El trágico día cuando un tren estrelló a un bus en Santa Marta

El trágico día cuando un tren estrelló a un bus en Santa Marta

El 11 de enero de 1970 murieron 36 personas. Sobrevivientes narran la historia 50 años después.

Tren

Este fue el lugar donde hace 50 años se registró el accidente, cuando el tren de pasajeros se llevó al bus de un paseo.

Foto:

Roger Urieles

Por: LEONARDO HERRERA DELGANS
12 de enero 2020 , 01:26 p.m.

“Dolor y tristeza”. Esas son las palabras que utiliza William Vargas Lleras para describir lo que siente cada vez que recuerda lo ocurrido el domingo 11 de enero de 1970, cuando en un abrir y cerrar de ojos perdió de un solo tajo a sus seres más queridos.

Hoy se cumplen 50 años de aquel aciago día, cuando un tren de pasajeros, que viajaba entre Bogotá y Santa Marta, embistió al bus del paseo de la familia Lleras Noriega, muriendo hechos pedazos 36 de los 50 viajeros. De estos, 24 eran de la misma familia Lleras Noriega.

William Vargas, veterano periodista conocido en Barranquilla, fue uno de los sobreviventes y aún siente que la herida no cierra, y por mucho que ha pasado el tiempo no olvida esa tragedia.

“Es un recuerdo que marcó mí vida y dejó un gran vacío”, expresa el hombre, quien además de primos, tíos y amigos, ese día el tren le quitó a Deysa y Gregoria, sus hermanas, y a su madre, Hercilia Lleras de Vargas.

Los Lleras y amigos ofrecieron el sábado una misa en la Catedral María Reina de Barranquilla, en donde  conmemoraron el medio siglo de ese triste episodio.

Todos vimos el tren. El conductor pensó que le ganaba en velocidad y cuando mete el cambio pierde segundos, que fueron vitales. La visión que tengo es el tren acercándose y los gritos

Rumbo a la playa

William Vargas Lleras recuerda que tenía 12 años, cuando la familia decidió organizar un paseo que consistía en ir a las playas de El Rodadero, en Santa Marta, como atención a la familia Sarmiento Vengoechea, que habían llegado desde Bogotá y eran muy allegados a los Lleras.

El punto de encuentro fue en el barrio Recreo, donde estaba la casa de la abuela materna, Gregoria, vecina de un hombre dueño de buses, quien les consiguió el vehículo para la excursión.

La noticia del paseo se regó como pólvora en este céntrico sector de Barranquilla, y además de otros familiares de los Lleras, algunos vecinos y allegados lograron conseguir cupo y montarse al bus.

“Fue una gran noticia. Era la primera vez que iba a salir de la ciudad. Lo máximo que había llegado era a Pradomar”, dice William. La noche antes del viaje no durmió de la felicidad.

El bus hizo solo hizo dos paradas para recoger a la gente, muchos de los viajeros eran personas jóvenes.

El puente Pumarejo estaba en construcción y el paso por el río Magdalena era a través de un ferri. “Ese momento para mí fue emocionante ver como pasaban los buses, los carros y el ferri y no se hundía”.

Hay una vaina que se llaman premoniciones y eso fue lo que me salvó

Cuando el bus pisó la Troncal del Caribe, William aún se acuerda de la alegría del grupo de mujeres que iba cantando en las últimas sillas: “¡nos fuimos!”, fue el grito, parodiando a Los Corraleros de Majagual, la agrupación de moda en el Caribe, que retumbo entre las latas del automotor.

Sobre las 11:00 a.m. al llegar al sitio para desviar al balneario de El Rodadero, algunos de los adultos decidieron que siguiera de largo para ir hasta el corregimiento de Bonda, a 15 minutos de Santa Marta, donde se encuentra un río de aguas frías y cristalinas que baja de la Sierra Nevada.

Ya en el balneario de Bonda, cuando los adultos estaban acomodados, algunos comenzaron a quejarse por las piedras, el agua fría del río y los insectos.

El reclamo era que querían ir a las playas, tal como estaba planeado y se les había prometido a la familia bogotana. Era cerca del mediodía cuando decidieron irse para El Rodadero.

La tragedia

William iba sentado en el centro del bus, junto a dos primos. Le tocó la ventanilla, por donde sacaba el brazo para jugar con la brisa, hasta que su mamá, quien viajaba en la parte delantera, lo sorprendió.

“Hay una vaina que se llaman premoniciones y eso fue lo que me salvó”, dice él para recordar que lo mandaron a cambiar de puesto con Wilson, el mayor de los primos.

A las 12:15 del día, cuando el bus llegó al sector de Mamatoco, donde cruza la línea férrea, el conductor hizo cambio de velocidad, pero el vehículo no le alcanzó a responder, y fue cuando intempestivamente apareció el Expreso del Sol, tren de pasajeros que venía de Bogotá a Santa Marta. El impactó fue tan brutal que el bus se partió en pedazos, y la máquina de hierro se descarriló.

“Todos vimos el tren. El conductor pensó que le ganaba en velocidad y cuando mete el cambio pierde segundos, que fueron vitales. La visión que tengo es el tren acercándose y los gritos”, es el recuerdo que tiene William del fatídico momento.

