La historia de 'Solito', el buitre que no olvidan en Río Frío

La historia de 'Solito', el buitre que no olvidan en Río Frío

Seguía a todos lados  lados del pueblos a los miembros de la familia que lo crío.

El golero domésticado

Este es 'Solito' tomando sol en la puerta de la casa de la familia Meléndez, donde vivió por más de 10 años.

Foto:

Archivo particular

Por: Leonardo Herrera Delgans
12 de enero 2019 , 11:50 a.m.

En Río Frío (Magdalena) aún se escuchan las historias del viejo Buenaventura, cuyos pasos eran conocidos por todo el pueblo, que sabía con precisión cuando salía de la casa, por donde iba o donde estaba.

En el mercado, el cementerio, en la iglesia o cualquier fiesta de patio, ya en el pueblo sabían que el viejo andaba por la calle. Igual que cuando se quedaba en la casa, no era fácil que lo negaran. “No se le podía volar a las culebras (cobradores)”, cuenta en medio de la risa José Alfredo, un habitante que fue testigo de esa historia.

La forma de conocer el paradero de Buenaventura no era través de GPS, celular de última generación, o cámaras de seguridad, sino por ‘Solito’, el golero que crió y que vivió como un miembro más de la familia de este hombre, y que fue el encargado de delatar siempre su paradero.

Los sobrevuelos del ave carroñera, eran los que mostraban la ubicación de Buenaventura Meléndez Polo, un tendero, cuyo negocio en el sector de la plaza era bien conocido, pero que se volvió un personaje macondiano, como lo recordó alguna vez El Mago Borletti (q.e.p.d), personaje nacido en estas tierras, cuando en una entrevista recordó el popular refrán: ‘Más fiel que el golero de Buenaventura’, para referirse como en Río Frío llaman a las personas leales.

Allí donde sobrevolaba o se paraba el golero, era porque estaba su amo. Era el mejor ‘denunciador’ de lugar por donde se movía Buenaventura.

Criado a punta de purina

Río Frío es un centenario corregimiento del municipio Zona Bananera, que toma su nombre del río que baja de la Sierra Nevada y se exhibe a la altura del pueblo, ruidoso entre piedras blancas donde se estrella el sol. Sus habitantes viven del banano, como lo hicieron sus antepasados, y recordando historias en los paseos en el río, las tiendas, o la plaza.

Por eso las historias de ‘Solito’ siguen vivas. “Es muy larga”, dice Alexandra Meléndez, hija de Buenaventura, quien también lidió con el golero. Recuerda que fue su esposo el que se lo encontró recién nacido y abandonado en una finca. “A mi mamá siempre le han gustado los animales, en especial los raros. Lo crío apunta de purina. Parecía una lanita, de lo blanco, después se puso amarillo y luego negro”.

Era feo y pelado, pero no era amante de la carne muerta, y dicen que era un ave carroñera carismática, por lo menos así la describe Alexandra, la que sostiene que así como perseguía a su padre, también lo hacía con todos los miembros de la familia, al punto que debían salir escondidos o despistarlo, saliendo varios al tiempo en direcciones diferentes.

El animal, recuerda ella, se paraba en un poste de energía, desde donde vigilaba las cuatro esquinas. De allí miraba quien entraba o salía de la casa. A veces se montaba en un muro de la terraza, en donde abría las alas, que parecía unas tablas, para que el sol lo calentara y se quedaba allí, imperturbable, sereno.

Nos vigilaba desde lo alto y luego cuando menos pensábamos lo teníamos al lado, con su brinquitos

“Nos vigilaba desde lo alto y luego cuando menos pensábamos lo teníamos al lado, con su brinquitos”, dice la mujer, quien no olvida cuando llegaba hasta la acequia donde ella lavaba ropa. “Me esperaba, y se bañaba mientras yo terminaba, cuando ya me veía recogiendo todo, se regresaba conmigo”.

Wilma Villamil, esposa de Buenaventura, también tiene historias con ‘Solito’. El ave la acompañaba y seguía a todas partes. “Ella va los domingos al cementerio a llevarle flores a mi hermano fallecido, aprovechaba cuando se elevaba para salir, pero desde arriba la fiscalizaba, venia bajando, bajando, hasta que tocaba tierra. Iba de tumba en tumba y cuando mi mamá venía a ver lo tenía al lado”.

Muchas veces la señora Wilma estando orando en misa fue interrumpida por el mormullo de la gente, al voltear se encontraba a ‘Solito’, echado esperándola en un lado de la banca.

Traía a los  amigos a casa

Varias veces le cortaron las alas para que no se fuera, pero apenas le crecían se iba y regresaba. Había días en que ‘Solito’ se elevaba tan alto que alcanzaba a perderse entre las nubes.

Cuentan que pese a ser un animal domesticado, no perdió la habilidad natural de ser un planeador nato, como todos los de su especie, pero Buenaventura lo identificaba. Nada más era que alguien saliera para que el comenzara a descender.

En algunas ocasiones cuando regresaba de sus vuelos, llegaba con otros goleros amigos. “Las paredes de los vecinos y frente a la casa se llenaban de goleros, como si se hubiera algún animal muerto”, cuenta antes de soltar la carcajada Alexandra. Allí fue cuando descubrieron que no era macho sino hembra. Era tanta la confianza que el animal entraba y salía de la casa.

Río Frío

Por estas calles del corregimiento de Río Frío (Magdalena) vieron volar a 'Solito'.

Foto:

Leonardo Herrera EL TIEMPO

“Llegábamos a la tienda de Buenaventura a tomar cerveza, y allí en medio de borrachos, música y algarabía, se movía el golero como si nada. Hacia parte de nuestro paisaje natural”, relató René Quintero, vecino del sector. “Era una animal fiel al hombre, siempre estaba a su lado como un perro, pero con la ventaja de tener alas para ir y venir de donde sea”, agrega.

Con más de 10 años de estar en la casa, lo dueños pensaron que no era malo darle carne, pero al parecer el golero comenzó a cambiar y se tornó algo agresivo. Como cuenta Sandro Cabrera, nieto de Buenaventura, quien fue víctima de algunos picotazos.

“Había días que estaba manso y se dejaba acariciar, pero otros que parecía un perro, se metía escondido a la casa y me buscaba en el cuarto o donde estuviera y me jodía con el pico”, recuerda el joven con algo de nostalgia.

La situación incomodó a Buenaventura quien decidió regalarlo a un amigo, que se encariño con todas esas historias del golero. Prometió llevarlo a una reserva natural pero no pudo sacarlo por falta de papeles. Debió dejarlo en una finca cercana al pueblo, por donde el ave era vista por la carretera o escarbando entre los desperdicios.

“La gente nos venía avisar que lo habían visto. Fuimos a buscarlo, pero no regresó, ya andaba por la carretera caminando o volando solo”, contó Alexandra, hasta el día que su esposo lo encontró muerto cerca al río. Al parecer atacó a alguien, de la finca donde lo habían dejado, y lo mataron.

Han pasado más de 10 años desde aquel entonces, Buenaventura murió, la tienda fue cerrada, pero en Río Frío el dicho que ‘más fiel que el golero de Buenaventura’, revive en cada conversación de esquina.

LEONARDO HERRERA DELGANS
Enviado especial de EL TIEMPO
Río Frío (Magdalena)

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