Daniel Palmera, el santo viviente del Carnaval

Daniel Palmera, el santo viviente del Carnaval

Vive en Chimichagua, Cesar, a sus 67 años es un hombre célibe, disfruta sin tomar trago la fiesta.

Daniel Palmera

Daniel Palmera a sus 67 años es un santo en carne y hueso, una persona consagrada a sus dos madres, la terrenal y la celestial.

Foto:

Juan Rincón Vanegas

Por: JUAN RINCÓN VANEGAS 
05 de febrero 2019 , 06:09 p.m.

La condición de santo que lleva desde que nació nunca le ha impedido gozarse el Carnaval, la fiesta pagana más grande del mundo donde los disfraces, desfiles y jolgorio marcan la pauta festiva durante cuatro días. Además, la fantasía popular del baile materializada en la figura de la reina reúne el éxtasis de miradas y motivaciones que hacen suyo la esencia de estos versos:

La reina con sus fulgores
remolino roba al viento
,
y al escuchar los tambores
hace locos movimientos.

Él, ese músico, compositor y cantador de tambora que encierra su propio relato macondiano, se prepara para el Carnaval después de rezar y visitar el cementerio, tarea encomendada por su progenitora.

Daniel Palmera Suárez no sabe por dónde comenzar a contar su historia porque, en el camino, se encuentra con dos madres, una que lo trajo al mundo y una virgen que está en el cielo. Durante corto tiempo calló y con los ojos cerrados, al final levantó su vista y exclamó: “Seré fiel a mi historia de vida que tiene trazos de santidad y fiesta”. Calla nuevamente y continúa: “Mi corazón es un cuaderno donde escribo todo lo que pienso”.

Sin más preámbulos, contó su singular origen: “Cuando mi madrecita, Juana Suárez, me iba a traer al mundo se le dificultó el parto, y en medio de su angustia le hizo una promesa a la Virgen de La Pastorita, que si la sacaba con bien de ese trance, la criatura sería de ella”.

De manera inusual, aplaudió sus palabras y el rostro se le iluminó porque la promesa de una buena madre a la Virgen de La Pastorita le cambió la vida al niño que estaba a punto de nacer. Todo sucedió hace 67 años en el lejano caserío de Plata Perdida, jurisdicción de Chimichagua, Cesar.

Después de varias horas en la tarea de parto, nació el niño y Juana estaba feliz, pero en su pensamiento giraba la idea que haría que su hijo tuviera dos madres: una terrenal y otra celestial. Un privilegio que hizo que él creciera con la creencia de tener derecho a ser un santo. Un santo de carne y hueso.

Cuando tuvo uso de razón, su progenitora le narró el gran episodio de su vida, y le marcó el derrotero a seguir, que consistía en una total y constante reverencia a la Virgen y no tener tocamiento con mujer alguna.

Y Daniel Palmera los ha cumplido hasta el sol de hoy, sin inconveniente alguno y apegado a una santidad que asombra. Únicamente hace una parada para salir a cantar los días del Carnaval o en el Festival de Danzas de su pueblo, donde ofrece su talento para que las comparsas bailen y la fiesta salga como Dios manda.

El renombre de Daniel es grande, pero más grande es su testimonio de hombre virgen y santo dedicado. Algunos se burlan diciéndole que no sabe de lo que se está perdiendo y que la mujer es lo más bello de la vida, el adorno de la tierra y la semilla para que el amor germine con fuerza.

En medio del folclor suelen venir tentaciones, pero Daniel las torea con mucha habilidad. No prueba licor. Su único alimento para estar alegre y cantar bien afinado es la panela. Consume hasta cuatro durante el día y parte de la noche.

Sobre la lejanía con las mujeres, dice que esa promesa no la quebrantará, pero reconoce que son bellas, llenas de encanto y confiesa que a petición de algunos amigos hace canciones sobre historias que nunca pasarán de moda. Es decir, cuando el amor hace sus travesuras.

Los cantos de Palmera
Daniel Palmera y sus cantos

Daniel Palmera le canta a las mujeres pero se inspira en lo que escucha porque a su edad se mantiene virgen.