Los pasajeros no tuvieron tiempo de nada. Algunos solo se pusieron de pie, otros gritaron y levantaron las manos como queriendo detener la máquina.
Los dos primos que iban al lado William murieron. Todas las mujeres de la banca de atrás, donde estaban Deysa y Gregoria, también perecieron. Algunas quedaron irreconocibles. Sus restos fueron esparcidos varios metros a la redonda.

William Vargas Lleras

Dolor y tristeza Esas son las palabras que utiliza William Vargas Lleras para describir lo que siente cada vez que recuerda lo ocurrido el domingo 11 de enero de 1970.

Foto:

Leonardo Herrera / EL TIEMPO

William despertó a los cinco días en el hospital San Juan de Dios de Santa Marta. “Fui uno de los que menos duró inconsciente”. En el pabellón estaban un primo y un tío también, quienes se quejaban por el dolor de las heridas y la misma tragedia.

Fue trasladado a Barranquilla, donde duró tres semanas recuperándose. Le cogieron 48 puntos en la cabeza y perdió el ojo derecho. “Un neurólogo me dijo: ‘te salvaste porque fuiste de buenas’ ”.

Al regresar a su casa se enteró de otra noticia: Gregoria, su abuela, sufrió un infarto al conocer del accidente y murió al día siguiente.

Camilo Linero, habitante de Mamatoco y quien hoy tiene 68 años , dice que aunque ha pasado mucho tiempo, recuerda con exactitud aquel momento cuando se escuchó un fuerte sonido producto de la colisión del tren con el autobús.

“Esto era una invasión. Yo vivía a unas cuadras cerca del tren y estaba sentado con unos amigos en el instante de la tragedia. Fue algo muy horrible. Se escuchó el estropicio y después los gritos de muchas personas. Todos corrimos a tratar de ver qué se podía hacer, pero las escenas eran lamentables”, cuenta el hombre.

Accidente de tren

Así registró el diario EL TIEMPO, en su edición nacional, la tragedia del accidente del tren de Santa Marta.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Medio siglo

“El día de aquellos hechos inolvidables yo estaba de turno en la sala de redacción de El Espectador, en la avenida Jiménez de Bogotá. Y tuve que apersonarme del cubrimiento periodístico de lo que sería conocido durante años como la tragedia del tren de Santa Marta”, subraya el periodista Juan Gossaín, en el prólogo del libro ‘El hombre que derrotó al destino’, de Alberto Lleras Noriega, primo de William, en cuyo texto narra aspectos del accidente y de todo lo que hizo para superar esa tragedia.

Ese 11 de enero de 1970, Alberto cumplía 12 años y su hermana Marveluz, 7 años. Ella, junto a su padre Segismundo y su otra hermana mayor Omaira, no se salvaron. “Hay que levantarse de las cenizas, es una tragedia que uno no pide encontrarse. Hay que superarlo”, sostiene Alberto, quien hoy vive en Bogotá, en donde es profesor y dicta charlas de motivación, justamente a partir de la experiencia que vivió hace 50 años.

“Hay que vivir sin el dolor, no quedarse en el sufrimiento”, piensa.

Él, al igual que William, se salvó porque un primo le quitó el lugar al lado de la ventana. “El impacto fue de tal manera que todos volamos, Mi primo murió”, cuenta Alberto, quien logró recuperarse en minutos y fue atendido por un soldado.

Hubiera sabido que era el último diciembre al lado de mi mamá, y nunca me le hubiera desprendido del cuello

Algunas conclusiones

William Vargas, quien trabajó durante cerca de 40 años como periodista del diario El Heraldo, dice que nunca más volvió al lugar, pese haber estado en Santa Marta muchas veces. Durante años quedó marcado con la imagen del tren llegando a la ventana. Luego de algunas indagaciones logró establecer que ese mismo tren debió pasar una hora antes por el sitio de accidente. “Antes de llegar a Santa Marta había atropellado a dos personas, por eso la hora de retraso”, subraya.

Tampoco olvida que al pasar por esa zona no había señal ni vallas, que alertaran que venía el tren, lo que calificó como una falla del Estado.

A consecuencia de ese accidente, la Nación construyó un paso nivel, que se le conoce como ‘El Puente del Once de Noviembre’. Es el que se encuentra en la salida de Santa Marta a Riohacha. “Tuvo que pasar esta tragedia para que pudiera construirse el puente”, agrega el viejo Camilo, al comentar que muchos de los que presenciaron este trágico suceso ya murieron y otros se han mudado.

Hasta la fecha sigue siendo una de las tragedia más dura de la historia de accidentes del Caribe y quizás la peor que ha vivido Santa Marta. Hace 50 años, Barranquilla no estaba preparada en ese momento para un siniestro de tal proporción. Los féretros fueron acomodados en la silla de la iglesia La Sagrada Familia, que se encuentra frente a la casa de los Lleras, donde se realizó la misa colectiva.

La noticia conmocionó tanto a Barranquilla que el alcalde de aquel entonces decidió suspender la temporada de precarnavales, que se iniciaba en esos días. Hoy William no se cansa de lamentar aquel 31 de diciembre de 1969, que pasó al lado de su madre y de sus hermanas, es decir, antes del aciago 11 de enero.

“Hubiera sabido que era el último diciembre al lado de mi mamá, y nunca me le hubiera desprendido del cuello”, sostiene, dejando escapar un sollozo que le sale de lo más profundo del alma, reviviendo el dolor y la tristeza que lo embargan desde hace 50 años.LEONARDO HERRERA DELGANS
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
BARRANQUILLA
En Twitter: @leoher69

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