tenía de todo, y él era alérgico a los mariscos. Terminó ahogándose en una angustia de asma, llegó muerto a la Clínica del Caribe y se fue con sus moñitos a su tumba en medio de un cortejo muy parecido a un desfile de carnaval.

Pero ‘María Moñitos’ continuó, después de todo. La primera señal de que no se había ido la dio su propio hijo Jesús, de seis años, que lo encarnó en el Carnaval del 2001, seis meses después de la muerte de su padre. Jesús estaría en esas hasta los 11 años. Si no siguió, dice su hermana Ruby, fue porque el Bienestar Familiar le puso el ojo a la situación, sobre el supuesto erróneo de que el niño era explotado. En realidad, ya su hermana mayor, Analía, quien encontró un empleo antes de la muerte de su padre, se había encargado no sólo de Jesús, sino del resto de sus hermanos.

El disfraz, sin embargo, persistió. Lo hizo en el primer plano del rostro coqueto convertido en figuras de poliestireno. Lo hizo a cuerpo entero, también, con sus brazos en jarra y la minifalda, ya fuera en dibujo de camisetas, indumentaria de coreografía o publicidad de tarjeta prepago celular. Fue una multiplicación en figuras, en otras caras y los otros cuerpos –mujeres, hombres, niños- que se lanzaban a los desfiles a personificarlo.

Fue una multiplicación en figuras, en otras caras y los otros cuerpos –mujeres, hombres, niños- que se lanzaban a los desfiles a personificarlo.

No faltaron los homenajes, que, según los hermanos Castellanos, nunca derivaron en retribuciones para los descendientes: tanta gente que se ha lucrado del personaje, asegura Ruby, y nada para la familia, por eso ya están pensando en registrar el disfraz ante las autoridades.

Si para el año próximo se da el apoyo suficiente, Jesús, de 20 años ahora, asumirá el disfraz de su padre otra vez. En este Carnaval del 2013 casi se da, porque el joven recibió una invitación de la reina Daniela Cepeda, pero la familia respondió muy tarde, cuando ya los recursos estaban distribuidos.

De todos modos, esta sola intención fue una señal nueva de que ‘María Moñitos’ sigue viva, que sigue vigente, como lo demostró la propia Daniela al enfundarse un disfraz alusivo a ‘María Moñitos’ en noviembre del año pasado. Fue en el evento central de los Premios Luna realizado en el Country Club. Algo similar había hecho en el desfile de la Guacherna del 2010 la entonces reina Giselle Lacouture, al danzar con una indumentaria de falda corta similar a la de Emil, una peluca de moñitos, los ojos muy abiertos, azulados por los lentes de contacto, y la boca disparada en trompa, una y otra vez.

Ese beso, pero desde la auténtica ‘María Moñitos’, aparece ahora congelado en cada una de las fotos que se salvaron de la lluvia, cuando la casa no era cómo luce ahora, enterita y bien dispuesta, sino que era casi un lote con un par de habitaciones a los que Analía, como nunca hizo su padre, les metió mano y mandó a ampliar. Las fotos están dispersas, disputándose el espacio con recortes de periódicos dentro de los dos únicos álbumes que la familia conserva.

En una de esas fotos, que salió publicada en el diario EL TIEMPO un par de meses antes de su muerte, aparece Emil en su vieja casa, maquillado, vestido como mujer y con algunos moñitos en el cabello, sosteniendo, cerca de su rostro, un primer plano de su personaje, con el beso disparado y los ojos azules muy abiertos. Las dos ‘María Moñitos’ hacen el mismo gesto en una especie de coreografía perpetua: el rostro enmarcado en los lacitos de colores que empezaron siendo suyos, pero que se han ido multiplicando en la memoria creciente del Carnaval de Barranquilla.

Javier Franco Altamar - Redactor de ADN - Barranquilla

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