Foto:

Juan Rincón Vanegas

Yo le canto a las mujeres, pero por cosas que me cuentan. Les canto con sentimiento cuando en la vida se pasan momentos difíciles por culpa de amores incomprendidos, por una infidelidad, o sea, lo que ahora llaman cachos, y muchas situaciones donde el amor sale mal librado”, anota con mucha seguridad.

Tiene palabras de comprensión para las personas que se burlan de su condición, al decidir quedarse virgen para toda la vida. “Lo único que estoy haciendo es cumplir al pie de la letra una promesa que le hizo mi mamá Juana, a mi mamá Pastorita. Así seguiré hasta que Dios me diga: Hijo, ven acompáñame para que estés al lado de tus dos madres”.

Todo su ingenio y capacidad oral los saca de su memoria, a pesar que sus estudios fueron escasos. Apenas sabe leer y escribir, pero componer canciones y cantar es su ciencia.

El título de santo se lo dieron en Chimichagua. Se graduó con honores y hoy se pasea por sus calles haciendo grandes aportes al Carnaval, sabiendo que su pobreza no ha sido obstáculo para convertirse en un hombre que le sacó el cuerpo al pecado, que vive de una manera sencilla, digna y siendo querido por sus paisanos.

El hombre que cada 15 de agosto venera con gran devoción a su mamá, la Virgen de La Pastorita, quien en una escultura yace sentada sobre una piedra con un sombrero pastoril, cubierta con un manto sosteniendo con la mano izquierda a un niño, con un cayado en la derecha y rodeada de ovejas, hace cuatro años habló con varios de sus paisanos para pedirles una colaboración económica que le permitiera viajar a Barranquilla y así vivir en primera fila el Carnaval.

La mayoría le colaboró, mientras que otros se burlaban: “Se va el hombre santo para el Carnaval. Allá mínimo se consigue la hembra que le hace falta”… Él, no se inmutó ante los comentarios, sino que se llenó de más ánimos porque quería cumplir un sueño que desde su tierra ha contribuido a dibujar, especialmente ante la juventud a la cual le canta esas canciones alegres y llenas de jocosidades.

El único santo que no hace milagros, sino favores, partió para la Arenosa, ciudad donde vivió la más grande experiencia carnavalera. Con una camisa de colores y los ojos bien abiertos, no perdió detalles de esa fiesta donde el jolgorio manda y los tambores marcan el sonido del alegre folclor.

“Siempre añoré ir a Barranquilla. Me fui con uno de mis hermanos en un viejo bus de Cootracegua. Fue un viaje de más de cinco horas, pero eso no importó, para lo bien que la pasé. Ese es otro mundo. Queda uno sin palabras para describirlo”.

Vuelve a cerrar los ojos para llamar nuevos recuerdos, y a los pocos instantes cuenta: “Esa música y esos desfiles son grandiosos. Casi no comía de la emoción. Me pasaban por el frente las danzas y los disfraces de marimondas, garabatos, congos y monocucos. Cosa bella, padre santo. Barranquilla, no es solamente la casa de la Selección Colombia, sino de la alegría eterna. Yo, que le he sido fiel a esa fiesta, allá me sentí lleno de felicidad, eso sí, guardando mi santidad”.

Honores a La Arenosa

Como el canto es el dulce placer del alma en ese sublime deleite espiritual, Daniel improvisó un canto de tambora en homenaje al Carnaval de Barranquilla:

Soy Daniel Palmera Suárez,
el santo carnavalero,
al pueblo barranquillero
le regalo mis cantares.
Esas calles son altares
de un imponente festín,

la alegría no tiene fin,
hay disfraces y carrozas
y las mujeres hermosas
adornan este jardín.

La estadía en la tierra del mayor Carnaval de Colombia lo marcó para siempre, y, por eso, cuando se acerca la fecha, canta, añora y quisiera volver a emprender esa travesía donde las añoranzas son un símbolo de festejo natural.

JUAN RINCÓN VANEGAS 
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